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¿Quieres aprender por ti mismo y dejar de depender de la escuela o de los maestros? Estos consejos pueden orientarte en ese proceso

¿Cuántas veces no has querido aprender algo por tu cuenta? Quizá a tocar un instrumento musical, o saber cómo se realiza determinada actividad física (nadar, bailar, etc.); acaso hayas sentido interés por algún campo de conocimiento específico, o por un saber práctico como la cocina o la carpintería.

Muchas personas sienten esa inclinación, pero casi nadie la realiza. En buena medida, porque la educación bajo la cual nos formamos nos enseña a “esperar” que alguien más nos guíe, nos provea de conocimiento, nos reconozca nuestros logros y, en suma, esté siempre ahí, cuidando la manera en que se desarrolla nuestro aprendizaje.

Sin embargo, llega el momento en que si deseamos crecer, la única forma de conseguirlo es buscar dicho desarrollo por nosotros mismos, con autonomía y actividad y, como Apolo cuando descubrió las artes de la medicina y la adivinación según cuenta Platón en El banquete, guiados únicamente por el amor y el deseo.

Si sientes la curiosidad de aprender por ti mismo y convertirte en autodidacta de lo que deseas, te compartimos a continuación algunos puntos que pueden ser útiles en este proceso.

 

Descubres el potencial del placer como motivo de la voluntad

En la formación del ser humano ha sido históricamente frecuente que el temor, el castigo, la culpa y otros elementos afines sean utilizados para llevarlo a realizar ciertas acciones. Lamentablemente, el aprendizaje no está exento de ese mecanismo. Tácitamente, la escuela suele fomentar un ambiente en donde el temor a reprobar, a fracasar, a ser considerado poco inteligente o poco capaz, intoxica la curiosidad nata de niños y adolescentes.

¿Pero qué pasaría si en vez del temor fueran emociones como el gusto, el placer o incluso el amor las que nos llevaran a descubrir y explorar una materia? ¿No pasaría, quizá, que aprenderíamos con más entusiasmo? Quizá incluso, como ocurre con otras actividades que hacemos por el solo placer de realizarlas, no nos daríamos cuenta ni del paso del tiempo ni de los cambios en nuestro entorno, no sentiríamos hambre ni hastío, y seríamos capaces de concentrarnos en la acción que tanto nos complace.

Es muy probable que hayas experimentado ya esa forma de actuar. En la infancia es sumamente común que los niños se entreguen sin mayores complicaciones ni temores a la acción que desean hacer. ¿Por qué no pensar que es posible dirigir nuevamente la conciencia y la voluntad en ese sentido, para aprender algo que nos gusta?


Al aprender, también aprenderás sobre ti mismo

Una ventaja paralela de la autoenseñanza es el conocimiento de sí que se adquiere al abocarse por gusto y placer a una disciplina. Cuando podemos liberarnos de la presión social que implica cumplir plazos, obligaciones, deberes, etc., en cierta forma la conciencia está libre no sólo para aprender, sino también para mirarse a sí misma. 

Descubrimos entonces qué tan fácil o difícil entendemos ciertas materias, qué tanto nuestro cuerpo está preparado para acometer determinadas acciones, qué caminos sigue nuestra mente para poder generar el conocimiento, qué emociones interfieren con nuestro proceso de aprendizaje (el ansia de destacar o de complacer a alguien, el miedo a fracasar, la vergüenza de no saber, etcétera).

De esa forma, podemos darnos cuenta de una cualidad del ser humano que en la educación moderna suele ignorarse deliberadamente: la singularidad. No todas las personas aprenden al mismo ritmo o del mismo modo, pero la escuela, en su necesidad de normalización, pasa por alto esas diferencias.


Amplía tus horizontes

Cuando se estudia bajo la guía de una autoridad, aprendemos sólo aquello que la autoridad nos muestra. Los planes de estudio, la posición ideológica de una escuela, el tipo de educación que fomenta un gobierno nacional, la formación misma del profesor: todo ello también forma parte de la educación institucionalizada y, por ende, del medio en el cual es formada una persona. En ese sentido, la educación recibida es limitada por definición. 

Al aprender por tu cuenta, los límites siguen existiendo, pero en cierto modo es el propio proceso el que los señala, y también tu curiosidad y el esfuerzo que pongas en aprender.

Pensemos en personas admiradas generalmente por su talento, su creatividad e incluso su genio. No importa el ámbito al que pertenezcan, descubriremos que en todos los casos tienen una característica en común: tuvieron la iniciativa de estudiar algo únicamente por ganas y por interés, sin esperar que fuera útil o que alguien más les permitiera aprenderlo. Así fue como Steve Jobs llegó a un curso de caligrafía en Stanford, por ejemplo, o como Chuck Jones adquirió el sentido del humor tan particular que lo llevó a mezclar dibujos animados con música clásica.

El conocimiento no tiene fronteras por sí mismo. Hasta cierto punto, es un terreno abierto a la exploración y el descubrimiento. 

 

Ser autodidacta puede hacer de ti una persona compasiva

Con su sistema de competición, rivalidad y especialización, es relativamente común que el sistema educativo moderno genere personas que creen que su valor humano reside únicamente en sus logros académicos y, por eso mismo, viven con el temor de perderlos o de que el resto del mundo no los reconozca, pues creen, erróneamente, que sin ello no son nada.

En ese sentido, el autodidactismo puede conducir inesperadamente hacia una forma más compasiva de adquirir conocimiento. Cuando se aprende por gusto y por curiosidad, y no por la demanda inconsciente de complacer a otros, es posible diluir esa necesidad de pasar sobre los demás, el afán de mostrarse superiores o la falsa idea de que se sabe más que cualquiera en determinada materia. 

Aprender por uno mismo también hace ver que el saber es en esencia inabarcable y que por más esfuerzo que pongamos en estudiar, investigar, observar, etc., habrá siempre algo (o mucho) que ignoremos.


Puede hacer de ti una persona autónoma

Para nadie es un secreto que la escuela es una institución social que uniforma. Desde los horarios hasta la forma de vestir y, claro, el conocimiento impartido, todo está ya previamente definido y en muchos casos se trata de prácticas que ni siquiera son recientes, sino que su aplicación data de varias décadas atrás, cuando no incluso siglos.

En contraste, volverse autodidacta permite experimentar subjetivamente la libertad. Quizá de inicio pueda parecer difícil, pues el ser humano está habituado por la formación que recibe a ser guiado y, en ese sentido, asumir el lugar de quien conduce puede desorientar o ser confuso. Pero eso también es parte de la libertad de aprender y, en general, de la libertad en sí. 

Kant escribió que el ser humano alcanza la mayoría de edad auténtica cuando se atreve a usar su propio entendimiento, sin profesores ni curas ni gobernantes que le dicten qué pensar o qué hacer, sino únicamente por sí mismo, consciente de las decisiones que toma y los caminos que elige seguir.

 

Hasta aquí las razones que podemos ofrecer para volverse autodidacta. A continuación compartimos tres consejos que se dirigen más bien hacia la raíz de los obstáculos que pueden encontrarse en este proceso. Más allá de recomendar que te compres una agenda o conviertas un rincón de tu casa en tu “espacio personal”, consideramos que la verdadera esencia del esfuerzo autodidacta reside en otros aspectos, más profundos y más importantes. Puedes tener la habitación más iluminada, beber té verde todas las mañanas e inspirarte con música de Bach y aun así distraerte, procrastinar, frustrarte, etc. De ahí que nos permitamos hacer sugerencias de otro orden.

 

Resignifica la noción de la disciplina…

La idea de “disciplina” tiene connotaciones negativas que, de hecho, hemos señalado tangencialmente en este texto. Normalizar, castigar, uniformar: todo ello, que está presente en la escuela, es parte de la disciplina que ésta necesita para funcionar.

Ser autodidacta requiere de una suerte de “resignificación” de dicho concepto. Es decir, entenderlo de otra manera, pues como han señalado numerosos pensadores, artistas, escritores y demás personajes célebres de todos los tiempos, el estudio, la investigación, la práctica y, en suma, el dominio de una materia, descansan invariablemente en la capacidad de entregarse de lleno y metódicamente a la actividad elegida.

Si te sirve, puedes explorar otras nociones como la perseverancia, la constancia o la persistencia. 

 

Y también, la idea de frustración

En un sentido similar al punto anterior, el autodidactismo requiere también cierto trabajo sobre la idea habitual que tenemos de frustración, la cual casi siempre acompaña los esfuerzos con los que emprendemos un nuevo proyecto. 

Comúnmente, cuando iniciamos algo solemos mirar lejos, nos planteamos objetivos y acaso, como la lechera de la fábula, acariciamos desde ahora los triunfos y reconocimientos todavía inexistentes.

No obstante, en la actividad cotidiana de aquello que nos propusimos hacer nos damos cuenta de que quizá las cosas no son tan sencillas como creíamos: el aprendizaje se nos dificulta, hay cosas que no entendemos, el tiempo parece no alcanzarnos, nuestra disposición de ánimo no es la mejor todos los días, etc. Y entonces nos desanimamos, perdemos interés y abandonamos nuestro proyecto.

¿Por qué sucede esto? En parte porque, como señaló Simone Weil, al hacer las cosas porque pretendemos un objetivo ulterior, provocamos que nuestro esfuerzo se vuelva dependiente de dicho objetivo: en consecuencia, al faltar éste (es decir, al sentir que no lo alcanzamos, que no se realiza, etc.), consideramos que nuestro esfuerzo es inútil. 

Siguiendo a Weil, lo mejor sería esforzarse por el esfuerzo mismo; leer por el gusto de leer, por ejemplo, realizar la práctica de un instrumento musical sólo por el placer que se encuentra en ello, y lo mismo con un deporte o alguna otra actividad. No queremos decir que no tengas ambiciones sino que no permitas que esas ambiciones te cieguen ni, mucho menos, te roben el placer de aprender.

A continuación citamos el pasaje de Weil in extenso, pues consideramos que puede ser de interés sobre este punto:

Una mala manera de buscar. Con la atención fija en un problema. Un fenómeno más de horror al vacío. No se quiere ver perdido el trabajo. Obstinación en proseguir la caza. No es preciso querer encontrar: porque, como en el caso de la dedicación excesiva, se vuelve uno dependiente del objeto del esfuerzo. Se hace necesaria una recompensa externa, algo que el azar proporciona a veces, y que uno está dispuesto a recibir al precio de una deformación de la verdad. El esfuerzo sin deseo (no vinculado a un objeto) es el único que encierra de manera inequívoca una recompensa. Retroceder ante el objeto que se persigue. Solamente lo indirecto resulta eficaz. No se consigue nada si antes no se ha retrocedido. Al tirar del racimo caen las uvas al suelo.

 

Comparte lo que aprendes

Históricamente el aprendizaje ha conocido dos grandes vertientes: la de aquellos que aprenden y acumulan lo aprendido y, por otro lado, la de quienes aprenden y buscan la manera de llevar a la realidad el conocimiento que adquieren. El primer caso suele ser el de los eruditos que, como el Doctor Fausto, viven encerrados entre folios y astrolabios pero poco saben de la vida en el mundo; el conocimiento se vuelve, así, una materia inerte y aburrida.

Sin embargo, la vía natural del conocimiento es la socialización. Ese fue un paso decisivo en nuestra supervivencia y evolución como especie: cuando nuestros antepasados descubrieron cómo heredar a las siguientes generaciones lo que habían aprendido sobre el mundo, dimos un salto cualitativo con respecto a otros animales. 

Enseña a otros lo que has aprendido; escribe al respecto; platica con alguien más sobre tus hallazgos o tus avances, y también sobre tus frustraciones y tus tropiezos. Reflexiona sobre tu proceso: quizá algún día seas tú quien aconseje a alguien más sobre cómo volverse autodidacta.

 

¿Qué te parece? Si tienes alguna otra sugerencia no dudes en compartirla con nosotros y con los lectores de este sitio, a través de la sección de comentarios de esta nota o en nuestras redes sociales.

 

También en Pijama Surf: Por qué la concentración relajada es la base para cualquier práctica, física o espiritual

 

Imagen de portada: Mar Hernández

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La segunda entrega de esta introducción al misticismo judío, de la mano de Gershom Scholem

En la primera parte de esta introducción a la cábala hicimos una definición general, estudiamos sus antecedentes, hablamos brevemente de sus textos esenciales y de la importancia "toral", valga la redundancia, de la Torá (tanto el instrumento de la creación como la misma potencia divina) para la hermenéutica cabalística. En esta segunda parte introduciremos el concepto de las 10 sefirot y la noción de Ein Sof (literalmente: Sin fin). Como en la parte anterior, nos basamos en el trabajo de Gershom Scholem.

Los antecedentes de las 10 sefirot -popularmente conocidas como "el árbol de la vida cabalístico"- pueden encontrarse en la especulación del misticismo de la Merkavah en torno a la visión del profeta Ezequiel. En su famosa visión Ezequiel vio un carro flamante en el cielo -la Merkavah-, donde se revolvían cuatro criaturas con formas animales y humanas (que serían luego categorías de ángeles) y sobre el cual se erigía un trono. Sobre el trono, se dice en Ezequiel 1:26, yacía una "semejanza (o imagen) con la apariencia de un hombre". El texto ha generado una inenarrable cantidad de especulación, en parte debido a la oscuridad del mismo y en parte por la prohibición de representar la forma divina y por la creencia teológica de que Dios no tiene forma, está más allá de toda manifestación. Sin embargo, los místicos, a diferencia de los teólogos puros, buscan y requieren de una forma con la cual relacionarse y experimentar íntimamente la divinidad. La Merkavah se convirtió en un proceso de ascensión a la dimensión divina a través de la contemplación. En lo más alto del trono yacía la forma divina, el kavod, la gloria o esplendor de Dios. Esta especulación sobre la forma mística de la deidad más alta es también conocida con el nombre de Shi'ur Komah, que significa "la medida de la altura", pero que es también un polémico texto místico del Midrash que introduce la noción del cuerpo antropomórfico de Dios, el cual describe detalladamente.

Según Scholem, la cábala se concentra en la idea del "dios viviente, que se manifiesta a sí mismo en los actos de la Creación, Revelación y Redención"; esto, a diferencia de las corrientes más ortodoxas de la teología monoteísta -por ejemplo, la de Maimónides-, que mantienen que Dios, siendo infinito e ilimitado, no puede considerarse como un ser viviente, pues sería limitado. No obstante, como la mayoría de los místicos, los cabalistas idean una doctrina en la que se concilia la trascendencia con la inmanencia. Scholem sugiere que es aquí donde irrumpe la noción de las 10 sefirot, las cuales son producto de "la meditación mística" en torno a la forma en que se revela la Deidad infinita. Los cabalistas, consciente o inconscientemente, intentaron resolver la aparente contradicción o el dualismo entre un dios viviente y un deus absconditus (Ein Sof) y retomaron algunas de las nociones especulativas del misticismo de la Merkavah. En su caso, ya no se trataba de una visión de la Deidad sino de descifrar y apercibir los símbolos con los que se manifiesta, principalmente como un árbol cuya raíz está en el cielo (en Ein Sof), como un hombre (Adam Kadmon) y como los símbolos de los nombres divinos. Sin embargo, algo de las imágenes del misticismo de la Merkavah permanece, como vemos en esta afirmación sobre las sefirot que evoca un vehículo: "[son] las 10 esferas de la manifestación divina en las que Dios emerge de su divina habitación".

A grandes rasgos, las 10 sefirot son los modos y el dinamismo con el que se revela la Deidad Infinita, llamada Ein Sof por los cabalistas. "Ein Sof es el aspecto impersonal del dios oculto", escribe Scholem. Es aquello, según Isaac el Ciego, "que no es concebible con el pensamiento". Así, para la cábala, Dios no es una persona, no tiene un aspecto personal-relacional en esencia, sino que toma este aspecto "en el proceso de la Creación y Revelación".

El término "sefirot" -en singular "sefira"- es altamente demostrativo de la enorme capacidad vinculatoria y analógica de la cábala. Literalmente significa número o enumeración, pero los cabalistas lo han relacionado a palabras como sefer (texto), sappir (zafiro o luminosidad), sfar (límite) y varias más. Scholem dice que la traducción apropiada es "regiones" o "esferas"; aunque en el Sefer Yetzirah tienen la acepción principal de "número", en el Zohar significan más bien "el surgimiento de poderes divinos o emanaciones". El término engloba todo esto; son números y letras, emanaciones y potencias divinas, cristalizaciones de la luz divina, límites o configuraciones del algoritmo de la creación. "Son seres numéricos vivientes", conectados con la idea del hayoth en la Merkavah descrito por Ezequiel, "los seres vivientes" que llevan el trono de la Merkavah. Es posible notar una influencia pitagórica en las sefirot, pues para Pitágoras la década es el número perfecto, el número de Dios. Es en el Sefer Yetizirah donde encontramos la primera referencia a las sefirot; el libro las llama, según dice Scholem, "los diez números elementales y primordiales". Junto con las 22 letras, las sefirot producen "las varias combinaciones observables en la totalidad de la creación. Son 'los 32 caminos de sabiduría con los cuales Dios ha creado todo lo que existe'". El cabalista Abraham Herrera las llama "emanaciones de la primera simple unidad", "espejos de Su verdad" que "dan a conocer Su bien". Scholem explica que casi cualquier palabra de la Torá corresponde con una sefira y cada palabra no sólo describe un evento en la historia del pueblo judío, sino una fase en el proceso divino. Cada sefira tendrá una inagotable serie de correspondencias: planetas, ángeles, pasajes de la Torá, elementos y demás. 

Las 10 esferas constituyen a la vez el protocolo o algoritmo con el cual se manifiesta la divinidad en el universo y una "topología mística"; son, simbólicamente, el propio cuerpo divino en su irradiación. Explica Scholem:

son las potencias que constituyen la actividad de la Deidad, y a través de las cuales (para usar lenguaje cabalístico) ésta obtiene su "rostro"... La vida divina se expresa en 10 escalones o niveles, los cuales tanto la ocultan como la revelan. Fluye hacia fuera y anima la Creación; y al mismo tiempo permanece en la profundidad interior. El ritmo secreto de su movimiento y pulso es la ley que rige el movimiento de toda la Creación.

La creación del universo es vista, entonces, como la autoemanación de la Deidad (Ein Sof), el proceso a través del cual se da a conocer, esencialmente a través de la luz divina (Aur Ein Sof) que es idéntica a las letras y nombres divinos (lo fótico y lo fonético son dos aspectos de una misma sustancia divina).

El proceso descrito por los cabalistas como la emanación de la energía y la luz divinas puede ser considerado con el mismo derecho como un proceso en el que se despliega el lenguaje divino... un paralelismo entre los dos tipos más importantes de simbolismo... hablan de atributos y de esferas de luz, pero en el mismo sentido hablan también de nombres divinos y de las letras que los componen... El mundo secreto de la divinidad es un mundo de lenguaje, un mundo de nombres divinos que se despliegan según sus propias leyes. Los elementos del lenguaje divino aparecen como las letras de la Sagrada Escritura... letras y nombres... cada uno representa una concentración de energía y expresa una variedad de sentido que es absolutamente imposible de traducir.

Al revelarse, dice Scholem, la vida divina asume diferentes formas en cada nivel o toma diferentes atributos. "En su totalidad los elementos individuales del proceso vital de Dios están desdoblados pero constituyen una unidad (la unidad de Dios revelándose a sí mismo); juntos son la forma de la Deidad [traduzco Godhead como Deidad y God como Dios]". La visión mística de los cabalistas sugiere que las 10 sefirot tienen una naturaleza holística y fractal en la que la totalidad se refleja en la parte, y cada parte recrea el todo. Se trata, como reza la frase, de una sola luz en 10 vasijas:

Las sefirot están conectadas entre sí a través de "canales" secretos, tsinoroth, por los cuales cada uno irradia en el otro y a la vez se reflejan entre sí. La naturaleza específica de cada potencia está profundamente enraizada en sí misma, pero cada potencia igualmente contiene la estructura de la totalidad. Más aún, cada una repite en sí misma la estructura de la totalidad y así ad infinitum... Es a través de este proceso de infinita reflexión que la totalidad se refleja en cada miembro y, como explicó Moises Cordovero, se convierte en un todo".

Esta descripción recuerda notablemente la metáfora del budismo mahayana del collar de perlas de Indra, el cual tiene la propiedad mágica de reflejar en cada perla todas las demás y todos los reflejos de los reflejos. En el budismo, esto en una forma de decir que todas las cosas son interdependientes y se interpenetran entre sí, hasta el punto de que ninguna tiene una realidad separada inherente. Es importante tener en cuenta esta interpenetración -que es la presencia de la divinidad sin disminución-, recalca Scholem, ya que a veces se entienden las 10 sefirot como fases de la creación, pero en realidad no son lineales, reproducen enteramente la naturaleza de Ein Sof, en cada parte o fase -el infinito se refleja en cada detalle-. Una conocida frase del Sefer Yetzirah dice: "su final está embebido en su principio y su principio en su final, como una flama en el carbón". El carbón es el final de un fuego y, no obstante, puede ser también el principio.

Aunque la totalidad está en la parte, es evidente que cada sefira encierra y revela un aspecto distinto del proceso de la divinidad:

Cada atributo representa una cierta fase, incluyendo la fase de severidad y juicio adusto, la cual la especulación mística ha conectado con la fuente del mal en Dios... De la contemplación de las sefirot, él [el cabalista] procede a la concepción de Dios como la unión y raíz de todas las contradicciones. Hablando generalmente, los místicos no conciben a Dios como Ser absoluto o como Devenir absoluto [el aspecto dinámico] sino como la unión de las dos, de la misma manera que el dios oculto del cual nada se puede saber, y el dios viviente de la experiencia religiosa y la revelación, son uno y el mismo. 

De acuerdo con la traducción de Scholem, las 10 sefirot son:

1. Kether Elyon, "la suprema corona" de Dios

2. Hokmah, "sabiduría" o idea primordial de Dios

3. Binah, la "inteligencia" de Dios

4. Hesed, el "amor" o misericordia de Dios

5. Gevruah o Din, "el poder" de Dios, especiamente el poder del juicio severo y el castigo

6. Rahamim o Tifereth, "la compasión" de Dios (o la "belleza" Tifereth), que sirve como mediadora entre las dos sefirot precedentes

7. Netsah, "la durabilidad" de Dios

8. Hod, "la majestuosidad" de Dios

9. Yesod "la base" o "fundamento" de todas las fuerzas activas en Dios

10. Malkuth,  el "reino" de Dios, descrito en el Zohar como Kenseth Israel, el arquetipo de la comunidad de Israel, o como la Shejiná.

* Algunos cabalistas agregan Daat -entre Binah y Hokmah- para ocupar el lugar de Kether, que es irrepresentable. Daat significa conocimiento y suele describirse como la sefiira en la cual están unidas todas las demás. Sin embargo, como ya mencionamos, estrictamente esto ocurre en todas las sefira; acaso Daat significa la unión consciente -la redención o tikkun- de la luz unitaria que se difunde en 10 receptáculos. 

En la siguiente parte hablaremos sobre el Tzimtzum o la contracción creativa (y ocultamiento aparente) de Ein Sof, y la Shejiná, la presencia de Dios en el mundo (equivalente a la Sophia cristiana y gnóstica). 

 

Lee también: Profundos principios de la alquimia cabalística (la obra del cabalista David Chaim Smith)

 

Bibliografía

On the Mystical Shape of the Godhead, Major Trends in Jewish Mysticism y La cábala y su simbolismo; todos de G. Scholem

 

Twitter del autor: @alepholo