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Se aprueba el primer medicamento con ketamina para combatir la depresión

Salud

Por: pijamasurf - 03/05/2019

La FDA autoriza en Estados Unidos la comercialización y uso de Spravato, un aerosol cuyo ingrediente principal es una variante química de la ketamina, una de las sustancias psicoactivas más poderosas

Tal y como pronosticamos hace un tiempo, la ketamina ha hecho su entrada en el mercado de los medicamentos, en parte a causa de varias investigaciones que analizaron su efecto en el tratamiento de padecimientos de tipo psicológico como la depresión y otros afines.

Hace unos días, la agencia gubernamental encargada de regular la alimentación y los medicamentos en Estados Unidos, la FDA, anunció la aprobación de un aerosol de uso personal cuyo componente principal es la esketamina (esketamine), una variante química de la ketamina que posee las mismas propiedades alucinógenas y disociativas de ésta. Asimismo, comparte con otras sustancias psicoactivas la propiedad de favorecer la creación de nuevas conexiones neuronales y por ello propiciar el "reacomodo" de nuestras formas de pensar y nuestras prenociones sobre la vida y la realidad.

La FDA autorizó el uso médico de dicha sustancia en buena medida porque de acuerdo con estudios y pruebas realizadas, es capaz de contrarrestar los síntomas de la depresión rápidamente, en contraste con los medicamentos antidepresivos conocidos, cuyos efectos sobre el estado de ánimo de una persona suelen tomar días o semanas para ser percibidos. 

En este sentido, las condiciones recomendadas del aerosol en cuestión serán sobre todo en casos de depresión extrema que requieran de una intervención inmediata, por ejemplo, pacientes que están al borde del suicidio o de cometer otras acciones afines que pongan en riesgo su integridad o la de otras personas. Asimismo, la esketamina será administrada sólo a personas que probaron antes al menos dos tratamientos contra la depresión sin obtener los resultados esperados (es decir, la cura).

En particular, el medicamento en cuestión fue desarrollado en los laboratorios de la firma Janssen (propiedad de Johnson & Johnson) y será comercializado con el nombre de Spravato.

Este hecho sin duda es histórico, por un lado porque representa la entrada al mercado de las sustancias psicoactivas con fines médicos, pero también porque señala el grado de incomprensión de la psiquiatría moderna hacia el sufrimiento humano y, más aún, la ignorancia del ser humano contemporáneo sobre sí mismo. 

Si consideramos la historia del malestar, es posible decir que la melancolía, la tristeza o la depresión han sido, en distintas épocas, formas del sufrimiento subjetivo de quien siente sobre sí el peso de un yo que lo agobia, mismo que además percibe como una carga que está obligado a llevar y de la cual no puede desembarazarse, una idea bajo la cual se vive la existencia y que conduce a realidades emocionales y subjetivas como el aislamiento, la frustración, el enojo constante con la vida, etc. No obstante, en vez de reflexionar y elaborar en torno a las causas de esas premisas subjetivas, la medicina moderna opta por ofrecer un medicamento que "cura" los síntomas, dejando intacta la causa profunda que los origina y, por otro lado, dejando al sujeto en la misma condición de ignorancia respecto a sí mismo.

Con un medicamento como el aerosol mencionado parece más fácil aspirar la sustancia, entrar en un rush y por un momento, mientras dura el viaje, creer que el problema está resulto, ¿pero de verdad es así?

 

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Por: pijamasurf - 03/05/2019

Los límites de la juventud han cambiado

Por mucho tiempo, la especie humana no hizo una gran diferencia entre la infancia y la madurez. En sociedades tan disímiles como los nómadas primitivos o el Londres de la Revolución Industrial, es posible encontrar testimonios de niños que participaron pronto en su vida de las actividades propias de la vida adulta, particularmente el trabajo físico y aun la actividad sexual. 

Así, la juventud fue un invento que poco a poco fue formándose y extendiéndose en la cultura humana, acaso con el propósito inconsciente de hacer más dócil ese tránsito entre una y otra etapa de la vida. La idea del "adolescente incomprendido", tan popular en las últimas décadas del siglo XX pero presente también en varios otros momentos de la historia, obedece a ese carácter intermedio que tiene la juventud: el joven se siente ajeno a sí mismo porque socialmente ya no es considerado el niño a quien se debe cuidar pero, por otro lado, tampoco es el adulto que tiene un lugar asegurado en el orden social. 

A esto cabe agregar, por supuesto, el fin del período de latencia de la sexualidad, que marca el regreso de la fuerza libidinial que fue reprimida en la infancia, el desarrollo de los llamados caracteres sexuales secundarios y, en general, el redescubrimiento de las necesidades sexuales. No por casualidad a los jóvenes se les ha mirado también como dueños de una energía vasta pero desconocida y por ello mismo incontrolable.

En suma, la biología y la cultura contribuyen a hacer de la adolescencia una etapa confusa, particularmente por el hecho de no tener un lugar claro en el paso de la infancia a la edad adulta.

Mucho de esto se mantiene, sin duda, pero también está cambiando. Para nadie es un secreto que en nuestra época la juventud parece extenderse cada vez más, a límites incluso un tanto irrisorios. Apenas en la generación anterior o aun la previa a ésta, una persona de 30 años difícilmente podía ser considerada "joven" y, más bien, se le miraba como asentada ya en la madurez de la vida, probablemente en la etapa más fértil de ésta. Hoy en día, hay personas de 30 años que en ciertos aspectos no difieren mucho de un joven de 15 o de 20, pues socialmente se ha generado una zona de tolerancia hacia las conductas derivadas de la edad ganada con el tiempo.

Prueba de ello es un estudio publicado en la revista académica The Lancet Child & Adolescent Health, según el cual la adolescencia va ahora de los 10 a los 24 años de vida de una persona. Ambos extremos llaman la atención: por un lado, la juventud empieza mucho más temprano que antes y por otro, como decíamos, su fin se marca lejos de lo que estábamos habituados a considerar. El estudio en cuestión fue realizado por investigadores australianos, entre otros, Susan Sawyer, directora del Centro para la Salud Adolescente del Royal Children's Hospital de Melbourne. 

De acuerdo con esta investigación (que puede consultarse en este enlace), el inicio de la juventud parece adelantarse sobre todo en los países desarrollados, donde las mejoras en la calidad de vida y la dieta han provocado que el hipotálamo comience a liberar las hormonas asociadas con el despertar sexual en edades cada vez más tempranas, con lo cual la pubertad ahora empieza cerca de los 10 años de edad (y no a los 14, como sucedía antes). En el Reino Unido, por ejemplo, se ha notado un adelanto en la primera menstruación de las mujeres, que en promedio ocurre ahora entre los 12 y los 13 años, 4 años menos del momento en que ocurría a inicios del siglo XIX.

En cuanto a la extensión de la juventud hasta más allá de los 20 años, los investigadores argumentan esta afirmación a partir del hecho de que el cerebro no termina de desarrollarse sino hasta esa edad, lo cual a su vez podría explicar por qué los jóvenes no suelen estar adaptados para las responsabilidades de la vida adulta antes de los 25 años.

En este panorama, cabría añadir el factor social. ¿Cuántos de los "jóvenes" de nuestra época se siguen considerando tales sólo porque no poseen los medios para formarse una vida independiente, fuera del hogar familiar que los acogió en su infancia? En nuestra época, los dictados de la biología no suelen coincidir con las posibilidades sociales para su realización, y a veces, aunque un joven sepa en el fondo que debe asumir la responsabilidad de su vida, se enfrenta a limitaciones de distinto orden para conseguirlo. ¿Qué hacer en ese caso? ¿La voluntad basta y sobra para encarar la adversidad? ¿Es la adolescencia también una etapa adversa por definición? 

Más que responder a estas preguntas, cabe formularlas en el marco de nuestra propia vida. Cabría preguntarse si, más allá de la biología, la extensión de la juventud no sirve también a otros propósitos de tipo social, cultural y económico.

 

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Imagen de portada: Baby Driver (Edgar Wright, 2017)