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Cómo curar las heridas de la infancia para que no nos amarguen la vida

Buena Vida

Por: pijamasurf - 07/23/2018

Claudio Naranjo, uno de los sabios de nuestra época, habla sobre los problemas hondos de nuestra existencia

Claudio Naranjo es uno de esos grandes sabios que son sabios porque realmente trascienden la mera intelectualidad y llevan el conocimiento a la vida, hacen de la vida un arte, viven libres y ayudan a vivir a los demás. Educado en Harvard y en otras universidades de lo más alto del mundo académico, fue alumno de Fritz Perls, fundador de la terapia Gestalt, pero luego fue más allá de esto y trabajo con chamanes -fue amigo de Castaneda- y estudio budismo zen y budismo tibetano. Naranjo fue uno de los pioneros en la terapia con psicodélicos, que actualmente vive un renacimiento. Por su parte, ha fundado el programa SAT y trabajado con la técnica del eneagrama y la terapia Gestalt.

En una entrevista con la cadena Russia Today, Naranjo habló sobre el trance que vivimos actualmente, embebidos en una educación que sólo nos enseña a competir y conquistar pero no a amar y desarrollar una vida interna sensible a la belleza. Una educación enfocada en la razón y no en el corazón y el instinto -Naranjo llama a una educación para "tricerebrados", no sólo para el cerebro racional-. El terapeuta chileno sugiere que existía una sociedad precivilizada más colaborativa que competitiva, y que en la actualidad vivimos en un mundo en el que se ha "prohibido lo primitivo". Con esto se reprime también el instinto, la espontaneidad del cuerpo, lo que en otra parte llama lo dionisíaco, ese contacto directo con la fuente de la vida, con el torrente existencial.

El problema de nuestro sufrimiento, de nuestra neurosis universal -diagnosticada ya por Freud- parte de nuestra infancia; ejercemos violencia contra los niños y les proyectamos la dureza que cargamos con nosotros, dice Naranjo, quien define a un niño como "un ser que nació libre que poco a poco es domesticado a través del miedo... la palabra que más escucha el niño es el 'no'". Más que comprender, los padres amenazan y reprueban para educar. Naranjo ve con admiración lo que decía Dostoyevski, quien, a causa del enorme respeto que sentía por los niños, les decía siempre la verdad.

Un tema importante tiene que ver con la noción que heredamos en parte de la idea del pecado original, de que existe una maldad que se debe detener o reprimir. Así, los padres intentan reprimir los brotes incivilizados, la energía indómita y la exploración natural de los niños. Los padres sucumben a la tentación de hacerse respetar, de sentir que mandan. El sentido de la máxima religiosa "Honrarás a tus padres", dice Naranjo, es el amor, no la autoridad.

Si el problema está en la educación, entonces está también en los educadores, en los padres. Según Naranjo, los padres no suelen tener una plenitud de amor para darle a sus hijos. Es necesario que las personas tengan una búsqueda personal hacia la plenitud, para que puedan vertir ésta en los demás. La solución para acabar con este ciclo de amargura y represión parece estar en lo que Naranjo llama una "retribalización sanadora". De acuerdo con sus observaciones, actualmente la psicoterapia progresa más en las técnicas grupales, pues es con los otros que se abandonan los patrones de la infancia y se puede procesar el pasado y resignificarlo. Las relaciones íntimas y sinceras con otras personas nos estimulan a "no desconocer la verdad propia, a no hacernos ciegos de lo que nos está pasando".

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Si las relaciones entre seres humanos son por sí mismas difíciles, las relaciones de pareja tienen cierta especificidad que les añade otro tipo de complejidad, en cierta medida porque implican factores de “manejo especial” –el sexo, las emociones, las pasiones–, pero también porque, con frecuencia, de una pareja aprendemos a esperar todo menos aquello que la otra persona puede realmente darnos. 

En alguno de sus seminarios Jacques Lacan dijo que amar es dar algo que no se tiene a alguien que no es, una afirmación un tanto enrevesada que podría discutirse ampliamente pero que, en el marco de este texto, vale la pena entender de manera relativamente sencilla: amar auténticamente implica asumirse como una persona incompleta, falible, fragmentada incluso (en pocas palabras, como un ser humano), pero también tener la madurez suficiente para ver en la otra persona a alguien en la misma condición, otro ser tan humano como yo, y a partir de ahí, decidir amar. 

Sin embargo, esto, que parece simple, es lo menos común en las relaciones de pareja. Con frecuencia, el ser humano busca una pareja anteponiendo mil y un objetivos antes que el amor: hay quien se involucra emocionalmente con otro individuo porque teme a la soledad, otros porque no quieren hacerse cargo de su propia vida, o porque inconscientemente buscan la protección o el cuidado de otra persona. Las razones son múltiples y varían de sujeto en sujeto pero, en todo caso, el resultado es más o menos el mismo: relaciones que se desgastan, que más que un placer son un tormento, relaciones dependientes o estancadas en un mismo punto…

¿Es para esto que queremos estar con otra persona? ¿O, por el contrario, la pareja puede ser un elemento por el que podamos decir que vivimos nuestra vida con plenitud?

A continuación compartimos siete puntos que pueden indicar que una persona no está del todo preparada para iniciar una relación de pareja de ese tipo y, más bien, necesita pasar por otras experiencias antes de unir su camino con el de alguien más.

 

Buscas la pareja “adecuada”

En cierto modo, la relación con el otro se forma de inicio como una idealización. A veces, al pensar en una pareja, buscamos casi instintivamente ciertos rasgos que se instalaron inconscientemente en nuestra subjetividad y de los cuales partimos como una especie de “requisitos” que el otro necesita tener para que podamos aceptarlo.

No obstante, hay que preguntarse: ¿A qué obedecen dichos requisitos? ¿Son reales? ¿Es eso lo que realmente deseas? ¿O es una fantasía de la que no estás plenamente consciente?

Quizá te encuentres aún en un momento de tu desarrollo emocional en el que buscas repetir cierta forma de amor que conociste, sin darte cuenta de que toda relación con otra persona implica sorpresa, riesgo, diferencia y desencuentro.

Si es el caso, reflexiona sobre tu propia manera de amar y también sobre aquello que quieres de otra persona o de una relación de pareja. Examina sin juzgar. En cierto momento, pregúntate qué pasaría si iniciaras una relación sin ninguna expectativa: ¿podrías hacerlo?

 

Buscas a alguien que te “salve”

Para ciertas personas, la relación de pareja es una especie de “salvavidas” emocional que les permite eludir responsabilidades cruciales de su vida. Quien procede de esta manera casi siempre está repitiendo un patrón aprendido que le hace buscar a una figura tutelar que cuide, proteja, resuelva problemas, etc. Hasta cierto punto, un vínculo de este tipo funciona, pero inevitablemente conduce al desgaste y, en especial, a la dependencia.

Intenta pensar de otro modo y reflexionar sobre esa búsqueda que realizas. ¿De verdad necesitas a alguien que se haga cargo de ti? ¿Es eso lo que esperas de una pareja?

 

O buscas a quién salvar…

Si hay personas que inconscientemente buscan ser salvadas, otras, en cambio, pretenden “salvar”. Éstas son la figura tutelar que aquéllas buscan. Una de las formas más comunes de este tipo de relaciones se da entre alguien con hábitos autodestructivos evidentes y alguien que, en el marco de la relación, pretende “curarlo” o “cambiarlo”. 

Como en el caso anterior, una relación de este tipo puede “funcionar”, pero sólo parcialmente, pues en el fondo parte de la premisa equivocada de ver en el otro a alguien que no es y, por otro lado, asumirse como alguien capaz de “cambiar” a la otra persona. Al final, se trata de un vínculo en el que las dos personas involucradas no hacen otra cosa más que sostener su propio malestar.

 

Piensas con frecuencia en una relación pasada

Si piensas mucho en una relación que tuviste, quizá no estés listo para embarcarte en un nuevo viaje con otra persona. Quizá, en tu caso, sea necesario un tiempo de reflexión para saber por qué te duele aún esa herida. Hasta que no comprendas ese dolor y le des el lugar que le corresponde en tu vida, es posible que no te sientas a gusto en una relación y, por supuesto, tampoco puedas amar realmente a otro.

 

Te encuentras en un momento de descubrimiento 

A veces la vida nos conduce a momentos de una exploración interior intensa. Quizá sea una temporada en que de pronto sentiste la necesidad de estar solo(a) o apartado(a). Tal vez emprendiste un viaje, te cambiaste de trabajo o te mudaste de ciudad; quizá tomaste algunas decisiones que dieron un giro de timón a tu vida. Como sea, estás en una etapa en que los cambios en tu vida van de la mano del conocimiento que estás adquiriendo sobre ti mismo(a) y sobre lo que realmente deseas. Es posible que, en un momento así, una relación de pareja no sea la primera de tus prioridades. Puedes establecer algunos vínculos, intentarlo, pero sería un poco como intentar construir sobre la arena: el terreno no parece lo suficientemente firme para cimentar un vínculo a largo plazo.

 

Te cuesta mucho disculparte o admitir que te equivocas

Este punto puede parecer muy trivial en comparación con los otros, pero en su sencillez es uno de los elementos más fundamentales que revelan la madurez emocional de un individuo. Admitir un error significa que una persona ha logrado el suficiente conocimiento de sí misma como para considerar sus límites y sobre todo para hacerse cargo de sus acciones, sus decisiones y las consecuencias de éstas. 

Por el contrario, quienes frente a un error se turban, buscan la manera de eludirlo y menos aún piensan en cómo repararlo, usualmente son individuos sin la madurez emocional necesaria para establecer un compromiso, por ejemplo, o para comenzar una relación saludable.


No es sencillo para ti transmitir tus emociones

En nuestra cultura las emociones no siempre reciben el mejor trato, pero hay una diferencia sustancial entre el imperativo social de reservarse ciertas emociones y la dificultad constante de compartirlas con otros, aun cuando se trate de amigos, una pareja o ciertos familiares. 

En algunos casos, esta situación se debe a que el sujeto es un desconocido para sí mismo. Dicho en otras palabras: a veces una persona no puede transmitir sus emociones porque ella misma no las conoce. 

En ese sentido, cómo esperar que una relación funcione, cuando uno de los involucrados vive en semejante estado de confusión para consigo mismo.

 

"Amar sin saber cómo se ama sólo hiere a la persona a quien amamos", escribió Thich Nhat Hanh, lo cual sugiere que el amor es, por encima de todo, un ejercicio de autoconocimiento que no cesa sino que más bien nos mantiene atentos a nuestra propia vida, nuestro ser y nuestra relación con el mundo.

 

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