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«Screenlife»: ¿la evolución cinematográfica del «found footage» en la era de la hiperconectividad?

Arte

Por: Jonathan Flores - 01/20/2026

Internet ha cambiado muchas cosas, entre ellas la manera de contar historias en el cine; una de las más significativas es el surgimiento del «screenlife», un recurso visual y narrativo derivado de la omnipresencia de las pantallas en nuestra vida actual, y emparentado con el uso de dispositivos como cámaras de seguridad y de video en nuestro pasado reciente

En 1999, cuando The Blair Witch Project (Eduardo Sánchez y Daniel Myrick) llegó a las salas, no solo presentó una película: propuso una ilusión. Todo lo que veíamos en pantalla era metraje encontrado, “hechos reales” recopilados y proyectados sin intermediarios. En aquella época, los últimos años antes de la hiperconectividad que apenas se anunciaba, la idea no solo parecía plausible, sino inquietantemente verosímil. A eso se sumó una campaña de marketing brillante, una narrativa bien construida y una atmósfera que terminó por convertirla en película de culto y pionera del found footage.

No fue sino hasta 2007 cuando este subgénero alcanzó una popularidad aún mayor con Paranormal Activity (Oren Peli), primera película que dio lugar a toda una franquicia en la cual se retomó la lógica del metraje encontrado, pero añadió un elemento clave: las cámaras de vigilancia de uso doméstico. La necesidad de estar grabando todo el tiempo dejó de sentirse forzada y encontró una justificación más cercana a la cotidianidad.

Ambas películas comparten algo esencial: nacieron en una era previa a la globalización del Internet. Durante años, el found footage cargó con preguntas recurrentes: ¿por qué existe tanto material tan específico?, ¿por qué los personajes nunca sueltan la cámara? Cuestionamientos que, en su momento, rompían la inmersión.

Hoy, esas dudas parecen casi ingenuas. Vivimos pegados a las pantallas, grabamos fragmentos constantes de nuestra vida, compartimos en redes sociales, almacenamos recuerdos, datos y hasta emociones en la nube. La vigilancia dejó de ser un elemento externo para convertirse en una práctica cotidiana.

En ese contexto nace el screenlife, un término relativamente reciente para describir un estilo narrativo que, en realidad, ya existía antes de ser nombrado. Películas como Thomas est amoureux (Pierre-Paul Renders, 2000) o The Collingswood Story (Mike Costanza, 2002) ya exploraban cómo la paranoia digital y la vida en línea podían apropiarse de la pantalla cinematográfica.

Sin embargo, fue hasta Searching (Aneesh Chaganty, 2018) y Host (Rob Savage, 2020) que el público general se acercó de forma más clara a esta manera de contar historias. La razón es difícil de ignorar: la pandemia. El aislamiento, las videollamadas, los correos, las pantallas como único puente con el exterior convirtieron al screenlife en un reflejo inmediato de la realidad que muchos compartimos. Aunque ese momento quedó atrás, sólo aceleró un proceso que ya estaba en marcha: la hiperconectividad como estado permanente.

En el cine, el screenlife funciona bajo reglas claras, aunque no siempre evidentes. Entre otras:

  • Todo ocurre desde la pantalla del personaje.
  • A diferencia del movimiento nervioso del found footage, aquí la cámara suele ser estática.
  • El protagonista permanece frente a una computadora o un celular y su margen de acción se construye a través de ventanas emergentes, pestañas, notificaciones y archivos.
  • El espectador ve exactamente lo mismo que el personaje, sin atajos.

Por otro lado, las conversaciones archivadas, las fotos, los videos y el historial digital cumplen una función narrativa crucial. Son la manera de entrar en la psicología del personaje, de entender su pasado y su presente sin abandonar el encuadre fijo. La intimidad ya no se construye con primeros planos, sino con mensajes antiguos y carpetas olvidadas.

Las videollamadas y llamadas permiten la aparición de otros personajes sin necesidad de compartir el mismo espacio físico. Los recuadros se convierten en escenarios y los rostros fragmentados en nuevas formas de interacción. Todo sucede dentro del mismo marco, ampliando el mundo sin romper la lógica visual.

La información, por su parte, llega a través de aplicaciones, redes sociales y páginas web. Internet no solo conecta al personaje con su entorno, también guía al espectador, que descubre la historia al mismo tiempo que quien la protagoniza. Navegar es investigar, dando a cada click un peso narrativo.

En términos de producción, el screenlife reduce costos: menos locaciones, menos traslados, equipos más simples. Aun así, nunca se convirtió en una fórmula dominante dentro de Hollywood. Tal vez porque al espectador promedio, ya saturado de su propia pantalla, no siempre le resulta atractivo sentarse a ver a otro personaje explorar su cibermundo.

Aunque el screenlife podría entenderse como la evolución natural del found footage, todo indica que seguirá siendo un estilo de nicho, más cercano al cine de culto que a la masificación. Una forma de narrar que dialoga directamente con nuestra época, pero que, paradójicamente, no todos están dispuestos a mirar de frente.


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Instagram del autor: @johny_zf


Imagen de portada: Especial