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Cecilia Giménez, autora de la fallida pero célebre restauración del Ecce Homo de Borja, falleció a los 94 años. Su intervención convirtió a un pequeño santuario en un fenómeno cultural global y transformó para siempre la historia reciente del arte popular.

Cecilia Giménez, quien se volvió mundialmente famosa con la restauración de la obra “Ecce Homo” de Borja falleció este lunes 29 de diciembre a la edad de 94 años. Sus familiares, el alcalde de la localidad y el Santuario de la Misericordia confirmaron el deceso.

La mujer que en 2012 brincó a la fama sin proponérselo fue una figura muy importante para su comunidad, pues a partir de su “intervención” en la obra original de Elías García Martínez, atrajo a cientos de miles de visitantes que buscaban presenciar de cerca la pintura.

Aunque siempre sostuvo que el trabajo no estaba concluido y que su intención era preservar una imagen que formaba parte de la vida cotidiana del santuario, el resultado final provocó desconcierto, críticas y burlas a nivel internacional.

Ecce Homo, todo un fenómeno viral

La historia saltó a los medios después de que el diario Heraldo de Aragón publicara imágenes del fresco tras la intervención. Lo que comenzó como un intento de restauración amateur de una pintura secundaria, ubicada en un muro de una pequeña iglesia del siglo XVI, fue rápidamente interpretado como un error monumental y se difundió como uno de los episodios más insólitos del arte contemporáneo.

En aquel momento, Cecilia Giménez tenía más de 80 años y actuó sin autorización oficial. Al percatarse de que la intervención había superado sus capacidades, decidió notificar a las autoridades municipales responsables del patrimonio cultural para asumir lo ocurrido. Los primeros días posteriores a la difusión de la noticia estuvieron marcados por la angustia y la presión mediática.

No obstante, con el paso del tiempo, el rechazo inicial se transformó en muestras de afecto y es que vecinos, visitantes y ciudadanos de distintas partes del mundo comenzaron a ver en Giménez una figura entrañable, símbolo de una relación ingenua pero genuina con el arte.

Las entradas al santuario se convirtieron en una fuente constante de ingresos, destinados en su totalidad a la Fundación Hospital Sancti Spiritus y al propio Santuario de la Misericordia. Estos recursos permitieron mejorar las instalaciones y apoyar a personas mayores con menos recursos, incluida la residencia donde Cecilia vivió junto a su hijo, quien padece parálisis cerebral.

Aunque el episodio significó un inesperado beneficio económico para el municipio, también tuvo un costo emocional para Giménez, quien atravesó periodos de depresión al verse expuesta a la atención global. Con su muerte, se cierra un capítulo singular de la historia cultural reciente, en el que el error, la ternura y la viralidad redefinieron el significado de una obra.


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