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Baturrillo: Frankenweenie, el intercambio equivalente y la promesa imposible

Arte

Por: Pepe Moss - 10/09/2026

¿Qué estaríamos dispuestos a dar para recuperar a alguien que amamos? Tim Burton utiliza la ciencia, el duelo y el amor de un niño por su perro para explorar los límites del intercambio equivalente frente a la muerte y el deseo de recuperar aquello que hemos perdido.

¡Llegó una de las temporadas favoritas para muchas y muchos! Halloween y Día de Muertos nos permiten disfrutar del calorcito familiar que también rodea a la muerte, lo paranormal y el terror; además de ser un buen momento para reflexionar sobre el duelo, el final y la trascendencia.

Así que doy por inaugurado el ciclo de animación “halloweenesca” con Frankenweenie, un largometraje de Tim Burton que reinterpreta la historia de Frankenstein para hablarnos del amor, el intercambio equivalente, la muerte, la vida y el duelo, en una película monocromática que, a simple vista, parecen sólo muñequitos.

No se puede obtener nada sin dar algo a cambio

En Frankenstein, de Mary Shelley, Victor quiere crear vida; en Frankenweenie, Victor quiere recuperar la vida de Sparky, su perro. Esta diferencia es clave para entender la transgresión de crear vida a partir de la muerte: uno quiere desafiar los límites del conocimiento; el otro quiere utilizar sus conocimientos para recuperar aquello que ama.

Y mientras veía Frankenweenie me fue inevitable pensar en Fullmetal Alchemist, un anime protagonizado por los hermanos Elric que, después de quedar huérfanos, intentan revivir a su madre utilizando la alquimia: la transmutación humana.

La premisa de la historia de Hiromu Arakawa es el principio del intercambio equivalente: «la humanidad no puede obtener nada sin primero dar algo a cambio. Para obtener algo, se debe perder otro de igual valor». Edward y Alphonse descubren que no es tan sencillo como parece: intentar devolverle la vida a su madre los lleva a cruzar el máximo tabú, haciéndoles perder sus cuerpos y descubriendo que la vida humana no es sólo un listado de ingredientes, sino una condición que trasciende la materia.

Los hermanos Elric después de intentar la trasmutación humana

Sin embargo, Victor ni siquiera está dispuesto a negociar. Él no quiere intercambiar, quiere exactamente lo que perdió, a su perro Sparky. Esa es la diferencia entre Frankenstein, los hermanos Elric y Victor: el amor. ¡Sí! Suena muy cursi, pero te cuento por qué tiene sentido para mí.

En Frankenweenie, el profesor Rzykruski le explica a Victor que una de las variables que hizo posible su experimento fue el amor que sentía; el niño tenía el compromiso y la entrega necesarios para devolverle la vida al perro. Su deseo iba más allá de la competencia y el triunfo: quería recuperar la compañía y el cariño de Sparky.

Y esa idea, por sencilla que parezca, Burton la utiliza para diferenciar a Victor de sus compañeros de clase. Ellos quieren disfrutar de los resultados de la ciencia, pero no necesariamente de las interrogantes que implica. Al igual que los hermanos Elric y Frankenstein, sus experimentos terminan creando monstruos como consecuencia de intentar cruzar los límites de la vida y la muerte. Por eso es un tabú.

Es fácil prometer lo imposible

El intercambio equivalente también forma parte de la relación de Victor con su padre: el niño puede participar en la feria de ciencias siempre y cuando entre al equipo de béisbol. Un intercambio en el que ambos aparentemente ganan, pero durante el partido, Sparky corre detrás de la pelota y es atropellado.

Muy al estilo de Tim Burton, la cruel ironía se hace presente: la imposición que Victor acepta para complacer a su padre termina relacionada con la pérdida de Sparky. No estoy culpando a su papá (¿o sí?), sino señalando algo que me encanta de la cinematografía de Burton: evidenciar la incongruencia. Los adultos creen que pueden negociar con los deseos de un niño sin prever las consecuencias de esa exigencia.

Los padres de Victor prometiendo lo imposible

Después de la muerte de Sparky, los padres de Victor intentan consolarlo diciéndole que, si pudieran, lo revivirían. Y cuando se enteran de que su hijo sí lo logró, se asustan. La respuesta de sus padres, al mejor estilo de los adultos, fue: «es fácil prometer lo imposible».

Esa frase es otro gran pilar de Frankenweenie y, me atrevería a decir, del universo burtoniano: lo que para la mayoría es imposible, para el protagonista es una posibilidad. Y Victor actúa en consecuencia.

El psiquiatra y psicoanalista John Bowlby habló del apego como un vínculo cuya ruptura provoca una respuesta de pérdida. Victor se distingue de sus compañeros porque revive a su perro desde el apego: no intenta comprender la muerte de Sparky, sino recuperar el vínculo que la muerte rompió. ¡Por eso su experimento funciona!

Pero aquí hay otra forma de amor que Burton pone en juego. Victor confía en sus padres porque los ama y sabe que ellos lo aman. Por eso, cuando le dicen que, si pudieran, devolverían la vida a Sparky, Victor no escucha una metáfora sino una posibilidad. La confianza convierte el consuelo en una promesa y la promesa en una acción.

Es entonces cuando ambos vínculos se encuentran. Por una parte, el amor que Victor recibe de sus padres le permite creer que lo imposible puede hacerse; por el otro, el amor que siente por Sparky le da una razón para intentarlo.

La muerte nos habla de la vida

La animación permite hablar de temas complejos, como la muerte, de una manera sencilla y Tim Burton lo sabe; lo practica en cada película. En Frankenweenie, vuelve cercana a la muerte y al duelo. Social e históricamente, la muerte ha sido un tabú, pues –dicen-- mientras más lejos y calladita, mejor.

Se utilizan eufemismos, metáforas confusas y se evitan detalles que se transmiten a los niños con el objetivo de evitar la confrontación, hasta que un día se espera que simplemente lo acepten.

Pero durante siglos la ficción ha hecho lo contrario: las grandes mitologías nos heredaron historias para explicar el dilema primigenio de la muerte… y, por lo tanto, de la vida.

Tim Burton ha aprovechado esa función y la ha llevado a sus películas. En medio de bosques oscuros, monstruos y excentricidades, convierte la muerte y el miedo en algo imaginable, fantástico, cercano.

Frankenweenie habla del duelo en la infancia de una forma tan amable y conmovedora que nos olvidamos de que la mascota de Victor es un zombie, que seguramente olía a muerto, y nos concentramos en la ternura de una pérdida inexplicable.

Desde la tanatología sabemos que las niñas y los niños se relacionan de distintas maneras con la muerte según su etapa de desarrollo y su capacidad para comprender conceptos complejos. No es que Victor no entienda la muerte; más allá del entendimiento están las emociones y los sentimientos: el dolor, el extrañar, la soledad, la melancolía y, por supuesto, lo difícil que es aceptar que aquello que murió no puede volver a ser como antes.

La muerte de Sparky es injusta para Victor y, después de escuchar la promesa de sus padres, la resignación no es una opción. Él no quiere llevarlo en el corazón; no acepta las metáforas, quiere volver a jugar con su perro, acariciarlo, sentir sus lengüetazos en la cara, verlo correr por el jardín.

Ahí está la profundidad de la muerte en la experiencia humana: lo finito de lo material frente a aquello que permanece en nuestra memoria. En Frankenweenie se aborda esa contradicción mostrándole al protagonista que revivir no es lo mismo que devolver las cosas a como estaban. La muerte no es una pausa; es irreversible. No existe un intercambio equivalente para recuperar una vida, ni una cantidad suficiente de ciencia, alquimia o conocimiento para reparar una pérdida.

Para mí, esa es la moraleja de esta historia: Victor descubre que amar a alguien también significa descubrir que podemos perderlo. No podemos devolverle la vida pero sí podemos contar historias sobre la muerte, y quizá esa sea una de las formas más auténticas que tenemos para seguir hablando de la vida.


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