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Un recorrido breve por 10 de los legados cinematográficos del director sueco, en la celebración del 100 aniversario de su natalicio

Ícono máximo del cine sueco, maestro de lo íntimo vuelto universal, Ingmar Bergman reflejó las relaciones humanas como un viaje a la interioridad e hizo de la mirada un espejo que confluye, envuelve y recita desde su reflejo las aristas más vulnerables del ser humano y su relación con la existencia que habita y comparte. Su cine se convirtió en un referente de la insatisfacción que se vierte cuando las preguntas perennes encuentran respuestas sin reacción, o por el contrario, del gozo que genera la inmediata resolución de los conflictos que les anteceden; en todo caso, es un cine de viaje, de búsqueda y encuentro.

Bergman dedicó varias décadas de su vida a proyectar en la pantalla el ansia de la persona por asumirse como tal, por inquirir ante la duda y concluir la expectativa ante el desencanto. Su viaje alcanzó lo más profundo del ser hasta cimbrarlo frente al mar y ante la muerte y llevarlo por una revisión de lo vivido; captando el sentido de la vida ante el desahucio, mostró la valía de una sonrisa que se esconde bajó la alcoba ante el drama, o del deseo que prevalece al letargo de las relaciones nacidas de lo que fuese alguna vez amor y concluyó siendo un acuerdo.

Oriundo de Upsala, Suecia, Bergman recibió los galardones más codiciados de la industria y crítica fílmicas, los cuales por más que merecidos, no alcanzan a medir el grado de admiración de su público, ni la valía igualmente profunda, analista y expectante de su auditorio. Bergman se adentró en los rincones de la mente, ahondó en los recovecos de la subjetividad, plasmó las inquietudes existenciales, las angustias religiosas, las ávidas respuestas espirituales y los senderos profusos de la muerte con la paradoja de la vida en sufrimiento.

El director delineó los parámetros de quien se hace a la vera del deseo, de la libertad y del reflejo, para encontrarle el sentido a los andares, a la confrontación con el hastío, la vivencial dependencia del sentimiento y la imaginación como un escape al dogma.

Su cine hizo una oda la institución humana del amor, que se rebasa por los instintos e ilusiones que no pueden atraparse por las leyes, aguzó la distancia y la lejanía como una decisión y la necesidad de compasión como una consecuencia de la modernidad que razona y no pone atención al sentido último de la existencia; situó a la mujer como estandarte, al azar como circunstancia, al devenir como escenario y al arte como centro decisivo de las emociones humanas, y lo hizo desde el silencio, desde el desahogo, desde el susurro y desde el discernimiento como una posibilidad ante la determinación que resigna a la propia voluntad.

En la celebración del 100 aniversario de su natalicio, en DECÁLOGO hacemos, a modo de homenaje, un recorrido breve por 10 de sus legados cinematográficos, atendiendo al apego del gusto por quien ha influenciado a decenas de directores, generado investigaciones, fundado cátedras e inspirado la creación de escuelas de cine dedicadas al análisis de su visión del mundo y de quienes le habitamos.

Bergman asocia la convivencia desde planos diversos de la dualidad al amor y el deseo, al matrimonio y el divorcio, a la prisión y la libertad, a la enfermedad y la cura, a la vida y la muerte, a lo familiar y lo extraño, a lo propio y lo ajeno, a las estaciones como estado de ánimo, a una partida de ajedrez como la última jugada del destino, y a la persona como centro y significado de la existencia. Bergman logró que su mirada fuese un puente entre el asombro y el hastío, entre el dolor y el alivio, entre el sufrir y el consuelo, entre la pregunta y la respuesta, entre un director y su audiencia. 

 

10. UN VERANO CON MÓNICA (Sommaren men Monika) 1953

Un viaje sin remos amparado en bregar la brega del amor ideal y anclar la utopía de la fuga como una liberación más que un escape, así resuenan las imágenes de esta cinta donde convergen la materia y la naturaleza representadas por sus personajes, situados en el espacio-tiempo de sendas tiendas de abacería, donde la cotidianidad hace de las estaciones y sus cambios, los giros de cuerda que aguardan que suceda el Sol ante el frío y se haga el verano.

Mónica y Harry cohabitan esa dualidad y como hastío de una juventud ardiente, deciden hacerse a la vera del camino, un amor que nace al paulatino paso de las palabras que se comparten, y que permiten decidirse por el abandono. Mónica, interpretada por Harriet Andersson y Harry en la piel de Lars Ekborg, optan por dejar atrás el hogar que asfixia y el trabajo que domina para romper las cadenas al navío.

Bergman sitúa la conversación y la confesión de la misma como un instante que sella el pacto confesor que acontece al acto de beber el café y vislumbrar el destino, y en esa jugada de espejo justifica el probable naufragio ante la afrenta, personificada también en figuras simbólicas que bien fungen como las fichas donde tiene sentido el discernimiento: el padre de Mónica y el jefe de Harry.

De esta forma, el desacuerdo genera ruptura, el diálogo genera acuerdos, y el verano se hace a la usanza de la soledad que en compañía se anhela.

Una película llena de escenas sugerentes, de polémicas secuencias y de un erotismo inocente y a la vez provocador que brindó atención al cine del director europeo como un desafío que alcanzó la universal cabida del deseo.

 

9. SONRISAS DE UNA NOCHE DE VERANO (Sommarnattens leende) 1955

Nuevamente el verano como palestra liberadora de las relaciones humanas aparece como gestor de las posibilidades, encuentros y desencuentros en esta cinta que deja el amor como una ruleta de vida y muerte, entre las líneas lo mismo dolientes del drama que alegres en la comedia, causadas por una tensión existencial que vacía y colma.

En esta dinámica puesta en escena, Bergman prioriza la interacción humana que soslaya el amor y lo idílico por el deseo que al no contenerse conduce a la infidelidad, dejando el aura de duda: ¿será que el deseo no es sólo carne, sino amor? ¿y será que la infidelidad es hacia la institución del matrimonio, pero no al sentimiento? En todo caso, la doble moral se hace presente como bujía de un juicio que sólo sucede y deja pensando al espectador, causando la duda, y atisba el caleidoscopio de la figuración, el enredo, la intriga y la resolución pasional de los entresijos amatorios de sus personajes.

Friedik Egerman se presenta como un protagonista que, adusto, engaña a su joven esposa Anne con una amante del pasado y del presente, Desiree, quien función tras función advierte en su ser actriz la cavilación de la relación amorosa que se vive igual a  medias y por entero. La suicida travesía del engaño hace que Friedik pronuncie incluso  el nombre de su amante entre sueños, justo al lado de su esposa Anne en la alcoba, y ese guiño de sorpresiva confesión no manifiesta es la solícita consigna de una película que tras las sábanas, reúne sonrisas pícaras que aguardan para refrescar el verano.

A este triángulo amoroso prosiguen las develaciones generacionales que los hijos hacen de sus padres, afrontando la liberación de las pasiones ante el rebujo de una aristocracia llena de ambigüedad, decantando así las propias inclinaciones orientadas por el deseo, donde las suposiciones divierten, así como los prejuicios denuncian.

Una película fundacional para el género de la comedia de enredos amorosos, que posteriormente buscaría emular el propio Woody Allen.

 

8. SECRETOS DE UN MATRIMONIO (Scener ur ett atenskap) 1974

Nacida de un serial exploratorio sobre el matrimonio como institución de la costumbre, del amor vuelto cotidiana convivencia, de las miradas que se acostumbran al pasmo o de las palabras suspendidas ante el paso del tiempo, Secretos de un matrimonio es una serie y una posterior película editadas al amparo de la temporalidad narrativa, que se convirtió en un hito dentro de canon cinematográfico de Ingmar Bergman.

Una experiencia vivencial a modo de retrato de la relación simple y compleja de una pareja cuyos sentimientos se asientan mientras descubre y redescubre, sin un ápice de impaciencia, la paciente espera de su tedio.

Liv Ullmann, musa perenne del director sueco y Erland Josephson, hidalgo constante, comparten créditos para brindar actuaciones soberbias, equilibradas y desafiantes que recrean el término de una relación que pese a la conclusión dogmática de su nodo, prevalece más allá del acuerdo en pos de un sentir indeleble que más que cadena a consigna, es capaz de justificar el apego.

A lo largo de seis episodios, Bergman describe el proceso conclusivo de un matrimonio y las formas que adquieren los lazos que les dieron origen como pareja, para asentar que los vínculos no finiquitan las intenciones y que al conocerse desde lo íntimo una pareja no puede separarse, mas sí ausentarse de la promesa.

La inocencia, el temor, las desavenencias, los intereses equidistantes, las peleas, las miradas obtusas, los posicionamientos irreconciliables, la habitación, la seducción y el aplomo ante las decisiones, detallan las pautas de un divorcio que cierra el círculo de un matrimonio desde los secretos que, a modo de una verdad que se oculta, prolongan el letargo del vacío sentimental que convoca pero no une.

 

7. SONATA DE OTOÑO (Hostsonaten) 1978

Tal como el verano aparece como una impronta narrativa en la primera etapa cinematográfica de Bergman, el otoño aparecerá más tarde, como una continuidad creativa de la temporalidad. El verano que atiende al carpe diem, angustia el otoño ante el tempus fugit, dejando así el avenimiento en víspera de una conclusión temporal que otorga al otoño la cualidad de embellecer las hojas secas, hacer del viento música y notas musicales de las expresiones.

De esta forma y a la vez de una metáfora, Bergman dedica una sonata a la estación que más abriga las ansias por arrojarse a la nostalgia, a la melancolía, o a la víspera de la estación siguiente que fenecerá el ciclo de su tiempo.

Sonata de otoño describe la relación de una madre y sus hijas, de una mujer y su arte, de una concertista y su instrumento, de un piano y sus notas, de una decisión y su consecuencia, de una presencia ausente, y de la muerte como derivación del abandono.

Ingrid Bergman ofrece como Charlotte una imponente actuación, llena de matices a cuya intensidad comulgan la argucia del director y la trama que gira sobre un reencuentro, el de una madre que visita lo amado, que (como si lo amado pudiese ser una propiedad) ya no le pertenece.  

Eva, interpretada por Liv Ullmann y Elena caracterizada por Lena Nyman, completan la tercia actoral que eleva las escenas compartidas a revelaciones constantes sobre la indolencia que desquebrajan las decisiones que causaron la lejana relación maternal y el inexistente cuidado que Charlotte tuviera por su hija Elena, quien sufre una enfermedad que la mantiene imposibilitada de hacer frente a la circunstancias que limitan su movimiento, y la pérdida de un hijo que Eva sufre en soledad.

Bergman revisita el regreso como el revulsivo que desencadena confrontar el pasado desde un ánimo de clausura, pues no hay cabida para el lamento si el regreso en sí mismo es sólo la momentánea inspiración de la conciencia por volver a lo dejado. El director compone su sonata a través del estridente lamento que nunca se expresa pero cuestiona, mientras enhebra desde el dolor los recuerdos de un tiempo que se ha ido, y de un abrazo que se quedó en el intento de serlo.

 

6. EL SILENCIO (Tystnaden) 1963

En El Silencio, Bergman despliega su enorme maestría para dar sentido al título en la estructura misma de sus recursos técnicos, acude a espacios vacíos y a los huecos compuestos por escenas prolongadas y editadas al amparo del silencio. El silencio duele cuando no se habla, pero duele más cuando no se es escuchado, podría rezar así la cinta que enfatiza desde el propio silencio los rezos que no se atienden, las plegarias que no se responden y la existencia de un Dios que ante las súplicas, quizá no responde.

Una espiritual aproximación a la pérdida de la fe, a la vacua religiosidad y al viaje que se interrumpe cuando el mapa parece borrar los enlaces de un destino que se desconoce porque no existe. La relación fraterna entre dos hermanas que se ven obligadas por la circunstancia a quedar varadas en medio de la travesía, en un sitio que resguarda huéspedes extraños que hablan un idioma incomprensible que genera la necesaria inclinación a un diálogo sin palabras, haciendo permisible la convivencia del silencio.

Esther, traductora de oficio, como suerte del azar encuentra un reto en el idioma que no conoce, y su vocación agita el descifrar la construcción semántica de las palabras. Ana, en tanto, crea el espacio propicio para reavivar el deseo y hacer del sexo una posibilidad en acierto de lo desconocido; Johan, hijo de Ana, atisba que el entorno es, en sí, un imaginario que impulsa la comprensión de lo irascible.

El silencio enjuicia sin defensa; aunque enferma, Esther puede disfrutar el deseo que Ana siente por el camarero de un bar, y Ana recrimina lo que ella misma anhela: el viaje debe proseguir tras la pausa, pero el destino del silencio sabrá si serán los mismos pasajeros quienes se hagan al camino.  

 

5. FANNY Y ALEXANDER (Fanny och Alexander) 1982

Ganadora del premio Óscar a Mejor Película Extranjera en 1983, Fanny y Alexander es una obra maestra de la cinematografía y culmina, desde su realización, la celebrada trayectoria de uno de los más importantes directores de la historia. Testamento fílmico, el último viso tras la cámara del maestro, la sensible, evocadora y emotiva película final de Bergman describe los albores del siglo XX con una precisión artística que deslumbra al mismo nivel que la interpretación de sus actores y la pericia narrativa de su director.

La magia se hace presente para un par de niños que, nacidos de padres actores, viven inmersos entre bambalinas, telones e historias, pero que, ante la muerte de su padre, sufren el abuso filial de su padrastro. Bergman provee a la desazón una vía que alienta la esperanza al encontrar los pequeños, en un aguzado rabino, la salida al sufrimiento mediante la salvación que otorgan la imaginación y los sueños que son posibles gracias a la misma magia que se hace cuando, al tableado, cobra sentido el teatro.

Una vez que los infantes son privados de ver el mundo exterior, de disfrutarlo en la libertad de sus correrías, solamente la astucia vuelta habilidad podrá liberar el despojo de la cruenta privación del fundamento. Es entonces donde sucede lo que llamaríamos un acontecimiento, la emancipación a manos del rabino, prestamista y amante: Isak Jacobi.

Gracias a su picardía, el rabino logra hacer de un baúl la caja de Pandora que no guarda secretos sino que libera la vida de dos niños y sus fantasías, al menos en el instante en que la trama prosigue la temporalidad de una navidad asumida en la tradición, y de una comuna que advierte los ires y venires de las pasiones humanas.

Fanny y Alexander destaca por su impresionante acopio de cualidades cinematográficas, aunado al talento incomparable de su guionista y director. A estos logros narrativos se suman el diseño de arte, la cinematografía, el vestuario, las actuaciones y un despliegue técnico que comulga a la perfección con el tenor narrativo de su trama, haciendo de la última película de Bergman el epílogo perfecto para una magistral historia.

 

4. GRITOS Y SUSURROS (Viskningar och rop) 1972

Liv Ullmann, Harriet Andersson, Ingrid Thulin y Kari Sylwan brindan desde su actuación la fuerza interpretativa que guinda en sus voces los gritos y susurros que, a lamentos y murmures, conforman la trama de muerte y dolor que une la distancia y la lejanía entre tres hermanas, una trabajadora del hogar, y las historias que les hacen converger.

Al lienzo del rojo carmesí, al opaco crisol de una fotografía igualmente melancólica y profusa, Bergman explora el distanciamiento entre dos de las hermanas respecto de la otra, la que tiene cáncer, y que encuentra en la servidora del hogar la única cercanía con la compasión. La exploración de lo femenino adquiere una voz que se hace coral a medida que avanza la película, y se convierte en una lucha incontestable por definirle desde el sufrimiento de sus personajes. Sus protagonistas sufren por encontrar el significado de sufrir como si fuese la ineludible conclusión de la vida o un componente indispensable de la misma, para vivirla intensamente desde el grito y el susurro.

Obra existencial, lo mismo espiritual que nihilista, atea en la argumentación y bíblica en su referencia, la película se anida en la maternidad desde el simbolismo del cáncer de útero, en la decisión a libre albedrío de experimentarla, y en la libertad de ni siquiera pensar en una pareja como la obligatoria consecuencia del cariño.

La muerte como presente acuse del destino aparece en el dolor de una madre tras la pérdida de su hija, y en la esperanza que Dios le ofrece ante la otredad que le confronta.

El matrimonio como presa del hastío parece concluir que tras el enamoramiento no hay manera de dar marcha atrás a la primera inclinación por el romance, y que una vez que el amorío se instituye, termina el enamoramiento por arroparse en la costumbre. Bergman aborda la superficialidad de la vida mundana y la doble moral de quien enjuicia ante el designio del prejuicio: la enfermedad es un motivo, la voluntad la consecuencia.

 

3. FRESAS SALVAJES (Smultronstallet) 1957

La década de los años 50 fue testigo del auge creativo y filosófico del maestro sueco; El séptimo sello y Fresas salvajes son muestra de ello, y es esta última la que pobló de halagos la Berlinale, donde le fue concedido el premio máximo y las vetas estéticas e interpretativas en el estilo cinematográfico del director fueron muy alabadas. El viaje como escenario narrativo, recurrente en las películas laureadas del festival a lo largo de su historia, muestra un periplo existencial que enhebra argumentos y el pensamiento que deriva en la reflexión constante sobre la vida, la muerte y la existencia humanas.

El temor a la pesadilla que convierte los sueños en una suerte de advertencia es el giro dramático que hace del protagonista, Isak Borg, interpretado por Victor Sjostrom, el causal del viaje por carretera que Isak realiza en compañía de su nuera, y que parece transformarse en un viaje cuyo destino es encontrar el sentido de la vida.

El viaje mismo se convierte en un puente generacional, completado con tres jóvenes unidos por el amor o el anhelo del deseo que germina como germinan las fresas salvajes. La senectud como una consecuencia natural de la juventud, un funeral que es visto por el propio muerto, que atestigua lo que ha vivido, y el nacimiento como una opción del libre albedrío, aparecen y desaparecen como situaciones que componen los sueños de Isak, y que en su momento más álgido le hacen cuestionarse la existencia de Dios.

A través de esa dubitación, en un soliloquio convertido en un orfeón, encuentran el significado de la conversación que reflexiona mediante la palabra, la compañía y la sonrisa que otorga a la cinta un cariz de positivismo que celebra la vida.

Bergman examina a través de los personajes el reconocimiento a los días pasados y al futuro, a los logros y a la heredad que trasciende las creencias desde la realidad de los sueños.

 

2. PERSONA (Persona) 1966

Persona es quizá la más innovadora, inventiva, artística y creativa película de Bergman, la cual brindó a la década de los años 60 una escala por la alteridad que configura la individualidad o la unicidad del ser humano.

Un reflejo del espejo de la mirada, un rostro que se transforma en otro rostro al impasse de imágenes que se suceden una tras otra, que deslumbran, aturden, provocan e incitan a descubrir el porqué de su yuxtaposición, y el para qué de su disposición anclada en el sonido.

Bibi Andersson y Liv Ullmann conforman una dualidad que se funde en la voz que se pierde en la muda expresión de la palabra y en el estruendo de una mirada profunda, ambas actrices representan la onírica desesperación por hacer que el habla vuelva. Una guarida para resguardarse del estrés, la presión o la demanda, se hará del reposo que se supone necesario para que Elisabet recupere la voz, mientras Alma recurre a la autoconfesión para despertar la reacción de quien pareciera haber presenciado, cual testigo, el crimen de haberse descubierto a sí misma y no haberse reconocido.

Los secretos que se develan, van uniendo poco a poco los lazos más personales de forma extraordinaria; Bergman concatena de forma extraordinaria, mediante la edición y la aparición de signos, claves y dejos, fotografías, recuerdos y sonidos, los cuales luego abandona para hacer que la audiencia los una en la medida de lo posible, mientras la película avanza sin más giro que la intimidad que progresa.

Una mirada psicoanalítica de la persona como sujeto, la lluvia como aliciente, la mirada como una ventana que expresa siendo un instrumento donde el alma decide transitar o no, la frontera que divide el interior del exterior, no en la villa del reposo, no en el camerino de un teatro, sino en la habitación misma del espacio emocional y de la dimensión espacio-tiempo que  configura al ser humano.

 

1. EL SÉPTIMO SELLO (Det Sjunde Inseglet) 1956

A lo largo de más de 100 años de historia del cine, ninguna imagen ha retratado con mayor impacto la relación de vida y muerte que el maestro Ingmar Bergman plasmó para la posteridad en la secuencia central de El séptimo sello.

En esta cinta, no son los muertos quienes se presentan ante los vivos ni los vivos quienes apelan de los muertos su vuelta, la relación del vivo es directamente con la muerte, y para dilucidar las preguntas perennes que dan sentido y significado a la existencia, entabla un duelo de ajedrez con la muerte. Una película fundacional de la cinematografía universal.

El séptimo sello ambienta en tiempos medievales una palestra de espacio vital en cuya desolación un caballero cruzado, Max von Sydow, realiza un viaje donde atestigua el desamparo causado por la peste y atisba el encuentro con la muerte que, apersonada en un caballero de oscura vestimenta y calva cabellera, acude al caballero para tomar su alma. 

El silencio de Dios al que inquiere el caballero adquiere la respuesta presencial de su verdugo, y en la revaloración de la existencia que desvanece, inquiere y responde en la dialéctica el sentido de los pasos y el significado de los horizontes de la vida, donde el respiro concluye mientras el arte permanece. La nada, el todo, el castigo, la condena, la liberación y la fatalidad como destino final, no separan la relación del caballero con la muerte sino la ineludible estrechez de sus caminos.

Mientras hacen un recorrido por otras vidas que serán muertes, el caballero ha logrado prolongar la suya en la partida, a sabiendas de que no podrá ahuyentar el jaque mate en contra, con el único propósito de encontrar el sentido a la vida que se esfuma.

 

* Iván Uriel Atanacio Medellín. Escritor, politólogo y documentalista. Considerado uno de los principales exponentes de la literatura testimonial en lengua hispana. Sus novelas El surco y El Ítamo (Universidad Veracruzana, 2015), que abordan la migración universal, han sido estudiadas en diversas universidades a nivel internacional. Dirigió los documentales La voz humana y Día de descanso. Es Director Editorial de Filmakersmovie.com.

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Su segundo disco, En la boca del , parece ser su graduación. El disco muestra una paleta de sonidos que van desde canciones muy pop que hablan de amor, hasta exploraciones más oscuras que se acercan a una electrónica industrial, más hipnótica. Todo es una especie de gran seducción, electropop lleno de energía, sonidos y letras enamoradizas en varios idiomas (es políglota), con una gran dinámica. Por momentos recuerda algunos de los discos de Disco Ruido, con exploraciones más oscuras tipo Nine Inch Nails (obviamente, guardando gran distancia) y por supuesto, a veces, a una de esas pop stars que abundan (pero que no conocemos mucho). El disco no es completamente redondo, algunos tracks se repiten sin aportar mucho y caen en lugares comunes. Pero no hay duda de que promete, especialmente porque no existen muchas artistas latinoamericanas que hayan podido dar el salto de lo que es meramente pop comercial a una música con una aspiración estética más alta, sensible a influencias literarias y artísticas. Lacoste combina una imagen atractiva -que permite que el púbico se identifique, aspire o desee- con un obvio talento musical. Lo cual augura éxito. 

En su sitio, explica el sentido de su composición:

Quiero que la gente se transporte a otros espacios mientras reflexiona. Mis letras son variadas, no siempre son de amor, pero siempre busco que nos toquen de alguna forma. Que nos den impulso o energía, que nos generen melancolía.