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¿En qué creen los materialistas? (y por qué el materialismo no es diferente a una creencia religiosa)

Filosofía

Por: pijamasurf - 05/23/2018

Richard Dawkins, Sam Harris, Daniel Dennett y los nuevos ateístas se creen por encima de las creencias, dueños de una visión objetiva y científica de la realidad pero, como demuestra Rupert Sheldrake, esto es sólo otra creencia, y una que raya en el fundamentalismo

Rupert Sheldrake es uno de los pocos científicos contemporáneos que se han atrevido a investigar temas que son anatema para la visión materialista que domina la mayor parte de la ciencia. Sheldrake ha protagonizado intensos debates en los medios con Richard Dawkins, el biólogo que lidera la corriente llamada nuevo ateísmo. En su libro Science and Spiritual Practices, Sheldrake explica por qué el materialismo es sólo una filosofía e incluso una creencia que nos distingue de otro tipo de creencias, como pueden ser los fundamentalismo religiosos.

Los nuevos ateístas no creen en Dios, pero tienen una fuerte creencia en la filosofía del materialismo. Los materialistas creen que todo el universo es inconsciente, compuesto de materia sin mente, gobernado por leyes matemáticas impersonales. La naturaleza no tiene un sentido o propósito. La conciencia está confinada meramente al interior de la cabeza y sólo existe dentro de los cerebros. Dios, ángeles y espíritus son ideas en la mente humana: por lo tanto, yacen en el interior del cerebro humano... 

Estas personas ven a los individuos religiosos como fanáticos peligrosos que deben ser educados. Pese a su aparente racionalidad, los nuevos ateístas claramente comparten con los fanáticos religiosos la intolerancia y un fuerte activismo en contra de las creencias que no comparten, incluso un impulso a perseguirlas. Consideran, dice Sheldrake "que las personas que todavía son religiosas tienen una mente débil y viven engañados; deben ser liberados de la prisión de la falsedad en la que viven atrapados, o al menos sus hijos deben ser educados para salvarlos de esto". Como ha notado el filósofo John Gray, quien es también ateo, pero que no defiende la postura del materialismo, el ateísmo de Dawkins y personas como Sam Harris y Daniel Dennet es más parecido a una religión que a una postura científica y, de hecho, podría entenderse como una especie de herejía cristiana.

Ahora bien, ¿por qué el materialismo es sólo otra creencia? Y ¿por qué los materialistas se equivocan cuando dicen que su visión del mundo es científica? Primero, porque la ciencia no sabe bien realmente lo que es la conciencia, el llamado problema duro de la ciencia. (E incluso algunos líderes del nuevo ateísmo, como Sam Harris, aceptan que ellos mismos no saben bien qué es la conciencia o cómo definirla de una manera satisfactoria). Si no sabemos qué es la conciencia, ¿cómo podemos saber que no existe mas que en el cerebro, si acaso? Por otro lado, como dijo el astrofísico Sir Arthur Eddington: "La mente es lo más directo y primario de la experiencia; todo lo demás es una inferencia remota". ¿Acaso no es poco científico y, más aun, poco humano, relegar la  conciencia a un lugar meramente secundario, a un epifenómeno menor, cuando no tenemos ninguna prueba que lo sea?

Algunos materialistas, como Dennett, consideran que la conciencia es una ilusión generada por el cerebro (una "ilusión del usuario"). Sin embargo, como apunta Sheldrake, existe cierta paradoja en que digan esto. Ya que la filosofía materialista supone que no existe libre albedrío, somos máquinas aleatorias sin verdadera agencia, no existe una mente que pueda hacer cosas y cambiar lo que sucede. "Somos robots ciegamente programados", dice Dawkins ¿Y entonces por qué habríamos de creer lo que dice el cerebro de Dennett o el de Dawkins, si ellos mismos han sido programados para creer en el materialismo, pues evidentemente no han podido tomar una decisión libre, siendo meros "robots programados"? Sheldrake apunta que Dawkins dice que los individuos religiosos han sido infectados por el meme de la religión, una especie de nocivo virus cultural. Pero si eso es cierto, si las ideas religiosas se transmiten de manera infecciosa de mente a mente, eso no lo excluye a él y su ateísmo también puede verse como una infección memética. No obstante, Dawkins y los nuevos ateístas se perciben a sí mismos como una élite pura, en una torre racional libre del contagio virulento de las masas ígnaras, como habiendo trascendido el mundo biológico del cual somos esclavos.  

Por otro lado, la noción de que el universo no tiene sentido o propósito no es una noción que pueda comprobarse, ni es siquiera algo que sea compartido de manera uniforme por los científicos modernos. El mismo Einstein ciertamente no creía que el universo era una masa inerte, ciega y sin sentido. Sin tener que meternos en el debate de si Einstein creía en Dios, es evidente que el físico alemán consideraba, como Spinoza, que el universo exhibía una inteligencia. De nuevo, no es necesario recurrir al teísmo para encontrar sentido y propósito en el mundo, pero esta visión no es una visión materialista, es una visión en todo caso agnóstica y llena de asombro que incluso puede invocar una "religiosidad cósmica", usando las palabras del mismo Einstein. "Vemos un universo misteriosamente ordenado, obedeciendo ciertas leyes, pero entendemos esas leyes apenas. Nuestra mente limitada no puede asir y aprehender la misteriosa fuerza que mueve las constelaciones". Por eso, Einstein recomienda la actitud de un niño que entra a una inmensa biblioteca llena de libros escritos en lenguas que no comprende. Entiende, sin embargo, que hay un orden misterioso en el orden de los libros y en su contenido. Esta humildad, que es el signo de la inteligencia y la vitalidad científica, es necesariamente tolerante. 

El materialismo, además, explica Sheldrake, se contradice a sí mismo, porque busca convencer a las demás personas de que su filosofía -la cual equiparan con la ciencia misma- es la verdadera. Pero dentro de su perspectiva la verdad no tiene realmente sentido, pues todos hemos sido condicionados, genéticamente programados para ser materialistas o cristianos o lo que sea. Un pensador, en ese caso, no llega a la verdad, sino simplemente piensa lo que ha sido condicionado a pensar, y dentro de ese condicionamiento puede surgir que cree que lo que piensa es verdad. El argumento de que la  evolución misma determina lo verdadero, el cual suele esgrimirse, que la creencia materialista permite la supervivencia de la especie, no es, por su parte, demasiado sólido, pues la ciencia lleva 400 años de existencia y su visión materialista-mecanicista poco más de 200, así que no podemos saber si realmente nos conduce hacia una mayor aptitud para sobrevivir. La religión lleva miles de años y aunque ha llegado a producir grandes atrocidades, no podemos estar seguros de que la ciencia no haga lo mismo, especialmente si tomamos en cuenta el cambio climático actual, el cual presenta por primera vez una amenaza de destrucción de la especie (o, mejor dicho, por segunda vez, después del desarrollo de las armas nucleares). 

Además, es imposible existir con la mínima coherencia como sociedad si no se asume que las personas tienen libre albedrío, que son individuos conscientes. El sistema legal y la democracia se desmoronan al instante. Sin esa asunción y además con una visión materialista de una realidad inerte y sin sentido, no resulta demasiado difícil aceptar entonces que los seres humanos sean reemplazados por máquinas o, peor aún, convertidos en robots, el alimento o el ganado de las inteligencias artificiales. 

 

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La Universidad de Oxford ha anunciado que buscará "feminizar su currículum de filosofía", asegurándose de que el 40% de los autores en su lista de lecturas recomendadas sean mujeres. La idea, según informa la prensa británica, es parte de una campaña en las universidades que tiene como fin "descolonizar" el currículum. Se instituirá en Oxford también un nuevo curso de "filosofía feminista".

Una lista hipotética de las lecturas recomendadas para alumnos de filosofía en Oxford podría ser la siguiente, con textos de:

Platón

Aristóteles

Descartes

Spinoza

Schopenhauer

Hegel

Hannah Arendt

Mary Wollstonecraft 

Simone de Beauvoir

Elizabeth Anscombe

Habría que haber incluido a Hipatia de Alejandría, pero no se tiene certeza de que el poco material que se le ha atribuido a esta luminaria de la antigüedad sea auténtico. A mi juicio no sería un error incluir a Simone Weil, pero la lista fue pensada tomando más los lugares comunes en el pensamiento dominante. Aunque no hay duda de que estas autoras tienen mucho que decir y sus lecturas no serían un desperdicio, si yo fuera estudiante de filosofía de Oxford -y no de una carrera como las que brotan ahora, como estudios de género y demás- no me daría por bien servido al notar que a razón de una política de inclusión perdería contacto con autores como Heidegger, Nietzsche, Tomás de Aquino o Wittgenstein, por sólo citar cuatro de cientos que quedan desplazados ante la preponderancia de la ideología de género y de lo políticamente correcto. (No tocaremos aquí ese otro tema de la no inclusión de filósofos orientales en el currículum de la carrera de filosofía en Occidente). Evidentemente, esto no significa que los alumnos de Oxford no leerán a estos filósofos, sólo se trata de una recomendación, y seguramente el currículum incluirá a los principales autores de la historia de la filosofía -los cuales, fruto del patriarcado o no, son hombres casi en su totalidad-. Sentiría el mismo descontento, como amante de la filosofía y no como conciliador político, si, por ejemplo, en una universidad mexicana se instituyera una cuota de autores mexicanos en el estudio general de la filosofía o de filósofos negros en Estados Unidos, etc. La filosofía es el amor a la sabiduría y no el amor a la igualdad de género -dicho amor (si es que puede usarse esta palabra en este caso), en su manifestación excesiva y fanática, no es más que crasa ignorancia y una amenaza para la salud de la tradición filosófica de Occidente, la cual ya se encuentra en una seria crisis debido al materialismo científico y a la mentalidad utilitaria neoliberal-. Ciertamente, la filosofía enseña justicia y respeto a la dignidad humana y esto es lo que se necesita enseñar a los hombres y a las mujeres, algo que está presente justamente en los autores clásicos; es de estas enseñanzas y del pensamiento crítico que luego uno podría esperar que los estudiantes pusieran en práctica en la sociedad estos valores de justicia y respeto universal a la dignidad humana. 

El tema aquí es que se está empujando en las universidades no sólo la idea de igualdad de oportunidades, la cual cualquier persona con el mínimo sentido de justicia debe favorecer, sino la idea de igualdad de resultados, y esta última es peligrosa y me atrevería a decir que va en contra de la evolución humana. Un ejemplo burdo: uno ciertamente no buscaría que el 50% de los conductores de maquinaria pesada fueran mujeres y el 50% hombres (o el 60%-40%) si esta proporción no refleja la aptitud para realizar dicha tarea. Manejar maquinaria pesada es peligroso, así que lo que uno buscaría es que fueran las personas más calificadas las que obtengan el trabajo, y si fuera el caso de que hubiera muchas mujeres que quisieran el empleo y estuvieran calificadas para el mismo, que no fueran discriminadas por su sexo. Uno más radical: supongamos que debemos elegir a 10 personas para proponer un plan de contingencia ante una catástrofe mayor como podría ser la colisión de un asteroide, ¿acaso no seria absurdo elegir a cinco mujeres y a cinco hombres solamente para defender la igualdad, y no a las 10 personas con mejores credenciales en el campo? O quizás no sea tan absurdo, al menos para el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, quien hizo que su gabinete estuviera formado por un 50% de hombres y 50% de mujeres, una medida ciertamente populista, que al parecer le generó bastante popularidad.

El tema es complejo y se puede argumentar que es necesario estimular e incentivar que las mujeres participen en ciertos campos profesionales. Estoy de acuerdo, e incluso me parece que la sociedad se beneficiaría de una mayor participación de las mujeres en la política o en puestos en lo alto de la jerarquía en empresas. Pero no me parece que el camino sea la arbitrariedad representativa o una especie de "dedazo" igualitario. Ciertamente, el balance en la sociedad puede traer beneficios, pero ese balance debe construirse, paradójicamente, explotando las diferencias. Esto es, dando la oportunidad e incluso liberando el potencial de la expresión de la particularidad de cada persona, de aquello que lo hace único, no igual.

La evidencia científica es bastante contundente en señalar que los hombres y las mujeres tienen diferentes intereses, e incluso cuando se nivela el campo de oportunidades, los hombres y las mujeres eligen diferentes profesiones. En Escandinavia  se ha comprobado que carreras  como la ingeniería son dominadas por los hombres y carreras como el cuidado de la salud son dominadas por las mujeres. Incluso existe información que sugiere que en Suecia y Noruega, entre más igualdad de oportunidades, más diversidad de intereses, presumiblemente debido a que en estos países existen también una libertad y una prosperidad que permiten la expresión de cada género sin tantos obstáculos o sesgos socioeconómicos. No me parece que haya nada malo en ello en esto, y es bastante obvio que obedece a patrones biológicos (el hecho de que los hombres se interesen más por las cosas y las mujeres más por las personas parece tener que ver con que las mujeres, durante miles de años, han tenido que cuidar a sus hijos, y los hombres cazar y proveer protección). Hay feministas radicales que creen que esta pauta biológica puede abolirse en un par de generaciones, que no existe ninguna determinación biológica en el ser humano, que todo es relativo o todo es una opresiva construcción del patriarcado. Estos son reduccionismos que van en contra de la evidencia y la lógica multifactorial de la realidad, ya que la diferencia de intereses y la manifestación de ciertas conductas no es algo culturalmente aprendido, sino innato, como ha sido demostrado por diferentes estudios. Evidentemente, estas diferencias luego son reforzadas o suprimidas por la educación y los paradigmas culturales. 

Existe una interesante disputa sobre si la evolución es una competencia o una colaboración. Hay muestras evidentes de que los miembros de una especie compiten entre sí para reproducirse y que, generalmente, aquellos que se imponen sobre los otros tienen genes más aptos para la perpetuación de una especie (por eso se imponen, obviamente). Por otro lado, también hay evidencia de que la simbiosis es una importante estrategia evolutiva, hasta el punto de que es posible que incluso la célula eucariota -los animales, las plantas, los hongos- sea fruto de una colaboración entre diferentes microorganismos, como bacterias y archaea. El tema es fascinante y complejo; sólo diré que me parece que la evolución es una combinación de ambas y una no excluye a la otra. Lo que el ser humano busca es competir bajo reglas justas o colaborar para que se pueda desarrollar una competencia que extraiga las mejores cualidades de los individuos y, así, que se desarrollen las ideas y los ambientes que propicien la evolución ya no sólo biológica sino moral y espiritual. Hay que ser buenos, pero también inteligentes. Ciertamente, no estamos solos en esta combinación entre la colaboración y la competencia, pues, si bien las jerarquías son algo universalmente distribuido entre las especies, existen especies animales que detentan su jerarquía no a través de la tiranía sino de la colaboración y las muestras de afecto y reconocimiento del valor de los miembros del grupo.

Dicho todo eso, tampoco me parece malo que se realicen campañas para fomentar el interés de las mujeres hacia ciertas disciplinas o para intentar que la ciencia y la tecnología, que tienen tanta preponderancia económica en nuestra sociedad, sean más atractivas para las mujeres, siempre y cuando esto no afecte la efectividad, la calidad o el desarrollo de las mismas. Por llevar esto a la hipérbole (a la cual está siendo llevada en estas guerras de la política de la identidad), un graduado de filosofía que leyó el 60% de autores y 40% de autoras en su carrera está poniendo en entredicho su educación, porque, recordemos, esta estudiando filosofía, no estudios de género o igualdad o teoría feminista -aunque a muchos les gustaría que todas las carreras tuvieran que rendir pleitesía a la ideología de lo políticamente correcto-. Cómo propiciar el interés es un tema que ciertamente debe discutirse y admite diversas alternativas, pero espero haber demostrado con este artículo que es poco inteligente e incluso injusto establecer medidas de igualdad obligatoria en las empresas, en el gobierno, en las instituciones educativas, etc. Creo que el feminismo en su sentido más digno no busca que se le favorezca por sobre los hombres o que se le den ventajas o dádivas populistas infectadas de ideología, lo que busca es un plano justo de competencia para el cual se deben contemplar ciertas diferencias; por ejemplo, regulaciones que no sólo permitan la licencia de maternidad sino que se eduque al respecto. Incluso cosas como las que está haciendo Oxford, modificando la forma en la que se hacen los exámenes, tomando en cuenta que las mujeres suelen tener mejores resultados cuando pueden llevarse el examen a casa, aparentemente por un efecto negativo de la presión temporal. Por otro lado, esta medida no elimina los exámenes cronometrados, sólo complementa el método de examinación con otra alternativa. De cualquier manera, lo importante aquí es que esto afecta la calidad del contenido de un curso.

Es cierto que existe una injusticia histórica en contra de las mujeres. Pero, parafraseando al Buda, la injusticia nunca podrá ser vencida con la injusticia. Lo que se debe buscar es la justicia, una conciencia moral humanista -más allá de los sexos- antes que la igualdad per se (lo cual es ciertamente utópico e irrealizable, como han demostrado los intentos de aplicar el comunismo, e incluso contra natura). Esto debe ser, entonces, hacer un esfuerzo constante por efectuar una igualdad de oportunidades, entendiendo que eso nunca podrá lograrse absolutamente en un mundo dinámico y que no se verá reflejado en una igualdad de resultados justamente por las diferencias en los sexos. Las cosas siempre funcionan mejor cuando se realizan de manera voluntaria y a través del convencimiento, y no mediante la obligación o en contra de las propias creencias. Esto significa obviamente castigar la discriminación y combatir ciertos rasgos atávicos misóginos, para lo cual ciertamente parece lógico incluir en las materias correspondientes enseñanzas sobre la igualdad de capacidades de los sexos y los valores cívicos y humanistas esenciales, pero no secuestrar todas las disciplinas con una agenda ideológica. Esta educación que incorpore rasgos igualitarios, no debe extenderse a una supresión de la masculinidad de los niños -como sería, por ejemplo, reprimir cierta agresividad que es parte del desarrollo natural de los niños y, en menor medida, también de las niñas). 

Aunque en la superficie parece progresista, la igualdad forzada (la igualdad de facto, la igualdad de resultados), es una medida retrógrada draconiana. Las mujeres y los hombres no somos iguales, la naturaleza es diversa, y esa es la belleza del mundo, lo que lo hace dinámico y fascinante; esta diferencia es lo que produce la atracción (o el deseo) -que es realmente el motor de la mayoría de las cosas en el mundo-; incluso, uno podría aventurarse a decir que esta diferencia -que es también una fricción creativa- entre los polos u opuestos arquetípicos (entre lo positivo y lo negativo, entre el cielo y la tierra, entre el calor y el frío) es la base de las grandes fuerzas que animan el cosmos, como el electromagnetismo. Los hombres, si son inteligentes, deben desear mujeres fuertes en su propia feminidad, que se sientan libres y que pueda expresar su ser, y las mujeres inteligentes, hombres fuertes en su propia masculinidad, etc. Esta es la mejor forma de evitar el abuso y esta guerra de sexos que domina el discurso hoy en día y que evita que nos dediquemos a cosas más interesantes y estimulantes; por ejemplo, la filosofía, y la contemplación pura de las ideas, más allá de lo políticamente correcto. Coincido con Aquino, quien dijo que el sentido de la vida política era hacer posible la felicidad de la vida contemplativa, crear la paz necesaria para poner al ser humano en una posición en la que se puede "dedicar a la contemplación de la verdad". Es necesario discutir y ponerse de acuerdo y crear las condiciones para que se puedan desarrollar las más altas funciones de la vida humana que son estéticas, intelectuales o espirituales. Pero no aferrarse a la discusión y al encono y a esa peligrosa superstición que es la identidad grupal; no enredarse demasiado, no quedarse en lo particular y transitorio y perder de vista el sentido último.

 

Twitter del autor: @alepholo