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Muchas personas están sintiendo fatiga y ansiedad debido a las particularidades del medio de las videollamadas

En la efervescencia de Zoom, la empresa tecnológica que ha ganado más con la pandemia, muchas personas están padeciendo fatiga, depresión y ansiedad por pasar horas en la pantalla teniendo reuniones. No importa que sean reuniones de trabajo, de escuela o entre amigos, las reuniones a través de Zoom (u otro software de videoconferencia) tienen un costo para la mente. Una hora de Zoom es mucho más cansada que una hora normal de reunión. ¿Por qué? 

Una de las razones centrales de esto tiene que ver con que a través de esas plataformas hay una serie de señales no verbales que no llegan a cruzar el umbral, las cuales son esenciales para hacer que una persona se relaje. Cuando estamos ansiosos o en un estado de alerta tensa, requerimos mayor energía para poner atención. Queremos de alguna manera obtener lo mismo que ocurre durante una conversación o al escuchar una ponencia, pero esto simplemente no sucede a través del video digital. 

A esto se suma el hecho de que la calidad de la conexión a Internet puede variar y, por ello, hay momentos en los que el audio o el video transmitido (o ambos) se interrumpen y provocan una mala comprensión de lo que las personas dicen, o a veces no podemos ver sus rostros, lo cual nos hace tratar de llenar los huecos. Esto lleva a que escuchar se vuelva una actividad menos receptiva y más proactiva, consumiendo así más energía.

Existen ya muchos estudios que muestran que el nivel de atención y la calidad de los mensajes es menor y a la vez la cantidad de energía que una persona utiliza es mayor. El profesor Gianpiero Petriglieri, en una entrevista con la BBC, observa que existe una disonancia cognitiva: "Nuestras mentes están juntas cuando nuestros cuerpos sienten que no estamos en el mismo lugar. Esta disonancia, que causa que las personas tengan sensaciones en conflicto, es sumamente cansada". 

Otro hecho digno de considerarse es que existe una ansiedad propia del medio. Cuando una persona tarda en contestar, algo que ocurre por diversas razones (por un desfase, por tener que apretar un botón para hablar, mala conexión, etc.) las otras personas inmediatamente perciben a esta persona de manera negativa, como menos amigable o menos concentrado. Hay un permanente juicio en los espacios vacíos de la comunicación. Los silencios que son esenciales en la comunicación presencial suelen interpretados de manera negativa y generan ansiedad.

Petriglieri señala que el medio está inscrito en sí mismo en una especie de "ansiedad de rendimiento". El hecho de que estamos siendo observados en una cámara y podemos vernos en la pantalla genera una autoconciencia del rendimiento y la imagen. Esto por supuesto es menor en reuniones entre amigos, pero de cualquier manera puede estar presente. Por ello, en algunos casos puede ser mejor apagar la cámara; sin embargo, entonces se pierden las señales corporales que sí logran atravesar la barrera digital.

Otro punto importante es que a través de las plataformas digitales se pierde el ritmo natural. Este ritmo natural en parte es dado por los movimientos corporales, pero también por las cadencias más sutiles de la voz, por la respiración, la temperatura y por la imagen del cuerpo completo. Estos gestos y señales que no entran en Zoom son los que nos permiten entablar rapport y obtener los múltiples beneficios de la socialización, tanto para el aprendizaje como para la salud. 

Hay diversas cosas que se pueden hacer, pero la más obvia e importante es reducir el tiempo que se pasa en estas reuniones y en la computadora en general. Por supuesto, el camino medio es lo recomendado, pues será importante para muchos poder seguir estudiando o trabajando o teniendo algo de socialización.

 

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