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El mito de que la depresión es causada por un desequilibrio químico del cerebro

Salud

Por: pijamasurf - 01/18/2019

No existen pruebas de que la depresión sea provocada por un desequilibrio químico del cerebro, por lo cual resulta poco lógico reducir el tratamiento médico de la depresión a unos cuantos fármacos que buscan corregir esto

La depresión es una de las enfermedades que más han aumentado en los últimos 50 años (una de cada cuatro personas en el mundo llega a padecer una enfermedad mental como la depresión o la ansiedad). Pese a que la humanidad ha logrado superar muchas otras enfermedades y en general mejorar las condiciones materiales de la vida, las personas no parecen ser más felices que antes. Los fármacos pertenecientes a la categoría de inhibidores selectivos de recaptación de la serotonina -como el Prozac- se han convertido en algunos de los medicamentos más vendidos de la historia, pero no han tenido grandes resultados, al menos no en la eliminación de la enfermedad, si acaso sólo en la contención de la misma. Es posible que estos fármacos se inscriban en el paradigma de lo que el Premio Nobel Richard J. Roberts llamó medicamentos cronificadores, que no curan del todo la enfermedad y por ello son mucho más rentables.

Todo esto nos lleva a reflexionar sobre si la idea que se nos ha vendido de que la depresión es sobre todo una condición generada por un desequilibrio químico del cerebro no es un engaño, o al menos, un craso malentendido. Como señala Olivia Goldhill en la revista Quartz, vivimos bajo la concepción de que la depresión es una enfermedad del cerebro cuando, en realidad, la depresión es sobre todo una enfermedad de la mente. Y la mente y el cerebro no son lo mismo, pese a lo que el materialismo científico cree.

Goldhill sugiere que la noción de que la depresión es resultado del desequilibrio químico es, finalmente, una herencia de la idea de los humores de Hipócrates, en la que se tenían cuatro humores, uno de ellos, la melancolía -equivalente a la depresión-. En realidad no existe evidencia contundente de que la depresión es causada por un desequilibrio químico. Goldhill sostiene que esta noción es conveniente para la medicina moderna, que busca solucionar todo con una pastilla: todo lo que no es un tratamiento farmacéutico pasa a segunda instancia. Es del más puro sentido común pensar que los factores sociales, como el aislamiento, la pobreza, el duelo, la pérdida, el fracaso en el trabajo y demás contribuyen a la depresión. Asimismo, es evidente que la depresión puede y debería ser tratada, antes de recurrir a poderosos farmacéuticos, con terapia, ejercicio, viajes, prácticas espirituales, etc. La noción de que la depresión es un desequilibrio químico ganó tracción porque permitió hacer de la psiquiatría una ciencia más reputable, que podía ajustarse a los mismos modelos de diagnóstico usados en otros campos de la medicina. Hay que recordar que los psiquiatras antes eran considerados como pseudocientíficos, como Jung o Freud, cuyos métodos, pese al prestigio que tuvieron al principio, aunque principalmente en círculos de artistas y filósofos, no probaron ser científicos (quizá porque la mente no es algo meramente material y su tratamiento requiere cierto arte).

La noción de que la depresión tenía una causa biológica de clara identificación, sugiere Goldhill, hizo las cosas más fáciles para los médicos y para los pacientes. Los médicos tenían así una teoría fácil de explicar sobre la causa de la enfermedad y la forma de tratarla. Los pacientes podían así librarse de la responsabilidad de poner su vida en orden y demás, y simplemente dejar que la pastilla hiciera su trabajo. "El hecho de que los médicos practicantes y los líderes de la ciencia compraran esta idea, me parece perturbador", dice Steven Hyman, director del Stanley Center de la universidad de Harvard. Actualmente se trata a los pacientes con los mismos medicamentos, pese a que es muy poco probable que su depresión tenga las mismas causas e incluso que padezcan la misma condición.

Los investigadores J. Lacasse y J. Leo señalan que:

La hipótesis de la serotonina es típicamente presentada como una creencia científica colectiva. No hay ningún artículo revisado por pares que pueda ser citado con precisión para sustentar el argumento de la deficiencia de serotonina en un trastorno mental, mientras que hay muchos artículos que pueden presentarse como contraevidencia.

A pesar de esto, numerosos médicos y científicos han promovido esta noción en la sociedad en general. Aunque es cierto que muchos antidepresivos que aumentan la serotonina funcionan -si bien, no con una eficiencia muy superior al placebo-, no se sabe a ciencia cierta por qué lo hacen. Y también es cierto que fármacos como la tianeptina (que tiene el efecto contrario: disminuye los niveles de serotonina) también llegan a funcionar. Goldhill señala que esto no significa que los antidepresivos que afectan los niveles de serotonina no sirven, sino que no sabemos si realmente tienen un impacto en la causa raíz de la depresión. Y el hecho de que funcionen pero no se comprenda bien el origen de la enfermedad, no debe subestimarse.

De manera aún más interesante, en diversos estudios recientes realizados en la Universidad Johns Hopkins con psilocibina (el ingrediente activo de los "hongos mágicos") se ha encontrado que los psicodélicos (también se ha descubierto un potencial en este sentido en la ketamina) pueden tener mayor efectividad que antidepresivos como el Prozac, y esto con una o dos tomas solamente. Esto muestra que el nivel de la experiencia subjetiva -en estos casos, una experiencia mística o dadora de sentido y propósito- es por lo menos tan importante como la química del cerebro. Es altamente probable que el desequilibrio químico del cerebro -si es que realmente puede medirse, lo cual no queda muy claro, pues qué es la "química equilibrada"- sólo sea un síntoma, un epifenómeno que revela más bien un desequilibrio mental, una causa que tiene que ver con la vida psíquica de la persona. Y por eso, cuando una persona tiene ciertas experiencias positivas puede modular su "química cerebral" de tal manera que no le es necesario tomar medicamentos. Dicho eso, también pueden existir casos en los que los trastornos mentales tengan causas eminentemente genéticas y biológicas y éstas puedan ser resueltas con fármacos. Sin embargo, el hecho de que los antidepresivos comunes no tengan gran efectividad y que no se haya podido determinar como origen de la depresión un desequilibrio químico, sugiere que existen métodos de tratamiento menos agresivos y con menos efectos secundarios que, como regla, deberían intentarse antes. 

En este sentido, cabe hacer mención de aquello a lo que apunta el trabajo de Irving Kirsch: los metaanálisis sobre el uso de antidepresivos muestran que hay una diferencia muy pequeña entre su efectividad y el placebo. "Son un poco más efectivos que el placebo. La diferencia es tan pequeña que no es de importancia clínica", dice Kirsch. Por ello, el doctor Kirsch prefiere métodos para tratar la depresión que no están basados en los fármacos, pues existe información que muestra que pese a que a corto plazo los resultados con tratamientos farmacológicos son mejores, a largo plazo tienen mayor éxito los tratamientos que no involucran fármacos. Hay que mencionar que otros médicos, como Peter Kramer de la Universidad de Brown, consideran que los fármacos son mucho más efectivos que la terapia alternativa, pero esto en buena medida porque las personas deprimidas difícilmente tienen la fuerza y la disciplina de hacer terapias como ejercicio físico intenso todos los días o cosas similares. Kramer considera que los antidepresivos son tan efectivos como, por ejemplo, el Excedrin para un dolor de cabeza.

Goldhill concluye que el hecho de que la teoría sobre el desequilibrio químico como la causa de la depresión sea errónea no significa que la depresión también sea falsa. La depresión no es una invención de la persona deprimida; las personas deprimidas no son "hipocondríacas". Pero el hecho de que se busque tratar la depresión de otra manera, con ejercicio o terapia, por ejemplo, tampoco mitiga la realidad y la dificultad de esta condición. Afortunadamente, existen cada vez más médicos que ofrecen alternativas que podemos llamar de mente-cuerpo y no sólo farmacológicas para tratar esta condición.

 

Leer el artículo de Jonathan Leo & Jeffrey R. Lacasse: The Media and the Chemical Imbalance Theory of Depression

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¿Por qué ocurren las erecciones matutinas (y no únicamente en los hombres)?

Salud

Por: pijamasurf - 01/18/2019

Un misterio de la fisiología humana: las erecciones nocturnas, que se presentan en el pene pero también en el clítoris

El cuerpo humano ha sido objeto de estudio desde tiempos remotos y, aun así, algunas de sus funciones han escapado al entendimiento y la explicación.

Uno de esos fenómenos que permanecen en el misterio son las erecciones matutinas, que por razones obvias se asocian sobre todo con el cuerpo masculino pero que tienen también un equivalente en la mujer, como mostraremos a continuación.

Hasta donde se sabe, las erecciones matutinas son un efecto de la tumescencia peneal nocturna, que es como se conoce científicamente a la erección del pene que ocurre espontáneamente durante la noche, entre una y cinco veces (siempre y cuando el hombre no padezca disfunción eréctil). 

Cabe mencionar que este fenómeno es tan propio de la fisiología masculina que, según se ha documentado, comienza en el útero materno, se mantiene a lo largo de la vida e incluso se presenta en otras especies de mamíferos. 

En el cuerpo femenino existe un fenómeno análogo: las erecciones del clítoris, que pueden suceder igualmente durante el sueño. Recordemos que el clítoris y el pene son órganos que en el desarrollo del embrión humano poseen el mismo origen, por lo cual la estructura anatómica de ambos conserva ciertas similitudes.

El fenómeno de la erección nocturna, tanto en el pene como en el clítoris, está a su vez asociado con la fase de movimiento ocular rápido del sueño, la cual, como se sabe, es el momento en que la persona duerme más profundamente. En este sentido, algunas hipótesis sugieren que en esa etapa el cerebro “apaga” las células noradrenérgicas, un grupo de neuronas encargadas de administrar la norepinefrina, el neurotransmisor de la noradrenalina que, entre otros efectos, inhibe la erección del pene en la vida diurna. Sin dicho neuroquímico en el sistema, los órganos genitales actúan sin restricción, con los efectos conocidos.

Otra explicación del fenómeno apunta hacia la presencia del óxido nítrico en nuestro torrente sanguíneo, químico que las células liberan naturalmente cuando estamos relajados y que por un lado distiende los músculos pero, por otro, dilata los vasos sanguíneos. En el caso del pene y el clítoris, esto último conduce necesariamente a su erección.

'Céphale et Aurore', Pierre-Narcisse Guérin (1810)

Existe también una hipótesis que considera la función reparadora del sueño, la cual involucra tareas de “desecho”. Como se sabe, al dormir nuestro cuerpo se ocupa de numerosas funciones por las cuales “saca la basura” generada en nuestros procesos fisiológicos. Prácticamente todos los sistemas lo hacen. En el caso de la erección nocturna, se cree que una de sus finalidades es “oxigenar” el cuerpo cavernoso del pene, justamente el tejido que hace posible que éste se endurezca y que, sin las erecciones nocturnas, tendría actividad únicamente en los momentos de la excitación sexual. Gracias a dicha oxigenación constante del tejido, se previene la fibrosis cavernaria, esto es, la afectación del tejido que lleva eventualmente a la disfunción eréctil.

Una última explicación fisiológica relaciona la erección con las ganas de orinar. La erección nocturna se considera en este caso una erección reflejo, es decir, una erección que ocurre no como efecto de la excitación sexual (que en ese caso recibe el nombre de erección psicógena), sino como resultado de la presión sobre los nervios sacros y de la espina dorsal asociados con la erección del pene que una vejiga llena de orina es capaz de ejercer. El hecho de que las erecciones se presenten durante la noche o en las primeras horas de la mañana parece ser resultado, por un lado, del hábito adquirido en el ser humano de dormir varias horas continuas, sin pausa y, por otro, del aprendizaje necesario asociado a este comportamiento de contener las ganas de orinar. Esta explicación parece ser coherente con el hecho de que justamente después de despertar es muy común levantarse a orinar y también parece confirmarse en el caso de hombres en edades avanzadas, cuyo pene ha perdido la capacidad de erectarse, cuyo sueño se ve interrumpido por el deseo inaplazable de descargar su orina. Con todo, de todas las hipótesis presentadas, esta es la que se considera menos factible, pues el cuerpo cuenta con diversos métodos para prevenir que una persona orine espontáneamente.

Antes de terminar valdría la pena considerar también el aspecto inconsciente del sueño que, como bien observó Sigmund Freud, se caracteriza por ser un momento en que la mayoría de las represiones, censuras y resistencias se relajan, dando libre paso a todo tipo de pensamientos, fantasías, alucinaciones, ideas, etc. En relación con la sexualidad, el sueño también es importante porque permite la puesta en escena de comportamientos que por nuestro desarrollo civilizatorio aprendemos a reprimir. Con todo, la sexualidad es una energía que emerge, siempre, y en ocasiones encuentra en los sueños uno de sus medios predilectos de expresión. Prueba de ello son las llamadas eyaculaciones nocturnas o “sueños húmedos” que ocurren sobre todo en la pubertad, cuando el período de latencia sexual de la infancia llega a su fin y las pulsiones regresan a retomar aquello que les fue arrebatado. Las erecciones serían, en este sentido, una respuesta natural a una excitación sexual inducida por una ensoñación libre de censuras.

'Morphée et Iris', Pierre-Narcisse Guérin (1811)

En cualquier caso, todo parece indicar que las erecciones nocturnas y matutinas son reflejo de una buena salud física. 

 

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