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Esta es la forma principal en la que la dependencia tecnológica nos está afectando (y es alarmante)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/29/2018

Henry Kissinger explica el problema de cómo la tecnología está haciendo más incompetentes a los seres humanos

El ser humano depende cada vez más de la tecnología para realizar cosas que antes hacía por sí solo. Hace 10 años exactamente, hubo una airada discusión en Internet sobre si Google nos estaba haciendo más estúpidos. Fue uno de los primeros brotes, más o menos "virales" y autorreflexivos, que se preguntaba seriamente si la tecnología digital que había sido evangelizada como una herramienta que diseminaría el conocimiento y aumentaría la inteligencia en realidad acabaría obrando en contra de la inteligencia, la memoria y el pensamiento humano. Empezaban los smartphones y la gente pasaba más tiempo conectada. Algunos empezaban a notar los efectos en su memoria -la cual dependía de Google- y en su capacidad de poner atención -esos largos y abstrusos libros se volvían impenetrables-. Evidentemente hubo muchos críticos antes, como McLuhan (que notó que lo que la tecnología aumenta o mejora siempre es compensado por otro lado), pero a grandes rasgos fue aquí cuando nació una primera ola masiva crítica, que realmente no llegó a mucho -y es que va en contraflujo de todo el sistema- y que hoy vemos que se intensifica con las crecientes críticas contra Facebook, las fake news y la burbuja de filtros. 

Actualmente hemos entrado a una nueva etapa, en la que el automatismo empieza a distribuirse globalmente y las máquinas reemplazan a los seres humanos en sus trabajos. La idea original era que las máquinas nos liberarían, para tener más tiempo libre y cultivar nuestra atención y nuestra inteligencia en cosas realmente valiosas. Pero el tiempo libre lo pasamos, generalmente, entreteniéndonos con contenidos inanes que nos mantienen cautivos en estas plataformas. Hemos generado a la par una cosa que se conoce como el dataísmo, una devoción por los datos que es a la vez una dependencia y un fanatismo. En vez de pensar cuál es la mejor forme de llegar a un destino -literal y metafóricamente-, confiamos en lo que nos diga un algoritmo, asumimos que lo hará mejor que nosotros.

Para que la economía siga creciendo infinitamente -ya que los recursos naturales son limitados- fue necesario capitalizar la atención en el espacio digital. Cada segundo que pasamos en línea es capitalizado, ya sea en tanto que le genera directamente dinero a alguien o porque genera datos que son usados para crear mejores algoritmos para predecir nuestros comportamientos y generar mejores productos digitales -que luego consumiremos-. Esto pone en jaque nuestra atención, pues es lo que consume la economía, y nuestra atención no es infinita. 

Lo que la dependencia tecnológica pone en riesgo seriamente es nuestra competencia. Nuestra capacidad básica de hacer una tarea. Y nuestro músculo o facultad fundamental para realizar una tarea es la atención. ¿Estamos entregando nuestro poder más básico, sin darnos mucha cuenta, a las máquinas?

En un artículo sumamente informado, Henry Kissinger, a sus 94 años, con esa mente de ajedrecista que lo caracteriza, analiza de manera brillante lo que está en juego con la dependencia tecnológica y el desarrollo de la inteligencia artificial. Escribe:

La inteligencia artificial, al amaestrar ciertas competencias con mayor rapidez y dominio que los humanos, podría con el tiempo disminuir la competencia humana y la condición humana misma, al tiempo que la convierte en data.

Esta preocupación fue homologada por el recientemente fallecido Stephen Hawking. Notablemente, Hawking comprendió que si la inteligencia artificial es mejor que nosotros y de lo que se alimenta es de la data, es posible que nos veamos reducidos a datos. No necesariamente porque la inteligencia artificial despierte y nos quiera subyugar -o devorar informáticamente- en un escenario apocalíptico, sino porque nosotros mismos producimos una visión del mundo donde la realidad fundamental es la información y el poder está en el procesamiento y la manipulación de la información. Es decir, nosotros proyectamos este reduccionismo ontológico al mundo y nos vemos reflejados en su espejo.

Ahora bien, aunque la advertencia de Kissinger se refiere a una situación posiblemente extrema, me parece que a grandes rasgos esto ya está sucediendo desde hace un rato. La competencia humana, en el sentido de su propio organismo y no como ecosistema o como una mente extendida en las redes de la tecnología que desarrolla, ya está disminuyendo. Esta disminuyendo la capacidad crítica-reflexiva y la conciencia histórica, es decir, lo que no está supeditado a la inmediatez, sino que se alimenta de la historia del pensamiento. Y, de nuevo, está disminuyendo la capacidad de controlar la atención y dirigirla hacia el cultivo de las humanidades. Lo cual es lógico; lo que impera es la mecanicidad, las máquinas, los espacios virtuales, es decir, lo no humano, o a lo mucho, lo transhumano. Pero, como ha notado Douglas Rushkoff, el transhumanismo es en realidad un antihumanismo: una apuesta por la máquina y no por la carne, los huesos y la capacidad del ser humano de desarrollar su propia conciencia, en su cuerpo.

El artículo de Kissinger merece leerse con atención. Su análisis es también político: entiende que las condiciones en las que se consume la información en Internet alteran la forma en la que se hace política. La dependencia a "máquinas alimentadas por datos y  algoritmos que no son gobernados por normas éticas o filosóficas" nos coloca en un predicamento, señala el estadista:

El Internet hace énfasis en recolectar y manipular información, en lugar de contextualizar y conceptualizar su significado. Rara vez se interroga a la historia o a la filosofía; como regla, se exige información relevante a las necesidades inmediatas prácticas. En el proceso, los algoritmos de los motores de búsqueda adquieren la capacidad de predecir las preferencias de clientes individuales, permitiendo que los algoritmos personalicen los resultados y los hagan accesibles a terceros para propósitos comerciales o políticos. La verdad se vuelve relativa. La información amenaza con anegar la sabiduría.

Aquí Kissinger parece estar refiriéndose al asunto de Cambridge Analytica de manera particular pero, en su consideración general, explica el panorama actual y sus causas. Un buen estadista siempre piensa en lo global y mira hacia el futuro, pero bebiendo del pasado. El Internet -el dataísmo- deviene en un utilitarismo que dificulta la reflexión crítica y aliena los valores humanos. En la dependencia al fast food informativo, la estructura filosófica de la civilización queda relegada. Kissinger señala que tenemos una poderosa tecnología sin filosofía, sin moral, lo cual es sumamente alarmante. Como notó Jung, cualquier incremento en poder de conocimiento debe ir de la mano con un incremento en moralidad; de no ser así, podemos estar preparando la destrucción de lo más esencial en el ser humano.

A diferencia del Renacimiento y Ilustración, épocas en la que, según Kissinger, la expansión tecnológica iba de la mano con ciertos ideales filosóficos, nuestro momento histórico ha "generado una tecnología potencialmente dominante que todavía busca una filosofía que la guíe". El hombre moderno se encuentra sumido en una crisis de sentido; no tiene una vida filosófica que lo oriente y, por lo tanto, acepta fácilmente las promesas hedonistas inmediatas de la tecnología. Ya que se suele suscribir a una visión materialista, en realidad no tiene mucho que perder. ¿Por qué no entregarle la estafeta del proyecto de la humanidad a las máquinas, que parecen ser muchos más poderosas que nosotros? ¿Pero realmente son más inteligentes que nosotros o podrán llegar a serlo? A fin de cuentas, sólo tienen una capacidad mucho mayor de computar, memorizar y procesar datos para, acaso, aprender de ellos. Pero no pueden pensar ni sentir realmente y no podemos estar seguros de que podrán llegar a ser conscientes. El argumento de que la inteligencia artificial podrá ser circunscrita al control de la sociedad es sumamente optimista y un tanto naive, en tanto que ya vemos que los grandes gigantes de Internet no han sido para nada controlados y han perturbado todas las esferas de nuestra vida. Asimismo, confiar en la inteligencia iluminada de los programadores, diseñadores y ejecutivos de Silicon Valley resulta igualmente peligroso pues, como señala Kissinger, ellos saben lo mismo de filosofía y política que lo que el estadista germano-estadounidense sabe de tecnología. La civilización moderna ni siquiera apuesta por la tecnología como método supremo de conocimiento y transformación de la realidad. Quizás la inteligencia artificial nos entregue un mundo más efectivo, más preciso, en el que se desarrollen enormemente las bondades de la ciencia, pero nada nos garantiza que será un mundo ético o un mundo bello; por el contrario, hay varios indicadores en el sentido opuesto. Me pregunto si no estamos viviendo un episodio similar al mito de Prometeo, pero en reversa, donde somos nosotros los que entregamos el fuego de lo que nos hace humanos: de nuestra conciencia. Dejamos la pregunta abierta que se hace Kissinger: ¿qué será de la conciencia humana si su propio poder de explicar [el mundo] es sobrepasado por la inteligencia artificial y las sociedades ya no son capaces de interpretar el mundo que habitan de una forma que les sea significativa? Y la visión poética y profética de Rilke:

La Máquina pone en riesgo todo lo que hemos logrado.

La dejamos que reine en lugar de que obedezca.

Para construir la casa, cortar la piedra con rápida fuerza:

la mano del obrero tarda demasiado en sentir la dirección.

 

La Máquina nunca titubea, o nos podríamos escapar

y sus fábricas se irían desvaneciendo en el silencio.

Piensa que está viva y que hace todo mejor

con la misma resolución crea y destruye.

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La cábala es una de las expresiones más altas del misticismo y suele ser entendida sólo superficialmente

En los últimos años hemos visto la entrada del término "cábala" a la conciencia popular, particularmente (como suele ocurrir en estos casos) de la mano de celebridades que se acercan a esta disciplina, generalmente adoptando versiones superficiales o diluidas de un sistema místico-filosófico (algo similar ha ocurrido con el tantrismo). Este artículo busca definir de una manera más precisa qué es la cábala, divulgando principalmente la labor erudita y pionera en el campo de Gershom Scholem, la máxima figura académica en la historia de los estudios cabalísticos. Creemos que, aunque puedan existir otras interpretaciones más esotéricas y nuevos desarrollos académicos, el trabajo de Scholem sigue siendo muy sólido y es insuperable como introducción teórica a la cábala.

Scholem (1897-1982) fue un filólogo e historiador alemán-israelí, cuyos estudios sobre el misticismo judío abrieron brecha en un campo que antes de él era bastante pantanoso y enredado. Scholem, quien es conocido también por su larga amistad con Walter Benjamin, hizo su tesis doctoral sobre el Sefer Bahir, un texto medieval, el cual considera que es propiamente el primer texto cabalista -antes de esto tenemos sobre todo en el misticismo judío lo que se ha llamado el misticismo del Merkabah-. Fue también uno de los miembros destacados del círculo intelectual de Eranos, donde también participaron Henry Corbin (el gran académico del misticismo islámico), Mircea Eliade (otro gran historiador de la religión), Carl Jung y muchos otros. Los lectores de Borges probablemente recordarán su nombre, ya que el escritor argentino escribió sobre la cábala basándose en Scholem e incluso lo inmortalizó en su poema sobre el golem, la misteriosa figura antropomórfica que era creada por los cabalistas a través del lenguaje sagrado, palabra que Borges no dejó de notar que rimaba con Scholem

En su pequeño libro de ensayos La cábala y su simbolismo, Scholem escribe: "La cábala, literalmente tradición, esto es, tradición de las cosas divinas, es la mística judía". Esta pequeña definición está sumamente cargada de significado, ya que la cábala se desarrollará dentro de esta tensión inherente entre la tradición (y la ortodoxia) y el misticismo; una tensión propia de todo misticismo, pero que se vive de manera especialmente clara en la cábala. El misticismo nace siempre de la tradición y en ocasiones es lo que permite confirmar las creencias de la tradición y a la vez revitalizar la misma; sin embargo, en ocasiones los místicos suelen ser demasiado creativos e innovadores para la tradición ortodoxa y esto hace que el misticismo siempre esté en una tenue línea entre lo más alto de la tradición religiosa y la herejía. "Lo que podemos decir con certeza de un cabalista es que aspira a ser un tradicionalista, tal como lo indica el concepto mismo de cábala", dice Scholem. Los cabalistas se veían a sí mismos como modestos "receptores de una manifestación del profeta Elías", el profeta que es "el portador de los mensajes divinos a través de todas las generaciones" y  de quien se interpreta que ascendió al cielo estando vivo aún. Para la tradición judía Elías es quien confirma la autoridad divina, no quien la quebranta, nos dice Scholem. Y así los primeros cabalistas, Abraham de Posquières y su hijo Isaac el Ciego, fueron grandes autoridades rabínicas en su tiempo. A la vez fueron místicos y crearon un sistema que puede ser percibido como heterodoxo, por lo menos. Cabe mencionar que Elías tiene un avatar en la tradición alquímica occidental: los alquimistas hablan de ser visitados por un misterioso adepto llamado Elías, el Artista, quien les entregaba el polvo de la proyección de la piedra filosofal. Elías ha sido vinculado con Enoch, quien a su vez guarda relación con Hermes, según una versión esotérica. 

Como ya mencionamos, Scholem ubica el Bahir como el primer texto cabalístico, y lo data en el siglo XIII. Poco después surge el Zohar, el Libro del esplendor, el texto central de la tradición cabalista. Scholem da la autoría del texto a Moises de León, un rabino español; De León, sin embargo, mantiene que él sólo fue el amanuense y atribuye el texto a Simeón bar Yochai, quien lo habría compuesto después de estudiar durante 13 años en una cueva, en el siglo II. También el Bahir es atribuido a un autor previo, pero Scholem considera que estas prácticas son pseudoepigrafías comunes a otras religiones, formas de aumentar la autoridad de los textos, los cuales se alimentan también de lo mítico. Es importante mencionar también el Sefer Yetzira o Libro de la formación, el cual, si bien no es un texto propiamente cabalístico, puesto que es mucho más viejo  (alrededor del siglo II), es sin duda uno de los más citados por los cabalistas, siendo el manual para las prácticas del golem. Otro precursor de los cabalistas, por así llamarlo, es Filón de Alejandría, cuyas concepciones, nos dice Scholem, guardan gran afinidad con las de los cabalistas. Entre ellas está la teoría de las correspondencias, generalmente vinculada con la idea del hombre como microcosmos, algo que en la cábala jugará un papel preponderante, desarrollando hasta su última consecuencia la idea de que el hombre es imagen y semejanza de la deidad o de un hombre macrocósmico arquetípico llamado Adán Cadmón. A diferencia de lo que puede extraerse de la teología racionalista, la deidad no yace separada del mundo, lo que los cabalistas llaman Ein Sof (lo Infinito, la luz divina eterna) brilla en todos los detalles de la emanación, aunque, según algunas versiones cabalistas, oscurecido o de manera limitada. Scholem explica que "cada individuo equivalía aquí al todo y en ello radica la gran fascinación... que poseen los símbolos de la cábala". Seguramente a la profusión conectiva de la doctrina de las correspondencias se debe también el interés poético por la cábala. El gran poeta estadounidense Kenneth Rexroth en su introducción al libro de A. E. Waite, The Holy Kabbalah, dice: "la cábala es el gran poema del judaísmo, un árbol de joyas simbólicas que en su resplandor muestran la doctrina del universo como la vestimenta de la Deidad, la comunidad como el cuerpo de la Deidad, y el amor como la acción divina en el hombre".

La cábala tiene su primera difusión en Francia y España a principios del siglo XIII, siendo los dos principales círculos cabalistas de esta primera época Provenza y Girona. Es en Girona donde florece lo que se considera el rasgo distintivo de la cábala: su reacción a la teología racionalista judía del Medievo, en la que se establecía una deidad mayormente inalcanzable. El misticismo es justamente aquello que se rebela ante esta postura ortodoxa de una deidad desligada de la experiencia del devoto, "místico es aquel al que se le ha concedido una expresión inmediata, y sentida como real de la divinidad", dice Scholem. La cábala, esencialmente mística, se alimenta de las otras grandes corrientes místicas de su milieu, como son el neoplatonismo y el gnosticismo. Scholem, de hecho, llama en ocasiones a la cábala "gnosticismo judío". Lo hace con cierto matiz: a diferencia de los gnósticos cristianos, los cabalistas no han sido considerados herejes, salvo algunas excepciones -la cábala mesiánica, por ejemplo-; tampoco consideran, como los gnósticos, que el creador sea un falso creador; pero como los gnósticos, dentro de los cabalistas existe la preeminencia de la experiencia de la divinidad, es decir, de la gnosis. Esto será expresado por la cábala luriánica, la cual afirma que la comunión con Dios (la gnosis) "es más importante que el estudio de las escrituras", algo que luego será considerado herejía.

Los judíos, como los otros dos grandes monoteísmos, son "religiones del libro", y en el judaísmo ortodoxo la Torá (los primeros cinco libros de la Biblia hebrea o el pentateuco) ya tiene una posición de absoluta centralidad, siendo que incluso prefigura a la Creación. En un Midrash antiguo se decía que Dios "miró en la Torá y creó el mundo". En la cábala esto llega a un nuevo estadio y, como dice Scholem, "la Torá es transformada a un corpus mysticum", es letra viviente, letra espiritual y el universo es una representación de su potencia mística. Existe en el judaísmo la noción de que la Torá, siendo la palabra de Dios, debe de ser infinita y por lo tanto su significado "se da desplegando infinitos planos de sentido, en los cuales adopta, desde el punto de vista humano, el aspecto de figuras finitas y comprensibles". De alguna manera el texto sagrado, que contiene en sí un potencial ilimitado, se constriñe en su interacción con los hombres, se delimita para hacerse el mundo, pero no deja de contener un misterio y un potencial infinito. Cuando los místicos -cuando los cabalistas- interactúan con los textos sagrados, nos dice Scholem, ocurre: "la refundición del texto sagrado y el descubrimiento de nuevas dimensiones en él." Así, los cabalistas dicen que el mítico autor del Zohar "abrió el versículo", ensanchó su horizonte de significados. Como dice el Zohar: "En cada palabra brillan muchas luces". Los cabalistas de Safed encuentran una correspondencia entre las 600 mil almas de los israelitas y las 340 mil letras de la Torá, las cuales suman 600 mil con sus aspectos ocultos. De tal manera que "cada israelita poseería una letra dentro de esa Torá mística a la que su alma permanece ligada". Un cabalista moderno, Aryeh Kaplan, dirá que el número de las permutaciones posibles de las 22 letras del alfabeto hebreo coincide con el número de estrellas en el universo. (Letras, estrellas y almas: una correspondencia mística que nos hace pensar en un poema de Octavio Paz: "Miro hacia arriba: las estrellas escriben. Sin entender comprendo: también soy escritura y en este mismo instante alguien me deletrea"). Sobre las vertiginosas posibilidades que encierran las escrituras, la cábala luriana (siglo XVI) diría: "cada palabra de la Torá posee 600 mil rostros, planos de sentido o entradas, según el número de los hijos de Israel que se encontraban reunidos en el monte Sinaí". La palabra cobra una "plasticidad infinita" y el místico es el individuo adecuado para dar sentido a este fecundo plano simbólico-numinoso, ya que "reencuentra su experiencia en el texto sagrado" y, por lo tanto, puede revelar su significado oculto.

Aunque para todas las grandes religiones las escrituras sagradas son la plataforma sobre la cual se puede erigir la experiencia mística en consonancia a la tradición, es difícil encontrar una tradición más allegada al texto y donde el texto se vuelve místicamente más fértil. La experiencia mística cabalista surge sobre todo a través del estudio, de la hermenéutica de la Torá, si bien obviamente existen numerosos ejercicios de contemplación, oración y algunos que incluso pueden compararse con el yoga, como señala Scholem. En el judaísmo se desarrolla tempranamente la noción de que existe un aspecto esotérico de la Torá. Scholem cita al Rabi El'azar, quien en un comentario afirma que "los diferentes capítulos de la Torá no han sido dados según su secuencia correcta. Porque si hubieran sido dados en un orden correcto cualquiera que los leyese podría resucitar a los muertos y hacer milagros". La identidad de la divinidad con el lenguaje de la Torá infunde a las letras y a los nombres divinos una cualidad de creatividad divina, que será luego también puesta en práctica en los ejercicios del golem. Será importante también para los cabalistas el libro Simmuse Tora, donde se cuenta:

cuando Moisés ascendió a los cielos para recibir la Torá, conversó con los ángeles y obtuvo de Dios finalmente no sólo el texto de la Torá tal como nosotros lo leemos, sino también las combinaciones secretas de letras que representan en su conjunto un aspecto diferente y esotérico de la misma. Precisamente esta fuente literaria llegó también al conocimiento de los primeros cabalistas de Provenza y de España hacia el año 1200.

Así entonces, debemos ver a los cabalistas como los exégetas o decodificadores del sentido oculto, de las combinaciones secretas de la Torá, que contienen la potencia creativa de la divinidad. "La Torá [para los cabalistas] no está compuesta de los nombres de Dios, sino que en realidad constituye en su conjunto el único y sublime nombre de Dios. Esto ya no es una tesis mágica, sino una tesis puramente mística", dice Scholem. Como dijimos anteriormente, los cabalistas buscan hacer contacto con la divinidad en el mundo, y las letras son el mecanismo a través del cual esto se les hace posible. Para el judaísmo ortodoxo, la Torá es "el instrumento que colaboró en la existencia del mundo". Los cabalistas dan un paso adelante y entienden que el instrumento de la creación debe de estar también impregnado de la divinidad y se convierte en un organismo viviente. A través de la Torá:

Dios ha expresado su ser trascendente, o al menos aquella parte o aspecto de su ser que es susceptible a revelarse en la creación... los nombres encierran en sí un poder, pero al mismo tiempo abarcan también las leyes secretas y el orden armónico que rigen y penetran toda la existencia.

Los cabalistas, sin embargo, no se contentarán solamente con la exegesis de la Torá, crearán sus propias imágenes simbólicas para visualizar el despliegue de la potencia creativa divina y, de alguna manera, también, la presencia inmanente de la divinidad en el mundo (Malkut, la Shejiná) y el posible retorno o reintegración con la luz infinita de Dios. La más conocida de éstas sin duda es el el sistema de las 10 sefirot, a veces visualizado como un árbol con caminos que van desde la corona a la base. Vemos como el Zohar hace esta transición dando a luz imágenes como el hombre cósmico y el árbol del mundo:

Porque la Torá es denominada Árbol de la Vida... Al igual que éste se compone de ramas, hojas, corteza, médula y raíces, y cada uno de estos elementos componentes puede ser llamado parte constituyente del árbol, sin que formen realidades sustancialmente separadas unas de otras, también verás que la Torá contiene muchas cosas interiores y exteriores... y todas forman un sola Torá, y un solo árbol.

En las siguientes partes de esta introducción a la cábala revisaremos los conceptos claves de esta tradición, como las 10 sefirot (el popularmente conocido árbol de la vida cabalístico), Ein Sof, la Shejiná, el tetragrama o nombre de Dios, la gematria, el ticún, la creación del golem, y las nupcias sagradas o hierosgamos.

Lee la segunda parte: Las diez sefirot y Ein Sof

Twitter del autor: @alepholo