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Cuando en 'El banquete' se discute sobre la naturaleza de Eros, el dios del amor, esta es una de las explicaciones ofrecidas

Dice Platón en El banquete que “donde haya un lugar bien florido y bien perfumado, ahí Eros se posa y permanece”. En una traducción un tanto más anticuada del mismo pasaje podemos leer: 

[…] el Amor jamás se detiene en lo que no tiene flores, o que las tiene ya marchitas, ya sea un cuerpo o un alma o cualquier otra cosa: pero donde encuentra flores y perfumes, allí fija su morada. 

Eros o Amor son otros nombres de la Vida o, dicho con más precisión, de lo vivo, pues la existencia adquiere vitalidad sólo cuando se encuentra inundada por Eros, aguijoneada por ese tábano que lo mismo puede ser la inspiración o el deseo, la pasión, la alegría, el riesgo, el desenfreno, la embriaguez, la pérdida de la mesura; el amor, en fin, hacia todo lo que hacemos y vivimos.

En ese mismo fragmento del diálogo, que es una línea de Agatón, se dice que Apolo descubrió las artes del arco, la medicina y la adivinación “guiado por el deseo y el amor”, lo cual hace que ese dios hijo de Zeus, símbolo de la lucidez y la inteligencia, “puede considerarse un discípulo de Eros” (“puede decirse que el Amor es el maestro de Apolo”, dice la otra traducción). 

Cuando Eros irrumpió en el mundo, hizo florecer el páramo que hasta su llegada estaba gobernado únicamente por la Necesidad (Ananké). Desde entonces, dioses y hombres podemos encontrar amor en lo que hacemos y vivimos, y no sólo la dura cara de la obligación y la necesidad.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Según Platón, con cada cambio en nuestra vida experimentamos un poco de inmortalidad

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen: Lamiaa Ameen

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I.

Layo, rey de Tebas, y su mujer Yocasta han pasado varios años juntos sin poder concebir un hijo. Layo decide acudir al oráculo de Apolo en Delfos para conocer la causa de esa dificultad. El dios responde que si Layo procrea un hijo, morirá asesinado por él. 

De regreso en Tebas, Layo deja de dormir con su mujer, hasta que un día, ebrio, la busca y como resultado del encuentro la embaraza. Al nacer el hijo de ambos, Layo quiere matarlo, por temor a la profecía, pero no es capaz de hacerlo, así que le hiere los pies y ordena a un sirviente que lo abandone en el campo, suponiendo que de ese modo el niño no podrá salvarse y nadie tampoco querrá rescatarlo. Se equivoca, sin embargo, pues unos pastores lo encuentran, lo recogen y lo entregan después a Pólibo y Mérope, reyes de Corinto, que lo toman a su cuidado, le dan un nombre a partir de sus heridas (Edipo, “el de los pies hinchados”) y lo crían como el hijo que ellos mismos no habían podido tener. 

Un día, ya que Edipo es un joven, un hombre ebrio le dice que no es hijo de sus padres, lo cual hace de él un bastardo. Las palabras del borracho lo perturban. Edipo habla con Pólibo y Mérope, quienes le dicen que ellos son sus verdaderos padres. Edipo no se conforma y decide acudir al oráculo de Delfos para conocer la verdad sobre su origen. La pitia le responde que su destino es matar a su padre y yacer con su madre. Horrorizado, Edipo se niega a volver a Corinto para conjurar así la profecía. Toma entonces el camino hacia Tebas, la ciudad más cercana a Delfos. 

En una encrucijada se topa con el carruaje de un hombre importante. Uno de los sirvientes de este hombre –su heraldo o el conductor del carro– discute con Edipo sobre quién de los dos debe ser el primero en pasar. Por alguna razón, Edipo se niega a ceder. La discusión se torna violenta y en este punto difieren las versiones de lo sucedido. Hay quien dice que, desesperado por la discusión, el hombre importante ordenó a su auriga azuzar a los caballos y atropellar a Edipo, pero el auriga perdió el control y el carruaje cayó por un barranco. Se dice también que, en la escalada, el heraldo mató al caballo de Edipo, lo cual encolerizó a éste a tal grado que en su ira mató a cuatro sirvientes del viajante y al viajante mismo. Esta parece ser la verdad. En cualquier caso lo cierto, lo innegable, es que el hombre muere: por causa de Edipo o directamente asesinado por él.

Después del incidente, Edipo sigue su ruta hacia Tebas. Poco antes de llegar a la ciudad se encuentra con la Esfinge, uno de los últimos monstruos que sobreviven en la Hélade y que plantea un enigma a todas las personas que pasan por ese camino: “¿Qué animal camina en cuatro patas por la mañana, en dos al medio día y en tres al atardecer?”. La Esfinge mata o devora a todo aquel que dé una respuesta equivocada. “El hombre”, dice Edipo, “porque gatea al nacer, camina firme cuando es adulto y se ayuda de un bastón en el ocaso de su vida”. Al escuchar la respuesta correcta, la Esfinge se suicida. 

Edipo llega a Tebas y se entera de que el hermano de la reina, Creonte, había prometido dar el gobierno de la ciudad a quien matara a la Esfinge. Creonte es provisionalmente rey de Tebas ante la muerte de Layo, inesperada y todavía sin explicación. Unos días antes, Layo había salido de la ciudad con rumbo a Delfos para preguntar a Apolo cómo liberar a Tebas del terror de la Esfinge. Pero su cuerpo sin vida había sido encontrado poco después en el camino, junto con el de sus sirvientes, al parecer asesinados.

Ante el trono vacante y tras haber derrotado a la Esfinge, Edipo es entonces nombrado rey de Tebas y se le da también en matrimonio a la reina viuda, Yocasta. 

Sin saber que es su madre, Edipo vive con Yocasta como hombre y juntos engendran cuatro hijos: dos varones, Eteocles y Polinices, y dos mujeres, Antígona e Ismene.

 

II.

En el origen, el primer objeto de deseo y amor que el sujeto conoce es una persona que sin embargo no puede corresponderle como quisiera: porque ese objeto de amor es su madre o su padre, porque el sujeto es un niño, porque esa persona por definición “pertenece a otro” (y la prueba obvia es que él o ella es el resultado de la unión sexual entre sus padres), porque el amor y el deseo están social y culturalmente construidos de otra manera, porque el tabú del incesto es la prohibición más atávica de la humanidad… En pocas palabras: porque esa correspondencia que el sujeto demanda es imposible. La disparidad entre sujeto y objeto del deseo así lo determina.

Para el sujeto, dicha imposibilidad se experimenta doblemente como represión y como herida. Reprime aquello del deseo sexual que está prohibido culturalmente (i. e. la relación incestuosa) y, por otro lado, al ser rechazado por la persona que ha despertado en él la conciencia del deseo sexual, su amor propio queda herido.

De la herida nace la falta y de la falta nace la subjetividad. 

 

III.

La tragedia de Edipo comienza cuando toma el camino hacia Tebas, después de haber consultado al oráculo de Delfos. La vida de Edipo, hasta entonces una línea recta y ascendente como toda vida humana regida por el tiempo, experimenta un regreso inesperado al punto donde todo comenzó.

Ese es también el sentido trágico de la repetición asociada con el complejo de Edipo. Trágico podría parecer un calificativo excesivo para la vida de sujetos corrientes, pero de cualquier manera conserva cierta precisión en tanto pertenece al campo semántico del malestar. 

A lo largo de su vida psíquica, sobre todo en relación con la vida sexual y la elección del objeto del deseo, hay subjetividades para quienes conjugar el verbo desear significa repetir, esto es, como Edipo, regresar al origen, que en el caso del sujeto es la escena primordial del descubrimiento consciente del deseo sexual. 

Desde el inicio, sin embargo, esa escena estuvo marcada por la imposibilidad, y en las repeticiones que el sujeto recrea no es distinto. La repetición, en este sentido, mientras esté gobernada por la compulsión inconsciente de sí misma, no puede generar para el sujeto nada más que dolor, malestar e insatisfacción.

¿Por qué repite entonces el sujeto? ¿Por qué, como se ha dicho, como si se tratase de un homicida o un perverso que regresa a la escena del crimen, ciertos sujetos buscan a toda costa reconstruir el escenario de su particular drama edípico?

La respuesta pasa por la subjetividad y por la represión. De la subjetividad no es posible hablar en términos generales, pero de la represión sí. Con cierta frecuencia, quien se afana en repetir lo hace porque su condición de sujeto deseante fue reprimida violentamente. Entiéndase: no su deseo en sí ni la manifestación material de su deseo, sino fue en su condición misma de sujeto que desea donde el sujeto fue reprimido.

Dicho sencillamente: quien repite lo hace porque en su conformación de sujeto deseante aprendió a ceder en la experimentación con su propio deseo, con su energía libidinal y erótica. Aprendió a conducirla dentro de los límites de lo permitido y lo conocido. En algunos casos, aprendió a repetir para no ser sancionado.

Pero la subjetividad propia del deseo hace de la repetición una paradoja y por ello una fuente constante de malestar, pues repetir aquella escena primigenia es desear lo que desde el inicio fue prohibido e imposible.

El sujeto deseante vive así atrapado entre el complejo de Edipo y el deseo del Otro, entre la represión y la imposición, entre su deseo que fue obligado a reprimir y el no-deseo de lo que se le da pero no quiere.

He ahí la tragedia de la repetición edípica.

 

IV.

El deseo, como aseguró Kojève, está socializado: deseamos lo que otros desean. Pero la falta, que nació de la herida narcisista, es completamente subjetiva. No hay otro campo para la falta que no sea la subjetividad. Por eso, más que el deseo, es la falta la que nos estructura como sujetos, la que nos da nuestra densidad subjetiva y acaso, con cierta licencia, podría decirse incluso que es la falta, en la conducción consciente o inconsciente que hace de nuestra vida, la que determina la coincidencia de muchas de las circunstancias que la vuelven única, que hacen de la vida una existencia humana. 

En las sociedades capitalistas y el imperio contemporáneo de la positivización, la pregunta que el sistema hace al sujeto es “¿Qué deseas?”, al mismo tiempo que abre el catálogo de las mercancías disponibles ya para su consumo inmediato. 

El sujeto puede responder al sistema. De hecho, está obligado a hacerlo. La pregunta por el deseo es quizá una de las pocas en la vida del ser humano que no puede quedar sin respuesta.

Sin embargo, para que sea una respuesta genuina, acorde al deseo del sujeto y no al deseo del Otro, el sujeto debe conocer antes su propia falta. Pero no en el dominio del Qué, sino en el campo mismo de la falta. La pregunta no es, como en el dominio del deseo, “¿Qué me hace falta?”. 

Puesta en comparación, la pregunta “¿Qué deseo?” puede rápidamente hacerse superficial y por ello mismo responderse al momento. De ahí que, en las sociedades capitalistas, sea tan sencillo confundir deseo con goce: porque para responder qué se desea, en la medida en que el deseo está socializado se cuenta con cientos o miles de recursos al alcance que con suma facilidad pueden convertirse en el sucedáneo de esa respuesta. 

La pregunta que concierne a la falta no es un Qué que tenga una respuesta directa. Es más bien una exploración o una elaboración. Para saber qué desea, el sujeto debe antes conocer su falta, medirla, pararse por un momento en el borde y comprobar de un vistazo la profundidad de esa hondura.

Darse cuenta, finalmente, de que nada podrá nunca llenar esa falta. Y pasar a otra cosa. Y entonces comenzar a desear realmente.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Desamor y reconquista del instante: una fórmula contra el miedo a la libertad de nuestra época

 

Twitter del autor: @juanpablocahz