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¿La voluntad pop? Saxofón, covers virales y Schopenhauer

Arte

Por: Mateo Tierra - 08/14/2018

Entre los acólitos del mainstream existe una consagrada ruta de peregrinaje que promete el ascenso al parnaso de la fama y lo viral: el cover

Inmaculada Swift, Santo Bieber, Padre Derulo, mártires timberlakeanos... los hitos de la cosmo(pop)gonía contemporánea. Cuando toda la atención, aspiraciones, deseos y anhelos individuales son catalizados y dirigidos hacia el mundo popstar, los nuevos objetos sagrados que canalizan la oración narcisista son plataformas como Musical.ly (transformado en TikTok), Instagram, Dubsmash, Spotify o YouTube. El atávico poder de resonancia de los sonidos sobre el ethos humano y sus pasiones al servicio de los poderosos oráculos del hedonismo:

He ahí por qué los sabios de tiempos antiguos, considerando

que cada cosa tiene esta propiedad de moverse, girar e inclinarse

a su semejante y por su semejante, se han servido de la Música y

la han puesto en uso, no solamente para dar placer a los oídos,

sino principalmente para moderar o conmover los afectos del

alma, y la han apropiado a sus oráculos, a fin de instilar suavemente

e incorporar firmemente su doctrina en nuestros espíritus

y, despertándolos, elevarlos más.

(Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música, México: Siglo XXI, 1995, p. 92)

Entre los acólitos del mainstream existe una consagrada ruta de peregrinaje que promete el ascenso al parnaso de la fama y lo viral: el cover. Y es que cuando un hit como “Shape of You” alcanza una cantidad de reproducciones similar a la mitad de la población mundial (esto es, 3.700.000.000 de reproducciones en su video oficial de YouTube), ¿quién no quiere intentar llevarse un 1% de ese jugoso pastel?

La cuestión es adaptarse a las listas de éxitos y saber utilizar el leguaje lleno de superestímulos audiovisuales en los que se fundamenta la cultura del espectáculo. Uno mismo, con sus habilidades explotables, tal como un producto atractivo y vendible, debe participar en el ecosistema del entretenimiento, haciendo de ello un acto maquiavélico e inteligente.

Para beber del fenómeno viral hay que representar la viralidad. El artista debe jugar el juego a fin de obtener poder y visibilidad. Y existen muchas formas de sacar partido de ese juego (este artículo es una de ellas, ¿no?).
 

Oye, ¿qué haces silbando Katy Perry?

¿Quién no ha tenido el placer de deleitarse con un cover? ¿Y de imaginarse siendo un famoso oráculo pop? Artistas como Boyce Avenue o Luciana Zogbi son el epígono de la fiebre cover que, junto a la ubicuidad de YouTube y las redes sociales, resulta en uno de los fenómenos digitales contemporáneos de mayor audiencia.

¿Así que quieres ser un coverstar? Esta profesión, en su vertiente más seria, conlleva realizar grabaciones de estudio (masterización, asesoría de imagen y producción, ¡bendito Auto-Tune!), realización de video y montaje audiovisual, además de toda una burocracia musical que, en términos de ganancias, no aspira sólo a la monetización que otorga Youtube, sino a los acuerdos a los que se puede llegar con patrocinadores y productores, la participación en campañas de publicidad en redes, y, desde luego, la venta del propio trabajo artístico a través de tu persona digital.

Existen varias fórmulas musicales: la versión en acústico (la voz y los instrumentos de cuerda suelen ser la gran apuesta), el ensemble vocal o la fascinante hibridación y transmutación de géneros musicales son algunos de los ejemplos más notables. En este artículo nos centraremos en una tipología distinta que podría agradar hasta al mismísimo padre del pesimismo filosófico.


Schopenhauer le ha dado like a tu cover de saxofón

Sí, parecemos sentir especial predilección al (re)descubrir melodías vocales bajo nuevos timbres y texturas instrumentales. Durante el Romanticismo europeo la música, y en concreto la música instrumental, se encumbró como cima artística de la cultura. Literatos como E. T. A. Hoffmann reconocieron la dimensión metafísica de los pasajes orquestales y arias de Rossini y Verdi. De estos verdaderos popstars decimonónicos, Schopenhauer disfrutaba interpretando, con su pequeña flauta de marfil, sus célebres arias; regocijándose con la emoción cristalina que desprendían estas melodías del bel canto adaptadas a su pequeño instrumento de viento:

[La música] no expresa este o aquel determinado goce, ni tal o cual amargura o dolor, o terror, o júbilo, o alegría, o calma, sino el goce mismo, la amargura misma, el dolor mismo, el terror mismo, el júbilo mismo, la alegría misma o la calma misma.

 (Sobre la música, Madrid: Casimiro Libros, 2016, p. 18)

Han pasado 200 años y seguimos transportando melodías vocales de hits al terreno instrumental, creando verdaderos picos de placer sonoro. Muy a pesar de los defensores de la alta cultura (¡Oh, el gran depósito de valores redentores de la humanidad!), los ataques de la crítica sobre el gusto de los "no ilustrados" parecen querer evitar, casi siempre, una realidad: sea Rossini o Ed Sheeran, la cuestión siempre ha residido en las apetencias del gusto popular, ¿y qué hay de malo en disfrutar con ello?

 

1. The Chainsmokers – “Closer” (ft. Halsey)

Sí, durante el Romanticismo la música instrumental es reconocida como el culmen del placer estético. El arte, a través de figuras como Wagner y su obra de arte total, se transforma en la nueva religión. 2 siglos después, ¿podríamos utilizar un cover de pop mainstream al saxofón como herramienta de conocimiento metafísico?

Schopenhauer, melómano y conocedor de la filosofía oriental, concibió la voluntad como una fuerza irracional que latía en la esencia de todas las cosas y las impelía a moverse. Para él, la música era el canal idóneo para la transmisión directa de este impulso universal. Recalcaba el carácter contra natura de la música que era subyugada a un texto o a la introducción de términos descriptivos ("Pastoral", "Heroica", "Capricho"...). Conceptos procedentes de la representación del mundo (el engañoso velo de maya de percibimos en nuestra cotidianeidad)  ajenos a "la cosa en sí" kantiana.

De tal forma, aseveró que el arte de los sonidos constituía un universo autónomo que no tenía una naturaleza imitativa, mimesis a la que sí se veía abocada el resto de artes. Para Schopenhauer, la música instrumental era un testimonio directo de esta voluntad inmanente que "escapa de las formas fenoménicas (la causalidad, el espacio y el tiempo)". La romántica expresión de lo inefable, la esencia directa de la realidad a través del sentimiento.

 

2. Ed Sheeran – “Thinking Out Loud”

Con el saxofón, Adolphe Sax trató de salvar la brecha entre el timbre estridente y brillante de los viento-metales y el sonido dulce y apagado de la madera. Creó un instrumento de timbre cálido y honesto que parecía reflejar las pasiones de quien lo interpretaba. Quizá sea por ello que el saxofón imbuye rápidamente al oyente en una conciencia auditiva profundamente emocional.

Desde la corteza auditiva al centro del placer, el cerebro occidental parece responder excelentemente al saxofón. De hecho, podemos considerar cómo esta versión de “Thinking Out Loud” cobra, a través de la resonancia del latón, una amplificada dimensión sensible. Sin letra que guíe nuestras emociones, pareciera aflorar una interpretación más libre y subjetiva de la canción. Esta es la idea a la que se refería Schopenhauer respecto al placer íntimo y profundo que surge de las melodías que no son aprisionadas en significados semánticos concretos.

 

3. Mark Ronson – “Uptown Funk” (ft. Bruno Mars)

El saxofón es un símbolo: guarda unas connotaciones tímbricas gestadas durante la eclosión del jazz moderno, el soul, el blues y el rock. El sonido de este instrumento ya quedó desligado de sus orígenes orquestales y militares, para adentrarse de lleno en el indómito sonido del pueblo: la música popular urbana.

Ya sea con el salvaje free jazz de Ornette Coleman y su saxo blanco, o con el smooth jazz y el sonido lounge popularizado en los chill out (¿mojito de mango o caipirinha?), al interpretar una melodía al saxofón apelamos a este tipo de conciencia colectiva heredada. Le otorgamos a la pieza musical una dimensión de refinamiento asociada con los atributos cool del West Coast jazz californiano y la intelectualidad rebelde del hipster neoyorquino de mitad del siglo XX.
 

4. Maroon 5 – “Sugar”

Si uno de los grandes ataques al pop contemporáneo es la pobreza respecto al contenido de sus letras, con el fin de la sumisión de la música al texto, ¿se acabó el problema? Las alusiones textuales a la concupiscencia, la preeminencia de lo frívolo, las aspiraciones de fama o la perpetuación de modelos de comportamiento hegemónicos de sexualidad y género, ¿tocan su fin? Preguntémonos que ética subyace bajo la estética pop que sigue prevaleciendo en los estilos instrumentales:

Your sugar
Yes, please
Won't you come down and put it down on me
I'm right here, 'cause I need
Little love and little sympathy
Yeah you show me good loving
Make it alright
Need a little sweetness in my life.

¿Diabetes?

 

5. Justin Ward – “Love Me Like You Do”

Si la misión de la música es, tal como aseveró el filósofo Wackenroder, llegar a esos lugares donde la palabra no puede, accediendo a ese estado de arrebatamiento donde hallamos una clara visión de las cosas, ahora queda a decisión del lector resolver la incógnita del pop contemporáneo.

¿Representan estas melodías algún tipo de acceso a información celeste, el eco del big bang contenido en la vibración de todas-las-cosas? O, ¿son tan sólo un velo de sonidos, aparentemente puros, reapropiados para alimentar el hedonismo y los ecosistemas digitales de la sociedad del espectáculo? El sonido es inocente, su uso no.

Dime, Santo Bieber, ¿es este el canto de una sirena o la voluntad pop schopenhaueriana?

Mateo Tierra (10:3)

 

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¿La inteligencia artificial será capaz de crear obras de arte?

Arte

Por: pijamasurf - 08/14/2018

¿Qué tan cerca está la inteligencia artificial de crear obras pictóricas, musicales o literarias que nos asombren como cualquier otra obra de arte que ya admiramos?

La evolución del ser humano es indisociable de la tecnología. Los instrumentos que hemos usado desde nuestro pasado más remoto hasta aquellos que nos acompañan actualmente son, al mismo tiempo, extensión de nosotros mismos y expresión de nuestra manera de transformar el mundo a nuestro favor. 

La rueda, las máquinas simples, los motores, las tecnologías modernas de comunicación, etc. En cierto modo, las etapas más importantes de nuestra historia como especie están marcadas por un “adelanto” tecnológico que nos hizo dar saltos cualitativos y en muchos casos exponenciales con respecto a otros seres vivientes y, también, en relación con nosotros mismos.

En ese sentido, la tecnología ha sido considerada casi siempre desde su cariz pragmático. Frente a un artilugio tecnológico, lo primero que podemos pensar es en para qué sirve y de qué forma nos ayudará a hacer más sencillas o efectivas nuestras tareas cotidianas.

Pero la tecnología tiene también una relación con el arte, por más que a primera vista ello no parezca evidente. De hecho, si nos remontamos a la distinción aristotélica entre techné, praxis y poesis, es posible advertir cierta escala ascendente que comienza en la mera fabricación material (la techné), pasa después a la acción en sí (la praxis) y culmina finalmente en la creación (la poesis), sin duda sublime pero irrealizable sin los principios bien asentados de la técnica. Si estudiamos la labor de los artistas que más admiramos (de Miguel Ángel a Picasso, por ejemplo), descubriremos en casi todos los casos una práctica continua de las técnicas más elementales de la disciplina artística en cuestión, que desembocó finalmente en las obras admiradas y celebradas por todo el mundo. Miles de horas de dibujar y bocetar, de practicar un instrumento, de ensayar una coreografía, de escribir y equivocarse, son imprescindibles para realizar después obras maestras como los frescos de la Capilla Sixtina, la Novena Sinfonía u Hojas de hierba.

Quizá por este principio de constancia que por momentos puede confundirse con la repetición, en años recientes se han puesto en marcha proyectos tecnológicos que intentan hacer aprender arte a programas de inteligencia artificial para que éstos a su vez creen obras “propias”. Quienes han elaborado estos proyectos siguen, conscientemente o no, otro camino también muy común en la trayectoria del artista: comenzar imitando los trabajos ya reconocidos y celebrados.

Las pinturas anteriores, por ejemplo, no son obra de un artista influenciado por los desnudos ominosos de Lucien Freud o Francis Bacon, sino el resultado de un programa de tipo “red neuronal” (neural network, esto es, estructurado para funcionar como el cerebro humano) que fue expuesto a miles de desnudos pictóricos ya existentes con el fin de que generara sus propias imágenes. El autor del código fue un estudiante de preparatoria en West Virginia, Estados Unidos, llamado Robbie Barrat.

Un principio semejante ha sido aplicado en música y en el uso creativo del lenguaje. El siguiente track, por ejemplo, es obra de un proyecto de inteligencia artificial de producción musical encabezado por François Pachet y el letrista Benoît Carré.

Pachet trabajó algunos años para Sony y actualmente se encuentra en Spotify; en ambos lugares ha sido el encargado de desarrollar programas que “estimulen” la creatividad de compositores y músicos en general, pero a la luz de ciertos resultados, se ha especulado también sobre si eventualmente Spotify generará y distribuirá música por medio de inteligencia artificial, lo cual significaría un gran ahorro en pago de regalías, entre otros costos que se asumen frente a los artistas humanos.

En cuanto a la literatura, la poesía y otras formas artísticas del lenguaje escrito, la inteligencia artificial ha estado involucrada en la producción de novelas, poemas e incluso guiones cinematográficos. Este bot, por ejemplo, propone un juego siguiendo el principio de la máquina de Turing: reta al usuario a descubrir si un poema fue escrito por un ser humano o por un programa informático.

Pero a este respecto, quizá el caso más conocido sea el de la novela que escribió un programa codificado por un equipo de la Universidad del Futuro, situada en Hakodate, Japón, encabezado por el profesor Hitoshi Matsubara. El programa en cuestión era capaz de generar oraciones, descripciones e incluso escenas completas que involucraban personajes y atmósferas específicas, y si bien necesitó de la guía humana del equipo para elegir el material propiamente útil bajo criterios narrativos, el resultado final estuvo a punto de ganar el premio literario Hoshi Shinichi, que el año pasado admitió por primera vez textos generados por una inteligencia artificial: de acuerdo con el comité de organización del certamen, de mil 450 trabajos recibidos, 11 contaron con la asistencia parcial de un software de escritura automática.

Hasta ahora, no hay ninguna “obra” generada por alguna inteligencia artificial que haya sido realmente reconocida con esa denominación. El consenso general suele ver dichas producciones como piezas todavía incompletas, justamente artificiales y en las que siempre parece hacer falta algo: coherencia, sentido, significado o eso indefinible que Walter Benjamin llamó simplemente el “aura” de la obra de arte. 

“Incluso en la reproducción mejor acabada falta algo: el aquí y ahora de la obra de arte”, escribió Benjamin a inicios del siglo XX, intentando descifrar el valor del arte en una época que llamó de la “reproductibilidad técnica”. Asombrado por la tecnología que permitía llevar la Mona Lisa a carteles de todo tipo, a las hojas de un periódico o a la portada de un libro, el filósofo se preguntó si dicha reproducción desenfrenada afectaba tanto a la obra en sí como la manera en que nos acercamos a ella como espectadores, y con la noción de “aura”, que es “el aquí y ahora de la obra de arte”, llegó a una respuesta: la obra de arte es indisociable de las circunstancias de las cuales surge, lo cual puede sonar muy ambiguo o general de inicio pero si reflexionamos un poco hace de ésta una pieza invaluable, irrepetible, pues en dichas circunstancias se encuentran el artista y la sociedad, el individuo y la historia, el instante presente y el flujo imparable del tiempo. 

¿Qué se necesita para que nazca un Leonardo da Vinci? ¿Qué se necesita para formar a un Leonardo da Vinci? ¿Qué se necesita para que un hombre de cincuenta y tantos años pinte un día el retrato de la esposa de un comerciante florentino? A eso se refirió Benjamin al señalar el “aura” de la obra de arte, su “aquí y ahora”. Hay algo de la creatividad que parece indescirfrable porque está relacionado profundamente con la condición existencial del ser humano: su visión del mundo, sus limitaciones, sus posibilidades, su historia de vida, etcétera.

Bajo esta premisa, quizá la pregunta que sigue a dichas reflexiones es si en la inteligencia artificial y los algoritmos que la dominan hay lugar para esa combinación de circunstancias que hacen posible el arte tal y como lo inventó el ser humano. O si, quizá, es posible que sea necesaria otra manera de entender la labor artística.

 

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Imagen de portada: Una imagen generada por el programa Google Deep Dream teniendo como inspiración La noche estrellada (1889) de Van Gogh