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Un viaje por 10 de las cintas de Agnès Varda y una celebración del estreno póstumo de su última cinta, "Varda by Agnès"

Mujer innovadora del cine de su tiempo y de todos los tiempos, precursora y protagonista de la Nueva Ola francesa, creadora y musa, fotógrafa de instantes y espigadora de momentos, juglar de historias, activista de sus causas, abanderada femenina, ciudadana del mundo, viajera de playas, caminante de arena, Agnès Varda marcó su territorio desde su propio nombre, cambiando a los 18 años el que le había sido dado por la circunstancia del territorio (Arlette, por la localidad de Arles, situada al sur de Francia) por Agnès, nombre de origen griego, que reflejaba su sentido liberador.

Arlette, como muchos de nuestros nombres, atendía a la heredad, al significado, al gusto, al gesto, al sonido, pero no a propio arbitrio del nombrado; Agnès Varda delimitó un horizonte único desde su perspectiva y sembró su espiga en un surco sólo por ella transitado, y lo hizo en la convicción de ser ella misma, una mujer genuina que exploró la vida, la muerte y las circunstancias desde su cine, que lo mismo indagó el existencialismo que el compromiso social, lo individual por el colectivo, lo íntimo y lo universal.

Su muerte, acaecida en pleno furor de sus recientes condecoraciones, y cintas de enorme influencia y revuelo, se recibió con un gesto de celebración por su vida más que un lamento de partida. Y es que si algo pregonó Agnès Varda desde su propia historia, actitud y semblante, fue una pasión por la vida abrazándola con todas las vicisitudes y etapas posibles, una suerte de mensaje realista y esperanzador, que bien podría definir su cine nacido entre el devenir de la posguerra y la reconstrucción europea  que apelaba a definir desde la imagen en movimiento un nuevo rostro.

Y nuevos horizontes o un nuevo rostro brindó la directora, cimentando las bases de la denominada Nueva Ola francesa, de la cual fue precursora y protagonista; con cintas llanas de provocación, reflexión y contemplación, su cine brindó un rostro femenino a la cinematografía europea y universal por igual.

Cleo de 5 a 7, estrenada en 1961, consagraría su ya iniciada carrera a mediados de los años 50 con una aproximación a tres elementos fundamentales de su canon: la mujer como sujeto, la libertad como punto de reflexión de la existencia, y la colectividad del sentimiento que abraza realidades diversas que en la alteridad se encuentran. No es extraño que varios de sus títulos ofrezcan momentos, emociones, personas, sujetos, espejos, y que los recuerdos como un recurso de la evocación perduren la memoria como un aliciente de lo que aún queda por transitar, así sea 1 hora, una jornada o un instante.

Cuando en 1955 emergió La Pointe-Courte, la audiencia asistía a un momento por demás fundacional en la historia del cine, una cinta que unía como punto de transición la reflexión realista de Robert Bresson con el cine que devengaría en la narrativa de la imagen Alain Resnais, Jean-Luc Godard, Francois Truffaut y Jacques Demy (pareja de toda la vida de Agnès), quienes, entre otros, definirían desde las páginas de Cahiers du Cinéma a  la Nueva Ola francesa.

Agnès no fue sólo miembro de ese grupo irreverente, innovador y profundamente creativo, sino la manifestación del cine experimental y revolucionario, mujer de vanguardia fílmica, acompañada desde la perspectiva del realismo cinematográfico, por la gran directora venezolana Margot Benacerraf. Varda realizó, además de filmes fundacionales, documentales plenos de diálogo, descripción y humanidad, donde la observación de la realidad hizo de lo cotidiano jornadas de asombro y del día a día, pasajes de la vida construidos a través de preguntas generadoras.

Egresada de la Escuela de Louvre, Gran Oficial de la Legión de Honor francesa, y ganadora de prestigiados reconocimientos como el León de Oro del Festival de Cine de Venecia, así como los premios honorarios del Festival de Cine de Cannes, el Premio César y el premio Óscar y el Festival de San Sebastián, Varda recibió múltiples premios que adolecen frente a la enorme influencia que su obra ejerce para distintas generaciones de realizadores cinematográficos. De un variopinto espíritu crítico, optimista y social, Varda exploró la naturaleza del testimonio y la honestidad de la cámara como un elemento fundamental que acompasó su estilo fílmico y su audaz manejo de la cámara en sentidos diametralmente opuestos o a contracorriente, dejando a la deriva los pasos de sus protagonistas.

Su cámara capturó el entorno, el azar y la circunstancia sin desapegarse del valor de la expresión y la palabra, y destacando el estilo como un recurso de constante innovación creativa; por ello, su partida, sentida por su público y por cientos de escuelas de cine en el mundo, avivó las ganas por acercarse a su legado y descubrir mediante la lente esa sonrisa perenne de quien abraza el dolor desde su arte y es capaz de plasmar nuevos mañanas.

Los espigadores y la espigadora fue una de las varias películas que acompañaron mi periplo de 5 años en la escritura de la novela testimonial El Surco, historias cortas para vidas largas, y lo hizo como una fuente reveladora de la voz, la palabra y la tierra, de cómo el surco habla desde la semilla misma y en torno, cómo se conjugan la cosmovisión de quien recolecta desde el vacío esperanza.

DECÁLOGO dedica esta entrega al cine de Agnès Varda, y lo hace como si fuese un viaje por 10 de sus cintas, y en su paso, celebra el estreno póstumo en muchos de los sitos que no alcanzó a ser estrenada en vida, de su última cinta, Varda by Agnès, donde la cineasta revisita su andar en una suerte de espejo reflejo, en el circunloquio coral de su travesía.

 

10. Daguerrotipos (Daguerreotypes) 1976

Un viso de la vida cotidiana desde la mirilla de una calle, la Rue Daguerre en París, y una de sus habitantes, Agnès Varda, Daguerrotipos es una fotografía en movimiento que homenajea el apellido de su acera como los días que de comunes se vuelven extraordinarios cuando uno se detiene en la contemplación de los andares que van, vienen, se detienen, avanzan en premura, a destiempo y se adentran a las habitaciones de ventanas abiertas y cerradas que dibujan el ir y venir en sus colores.

Varda entrevista con naturalidad a quien le da sentido a la calle al caminarla, habitarla, sentirla; mercaderes y marchantes, tiendas y acequias son la palestra de respuestas que se desprenden, como reacción honesta y soñadora, de una serie de preguntas que derivan en una diatriba consciente y colectiva de la vida. El por qué vivir ahí, el cómo se conocieron sus familias, cuáles son sus sueños, sus perspectivas, una dialéctica que, desde el arraigo, Varda plasma con íntima aproximación al entorno que le rodea.

La directora filma como si al vitral tratara responder las mismas preguntas que elabora y pudiese responderlas a través de los protagonistas; esa acción-reacción logra que la audiencia no vea la calle Daguerre como un punto turístico referencial o de morbo citadino, sino que acude a la invitación de ver hacia afuera, hacia su calle, hacia la proximidad que le envuelve como una fotografía viva de los días. Y para muestra del cariz interior aparece su hija, Rosalie Varda, en plena complicidad con el entorno de esta calle del barrio de Montparnasse, que atisba pescados, pollos, legumbres y rostros que se mezclan al compás de la voz de la directora como orquestando un pasadizo por la magia y el encuentro de las miradas.

Para Varda el arte habita esquinas, recovecos, cruces, mercados, tiendas, puestos, gestos, abrazos, recuerdos, migraciones, cafés, vinos, quesos, saludos y despedidas de una calle que retrata sus pasos, un guiño de amor a la fotografía y a su Vardagram ávido de compartir historias de vida.

 

9. Kung Fu Master (Kung Fu Master) 1988

Con un elenco familiar, encabezado por Jane Birkin y Charlotte Gainsbourg, madre e hija respectivamente y Mathieu Demy, hijo de Varda, Kung Fu Master aborda de forma audaz, atrevida y desafiante la relación idílica, platónica y a la vera social indecorosa, de una mujer divorciada de mediana edad, Mary Jane, y un adolescente, Julien, compañero escolar de Lucy, su hija.

Un fortuito triángulo amoroso desata la pléyade compleja de interpretaciones, conjeturas y resoluciones, enmarcadas por la afición de Julien al juego de video Kung Fu Master. Como si fuera una prueba a superar del destino, Agnès Varda rastrea con sutileza y bravura el amor filial, maternal, intuitivo, y el deseo que irracional se aboca a las pasiones que cierran ciclos y que los reinician, suscitando confusiones, descubrimientos, redescubrimientos y asombro.

La pérdida de la ilusión y la pérdida de la inocencia, el sentimiento de refugio y la oportunidad de la redención amorosa, desembocan en una irresoluble relación entre mujer y niño, y una confesión entre los adolescentes que irrumpe la revelación de una madre a su hija por sorpresa.

Las emocionales de la lealtad, la traición y la competencia amorosa por un ideal que lo mismo habita el anhelo que el grito abrupto del aburrimiento, se presentan en la cinta de Varda como un beso inocente o como una caricia sensual de instintiva libido. Kung Fu Master es una de las más polémicas cintas de Varda, abanderada del feminismo cinematográfico que reta una honestidad sin ropajes, comparte una historia que invierte los tradicionales deslices del hombre mayor por la jovencita, no sin antes enunciar lo que la sociedad, al fin y al cabo, puniría a la bravata de la amante. Mary Jane enfrentará el accidente de la intriga, el desafío de la razón y la ley como castigo al desdén de abrazar su deseo. Lucy, por su parte, descifrará sus propios sentimientos y atracciones, la posesión y la incredulidad en rivalidad amorosa, y Julien, el despecho abocado a superar las fases de su juego, que le ha visto dejar el candor y asumir el rol de la masculinidad añadida. 

 

8. Una canta, la otra no (L’une chante, l’autre pas) 1977

Dos mujeres en situaciones distintas unidas por igual necesidad de apego y una puerta a los movimientos feministas de los años 70 hicieron de Una canta, la otra no la cinta más evocadora de la directora Agnès Varda en esa década. Protagonizada por Valerie Mairesse, Thérèse Liotard, y Ali Raffi, la película aborda temas profundos, polémicos y de difícil resolución moral como el hastío amoroso, el letargo emocional y el aborto como punto álgido del discernimiento de una mujer y su circunstancia.

La película muestra la relación de ambas mujeres, Pauline (Mairesse) y Suzanne (Liotard), de forma presencial y epistolar, en una búsqueda a complicidad de un lugar propio en donde sienten que no encuentran espacio. Una casada y con hijos, inserta en una veta social que asfixia como conforma; la otra, rebelde, de voz a canto para expresar sentires. Varda explora el amor y el devenir en una conjugación de cambios sociales, contextos familiares, la insatisfacción amorosa, la planificación familiar ante los prejuicios morales y el posicionamiento social ante la  información consciente de la libertad como un reto por ser libres, haciendo de esta película una de las más feministas de su trayectoria.

El activismo y la legalidad, el reconocimiento de los derechos de la mujer y su pleno ejercicio, la oportunidad de redimir la resignación ante la vida por el amor falaz y la posibilidad de reinventarse desde el amor, son algunos de los varios temas que Varda enhebra entre las misivas puntillosas, sensibles y llenas de eco, de dos mujeres cuya relación amistosa crea un ambiente confeso de hacer visible lo invisible como mensaje social desde el filme.

Una canta, la otra no es un manifiesto coral que mediante canciones compuestas por Varda e interpretadas por músicos aliados a su causa, el trío Orchidée y Francois Wertheimer, brindan a coplas personajes, procesos y claroscuros de una época de intenso movimiento social en los derechos humanos.

 

7. La felicidad (Le bonheur) 1965

La felicidad como honestidad y apariencia, disfraz y verdad, ilusión y realidad, sitúa una tragedia amorosa de infidelidad sin remordimiento como un motivo que desarrolla una reflexión cruda sobre los roles femenino y masculino previos a los movimientos sociales de fines de los años 60 y que, sin duda, prevalecieron en los años posteriores, no sin que cintas como esta, entre otras expresiones artísticas, hicieran mella y apelaran a la conciencia colectiva que desde lo singular mostró el cine de la maestra, logrando que su filme estuviera inmerso en comportamientos asumidos y adquiridos por improntas de dependencia, obligación y consecuencia, retratados entre las flores de una bella y colorida fotografía.

Dos mujeres, un triángulo amoroso, la pérdida y la imposibilidad del amor en sus distintas acepciones, permiten que la directora haga una crítica del machismo a modo de sátira, desencanto, conformismo y determinación invertida del deber ser, la moral y la ética de las complejas relaciones humanas. En interpretaciones de sutil movimiento corporal e histriónico, Jean-Claude Drouot (Francois) y Claire Drouot (Thérese), en una recurrente aparición de vínculos familiares en las cintas de Varda, y Marie-France Boyer (Émile), conducen a la audiencia por un viaje entre lo aparente y lo real, entre los límites de lo posible y las fronteras de las relaciones monógamas entre las parejas cuando los problemas van más allá de la convivencia, del cariño y del deseo.  

La felicidad simula un matrimonio perfecto, y por ende de familia, devela otro lado del plano en donde Francois se adentra en una relación extramarital como una acción normal llevada por el deseo, el egoísmo y una culpa indolente que esconde, justifica u olvida. Tras la revelación del engaño y la muerte de su esposa, la felicidad aparente regresa cuando la amante se convierte en la nueva esposa, haciendo del círculo narrativo un viso de incredulidad que hiende los paradigmas sociales que construimos.

 

6. Las playas de Agnès (Les Plages d’Agnès) 2008

Regresar por el camino dejado a la vera de las huellas grabadas en la arena, recorrer una a una las playas de nuestra vida, las vivencias y encuentros que en su brisa dejaron en la piel y el sentimiento, evoca la sensación de ir y venir de un mar que nos llama y recuerda que algún día estuvimos o quisimos estar, esa acción de nostalgia del mar, es la sensación que dejó en mí el visual ensayo autobiográfico de Agnès Varda por las playas de su vida.

Mediante imágenes de personas en cada playa que avista, la memorabilia emocional de colaboradores, amores, familia, la vida frente al espejo, Varda nos muestra las playas que caminó, sintió y vio desde la óptica del sentimiento que encuentra, deja ir y reencuentra. Escenas de sus cintas enlazan la memoria como un mirador desde donde se alcanza a mirar el horizonte dibujado por la mujer, el mar y su cámara, ante las vidas que de frente pasaron como una imagen.

Una viejita que cuenta su vida como un papel frente a la audiencia: así anuncia la directora el porvenir de su extraordinario documental retrospectivo, haciendo alusión a que su interés cinematográfico no es mostrarse sino mostrar a los demás a través de su lente, ser un visor a los ojos de otros, un oído a los oídos de otro, una experiencia sensorial a los sentidos de otros, nosotros, la audiencia. La interpelación de la otredad es lo que motiva el quehacer cinematográfico de Varda, y este filme lo expresa con total claridad, como un manifiesto cinematográfico o el acta de metas de un director ante sus filmes, un viaje extraordinario, sentido y profundamente evocador de la cineasta, enmarcado además de por la voz nostálgica de la directora, por la bella música de Laurent Levesque.

 

5. La Pointe-Courte (La Pointe-Courte) 1955

Como si emergiera del silencio que se expresa en la voz de sus personales, la ópera prima de Agnès Varda, La Pointe-Courte, irrumpe el panorama cinematográfico francés y universal desde una fotografía dinámica, audaz y sugerente, que en el montaje de sus emociones alcanzó una repercusión por demás fundacional del movimiento cinematográfico francés denominado la Nueva Ola.

Varda plasma, a través de una historia de pescadores a lienzo de mar, la relación de matrimonio que intrínsecamente es una llegada y una partida. El amor que se resigna por la monotonía, los celos que afloran salvajes, la infidelidad como lenguaje consecuente, la naturaleza del amor como origen, la pobreza como entorno, la naturaleza como abrigo y amenaza, la muerte joven y la supervivencia colectiva del instinto, hacen de esta película, protagonizada por Silvia Monfort y Philippe Noiret, una oda que permite en su camino disfrutar la habilidad creativa de Alain Resnais en la edición.

Elle visita el terruño de Lui, como un repaso necesario por los orígenes que no conocía de su pareja, descubriendo en su periplo que no comprendía de suyo la pertenencia o la relación que ese origen tendría con el suyo, la equidistante relación entre suposición y realidad, realidad y prejuicio; la unión debate lo individual y lo colectivo, un recurrente a partir de ese instante en el cine de Varda, que presenta esta cinta en dos partes, ambas con historias que revelan, descubren y exploran el duelo, la muerte de un joven o el término silencioso de una relación, dos conclusiones en torno a un mismo paisaje, dos situaciones que buscan sobrevivir abrazadas a la resolución de un sentimiento.

 

4. Rostros y lugares (Visages Villages) 2017

Documental vívido, pleno, lleno de la energía y vitalidad de una directora en el apogeo permanente de su pasión por la vida, el cine y el arte, por su vocación de preguntar, conocer y explorar desde la alteridad y el conocimiento de la gente y sus lugares, en Varda cada lugar habla y cada persona siente. 

Rostros y lugares ínsito es un testamento fílmico de una mujer que encuentra en otro par, JR, director, fotógrafo y muralista igualmente apasionado por los rostros y los sitios, un interlocutor que le permite emprender un viaje por varias localidades de Francia, capturando imágenes, momentos, sonidos, rostros, expresiones, pensamientos, olores, sabores y paisajes a retratos, a través de una colorida propuesta que logra enaltecer la capacidad de asombro afirmando que no tiene edad, nacionalidad ni pertenencia, sino la oportunidad de observar, y la voluntad dispuesta a descubrir el mundo y quien lo habita.

Varda despliega junto a JR un empático caminar que viste de arte cada secuencia del rural paisaje francés que recorremos de la mano de testimonios y colores, un cruce de caminos que unen la visión de la lente y de la tinta, un diálogo entre imágenes que se capturan y crean, que se originan y suceden, que hablan y expresan, haciéndonos la invitación a retratar los nuevos rostros que conocemos, viajar en una vagoneta, en un tren, en los trazos de una pintura, de un mural, de la imaginación.

 

3. Cleo de 5 a 7 (Cléo de 5 à 7) 1961

Innovadora, intrépida y denodada obra maestra de Agnès Varda, Cleo de 5 a 7 aborda la historia de Cleo, magistralmente interpretada por Corinne Marchand, quien a dos adagios, el de una vidente y el de la ciencia médica, concibe esperar la confirma como causa de la tragedia, una fatídica espera de 2 horas en las que aguarda la resolución de los análisis o la determinación de un tratamiento de cáncer, hacen de la película estrenada en los albores de los años 60 uno de los máximos himnos del cine de la Nueva Ola francesa.

En la espera, la relatividad del tiempo cohabita la reflexión, la transformación y el encuentro, la conciencia que parece ausente de la mortalidad y la vanidad como una respuesta ante la muerte y su fealdad, y en esa diatriba, un soldado a punto de enlistar su derivación a Argelia, expresa sus temores, angustias e incertidumbre ante la posibilidad de morir, haciendo mella en su propia finitud. El existencialismo como marco filosófico, el desaparecer como consecuencia de la partida, la obsesión por la belleza, los motivos para vivir y el propósito del quehacer como una fortuita oportunidad, contrastan con la inicial actitud altiva de su protagonista.

Cleo, si bien vana y jactanciosa, también es frágil y vulnerable, dispuesta a explorar la existencia al confrontarse con la vida misma en un suspiro, y todo sucede mientras avista la espera del cadalso como un patíbulo convertido en un ágora de las emociones humanas. La crítica social de Agnès Varda en Cleo de 5 a 7 desafía estereotipos,  prejuicios y posicionamientos filosóficos. Cleo, cantante que plena asume no serlo, que viva, asume su muerte, que indolente, asume sentir, provee un lírico y sonoro juego visual de imágenes que yuxtaponen ángulos, claroscuros y cameos famosos, como los de Jean-Luc Godard o Anna Karina.

La mujer como sujeto y no objeto, la mujer como centro reflexivo, figuras poéticas como carpe diem y tempus fugit, confieren uno de los varios puntos de análisis que desprende la cinta, pero que desde mi perfil literario, me gusta abordar al momento de disfrutar la lírica de algunas cintas de la Nueva Ola francesa, Hiroshima mon amour, Sin aliento, El año pasado en Marienbad y Los 400 golpes, entre otras tantas, que hacen de sus perennes reflexiones filosóficas un marco literario para el despliegue técnico visual que dejó un sello indeleble en la historia de la cinematografía universal.   

 

2. Los espigadores y la espigadora (Les glaneurs et la glaneuse) 2007

Documental inspirado en la pintura de Jean-Francois Millet, Des glaneuses de 1867, Los espigadores y la espigadora es uno de los más celebrados documentales en lo que va del siglo XXI. Varda comparte su interés y fascinación por quienes recolectan a supervivencia los frutos de la tierra, desechos, escombros; recolectores y traperos buscan el sustento y abonan en su labor las relaciones humanas, su interacción desde la voz y la palabra.

La recolección en pizca de vegetales y la búsqueda de un espacio en el mercado es un escenario de cultura que se labra con las manos, la ancestral actividad primaria del ser humano que busca, anhela, encuentra. Mediante ángulos de cámara que de suyo son efectos accidentalmente creativos y naturales, la cámara en mano de la fotografía reluce en medio de un matiz ocre y verdoso, muy cercano a la tierra; por ello, las manos de la directora protagonizan su apuesta por desafiar la edad y por atrapar los vehículos al camino, mostrando los juegos pícaros y atrevidos de la cámara en la imagen.

Varda es también desde la imagen una espigadora, y en esa empatía se hace uno con los espigadores haciendo de la cinta un coral mosaico de naturaleza, donde la búsqueda y el encuentro mencionados adquieren su carácter de sentido fílmico. Varda refleja su pasión por la vida, por el arte, por el cine, por la tierra y sobre todo, por la gente en cuyo rostro halló el motivo de su obra.

Para Varda, la recolección forma parte sustancial del ser humano: queremos coger todo, recolectar todo, los objetos, los frutos, los recuerdos, y en esa recolección vamos sumando experiencias, vivencias, momentos. La directora sorprende por su interminable habilidad para reinventarse creativamente y ofrecer imágenes poderosas, como un reloj sin manecillas que hace frente al espacio-tiempo desde la inexplicable disposición de números y un rostro que, cálido, desafía el movimiento.

Los espigadores son individuos lo mismo que parte de una comunidad, resaltando de ella los puntos de vista personales y colectivos, una vez más el colectivo y una vez más la individualidad que permiten disfrutar la cinta con una perspectiva global, unida por una patata en forma de corazón que refleja esa pasión determinada a llamarse Agnès Varda.  

 

1. Sin techo ni ley (Sans toit ni loi) 1985

Obra maestra del canon cinematográfico de Agnès Varda, y una de las mejores cintas de los años 80, Si techo ni ley describe el andar de una mujer a paso firme, pausado, con rumbo y a la deriva, lento y rápido, cansada pero firme ante un verano vuelto invierno, un panorama entre el llano y el páramo de su contexto. Sandrine Bonnaire ofrece una épica actuación que esconde y encuentra preguntas y respuestas antes de cobijar su destino bajo el hielo.

Un tributo a quienes se desplazan y son desplazados por las circunstancias, a los migrantes, a los caminantes entre llanos, fronteras y desiertos, a los perseguidos, a quienes se ocultan por vacilación y premura, al prado rural, reflexión constante de lo no urbano y de la supervivencia como deseo, inicio y fin circular de un sendero. Varda apela a los recuerdos recreados como testigos, a lo real, a lo irreal y a la ley que desprotege o aleja de su cobijo a los desterrados.

Mona vaga a la deriva, entrelazando episodios poéticos situados en la sureña Nimes en Francia, en medio de viñedos, hogares y despoblados, recolectando de la memoria un pasado que probablemente fue muy distinto a ese misterioso caminar solitario. Agnès Varda ofrece una magistral narrativa que aproxima técnicas documentales con la lírica cinematográfica de una trama dolosa y consciente, dejando a la audiencia la posibilidad de armar las piezas de un argumento a modo de rompecabezas que deja la resolución abierta más allá del cuerpo, el hielo y su descanso.

Ganadora del León de Oro del Festival de Cine de Venecia, Sin techo ni ley es un legado fílmico inquebrantable, sólido y por demás humano que, en lo personal, es la cinta que más ha dejado su huella en mi apego por el cine de la extraordinaria directora que alguna vez caminó el sendero de cambiarse el nombre y dejar el suyo, ese que ella quiso y labró, en los anales más sublimes de la cinematografía universal.

 

* Escritor y documentalista. Considerado uno de los principales exponentes de la literatura testimonial hispanoamericana. Es autor de las novelas El Surco, El Ítamo y los poemarios Navegar sin Remos y Puntos cardinales, que abordan la migración universal y han sido estudiados en diversas universidades a nivel internacional. Dirigió los documentales La voz humana y Día de descanso. Es Director Editorial de Filmakersmovie.com.

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Descubren que cultura mesoamericana cargaba de magnetismo ciertas partes del cuerpo de sus esculturas

Arte

Por: pijamasurf - 05/06/2019

Misteriosamente, la antigua cultura de Monte Alto cargaba de magnetismo la zona del ombligo y la izquierda derecha de sus esculturas

Hace poco se encontró "evidencia circunstancial" de que la cultura olmeca podría haber conocido el magnetismo, después de que se obtuvo una barra magnética en San Lorenzo. También se encontró una escultura animal con una corriente magnética anómala en Izapa.  

Un nuevo descubrimiento parece confirmar que las culturas mesoamericanas conocían el magnetismo y lo incorporaron de una manera casi sistemática en sus esculturas. Esto supera el conocimiento más temprano del magnetismo, el cual se consideraba que era de Tales de Mileto, quien para algunos académicos es considerado también como el padre de la filosofía.

Científicos de Harvard, Yale y el MIT estudiaron una serie de esculturas de la cultura de Monte Alto, que se desarrolló en lo que hoy es Guatemala y que al parecer podría ser anterior incluso a la cultura olmeca. Los científicos encontraron "significativas anomalías magnéticas" asociadas con dos regiones del cuerpo, el "ombligo" en el caso de esculturas de cuerpo completo y la zona del oído derecho en las esculturas sólo de rostro. Esto fue hallado en cuatro esculturas de cuerpo completo y en tres de rostro.

Según sus hallazgos, la anomalía magnética debió de haber sido intencionalmente causada por una "corriente eléctrica inducida por un rayo en la superficie de la roca", la cual predata la manufactura de las esculturas. Así que preparaban "piedras de rayo" para crear sus obras. Esto parece ser evidencia del conocimiento del magnetismo en un período mucho más temprano de lo que se pensaba, posiblemente en el segundo milenio a. C. Probablemente, quedará como un misterio sin resolver la cuestión de para qué cargaban de magnetismo sus piedras y por qué en esos puntos.

Las escultura que se conocen como de vientre de vaso o de vasija parecen tener vientres cargados de energía, como los de los maestros taoístas que cultivaban el campo de cultivo o dantian, en la zona abdominal. 

 

Con información de The Daily Grail y Science Direct