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Drogas para mejorar relaciones amorosas

Por: pijamasurf - 02/12/2013

Un grupo de científicos debate la posibilidad de mejorar relaciones al utilizar drogas que simulen un estado de enamoramiento permanente.

El matrimonio, una relación monógama entre dos personas existe virtualmente en todas las culturas del mundo, sin embargo, se ha vuelto evidente que es dificíl mantener esas relaciones debido a razones sociales y también razones de bioquímica. Un grupo de científicos propone el uso de drogas que simulen el enamoramiento para mantener a parejas felices y unidas por más años.

Brian Earp explica que en la antigüedad el enamoriamento surgía entre dos personas por razones de supervivencia; un bebé tenía más posibilidades de sobrevivir si contaba con dos padres que lo cuidaran, criaran y alimentaran. Mientras más tiempo durara el enamoramiento más tiempo tenían los padres para reproducirse y criar a más infantes, y mientras más hijos tuvieran, más crecía su afecto. 

El problema de las relaciones modernas es que al vivir más ya no nos reproducimos hasta morir, entonces la cuestión de supervivencia es relevante solo hasta que nuestros hijos llegan a cierta edad. Permanecer en pareja ya no es necesario para sobrevivir y como consecuencia, el amor pierde importancia.

Algunos se oponen a la intervención química en cuestiones del amor porque lo consideran algo espiritual, un enlace entre dos almas gemelas. 

El especialista en ética Brian Earp y sus colegas Anders Sandberg y Julian Savulescu de la Universidad de Oxford explican que el uso de drogas amorosas no sería nada nuevo, por ejemplo, si una persona en una relación sufre de depresión, tiende a llevar a su pareja a sentirse mal también, por lo que una intervención química (anti-depresivos) los ayuda a ambos. Las drogas del amor funcionarían de la misma manera, pero en vez de felicidad general, las personas sentirían amor.

Antes de su prohibición, los terapeutas utilizaban MDMA para tratar a parejas en crisis. La droga hacía que los pacientes sintieran una especie de euforia y sentían más cariño por su pareja. 

 Las drogas del amor también podrían utilizarse para fortalecer las relaciones entre madres apáticas y sus hijos, por ejemplo en la Universidad de Zurich descubrieron que un spray nasal de oxitocina, conocida por ser la hormona que propicia los lazos afectivos entre madres y sus recién nacidos, también relaja a las parejas conflictivas. 

Los científicos también defienden el uso de drogas anti-amor para finalizar relaciones nocivas, por ejemplo relaciones abusivas y con sectas. Actualmente los científicos experimentan cómo romper lazos afectivos usando dopamina en roedores monógamos. 

Las drogas amorosas se enfrentan a muchos problemas. Algunos argumentan que un rompimiento no es nocivo ya que las sensaciones de dolor ayudan a madurar. También existe el temor que las drogas de anti-amor puedan ser mal utilizadas para “curar” a homosexuales o para terminar con relaciones funcionales.

Las cuestiones éticas que rodean a las drogas amorosas dificulta su legalización, sin embargo los científicos que defienden su uso siguen trabajando para mejorar drogas que al largo plazo fovereceran las relaciones humanas. 

[The Atlantic]

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¿Es mejor desear y que la consecución de ese deseo nos transforme? ¿O no desear y evitar así el sufrimiento que conlleva sentir que necesitamos algo?

La naturaleza humana —si es que aún puede utilizarse dicho concepto— posee algunos elementos que la identifican como tal: la conciencia de sí, la empatía, la conciencia de la muerte y algunos más que forman una especie de red en la que todos están conectados secretamente entre sí, en la que es difícil señalar si hay alguno que precede a otro o viceversa.

En este sentido, hay uno en especial que podría mirarse como una especie de fuente o manantial primigenio del cual surge esa suma de circunstancias que explican la existencia de una persona: el deseo.

Aun en su forma primitiva —suponiendo que existió en algún momento del desarrollo evolutivo del hombre una especie de proto-deseo que seguía inclinado hacia los instintos pero en franca transformación con respecto a estos — el deseo puede considerarse ese empuje último que como especie nos separó para siempre del seno de la naturaleza, la expulsión edénica que, como querían Kafka y Borges, consiste en que somos incapaces de darnos cuenta en que seguimos en el Paraíso.

La esencia del deseo es paradójica: en su cariz más cruel, nos enfrenta a la realidad de nuestra insatisfacción, nuestra incompletud, al hecho de que necesitamos algo que no tenemos, siempre; en contraste, es esta misma conciencia la que nos anima y nos aviva, la que potencialmente nos empuja a hacer algo para conseguir y alcanzar eso que deseamos.

Esa es una manera de entender el deseo: como raison d’être, en su sentido más literal, como una circunstancia vital que, de no existir o, por el contrario, de satisfacerse realmente, quitaría todo sentido al hecho de ser y estar en este mundo.

Ahora bien, a esta conceptualización francamente lacaniana del deseo puede oponerse, en un juego de contrapuntos, la idea budista del deseo como causa del sufrimiento, como elemento que nos anuda y nos mantiene en los circuitos de miseria y dolor, que echa a andar los enrevesados mecanismos del apego y todas las consecuencias que esto conlleva. Desear algo es, aquí, sentir que ese algo nos hace falta, una sensación más bien cuestionable por ilusoria y que, en cierta forma, tiende naturalmente hacia su desaparición en una persona que sigue la doctrina budista.

Se trata, como se ve, de dos maneras de entender el deseo un tanto opuestas entre sí: ¿es mejor desear y que las acciones emprendidas para alcanzarse ese deseo nos transforme, preferentemente para bien, o no desear y con ese no desear igualmente alcanzar el equilibrio espiritual que dé paz a nuestra existencia?

Twitter del autor: @saturnesco