Flor roja: la carta de una sobreviviente de Tlatelolco que inspiró a Óscar Chávez
Arte
Por: Yael Zárate Quezada - 10/02/2025
Por: Yael Zárate Quezada - 10/02/2025
¿Conoces la carta de Margarita? Ella fue una sobreviviente de la matanza de Tlatelolco en 1968. Años después, en 1973, escribió una carta al trovador Óscar Chávez.
La actriz Ofelia Medina dio voz a esas palabras en el disco México 68, vol. 1. En esa misiva, Margarita relata cómo vivió la tarde del 2 de octubre, cuando los militares abrieron fuego contra los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas.
De ese testimonio nació la inspiración para que Chávez escribiera la canción Flor roja, interpretada por Eugenia León en el mismo álbum.
En la carta, Margarita escribió:
“Sólo recuerdo nuestras risas y bromas y, de repente, el caos. Alguien me tomó de la mano y corrimos. Algo golpeó el pecho de él, que era quien me llevaba. Se paró en seco y al instante surgió una flor roja que le dejó un agujero con pedazos de carne y sangre…”.
Palabras que condensan el horror de uno de los episodios más oscuros del México contemporáneo, marcado por la represión del gobierno de el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Hoy, a 57 años de aquel cruento crimen, la memoria histórica se niega a abandonar los nombres de aquellas mujeres y hombres que desaparecieron y que nunca más volvieron.
Esta es la carta textual:
Apreciable Oscar Chávez:
Con esta familiaridad te escribo porque te siento como un amigo y como tal voy a platicar contigo. No me siento como una persona tonta o loca al escribirte esta carta, que tal vez no mande, o que tal vez no leas.
Hace muchos años que no estaba bien, no lloraba, no tenía lágrimas. No hablo de ese llanto que nos hace secarnos los ojos y limpiarnos la nariz; simplemente no sentía, nada me conmovía, estaba como estática, en un marasmo de soledad, de tristeza y de agonía.
Sabes, yo presencié eso que tuvo lugar el 2 de octubre de 1968, en Tlatelolco, sin entender de qué se trataba; sólo fui por ir con él, ¿qué fue aquello?, aún no me lo explico, es la primera vez que voy a tratar de hacerlo; no tenía a quien decírselo, no podía porque yo misma no sabía que era, que había pasado.
Sólo recuerdo nuestras risas y bromas y de repente el caos, alguien me tomó de la mano y corrimos, “No puede ser, estoy soñando”, me decía, algo golpeó el pecho de él, que era quien me llevaba de la mano, se paró en seco y al instante surgió una flor roja que le dejó un agujero con pedazos de carne revuelta con grasa y sangre y yo, no entendía.
Caí con él y rodé hacia un desnivel con las piernas heridas y las ropas llenas de sangre, corrí sin saber por qué, ni a dónde, de momento ya éramos muchos y todos corríamos sin gritar, sin preguntar, sólo corríamos. Al dar vuelta en un lugar, ante nosotros estaba un grupo de soldados apuntándonos con armas, eran fusiles y ametralladoras, nos paramos todos, el hombre que los mandaba se nos quedó mirando con la mano en alto, se cruzaron nuestras miradas y creo que el también vio la flor roja y entonces grito: “Déjenlos pasar, déjenlos pasar”, y estaba llorando, se hicieron a un lado, nadie disparó y nosotros seguimos corriendo.
No supe como llegué a casa, creo que alguien me reconoció y me recogió, llevándome.
Estuve en cama varios días, yo recuerdo que veía abrirse la flor roja, una y otra vez, la veía abrirse en su pecho.
Nadie sabía; ni siquiera yo, que lo amaba tanto. Los días siguieron, mi situación fue la misma, ni los comentarios, ni la “escandalización” de la familia, al saber que había estado ahí, ni la angustia que sentían de ver mi estado, ni siquiera cuando me preguntaban por él podía hablar, no podía, no había llanto, no había nada, los días se hicieron meses, los meses años y yo seguía igual.
Cumplía con mis necesidades físicas como autómata, según me dicen, y seguí viviendo. El doctor comentaba: manténgala tranquila algún día reaccionará.
Llego el día, por la tarde escuché voces, hablaban de muertos, sentí que acababa de pasar, me busqué las heridas, no tenía nada, -¿Qué pasa? Pregunté; ¿Qué pasa? Grité, todos se me quedaron viendo, mataron a Allende, dijeron, y si me di cuenta que efectivamente lo habían matado, que acababan de matarlo, iba y venía diciéndoselos. Trataron de explicarse, de calmarme, fue en Chile, no fue aquí, -“si yo los ví”, les dije, “entiéndanme”, trate de decirles de la flor roja, de lo que ví, del soldado que sollozaba, de mí.
Vamos a prender la televisión, para que te enteres, dijeron; la prendieron y alguien estaba cantando, de la sorpresa escuché, y la voz y la canción penetraron en mí y lloré, lloré mientras tú cantabas «Mataron al guerrillero» y terminaste y yo seguí llorando. Otra vez sola en la cama con sedantes, pero ya era otra vez yo, aunque no les pude decir nada.
Todo paso, cuando me enteré paso a paso, de lo que aun no entiendo, mi atención se centró en ti, recordaba tu voz, tu sentimiento, tu canto; que en esos momentos era el mío, en gritos.
Mi familia me contó de ti, que eras conocido a través de tus discos, de presentaciones personales, y que siempre cantabas así.
Así fue como después de 5 años salí de la casa y te fui a ver al Poliforum, te escuché y fue un descanso en mi, después de cada canción me sentía más ligera. ¿Sabes por qué?, porque al escucharte a ti y a Mario Ardila y al ver como los aplaudían creo que empecé a entender que somos muchos los que llevamos las mismas heridas y de algún modo pretendemos curarlas, mitigarlas sin que desaparezcan, porque para eso habría que olvidar y no debemos hacerlo, no debemos.
El médico me ha dado de alta, ¡cuídenla!, ya no está enferma, dice, sólo un poco amargada por haber perdido a quien amaba; pero él doctor y todos deberían de saber que esa vez no sólo lo mataron a él y a otros muchos, mataron muchas otras cosas más valiosas que la vida: la fe, la esperanza, la credulidad, la inocencia; nos quitaron la venda de los ojos, se desenmascararon, y el dolor que nos dejaron, tan grande fue, que aún duele por haberlo permitido.
Sabes, porque tal vez les paso lo mismo que a mí, ¿no crees? Esa vez todos nos morimos, unos poquito tiempo, otros más como yo, y los más aún no despiertan. Tu ya lo has hecho, tu estas cantando desde hace mucho y te desahogas, así lo siento y quisiera tener tu voz y cantar, cantar hasta agotarme, y cambiar conciencias y despertarlos. Sabes, ahora comprendo muchas canciones que oía sin escuchar, ahora las canto y me sirve, mi siento mejor, una tras de otra, y vivo y seguiré viviendo.
Gracias por despertarme, dice el médico, que fuiste tú, aunado a lo del Doctor Allende, ya me enteré quién fue, lo que hizo y cómo murió. Lo que hizo que no perdiera la razón por completo, que fue al oírte cantar con dolor y sentimiento parecidos a los míos en ese momento, que fue como si me desahogara, más bien me desahogué.
Adiós amigo, sé que empezaré ahora, no sé cómo pero lo haré, mientras, te oiré cantar y cantaré contigo, tratare de conformarme recordando el brillo de vida de unos ojos negros.
-Margarita.
P.D. Si me dejan salir sola la pondré en el buzón, si me la ven querrán leerla y no quiero que nadie más la lea, si la llegas a recibir y la lees rómpela. Es como una explicación para mí misma pero tú tomaste parte y por eso te lo cuento.
Adiós y buena suerte.