«Marty Supreme»: la experiencia de un tiempo sin pausa (RESEÑA)
Arte
Por: Lucía Amatriain - 02/22/2026
Por: Lucía Amatriain - 02/22/2026
Marty Supreme es una película técnicamente brillante.
Desde sus primeros minutos —antes del título general— parece anunciar un clásico. Sin embargo, a medida que avanza, esa promesa se diluye en una acumulación constante de estímulos que dan lugar a múltiples pero vagas interpretaciones. ¿Es una película de estafadores? ¿El retrato de un miserable? ¿Una crítica a la meritocracia o un elogio al individualismo?
La trama se acelera y las líneas narrativas que se habían insinuado —la historia de amor, el vínculo con la madre, los orígenes, la zapatería— no desaparecen, pero pierden espesor. El ritmo vertiginoso podría encontrar una justificación interna: los tiempos del ping pong, la lógica de la competencia, la ansiedad del protagonista por salir campeón. No obstante, el exceso termina imponiéndose y desborda esa lógica, convirtiéndose en el rasgo que domina la experiencia.
Lo que permanece, al finalizar la proyección, es un estado de saturación perceptiva. Como si el espectador hubiera sido arrojado a un espacio sin tiempo donde todo es presente.
En el registro del cine de acción, ese ritmo resultaría coherente; en este caso, en cambio, produce un efecto de vaciamiento. La película no se detiene y el espectador acompaña la trama sin margen para despegarse de ella.
No queda claro de qué se trata, no por falta de información, sino por exceso.
Hacia el final el mensaje es relativamente simple, una invitación algo esquemática a repensar el éxito, la identidad, el individualismo en oposición a la familia. Pero si ese era el punto, ¿era necesaria tal acumulación de situaciones?
Marty ocupa todo el espacio. Rebota de escena en escena como una pelotita de ping pong, frustrando cualquier intento de posicionamiento. Su tiempo es el del film. Hay que escapar hacia adelante. No es intensidad, sino la economía de un tiempo sin pausa.
Desde el psicoanálisis, Lacan propone pensar el tiempo no como cronología, sino como lógica. No se mide, sino que se produce. El instante de ver, el tiempo para comprender y el momento de concluir no se suceden de manera lineal ni garantizada. Entre el impacto inicial y el acto, hay un tiempo intermedio, decisivo: el tiempo de comprensión. De elaboración.
En una temporalidad que no admite espera, ¿es posible comprender?
Sin demora, ¿cómo posicionarse?
Ni la extraordinaria actuación de Timothée Chalamet alcanza para producir la sensación de haber atravesado una historia.
Marty se inscribe como un antihéroe reconocible del presente: puede resultar más o menos simpático, más o menos perdonable. Pero el problema que plantea la película no es tanto moral como temporal.
Puede entonces que lo que el film nos muestre sea que nos estamos quedando sin pausas.