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El autor mexicano Jenaro Martínez habla sobre «La verdad oculta», segunda parte de «Invasión silenciosa», una novela que mezcla thriller, ciencia ficción y reflexión sobre tecnología, inteligencia artificial y la manipulación de la realidad

La ciencia ficción,  no  siempre se trata de naves ni de futuros lejanos; habla de preguntas que ya están aquí, instaladas en lo cotidiano, pero que preferimos no mirar de frente. En la obra Invasión silenciosa la verdad oculta de Jenaro Martínez, esas preguntas no solo aparecen, avanzan, se expanden y terminan por instalarse con una fuerza difícil de ignorar.

Su historia como escritor no empieza en una editorial, ni siquiera en la escritura; empieza mucho antes, en la infancia, en Coahuila, entre fósiles y la intuición de que el universo no está vacío. “Desde que era muy pequeño soñaba con ser paleontólogo… en el rancho de mi abuelo había fósiles… yo quería descubrir un dinosaurio”, recuerda. A esa fascinación se le sumaba otra: mirar el cielo nocturno y sentir que algo más habitaba ahí. “Ver el cielo en la noche… es abrumador… yo imaginaba que nuestra galaxia estaba llena de vida”.

Durante décadas, esa inquietud convivió con una vida completamente distinta: ingeniería, tecnología, trabajo corporativo, familia; no parecía haber espacio para la ficción. Hasta que llegó una decisión que cambió todo. “Cuando cumplí 40 años… si yo no hacía algo con todo lo que traía en mi mente desde la infancia… mi vida se iba a ir sin saber si pude lograr algo con ello”. Lo que siguió no fue inmediato ni sencillo: siete años de trabajo para construir Invasión Silenciosa, su primera novela.

Ese tiempo no solo fue de escritura, también de transformación personal. “Fue mucho de hacerme consciente de que podía ser escritor… que lo que yo escribiera podría ser digno de leerse por miles de personas”. El resultado terminó validando esa intuición: una autopublicación que encontró lectores y que eventualmente lo llevó a una editorial internacional.

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Abrir la puerta cambia las reglas

Si la primera parte de la trilogía planteaba preguntas, la segunda (La Verdad Oculta) decide atravesarlas.

El proceso fue distinto, pero no más sencillo. “El segundo libro me tomó como tres años y medio… pero fue más complicado”, admite; no por falta de claridad, sino por el peso de lo que ya existía: lectores, expectativas y una historia que exigía crecer sin repetirse. “Mucha gente le gustó la primera parte… y se quedó como una serie que cortas en el final de temporada… el reto era cómo hacer una segunda parte más profunda”.

La clave estaba desde el inicio. Nunca fue una historia pensada como continuación improvisada. “Siempre fue planeada como una trilogía”; eso permitió algo más ambicioso: construir en capas. “En la primera apenas estamos viendo la puerta… en la segunda ya la abrimos y nos damos cuenta que hay muchas más puertas cerradas”.

Ese gesto (abrir una puerta solo para descubrir que no era la única) define el tono del segundo libro; más complejo, más filosófico, pero sin abandonar el ritmo de thriller. “Tiene acción y suspenso, pero también temas más profundos… genera más preguntas”.

Parte de esa profundidad no viene de la ficción, sino de lo que ya está pasando. Su historia se siente cercana porque, en realidad, lo es. “Está muy anclada a nuestra realidad… pudiera estar sucediendo hoy mismo”, dice; y no es gratuito: el contexto actual parece sacado de una novela.

“Después de muchas décadas de negación, el gobierno de Estados Unidos aceptó oficialmente que los fenómenos anómalos no identificados existen… y no todos tienen explicación”. A eso se suma algo más: la liberación de información por parte de figuras con credibilidad (militares, científicos) que antes permanecía oculta.

Pero si ese fuera el único eje, la historia se quedaría en la superficie; lo que realmente le interesa está en otro lado.

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La manipulación invisible

“Todo lo que nosotros vivimos… lo que vemos, lo que escuchamos, lo que compramos… todo está diseñado por alguien o por algo”, explica. La tecnología, que durante años fue una herramienta de progreso, empieza a mostrar otra cara: la de la intervención constante.

“Con las redes sociales están casi diseñando lo que vas a pensar, querer y decidir”; el resultado no es una distopía lejana, sino una transformación silenciosa de la experiencia humana. “Cada vez nos quedan menos experiencias realmente genuinas”.

Esa inquietud se vuelve más urgente cuando entra en juego la inteligencia artificial. “Hoy… ya es difícil distinguir entre lo falso y lo verdadero”; y la consecuencia no es solo técnica, también emocional y social. “Hay niños que prefieren interactuar con inteligencias artificiales… porque temen ser rechazados por otros humanos”.

La pregunta deja de ser abstracta: “¿Qué significa ser un ser humano?”.

La ciencia ficción como espejo

Frente a ese panorama, la ciencia ficción deja de ser escapismo; se convierte en herramienta.

“Son como unos lentes… que te puedes poner para analizar la experiencia humana”, explica. La distancia que da lo fantástico permite mirar lo real sin la rigidez de un ensayo o el peso de una advertencia directa. “Nos damos el permiso de verlo más relajado… pero al final es un análisis de qué significa ser humano hoy”.

Ese enfoque también redefine la lectura de su obra; lo que empieza como un hallazgo imposible (un artefacto en un fósil) evoluciona hacia algo más complejo: la sospecha de que la realidad misma podría no ser lo que creemos.

Lo que el lector tiene que soltar

Entrar al segundo libro implica un pequeño ajuste mental; no es un giro radical, pero sí una expansión.

“La primera es un thriller de acción y suspenso… la segunda mantiene eso, pero ya tiene elementos más fantásticos y filosóficos”, explica. El cambio no rompe con lo anterior, lo profundiza. “Es la misma historia… pero se expande mucho en escala y en contexto”.

Esa expansión no es solo narrativa, también conceptual; lo que antes parecía una anomalía ahora se revela como parte de algo mucho más grande.

Pensar en imágenes

Desde su origen, la historia fue visual. “Siempre lo imagino como una película… cada capítulo se queda como en un cliffhanger”, dice. Esa estructura, casi episódica, no es casual; responde a una sensibilidad formada entre cine, televisión y literatura. “Lees un capítulo… otro más… y son las tres de la mañana”.

La posibilidad de llevarlo a pantalla existe, aunque todavía en etapas tempranas. “Sí hay mucho interés… pero son procesos largos”. Por ahora, la historia sigue creciendo donde empezó: en la página.

Al final, lo que propone Jenaro Martínez no es una respuesta, sino una tensión que se mantiene. Una que no se resuelve al cerrar el libro.

Porque si la primera parte planteaba dudas y la segunda abre puertas, lo que viene no será una conclusión tranquila; será la consecuencia de todo lo que ya no se puede ignorar.


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