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5 formas de pasar por la escuela sin que ésta afecte tu formación

Sociedad

Por: pijamasurf - 07/31/2018

¿Cómo navegar la obligación que representa la escuela sin renunciar a la autenticidad propia del ser humano?

Una de las características de la escuela que la pueden volver difícil es su cualidad de obligatoria. Por naturaleza, el ser humano es renuente a todo aquello que se le imponga como un deber, pues lo más propio para la vida que corre por nuestros cuerpos es ser espontáneos, hacer lo que el deseo nos dicta y, tanto como sea posible, seguir únicamente la voz de nuestra voluntad.

¿Es posible que dentro de la escuela –y todo lo que ésta representa– el ser humano pueda dar curso a esa autenticidad? Mark Twain alguna vez dijo, con la ironía que le caracterizaba, que nunca dejó que la escuela interfiriera con su educación, y quizá ahí resida la respuesta a esa pregunta.

Compartimos a continuación cinco motivos de reflexión en torno a la escuela que pueden hacer el paso por dicha institución, si no más llevadero, sí al menos más acorde a la necesidad que tiene el ser humano de entender lo que hace y darle un sentido a las acciones de su vida.


Aprende a fluir en todas las circunstancias 

En la escuela, como en la vida, no siempre nos encontramos en situaciones acordes a nuestros intereses, gustos o inclinaciones personales y hay otras donde, afortunadamente, todo aquello que encontramos se corresponde con nuestras búsquedas personales. 

En ambos casos se trata de oportunidades para aprender a fluir sin resistirse a las circunstancias, en la luz de la atención, aprovechando tanto como sea posible lo mejor del momento.

 

Mira tu esfuerzo desde otra perspectiva

La sociedad en la que vivimos tiene en alta estima las “metas”, de modo tal que desde distintos frentes se bombardea al ser humano con mensajes que le instan a trazar planes, a plantearse objetivos y también a esperar siempre una recompensa a sus esfuerzos.

En cierto modo, en efecto, la vida puede experimentarse así, pero por la manera en que se plantea, todo ello termina por convertirse en una carga que abruma al sujeto, al grado de “quebrarlo”, frustrar su vida y su voluntad.

En un apunte de juventud, la filósofa Simone Weil anticipó un “antídoto” todavía vigente para esa tendencia. Weil aprendió pronto que en el ser humano es necesario entender el esfuerzo como una especie de fin en sí mismo, pues cuando lo ejercemos y experimentamos en función de un objetivo futuro y todavía lejano, creamos una relación de dependencia entre algo sumamente real (nuestro trabajo cotidiano) y algo que no existe (la meta futura); si a esto agregamos que el ser humano tiene miedo de sentir “desperdiciado” el empeño que puso en una tarea, se completa el cuadro que explica por qué las personas terminan por desanimarse y abandonar proyectos que empezaron con mucho entusiasmo. Nos dice Weil:

Una mala manera de buscar. Con la atención fija en un problema. Un fenómeno más de horror al vacío. No se quiere ver perdido el trabajo. Obstinación en proseguir la caza. No es preciso querer encontrar: porque, como en el caso de la dedicación excesiva, se vuelve uno dependiente del objeto del esfuerzo. Se hace necesaria una recompensa externa, algo que el azar proporciona a veces, y que uno está dispuesto a recibir al precio de una deformación de la verdad. El esfuerzo sin deseo (no vinculado a un objeto) es el único que encierra de manera inequívoca una recompensa. Retroceder ante el objeto que se persigue. Solamente lo indirecto resulta eficaz. No se consigue nada si antes no se ha retrocedido. Al tirar del racimo caen las uvas al suelo.

Aunque de inicio pueda parecer extraño, considera la posibilidad de trabajar por el trabajo en sí, sin pensar mucho en todo aquello que, se supone, tiene que traer consigo el trabajo. 

Si disfrutas lo que haces, ten por seguro que será de ese placer de donde se desprenderán las recompensas, más que del esfuerzo en sí.

 

No poder para después poder

Otra verdad de nuestra época que pocos se atreve a desafiar es el mito del “poder”. Byung-Chul Han señala en uno de los ensayos de La agonía de Eros que el verbo modal de este tiempo es justamente “poder”, pues se le hace creer al ser humano que siempre puede y que puede con todo. 

Pero no es así. El ser humano es un ser limitado en varios sentidos, y esas limitaciones son por definición las fronteras de ese poder, es decir, los topes con los que se enfrenta su voluntad y su deseo.

En ese sentido, es necesario aceptar que a veces no se puede. Quizá deseamos mucho aprender tal o cual materia, realizar algún ejercicio físico, ser buenos en determinado deporte o en alguna disciplina intelectual pero, simplemente, no podemos. 

Ese no es, sin embargo, el punto final. Es decir, no se trata de aceptar que no podemos y quedarnos ahí sino, más bien, hacer de esto nuestro punto de partida. No poder para después poder, por así decirlo. Aceptar que no podemos, preguntarnos por qué y a partir de un esfuerzo consciente y atento, emprender el camino que nos llevará eventualmente a poder.

 

No desestimes el valor del tiempo

“No es que tengamos poco tiempo de vida, sino que malgastamos mucho de éste”, escribió alguna vez Séneca, quien, como otros filósofos, se dio cuenta de que el tiempo es quizá el recurso más valioso del ser humano. 

Simplemente piensa en esto: ¿qué tanto de lo que haces se convierte en un beneficio para tu vida? El tiempo dedicado a las redes sociales, por ejemplo, ¿se traduce en un provecho real a la existencia?

 

¡Atrévete a saber!

Por la manera en que nos desarrollamos, es común aprender a sentir que necesitamos de otros para caminar por la vida. En los primeros años de existencia, en efecto, esto es así, pero una vez que el ser humano alcanza su madurez fisiológica, es necesario también que busque su madurez intelectual y emocional.

En su ensayo ¿Qué es la ilustración?, Immanuel Kant ofreció en un par de párrafos una de las explicaciones más sencillas de dicha madurez, a la cual él llamó la “mayoría de edad” del ser humano. Ésta consiste, ni más ni menos, en atreverse a usar el entendimiento propio sin sentir la necesidad de un guía o una autoridad.

Suena fácil, pero en realidad es más complejo de lo que parece, pues prácticamente todo ser humano crece bajo la tutela de otra persona y, en ese mismo proceso, dicha figura se hace inconsciente, con mayor o menor presencia, y sin darnos cuenta su dominio persiste aun cuando hayamos crecido y “madurado”.

¡Atrévete a saber!, recomendó Kant en ese ensayo. Cuestiona, duda, pregúntate, escucha a tu intuición, permítete sentir el miedo, date cuenta de las prohibiciones y los tabúes que rodean tu inteligencia, y ve más allá: explora lo nuevo, lo desconocido, aquello que no fue habitual en tu formación pero por lo cual siempre sentiste interés, mantén una buena disposición para la admiración y la sorpresa, cultiva aquello que te satisfaga y, como dijera Walt Whitman, “vuelve a examinar todo lo que te han dicho y descarta lo que insulta a tu alma”.

 

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Imagen de portada: Whiplash, Damien Chazelle (2014)

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El sentido de pertenencia a una nación forma parte de lo que somos, ¿pero qué pasa si se convierte en una fuente de malestar?

Los aficionados al fútbol sabrán que Lionel Messi y Cristiano Ronaldo comparten no sólo ser considerados los dos mejores futbolistas de esta época, la celebridad o la riqueza, sino además también algo un poco más específico: ambos cargan consigo cierta frustración por haber ganado prácticamente todos los títulos de los campeonatos en los que han participado, a excepción de la Copa del Mundo.

El hecho podría ser únicamente anecdótico de no se porque ambos jugadores, en distintos momentos de su trayectoria, han expresado su deseo de trascender portando la camiseta nacional y, por lo mismo, han experimentando con frustración y acaso hasta con sufrimiento la dificultad de lograrlo. 

No es sencillo saber si lo suyo es un propósito personal auténtico o más bien cierta obediencia a aquello que otros esperan de su talento y sus habilidades, pero sea como fuere, lo cierto es que de cualquier modo ni Cristiano Ronaldo ni Messi han podido llevar a sus equipos nacionales a las fases importantes del campeonato mundial de la FIFA y, de hecho, en este que se celebra ahora en Rusia, sus respectivos equipos fueron eliminados en cuartos de final.

El sentido de pertenencia a un país puede ser importante, qué duda cabe, pero no es necesariamente el más decisivo en la vida de una persona. De hecho, como sucede con otros elementos que contribuyen a constituir la identidad, la nacionalidad es también un accidente, una circunstancia imprevisible, tanto personal como colectiva e históricamente, un elemento del escenario en el cual nacemos y crecemos pero que podría ser cualquier otro y que, en sí mismo, es también producto de circunstancias accidentales, nunca necesarias. 

No es sencillo ver la identidad nacional con esa soltura y, más bien, la mayoría de las personas experimentan la nacionalidad como una especie de personalidad alterna, tan propia e incuestionable como el nombre al que han respondido toda su vida.

Pero, como sucede también con otras ideas a las cuales nos apegamos un tanto irracionalmente (sólo porque así es como procede el ser humano), puede llegar el momento en que el apego a la nacionalidad no cumpla ya las funciones que tenía en otro momento de la existencia de una persona y, por lo mismo, sea más bien una fuente de malestar y de dificultades. 

¿No sería mejor, entonces, dejarlo caer? ¿Vale la pena sostener algo ha formado parte de la definición de lo que somos pero que quizá no tiene ya la misma importancia que en otros momentos de la existencia? 

 

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Twitter del autor: @juanpablocahz