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Melancolía en el olvido: Karen Dalton, una razón admirable para creer en el folk

Arte

Por: Jaen Madrid - 11/07/2014

Un breve recorrido por la trágica vida de Sweet Mother K. D., la luz cegadora del folk que le canta sutilmente a las tristezas.

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Gran parte de las buenas canciones de folk que se escriben y llegan a nuestros oídos, permanecen vigentes en nuestras vidas debido a la cantidad emocional que de ellas se emana. Sin profundizar en tecnicismos de composición, escuchar “Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again” de Bob Dylan o “Blowin' in the Wind” de Joan Baez siempre nos trasmitirá una efusión bellísima, que mucho tiene que ver con el arte de componer sencillamente con una guitarra. Para Karen Dalton, la importancia de reinterpretar esas emociones escritas por artistas simbólicos era de suma importancia, pues lograba mantener vivo su espíritu y hacer justicia por llevar los sonidos olvidados a un segundo plano de vida. Pero la desventura que vendría para ella bajo el nombre de destino, evitó que alguien, en algún momento, le hiciera justicia a su vida misma.

Nacida en Oklahoma, con sangre india de los nativos Cherokee, Karen Dalton fue uno de los minerales-joya enterrados en lo más profundo de la escena folk de Greenwich Village en los años sesenta, cúmulo de talentos en los que destacan Fred Neil, Richard Tucker y por supuesto, Bob Dylan. Sus constantes viajes por América con una guitarra de 12 cuerdas y un banjo, despertaron las almas inquietantes de todo aquel que intentaba llevarla a un estudio de grabación, sin obtener más que una simple aversión de su parte. Karen estaba en el lugar y el tiempo correcto para conseguir un poco de fama con ese especial tono de voz que siempre recordaba a Billie Holiday; sin embargo, sus constantes roces con el abismo de la adicción y el alcoholismo la dejaban inerte, siempre con la idea de regresar a su pueblo natal, de abrazar a sus niños, a su caballo y a su perro.

Lograr llevarla a estudio unos años más tarde fue probablemente uno de los grandes favores que le debemos a Fred Neil, quien lo hizo posible. Corría 1969 y se grabó entonces It’s So Hard To Tell Who’s Gonna Love You Best, álbum que recupera los ritmos más celestiales de pioneros del blues como Lightnin’ Hopkins o el hiriente Washington Phillips, que se pueden apreciar desde los primeros arreglos sencillos que anuncian la entrada del disco. Canciones que sobresalen de manera natural como “It Hurts Me Too” y la profunda interpretación de “Down on the Street (Don't You Follow Me Down)” entre los deslices ágiles de sus dedos, revelan el culto a la nostalgia countryniana de los mejores músicos que ha tenido América.

daltonSeguido de este excepcional trabajo, era de esperarse una obra de mayor producción que reflejara los grandes sonidos del entonces festival Woodstock: In My Own Time de 1971 fue su segunda grabación completa, producida por Harvey Brooks (colaborador de Dylan para la sesión de “Like A Rolling Stone”), de donde podemos subrayar la eminente interpretación de “Katie Cruel”, hermoso conjunto que hace con el banjo y algunos arreglos majestuosos del violín de Bobby Notkoff, la imponente y sin embargo nostálgica “Something In Your Mind” de Dino Valenti y los arreglos elegantes a piano de “In Station”, original de Richard Manuel.

Dalton era sólo una intérprete, jamás brilló como escritora de sus propias canciones, pero esto no evitó que logrará el fin teleológico de la composición pura de una canción, pues para escuchar un poco a sus sentimientos, hay que tener siempre una premisa en mente: melancolía. Melancolía delicada y a ratos con sabor a miel, que le da existencia a las cuerdas de su guitarra, que le da ser y presencia al apacible silencio de la noche, o tal vez al momento eterno de una tarde mirando las nubes.

 

Envidiable era su deseo de volar en busca de sus verdaderos sueños, pues sus ojos sólo brillaban para sus dos hijos que posteriormente perdieron la vida. Pero los constantes choques que Karen tuvo con las depresiones, los dolores punzantes que una y otra vez la encadenaban a las tinieblas de la heroína fueron en realidad las premisas para que su fuerza, radiante tras los desafíos de vivir una vida que no le pertenecía, la convirtieran en la luz cegadora de ese folk que le canta sutilmente a las tristezas, a los dolores de la inocencia, a la muerte. Sweet Mother K. D., como algunos la llamaban, se encontró en el peor de sus infiernos mentales en 1993, cuando su magnífica voz terminó de consumarse entre la tiniebla de la enfermedad; tenía SIDA y como cualquier imperfecto de la sociedad, que no se le perdona su manera de decidir, las calles –las de Nueva York--, fueron su más grande refugio para huir de la realidad.

Twitter de la autora: @surrealindeath

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Las sombras son femeninas: reflexiones que suscita la película “El Babadook” (Jennifer Kent, 2014)

Arte

Por: Psicanzuelo - 11/07/2014

Esta terrorífica cinta australiana nos lleva a examinar el papel creativo que ha tomado la mujer en el rumbo que ha tomado el género del cine de terror contemporáneo

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Recientemente apareció una impactante opera prima de horror edípico, El Babadook, dirigida por una mujer australiana de nombre Jennifer Kent, que hasta ahora únicamente había actuado en la pantalla. Si bien no es enorme la participación de la mujer como directora dentro del género, sin figurar un nombre femenino al lado del de Wes Craven, John Carpenter o James Wan, sí se han encargado de darle forma a la postura que tiene hoy en día el género del terror cinematográfico. Por medio de un top 5 de cintas sobresalientes de este género dirigidas por mujeres, analizaremos el fenómeno a detalle.

Aquí el top 5:

1)    La impactante pesadilla adaptando Cementerio de mascotas de  Stephen King en 1989, a cargo de Mary Lambert. Quizás la primera cinta dirigida por una mujer que de verdad quita el sueño, gracias a entender que todavía más horrible que perder a un ser querido es darnos cuenta que jamás lo conocimos, o que se nos revela en algún momento completamente distinto de como lo teníamos concebido. 

2)    La paranoica Voraz/Ravenous (Antonia Bird, 1999) es un relato de canibalismo sobrenatural, suavizado con que también es película de época, una especie de falso western en medio de la naturaleza. Contando con actores de primer nivel como Guy Pierce ó Robert Carlyle, nos presenta a un grupo de hombres luchando por sus vidas en terrenos inhóspitos, pero no sólo entre ellos sino a merced de una criatura perteneciente a la mitología de los indios de Norteamérica, el Wendigo. Aderezado ello con cómo ese espíritu ancestral cobra venganza sobre el hombre blanco, una pista sonora musical impecable a cargo de Michael Nyman, que combina su talento con el de Damon Albarn (Blur), ajustando así el tono de la cinta.    

3)    La enigmáticamente sangrienta, como su título en la región 4: Sangre caníbal/Trouble Every Day (2001), dirigida por alguien de la talla de Claire Denis, siendo predecesora del movimiento que poco más tarde se denominaría “nuevo extremismo francés”. Le brinda un toque especial a un relato de canibalismo, abordándolo de manera lujuriosa, aprovechando la presencia de Vincent Gallo en la pantalla. Es obvia la tensión sexual que existe entre Gallo y Denis, a lo que ella sabe anteponerse en la forma en la que se devoran los personajes; es así como una mujer dirigiendo puede volver real la energía que la circula. Apoyada del talento en el uso de la luz, texturas embriagantes de la talentosa cinefotógrafa Agnès Godard, que apoya la visión femenina que ubica la oscuridad residiendo en el interior del hombre.    

4)    Este mismo movimiento francés recientemente nos revelo a otra actriz que se tornó en una excelente directora, sin dejar de actuar en sus creaciones. Coquetea como Denis con el cine de autor, pero con claros elementos del género del terror: Marina de Van, con la explícita y a la vez perturbadora En mi piel (2002). Resulta inquietante su acercamiento, siendo protagonista de la cinta y revelándose como ente acechado por sí misma. En este caso la mujer se desnuda frente a su cámara y aceptando su locura lunar, y nos sumerge en el terror del lado oscuro de la luna.    

5)    Hace relativamente poco tiempo se filmó, en mancuerna femenina escritora-directora y editora, El cuerpo de Jennifer, dirigida por Karyn Kusama. Contando con la presencia de la sobresexualizada Megan Fox, que aquí funciona de maravilla como una sensual succubus. El acercamiento funciona bien porque la cinta nunca deja de ser simpática, gracias al guión de Diablo Cody, quien ya nos había dado mucho de qué hablar con su elocuentemente graciosa Juno (Jason Reitman, 2007). 

panPodemos entender que lo que han hecho estás mujeres que, curiosamente, en ningún caso a excepción de Marina de Van siguen haciendo cintas de terror, contribuyó a construir un volumen, darle dimensión al género en términos psicológicos. Como si llegaran a darles de nalgadas a los autores masculinos, diciendo  algo así como “Vamos a crecer, el género nos está hablando de un inconsciente tan real como lo que vivimos día con día y lo estamos dejando de lado, interesados únicamente por fantasías masculinas”. Obviamente sin  descubrir el hilo negro, esto es la gasolina que usó el expresionismo alemán, y más tarde la Universal y la RKO en el Hollywood de los 40, el cine independiente en los 70 y más tarde quedó relegado al cine experimental. Un realismo que viene de observar que muchas veces no queremos ver nuestra sombra por más grande que esta sea.

La película El Babadook le da una nueva sacudida al género apoyándose de nuevo en la metáfora psicológica, llegando a terrenos que Alfred Hitchcock pudo alcanzar después de una carrera llena de logros y avances (refiriéndome a su oscura fábula edípica de 1968, Psicosis). Pero aquí no hay guiñol, ¿o sí? Lo que seguramente existe para el espectador es una gran arena movediza donde no podemos confiar para poner un pie encima; no se puede tomar equilibrio en ningún momento durante toda la proyección. Quizás Amelia (Essie Davis) no adora a su hijo Samuel (Noah Wiseman) como parece hacerlo, quizás no existe está obscura presencia que se presenta por medio de un libro infantil llamado El señor Babadook; quizás nosotros también nos hemos encontrado en una situación similar, donde le echamos la culpa a un muñeco que hace travesuras por nosotros.

Jennifer Kent también escribe toda la trama de la cinta, y en una situación intima nos aterroriza con dimensiones a las que podemos acceder fácilmente por medio de nuestra percepción. La manera secuenciada como las sombras internas se van volviendo externas; como salen a pasear las sombras de los personajes, dejándonos huecos en nuestro entendimiento, sentimientos negativos que llegan al límite de lo sano y lo saludable, entendimientos que no son nuestros sino de alguien más.      

Por una escena onírica inicial, introductoria de la mentalidad de Amelia, su conflicto personal mas no el que le dará su arco como personaje. Se conjuga el sonido de la realidad que la circunda dormida; Sam, su pequeño hijo, gritando desesperadamente, intentando de esta forma despertar a su madre, que está en medio de un sueño donde revive un accidente automovilístico. ¿Acaso fue este accidente donde perdió la vida su marido? La ansiedad de Sam para despertarla a media noche tiene que ver con una pesadilla recurrente; ella lo intenta tranquilizar con un cuento de hadas infantil.

Por la mañana vemos cómo la relación que llevan madre e hijo es regular a lo normal: la tensión entre ellos, la manera como él hace una travesura y luego otra, y el cariño que los unifica, volviéndose físico. Sam es un niño problemático en la escuela y en la casa sigue hablando de un personaje macabro que viene por él para llevarlo lejos, a un lugar obscuro: El señor Babadook.

bab-reelgoodEl filme dista mucho del simple efectismo que suele existir en éste género que, ante el presupuesto modesto, por lo general recurre a sustos en base a ruidos sincronizados con cualquier excusa, o a la oscuridad forzada. Aquí no se le teme al Sol que sobreilumina los días en el exterior de la casa, y tampoco a que todo se vea en la casa, por una iluminación dura. Es importante esto, ya que realmente lo que empieza a ocupar la pista sonora son los molestos ruidos, gritos, quejas de Sam que se agudizan a manera que avanza la trama, y así nos vamos identificando con los gestos de Amelia a los que tenemos acceso en todo momento. Hay un desagrado creciente por su hijo, aunque se va acompasando con otras escenas donde el niño resulta adorable. Eso es lo que comienza a volver loca a Amelia, y a nosotros junto con ella; eso es lo que le da vida a una extraña criatura que surge de uno de esos cuentos infantiles, el Babadook. Hasta en la oscuridad de la noche se ven los rostros; no es tan oscura la noche, pero hay zonas profundamente oscuras dentro del cuadro, inquietantes. Hay una escena maravillosa, completamente tétrica porque nos muestra el inconsciente a flor de piel: Amelia intenta dormir, no puede, respira fuerte, el ángulo de cámara, de estar en un close-up, muy cercano a ella, se torna en uno abierto pero a nivel de las sabanas, donde no es claro si ella se masturba, pero los jadeos ya no son de molestia: algunas imágenes aparecen en su imaginación donde su pequeño Sam ríe; en ese momento brinca Sam sobre la cama desde fuera de cuadro gritando y nos pega un susto a todos. Es un susto muy peculiar haber sido sorprendidos en un lugar donde no debemos estar, en una muy confusa sensación que altera.

Amelia es una buena enfermera; los momentos en los que ella está en el hospital son agradables para ella. El problema es su hijo, y poco a poco este ser que se va creando con toda está tensión y la ansiedad de las noches sin dormir, de la naciente esclavitud. Sam comienza salir de control por medio de su imaginación exacerbada, dándole espacio al fantasma de su padre, y algunos sucesos parecen ataques directos a la madre, y cuando ella lo cuestiona Sam únicamente culpa al Babadook.

Los niveles de lectura del Babadook resultan gratificantes para un espectador que busca retos en la proyección de una película; la acción demostrada dentro de las escenas de que la amenaza cambié de lugar de procedencia y cuestionando también sobre quién será aplicada, nos va empatizando tanto con Amelia como con Sam: los dos pueden ser víctimas y victimarios. Las sensaciones efectivamente nos regresan a cuando éramos niños y teníamos que mirar varias veces lo que había debajo de nuestra cama; al hacerlo quedábamos seguros, en un nivel consciente, de que no había nadie ni nada ahí. Aunque de nuevo, abajo de las cobijas, sabíamos que no estábamos tan solos como nuestros padres nos hacían creer.

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Twitter del autor: @psicanzuelo