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El amor, ¿hijo de la penuria?

Entre todas las obras que se han escrito sobre el amor, El banquete es sin duda una de las más influyentes e importantes. Incluso ahora que tantos siglos han transcurrido desde su redacción original, aún es posible pasar sus páginas y encontrar ideas capaces de conducirnos a una reflexión provechosa a propósito de un tema que, por otro lado, es fundamental para la existencia humana.

De hecho, esa es precisamente la razón de su vigencia. Si El banquete todavía es capaz de decirnos algo sobre la experiencia del amor es en buena medida porque Platón realizó ahí unos de los ejercicios filosóficos más auténticos y originales en la historia del pensamiento occidental, y también uno muy sincero, mostrando la razón de ser de la filosofía como instrumento que nos permite reflexionar sobre la existencia y al mismo tiempo provocar un efecto real con dicha reflexión. El banquete nos hace reflexionar sobre el amor pero no a la manera de ciertas discusiones filosóficas que se pierden en la abstracción, el vacío o la especulación, sino a partir de la vida en la que nos encontramos.

En ese sentido, la obra de Platón se distingue ya por un elemento muy distintivo: la comprensión del amor como un elemento consustancial a la vida. En el caso del ser humano, el amor y la vida son distintos, pero su relación es tan estrecha que por momentos del amor puede decirse que es el medio a través del cual la energía de vida se expresa en la existencia humana. Esta idea puede parecer un tanto redundante de momento, pero más adelante posiblemente se clarifique.

Muchos de nosotros tenemos una idea más bien limitada del amor. Lo más común es que al amor lo pensemos dentro de los límites de una relación interpersonal: de pareja, familiar, entre amigos, etc. Muy probablemente para casi todos ese sea el nivel más inmediato en el que situamos nuestras ideas sobre el amor. Quizá podamos ir más allá y encontrar cierta forma de amor en elementos cotidianos de nuestra vida (una mascota, un hogar, etc.) o incluso en abstracciones propias de la cultura humana (un país, una religión, un trabajo). 

Sin embargo, la identificación entre amor y vida no siempre es evidente para todos. A este respecto cabría hacer aquí una breve nota al margen y preguntarse si quizá no es esa la razón por la cual el amor se presenta a veces como un “problema” y a veces incluso como una fuente de sufrimiento. Cuando se le limita a una relación de pareja, por ejemplo, que por sí misma tiene sus singularidades, ¿cómo no esperar que esa idea de amor sea problemática? Para quien tiene ya una relación sentimental con otra persona puede parecer muy obvio (aunque equivocado) atribuir los problemas de su relación a un “problema de amor”; quien no tiene una relación y la busca ansiosamente, quizá llegue a pensar que si no la consigue es porque “el amor es complicado”.

Pero si, como muestra Platón a lo largo de El banquete, el amor no se limita a una relación interpersonal, ¿en qué lugar quedan esas preocupaciones? Si, como hemos dicho, cabe identificar al amor con la vida, ¿eso quiere decir que la vida también es un problema? ¿Y cómo pensar el vínculo que algunos establecen entre amor y sufrimiento o entre vida y sufrimiento? Es posible que entender el amor desde otra perspectiva ayude también a liberarlo de la comprensión más bien estrecha con que solemos pensarlo y experimentarlo.

A este respecto, hay un momento del diálogo platónico que puede resultar sumamente elocuente. Éste ocurre una vez que el intercambio de elogios y opiniones se encuentra bien avanzando y le ha llegado a Sócrates el turno de expresar su opinión. Quienes conozcan el texto saben que para esto el filósofo no elabora estrictamente una idea original, sino más bien expone las enseñanzas que sobre el tema recibió de una mujer, Diotima, filósofa y sacerdotisa. 

Entre otras cosas, Diotima cuenta a Sócrates una genealogía de Eros (el amor) que según se ha dicho es original y exclusiva de El banquete o, dicho de otro modo, difiere de todos los autores y textos canónicos que para entonces habían fijado la mitología griega (notablemente la Teogonía de Hesíodo y las obras de Homero). En el relato de Diotima, el origen de Eros es el que sigue:

Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete y, entre otros, estaba también Poros, el hijo de Metis. Después de que terminaron de comer, vino a mendigar Penía, como era de esperar en una ocasión festiva, y estaba cerca de la puerta. Mientras, Poros, embriagado de néctar –pues aún no había vino–, entró en el jardín de Zeus y, entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía, maquinando, impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se acuesta a su lado y concibió a Eros. Por esta razón, precisamente, es Eros también acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la fiesta del nacimiento de la Diosa y al ser, a la vez, por naturaleza un amante de lo bello, dado que también Afrodita es bella. 

Ya en este punto, la historia es singular por la filiación que Diotima da a Eros como hijo de la Abundancia (Poros) y de la Pobreza (Penía), dos entidades que difícilmente asociaríamos con el Amor. La historia continúa de este modo:

Siendo hijo, pues, de Poros y Penía, Eros se ha quedado con las siguientes características. En primer lugar, es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es más bien duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo a la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y activo, hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y sofista. No es por naturaleza ni inmortal ni mortal, sino que en el mismo día unas veces florece y vive, cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de nuevo gracias a la naturaleza de su padre. Mas lo que consigue siempre se le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y está, además, en el medio de la sabiduría y la ignorancia. 

Como podemos ver, esta representación del amor dista mucho de aquellas que quizá tengamos en mente tanto en un sentido visual (aquellas inspiradas en la mitología, por ejemplo, en la que Eros o Cupido es o un niño o un joven, delicado, bello, con cierto aire inocente o ingenuo) como en un sentido conceptual. Pocos de nosotros imaginamos al Amor “duro y seco, descalzo y sin casa”, durmiendo a la intemperie “y al borde de los caminos”, una imagen que más parece corresponder a la de un vagabundo, un clochard o simplemente un indigente. 

Con todo, así es como lo pinta Diotima por la buena razón de que hace al Amor hijo de la Pobreza. Y, como es bien sabido, es en la necesidad donde aflora el ingenio. Sin embargo, también es cierto que la penuria no lo es todo. No basta reconocer una necesidad para actuar al respecto. Como lo señala el texto, también hace falta valentía, audacia, actividad y habilidad, además de amor al conocimiento y a la sabiduría (las cualidades de Eros heredadas de Poros).

Visto así, el amor se presenta entonces como una especie de impulso dialéctico cuya relación con la vida es tan estrecha porque sólo a través de él y de su efecto en la existencia es posible que ésta se desarrolle. La vida, en efecto, es problemática, pero no por una razón misteriosa o absurda, sino por un hecho muy concreto: porque la vida está asentada sobre la necesidad (aquello que en el psicoanálisis lacaniano se identifica con la falta). Desde el nacimiento hasta la muerte, siempre hay algo que nos falta: alimento, cobijo, protección, cercanía con otros, satisfacción sexual, ánimo, felicidad, etc., y salvo quizá por la infancia (período que algunos tienen la fortuna de vivir como un Jardín del Edén), no hay momento de la vida en que dicha necesidad se satisfaga sin esfuerzo aparente, como si el elemento satisfactor apareciera mágicamente o por sí solo. Como lo señala el relato de Diotima, la necesidad (la falta) también es capaz de hacernos maquinar y poner en marcha nuestros recursos. El amor nos lleva a ello. Mejor dicho: encarar la falta de esa manera suele ser un acto mediado por el amor.

¿Amor a qué? A la vida, naturalmente. Tal vez este sea el enfoque más radical y apremiante que El banquete puede sugerir a nuestra forma de pensar y experimentar el amor, con efectos importantes en nuestra existencia. No únicamente como un sentimiento con ciertos resabios infantiles con el cual justificamos la atracción sexual por una persona, o como el sostén de una fantasía un tanto sospechosa bajo cuya forma imaginamos el encuentro con el otro. El amor, más bien, como el impulso que acompaña la vida y que está ahí para alentarnos a enfrentar aquello que, en otro campo, Charles Darwin llamó “la lucha por la existencia”. La vida surge en determinadas condiciones, se descubre obligada a abrirse paso si busca persistir y prevalecer, y para ello su única alternativa es poner en marcha los recursos de los que dispone. Por un azar de la historia, para que este objetivo de la vida se cumpla en el ser humano, éste necesita descubrir su capacidad de amar y cultivarla en todos los aspectos de su existencia, a cada instante.

En Vers la sobriété heureuse, el filósofo de origen argelino Pierre Rabhi resume en estas pocas líneas dicha comprensión sobre el amor de cara a la vida; escribe Rabhi:

La vida es una bella aventura sólo cuando está jalonada por pequeños o grandes desafíos por remontar, los cuales nos mantienen atentos, suscitan la creatividad, estimulan la imaginación y, en pocas palabras, provocan el entusiasmo, es decir, lo divino en nosotros.

El amor, como pensaba Platón, quizá nos conduce hacia lo alto, hacia lo divino, pero cabría decir también que si esto es cierto, en el proceso se descubre que toda la posible trascendencia de la vida, todo lo sublime que ésta podría albergar, lo más elevado, está aquí, siempre ha estado aquí, y de hecho es mucho más terrenal de lo que ciertas imaginaciones filosóficas nos podrían hacer creer. Pero es sólo gracias al amor por la vida como nos podemos dar cuenta de ello.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Según Platón, con cada cambio en nuestra vida experimentamos un poco de inmortalidad

 

Imagen de portada: revista Eros, verano de 1962

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¿Es la escolarización masiva la causa olvidada de la neurosis, el narcisismo y la depresión que caracterizan a nuestra sociedad?

El colegio es una castración: castración motriz, castración imaginativa, castración cognitivo-creativa. El colegio es un corsé victoriano, un hospital del XIX, una cárcel, una camisa de fuerza, un jarrón chino, una mutilación genital, un cilicio, un claustro al que te arrastraron por la fuerza. 

Priva al niño de vivir su infancia. El colegio es abuso infantil. Una aberración histórica.

En todas las épocas y culturas hubo niños abandonados, huérfanos, maltratados, víctimas de guerras, pero no tenían los trastornos mentales actuales. La verdadera causa que nadie desea ver porque forma parte de la misma médula del funcionamiento de la sociedad moderna es: EL COLEGIO. Antes de la escolarización masiva obligatoria no existían trastornos mentales en la proporción inaudita en la que se dan actualmente y en continuo incremento (o excremento de la sociedad). Los padecen incluso niños muy bien educados, cuidados y de buenas familias.

Forzar a un niño que apenas empieza a formarse a permanecer sentado en un pupitre 8 horas sin poder moverse, ni jugar, ni imaginar, ¡ni dibujar siquiera en la carpeta!, ni pensar (no puede divagar e indagar en otras cosas ni en nada porque debe escuchar al profesor, de lo contrario, cuando piensa por sí mismo o reflexiona en lo que llama su atención y desarrolla su pensamiento en ese sentido distanciándose del curso dictado en el aula se dice que está “distraído”), confinando todo su ser a la inmovilidad, a la escucha acrítica y a la absorción pasiva de información, produce una desnaturalización y enferma al ser de modo irreversible (una realidad difícil de afrontar, pero que es pertinente afrontar desnudamente en toda su crudeza para tomar cartas sobre el asunto y no continuar prolongando la agonía de los niños y de la humanidad).

Los niños no han sido hechos (me refiero a que su naturaleza no es congruente con ello sin que existan daños severos de por medio) para ir al colegio (en su modo actual). La humanidad ha vivido milenios sin él y se ha adaptado a sus circunstancias vitales premodernas y no a las nuevas que se han impuesto súbita, abrupta e inesperadamente de la noche a la mañana pretendiendo (¡qué ignorante de los ciclos naturales es el hombre moderno!) que no se iba a dar a la par, como efecto que era a toda luces evidente, una desadaptabilidad inminente a un cambio drástico que iba y va en curso contrario a las circunstancias anteriores en las que se formó el ser humano durante milenios para adaptarse perfectamente a esas circunstancias previas a la intervención de la nefasta ingeniería social escolar y no a las actuales condiciones.

Este abuso infantil, esta violencia, esta vulneración de los ciclos naturales del niño se da desde la temprana infancia en el inicio mismo de su formación, a través de la escolarización masiva, maquinal, industrial, que es ¡una castración integral de la expresión y el libre desarrollo en todos los niveles: motriz, social, imaginativo y cognitivo!

¿Cómo se atreven a hablar después de la represión sexual ejercida por la Iglesia los mismos que promocionan una represión integral del ser con el proyecto moderno-ilustrado de la escolarización; un enclosetarse y atarse una camisa de fuerza en el fuero más íntimo y primario que posibilita la iniciativa y la acción, el AMOR MISMO A LA VIDA; una mordaza en la boca y en la mente, unas cadenas en los pies y unas esposas en las manos; una represión sin precedentes históricos, nunca antes vista, que supera con creces a la de la era victoriana? 

¡El que vive inmerso en la enfermedad y ha sido forzado a interiorizarla desde que era un niño, a decir sí a lo que destrozaba su infancia, a decir sí a lo que lo anulaba como ser vivo, a besar a los verdugos de la “corrección” y de la “civilización” enajenante y mutilante (¡mejor mutílense los brazos y las piernas, si tanto odian correr y saltar, y tanto aman los pupitres y las estatuas inmóviles de yeso! ¡si tanto aborrecen sus cuerpos y el aire libre, si tanto aman el encierro! ¡arránquense los ojos! ¡talen los árboles y cerquen los espacios abiertos! ¡pues sí, eso, eso hacen, arrasar con todos los bosques y los mares, encerrar a los animales, cercar los espacios abiertos hasta reducirlos y enmohecerlos, y eso en la práctica se llama COLEGIO!); el que ha aceptado la enfermedad por el agotamiento de la imposición continua, reiterada y sin tregua ¡termina por no advertir la enfermedad sobre la que está sentado, sobre la que trabaja y sobre la que duerme y come! 

El colegio no es más que la expresión a nivel educativo y microcósmico-humano de lo que es la destrucción medioambiental a nivel macrocósmico planetario. ¿Cómo no se dan cuenta de nada? ¡Cómo no entienden que todo está interconectado, unido! ¿Cómo esperan aislar los fenómenos unos de otros como si todo fuese inconexo y luego lamentarse de que la sociedad y el individuo moderno viven atomizados? ¡Pues sí, han sido diseccionados!

El colegio te resetea para que digas: “Me han hecho un bien e ir al colegio es bueno”. Es un lavado cerebral cabal avalado y promocionado por el Estado a nivel masivo y por lo más poderoso del Sistema. ¿Cómo se atreven a hablar luego de sectas aisladas, minoritarias y raquíticas que lavan el cerebro, cuando tienen un lavado cerebral a escala multinacional frente a sí de los más efectivos que jamás han existido y que se pone en marcha desde el inicio de la existencia de un ser?

Luego los enfermos imponen a sus sucesores su misma enfermedad, ¡pues no son conscientes de esa enfermedad! Piensan en lo locas y enfermas que son otras épocas y culturas y no ven la locura de la nuestra porque la han normalizado. Luego se preguntan, sorprendidos, por qué hay tantos trastornos mentales: ¡abran los ojos y miren de una vez, en lugar de resignarse y por pura cobardía mirar a otro lado, esquivar la causa real y buscar causas imaginarias de todo tipo!

Yo la veo porque jamás la interioricé, siempre fui una desadaptada, siempre dije “¡no!” al colegio y siempre fui castigada, sin recreo, haciendo más y más tareas que no hacía, vituperada y humillada por los profesores, cuando sólo era una niña, era muy sensible y no había hecho daño a nadie. Pero sólo por ello, aunque fuera en bondad santa Teresa, sólo por ello, por no OBEDECER A LA MÁQUINA ESCOLAR QUE ATENTABA CONTRA MI CONCIENCIA Y VOLUNTAD, fui tachada con una gigante cruz que cargué durante todo mi desarrollo (¿cómo podría eso afectar la autoestima? Y a pesar de eso he sobrevivido en mi integridad porque me conozco y siempre he sido fiel a mí misma).

Pero a causa de tanta represión y maltrato escolar ahora estoy crónicamente enferma. Intenté (como un preso trata de fugarse o, mejor dicho, como un prisionero de guerra) huir de lo que me enfermaba, del colegio, pero me empujaron a la fuerza, me arrojaron bocabajo en ese antro, en esa mazmorra oscura que me enfermaba, y jamás escucharon mis ruegos por no ir, mis reclamos, mis críticas, mi voz, PORQUE ERA UNA NIÑA Y LOS NIÑOS SON TARADOS MIENTRAS QUE LOS ADULTOS SON SABIOS Y SIEMPRE TIENEN LA RAZÓN. A medida que iba enfermé día a día más, con completa conciencia y claridad de las causas y efectos de la enfermedad, con los ojos muy abiertos en un mundo de ciegos.

Se ejerce esta violencia antinatural apabullante y sin nombre contra un niño que está empezando a aprender de forma natural, espontánea, orgánica, adaptada a su entorno inmediato -como ha sido durante milenios desde que somos Homo sapiens-. Así se interrumpe, se obstruye (¡qué misteriosa esa nueva enfermedad autoinmune de la obstrucción, esa incomprensible parálisis que sólo ocurre en la vida urbana y jamás entre los salvajes del campo!), así se interrumpe, se obstruye el desempeño de su desarrollo motriz, imaginativo, creativo e intelectual que se daría saludablemente y sin interrupción en un contexto correspondiente a sus necesidades reales. Al interrumpir mediante la violencia escolar este proceso natural el niño degenera y se trastorna de forma irremediable. Es anulado. Es anulada su infancia: ¡aplastada de un solo golpe, la etapa más dichosa y feliz de la vida, la infancia, aplastada de un solo golpe ante sus ojos lúdicos, lúdicos, lúdicos, preñados de ensueños! El colegio prohíbe jugar.

Efectivamente: todas sus facultades son cortadas. El colegio no es una estructura y disciplina posibilitante anclada en la naturaleza humana que respeta sus ciclos, sino una innovación implantada por inexpertos, un experimento social fallido (en cuanto a la salud física y mental) que invierte los procesos orgánicos y que resulta ser una estructura y una disciplina limitante en lugar de posibilitante.
La energía expansiva, creativa y feliz del niño es reprimida con toda la fuerza que sea necesaria (valen también los medicamentos, el Ritalin, las anfetaminas que dan a los niños “hiperactivos” para reprimir su energía sobreabundante e inmovilizarlos como a parapléjicos en sillas de ruedas para que sean buenos estudiantes de goma: todo vale en este juego macabro). Esa energía llena de vida que es contenida sin posibilidad de escape, de fuga, hora tras hora, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, ¿a dónde se va? ¿Desaparece mágicamente de la nada? ¿Eso piensan los cuerdos adultos que llevan a sus hijos al colegio? ¿O es que esa energía más bien se acumula en el cuerpo, se estanca, enmohece, y obstruye sus circuitos? ¿O es que esa energía, más bien, se acumula en la mente, se retuerce en ella, y desde dentro, sin fuga al exterior, la va retorciendo más y más y obstruye sus sanos circuitos que son de expresión directa? ¿No llamamos a eso neurosis moderna? La continua represión desemboca en neurosis. Problemas físicos y mentales: diversas neurosis que toman distintos circuitos. Una desvinculación absoluta del cuerpo. El colegio incluso propicia una desvinculación absoluta de la interacción (lejos del “cuento chino” de que ayuda a socializar, como si nuestros antepasados previos a la escolarización no socializaran y entablaran vínculos más reales, humanos y duraderos que nosotros): sólo cabe espacio para la socialización en los recreos que son mínimos y el resto del tiempo el niño está recluido en su pupitre como un autista, como un átomo, enfrascado, de forma que la empatía también se trunca y surge el “narcisismo” moderno. 

La escolarización masiva y obligatoria moderno-ilustrada es una castración histórica de proporciones inauditas que no tiene nombre, pavorosa, que a quien sea capaz de verla no hará sino producirle vértigo, y que anula el desarrollo natural y espontáneo de las facultades físicas, emocionales y cognitivas del niño, ejerciendo una presión y represión brutales que desembocan en todo tipo de trastornos: estrés, ansiedad, fobia, autocrítica patológica, sobreexigencia y culpa, competitividad frenética, interiorizacion de una camisa de fuerza que va desde lo físico hasta lo psicológico. 

Pero como nadie quiere mirar de cara a la realidad y hacerse cargo de esto, como nadie quiere abolir la tiranía del statu quo del colegio, miran a otro lado (qué fácil engañarse a uno mismo; el ser humano, por pusilánime, por gregario, por no salir de la zona de confort, por comodidad, por no ser juzgado ni criticado ni excluido, por pertenecer, por encajar, aunque sea en una estructura enferma, se miente una y otra vez a sí mismo y con ello a los demás, como refiere en la película Rashomon de Akira Kurosawa uno de los personajes) e inventan millares de causas que siempre han existido sin que hubiesen jamás generado los trastornos de estos tiempos. ¿Acaso antes los niños no pasaban hambre, frío, enfermedades, guerras, vivían sin un padre, o a la deriva? Sí, pero no tenían sobre sus hombros la estructura mecanizada e inhumana del colegio. 

Un animal puede crecer semiabandonado en la naturaleza, con poco alimento y pasando hambre, tener heridas de guerra de la dureza del entorno y la intemperie, estar sin cola o sin una pata, tal vez, pero está sano, es vital, es fuerte. Un animal encerrado, por buena alimentación que reciba, por más cuidado que esté, por buena que sea la educación impartida, por cálido que sea el cobijo, siempre estará menguado y propenderá a la enfermedad.

 

Facebook: Sofía Tudela Gastañeta