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El anime "La melancolía de Haruhi" permite una lectura interesante y sumamente sugerente sobre la naturaleza de la realidad y la percepción que nos hacemos de ella

Para ti, Michelle, porque comparto tus dudas existenciales.

Suzumiya Haruhi no Yūutsu empezó allá en el lejano 2003 como una serie de novelas ligeras escritas por Nagaru Tanigawa e ilustradas por Noizi Ito. Con un peculiar humor absurdo sobre los excesos de la cotidianidad de los estudiantes de preparatoria japoneses, sus tramas alcanzan la deformidad con la irrupción de acontecimientos sobrenaturales, iluminadas por reflejos de problemas existenciales sutiles. La melancolía de Haruhi, lanzamiento editorial de Kadokawa Shoten, se convirtió en un inesperado éxito de ventas que se tradujo en dos adaptaciones a manga y una serie anime realizada por Kyoto Animation.

Una obra “seinen” o destinada a jóvenes adultos que en su segunda temporada se arriesgó a perder hasta a sus más fieles fanáticos proponiendo un episodio tras otro hasta cierto punto repetidos, abordando esas raras experiencias que denominamos “déjà vu”, que se sienten como si ya hubieran sido vividas. Hare Hare Yukai, el tema de cierre de este anime, puso a bailar a miles de personas, quizá no a la gran mayoría de mi generación que entró a la adolescencia con el cambio de milenio, pero sí a aquellos que fuimos otakus cuando esto todavía era ser parte de una tribu urbana con gustos por series “underground”. Esta rola y las bobadas de Haruhi jamás esconden, sino que dramatizan todo aquello de la experiencia humana que nos frustra por su incomprensión, pero que pasamos por alto para conseguir funcionar: 

Si respondiéramos los misterios del mundo, podríamos ir donde quisiéramos.

¿Qué tanto de nuestra vida es una creencia en nosotros mismos? ¿Qué tanto somos solo autómatas? ¿Cómo podemos estar seguros de si nos ha ocurrido lo que nos ha ocurrido o cómo distinguir lo que pasa de lo que así parece? ¿Podemos experimentar las experiencias de otras personas? Si un sueño es coherente con su lógica interna, ¿cómo asegurar que no es real? Pero quizá el gran tema de Haruhi es el del solipsismo, “solus ipse”, una perspectiva metafísica que recibió este nombre en la Grecia presocrática, pero que cualquier consciencia en las entrañas del tiempo podría asumir en cualquier momento de su vida.

El solipsismo es una creencia infalseable, bastante fácil de explicar, pero nunca representable apropiadamente: lo que existe o lo que queremos decir con que haya existencia es solamente uno, la experiencia de nosotras o nosotros mismos. También podríamos recurrir a otra definición un tanto más reducida de algunos filósofos que han analizado el problema mente / cuerpo: llegar a la conclusión de que lo único de lo que estoy convencido es que mi mente existe, y la realidad que aparentemente me rodea se trataría solo de estadios o estados mentales. Aunque un convencimiento así hace aún más difícil, incluso imposible, saber qué quiero decir por “mente”, y qué creo estar viendo cuando creo verme

 

 

La trama de este anime es muy singular. Haruhi es una colegiala de primer año de preparatoria con una excentricidad y energía mucho más intensas de lo que sus compañeros están acostumbrados a tolerar o imitar. Es fácil odiarla o amarla por todas las locuras que propone, pero parten de algo bien sencillo: Haruhi necesita convencerse de que al menos una persona en el mundo debería demostrarle que también puede pensar fuera de la caja y ser verdaderamente interesante. Por eso tiene la esperanza infantil de que existan extraterrestres, viajeros en el tiempo y “espers” o seres con habilidades paranormales. Y por eso acepta hacer travesuras y retos que impliquen subir las apuestas contra lo aburrido, como batear un home run, cantar en una banda de rock pop, o fundar y encargarse de reclutar miembros para la Brigada SOS, un club de instituto, como hay muchos en las escuelas japonesas, dedicado a todo tipo de actividades extravagantes y quizá inútiles.

En resumen, Haruhi solo desea amar, interpretar otro mundo y borrar el que ya conoce: 

Cepillar los dientes e ir a dormir por la noche. Despertar y desayunar por la mañana. Cuando me di cuenta de que todos hacen estas cosas, todo comenzó a ser tan aburrido.

Pero lo más interesante del anime es que Haruhi no tiene consciencia de que es mucho más que una colegiala. Me explico con spoilers: ella puede reescribir, destruir o crear realidad en base a sus deseos y emociones. No lo sabe, pero ella es una acepción de lo que entenderíamos como “Dios”, aunque nació como todos los demás. Se trata del primer producto de la evolución biológica capaz de generar información inédita y cambiar todas las limitaciones, una grieta en el continuo espacio-tiempo. Pero a pesar de tener estos poderes, Haruhi es completamente ajena a ellos. Aunque el mundo que ve Haruhi es Haruhi, Haruhi cree que Haruhi es solo Haruhi. Si se diera cuenta de la primera verdad, es probable que se asuste de que todo desde siempre haya dependido de ella. Pero si sigue ignorando este hecho, contentándose con conocer solo la segunda verdad, también es probable que ella borre sin querer este mundo actual por no soportar lo aburrido que le resulta. Solo sus amigos Kyon, Yuki, Mikuru e Itsuki saben la verdad completa y tratan de mantenerla distraída.

De acuerdo con el físico Paul Tipler, la capacidad computacional del universo puede incrementarse a una tasa que acelera exponencialmente más rápido que el correr del tiempo. Toda simulación ejecutada en ese computador universal o lo que sería el alma de Haruhi, incluyendo la simulación de lo que creer ser ella misma, debería tener continuidad solo a partir de lo que serían sus propios términos, incluso si el tiempo no tuviera ninguna manera de continuar o tuviera límites. Haruhi solo se verá limitada por su creatividad o desidia.

¿Las y los amigos de este Dios existen de ser algo que depende de que Dios crea en ellas y en ellos? ¿El yo podría ser real en un sentido distinto y desconocido de lo que el yo, desde que es yo, ha pensado ilusoriamente que es la verdad? Existe un experimento filosófico relacionado con lo que podría implicar el solipsismo, “El cerebro en una cubeta” de Jonathan Dancy:

Usted no sabe que no es un cerebro suspendido en una cubeta llena de líquido en un laboratorio y conectada a un computador que lo alimenta con sus experiencias actuales, bajo el control de algún ingenioso científico técnico, benévolo o maligno. Puesto que, si usted fuera un cerebro así, asumiendo que el científico es exitoso: nada dentro de sus experiencias podría revelar que usted lo es; ya que sus experiencias son, según la hipótesis, idénticas con las de algo que no es un cerebro en la cubeta. Como usted solo tiene sus propias experiencias para saberlo, y esas experiencias son las mismas en cualquier situación, nada podría mostrarle cuál de las dos situaciones es la real.

Dios podría ser su propio científico accidentalmente, creando su ilusión sin ninguna ciencia, solo usándose a sí mismo. Pero hay algo curioso al hablar del Dios solipsista que Haruhi desconoce ser: que Dios pudiera, tanto ignorar, como darse cuenta de un hecho. Se supone que todo es solamente él o ella, siendo el único interior, y que todo está en él o ella, siendo el único exterior al cual salir, pero a veces nos referimos a Dios como si le pasaran cosas al igual que a cualquiera de nosotros, aunque hablemos de cosas excepcionales. Que se le haya ocurrido algo tan fuera de serie como un “rinoceronte”, por ejemplo. Nos referimos a Dios como si fuera parte de la realidad, lo que ya sería admitir que lo real lo trasciende.

Cuando era más chico, pensaba que era afortunado este ser creador porque le tocó ser él o ella. A veces jugaba a ser Dios, y no lo hacía solo porque hubiera sido asombroso tener poderes como leer mentes, estar en dos lugares a la vez o inventar de vez en cuando un animal nuevo. Asumir algo así hubiera dado respuesta a muchas cosas. Me permitiría ver el mundo tal cual es, un mundo que está en todas las mentes, que no solo está en el lugar que veo y, sobre todo, que nunca es lo mismo, empezando una y otra vez. Todos jugamos a ser Dios porque tratamos de averiguar por qué sentimos que nos tocó, entre todas las vidas posibles, ser la única vida en primera persona, ser la fuente de lo real. Y pensando en el experimento de Dancy, aunque yo no fuera solipsista, debería poner atención, al menos, a las siguientes preguntas: ¿alguna vez he visto mi mente como eso, solo como mi mente? ¿Cómo sería una mente de cualquier manera? Cuando pienso en mí, de hecho: pienso en el mundo.

A veces separo mi propia vida de la vida toda, y a veces no las distingo. Un filósofo como Thomas Reid aseguraba que la identidad, cuando es aplicada a las personas, no tiene ambigüedad y no admite grados, un más o un menos. En cambio, otro filósofo como Dereck Parfit pensaba que, aunque las personas existen, podríamos dar una descripción completa de la realidad sin afirmar que existen personas, que existo yo. Por eso puede ser muy confuso asegurar cuando siento algo que siento que soy el mundo o que siento al mundo. En todo caso, no necesariamente las posturas de Reid y de Parfit son paralelas. Si tratara de descubrir si yo soy yo o si solo creo serlo, si soy una ilusión del mundo o una ilusión propia, tendría en ambos casos que dejar de creer para saber. Por mucho que uno cambie, uno sigue siendo el mismo. Por mucho que otro se parezca a mí, siempre será otro. Pero cuando digo que estos ojos son mis ojos, no me refiero solo a esta retina. Más bien, me parece que yo estoy viendo, lo que me parece igual a creer a veces: o que soy el mundo, o que el mundo existe. 

Cuando digo que el mundo camina junto a mí, camina junto a mí lo que veo. Esto es raro, no me siguen mi casa, la casa de mi abuela, mi escuela o una playa que descendí al dirigirme a otra parte. Pero siento que me sigue el mundo porque no dejo de verlo. Y cuando parece que dejo de ver, por ejemplo, en un sueño profundo como en un peligroso coma, no diría que no hay nada que ver. Para mí los demás están afuera y también encerrados en el lugar que me parece que es que yo lo vea. Y es de verdad muy raro suponer que estoy en los zapatos de Haruhi, pero ¿por qué es raro si no conozco nada distinto de esta sensación?

Nunca pedí sostener el mundo para existir o para que exista. Me parece muy incómodo. Sería horrible que esto siguiera o que esto se acabe para siempre, pero es peor no tener respuesta. 

 

 

Lo único que me queda claro es que La melancolía de Haruhi sirve para procesar este tipo de dilemas mucho mejor. ¿Qué sería lo peor que podría pasar si el solipsismo radical fuera cierto detrás de todos los hechos, hechos que me parece conocer y que desconozco también? Nada malo jamás la puede pasar a Dios si es que trasciende la realidad, incluso si cree de vez en cuando que es solo un hecho más que ha pasado en su infinito. De hecho, el solipsismo puede ser muy liberador. Como propuso el filósofo mexicano alemán Horst Matthai Quelle, cómo no desconocer las fuerzas que intentan convencerme de que soy solo una parte de lo universal.

Para religiones como el Budismo y el Taoísmo, dibujar las diferencias entre yo y un universo es arbitrario, no descubre la realidad inherente. Para Hegel, la idea de Dios y la idea del yo absoluto son el principal descubrimiento de una filosofía esotérica rigurosa. Ese absoluto no es sino el individuo universal o espíritu, y, para Matthai, solo falta mostrar que soy a la vez la casa que habito, o que la identidad del individuo universal es la del individuo singular: 

Leibnitz dijo que Dios creó el mejor mundo posible. Nosotros, quienes sabemos que este pensador, como tantos otros a través de la Historia, tuvo que rendir tributo a los poderes de su época, Estado, Iglesia, ocultando sus verdaderos pensamientos, pondremos la palabra individuo en lugar de la de Dios. Decimos: es verdad que este es el creador de dicha posibilidad, pudiendo modificarla en la medida en que es el verdadero autor.

Esta metafísica solipsista es, de hecho, de un planteamiento anarquista. Recordando las teorías sobre el contrato social de los filósofos de la Ilustración, Matthai prefería apelar a Rousseau: este contrato fue instaurado desde la conciencia de vida para asegurar la supervivencia del individuo. Sin embargo, una vez que esto se ha vuelto el sentido de todo, lo societal pone constantemente en peligro la supervivencia del individuo, lo convence de que es algo sujeto y no Dios. Y para no dejar de crear, al menos debería asumir que yo soy yo, que he sentido lo que he sentido y que esto es toda posibilidad para sentir, no importa si es cierto.

Haruhi es similar al "Mahādevaḥ" Visnú, Dios para las sectas "vaishnavas" del Hinduismo: en su cosmología hay un "Karanodakasai" Visnú, el Señor a la deriva en el océano de todas las causas, flotando en su "Vaikunthá", la última realidad, la realidad toda, su propio mundo espiritual. El primer y último Visnú sueña billones de universos, y en el fondo de cada uno hay un Visnú que cree ser el Visnú, un "Garbhodakasai" acostado en una serpiente "Shesha" que nada sobre los oleajes de la concepción de incontables planetas que también cuentan con su propio Visnú, un "Ksirodakasai" también sobre su propia serpiente Shesha, atravesando un océano de leche que, en nuestro mundo, sería uno de los siete océanos concéntricos que rodean la India, la versión visible del reino de todas las posibilidades. Cada Visnú sería el "Paramatma", la expansión que cree ser lo que cree ser cada sí mismo. Y Haruhi también sueña despierta o cree que no está soñando. Como dice en la canción God Knows, no hay diferencia entre ser Dios y Haruhi:

Donde sé que no se destruirá mi alma, yo me encontraré contigo. ¡Que Dios nos bendiga!

Richard Hartshorne propuso para la filosofía: la búsqueda de verdades que no solo son verdaderas, sino que no pueden ser falsas. Puede no ser verdadero que todo lo que he sentido sea todo lo que se ha sentido. Lo que no puede ser falso es que, de hecho, siento que es así. Puede no ser verdad que todo lo que ha sentido también sienta tal y como yo y, no obstante, ¿qué nunca podría ser falso en este asunto? El problema del solipsismo, quizá el único, es que aquello que nunca podría negar que he sentido que es cierto, soy el mundo, ya que no tengo manera de que no me lo parezca así, tiene como única prueba irrefutable aquello que no puede ser una manera de parecerse a algo, y que, paradójicamente y por definición, no puede ser solipsismo: que solo creo en mí porque creo en el mundo. Sí, Dios está fuera de Dios.

Nada se parece a mí, pero todo es que crea ver solo lo que soy. Y también veo cosas que quiero ser, tal y como Haruhi no quiere ser solo Haruhi y su melancolía ni un Dios que sea todas las mentes y ninguna: quiere ser como Kyon, el único amigo que la chica suprema acepta que hace que el mundo no sea tan aburrido. ¿Cómo hace Kyon un mundo menos tedioso, menos repetitivo y nuevo? Kyon no es Dios para Dios, es solo algo que imaginó, ni tampoco es solo otro yo para Haruhi porque no puede imaginar cómo Kyon responderá a sus locuras, ¿enojado, entusiasta, enamorado? Kyon, si fuera Dios, no lo sabría, y aunque tampoco sabe cómo es que crea un mundo divertido, lo hace sin saber, sin importarle de dónde viene y a dónde va esa magia que son Haruhi y Kyon. Hay que vivir, no de la misma manera, sino esa magia.  

 

 

Me doy cuenta de que para mí esto no es distinto de ver el mundo. También que solo yo sé qué es ser como yo, pero como dijo Andy Kaufman: quiero probar de una vez por todas que yo no estoy loco. ¿Dónde está el mundo fuera de mí y de cualquiera? Sé perfectamente dar conmigo mismo, aunque no es porque sepa en qué lugar del continente estoy, en qué área de mi casa y a qué hora del día, sino porque creo que podría estar en cualquier sitio. Desde un punto de vista psicológico, no puedo imaginar cómo sería ser nadie y, por tanto, cómo sería si no hubiera nadie más de verdad. Si fuera solo el mundo o solo yo mismo, en cualquier de estos dos casos, morir implicaría desaparecer. Aunque por suerte, a lo mejor, ambos casos son la verdad.

Dibujar aquella diferencia entre yo y el universo, cantar, una lluvia de momentos en la preparatoria o el silencio y la magia de lo no visto nunca dejará de ser arbitrario, los límites de la realidad inherente. Y qué bueno que así sea, ese ejercicio continuo se intentaría institucionalizar o encontraría la extinción, dejaría de ser lo que es y no es, dejaría de negar y afirmar a Dios con esa misma fuerza con la que insistimos en amar tontamente. Por eso, diría que jugar a ser Dios es importante, y quizá justamente eso es lo que a veces hacemos los adultos cuando jugamos a ser nosotros mismos, algo que no estaría mal si empezáramos a ser conscientes de que estamos jugando. Es interesante una vida que sentimos que trasciende la realidad, pero si no aceptamos que no está solo dentro de nuestras mentes, nunca veremos la libertad, la realidad trascendente. Según yo, eso quiso decirnos el poeta David Meza: 

El tiempo es un teatro que tras sus cortinas alberga al mundo, y uno nunca sabe de qué lado del telón está. El tiempo, en fin, es un gramófono que flota a la mitad del mar.

Yo me contento con ver un anime como Suzumiya Haruhi no Yūutsu. Quizá porque a veces me hace dudar sobre quién crea mi felicidad, si, viendo cada uno de los episodios, he olvidado que yo los inventé. O a lo mejor no puedo reconocer que ellos también me inventan, cuál es ese lugar donde puedo encontrarme a veces con Kyon y Haruhi, con una versión del misterio.

 

Imagen de portada: Haruhi Suzumiya, anime de 2003.