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El extraño origen del Día de la Bicicleta: el primer viaje en LSD del Dr. Hofmann

AlterCultura

Por: pijamasurf - 04/18/2018

Un 19 de abril de 1943, hace 75 años, Hofmann experimentó el primer viaje de LSD en toda su intensidad; este episodio ha devenido extrañamente en el Día Mundial de la Bicicleta, un viaje un poco distinto

Este 19 de abril se celebra el Día Mundial de la Bicicleta, una festividad que cada vez parece volverse más popular y que tiene un extraño origen. Entre la proliferación de festividades seculares que se han establecido en los últimos años -la mayoría inanes-, el Día de la Bicicleta parece tener cierto sentido: un día para no usar el coche, reflexionar sobre los efectos de la contaminación y pasear por las calles soleadas en la primavera boreal. Sin embargo, todo esto es una curiosa apropiación de un día hace exactamente 75 años en el que el doctor Albert Hofmann, después de hacer el primer experimento con LSD, regresó a su casa en bicicleta, apanicado y maravillado por los efectos de esta sustancia psicoactiva.

El Día de la Bicicleta comenzó a celebrase en 1985, cuando Thomas B. Roberts, profesor de la Universidad de Illinois, tuvo el buen sentido del humor de celebrarlo un 19 de abril siguiendo aquel evento epifánico de Hofmann. Curiosamente, hoy muchos gobiernos utilizan la celebración para promover sus acciones en materia de urbanismo y algunos mandatarios van al trabajo en bicicleta, emulando así el memorable viaje en LSD de Albert Hofmann (algo que probablemente ignoran). El Día de la Bicicleta se suma a otras celebraciones, como el Día de San Valentín o la misma Navidad, que tienen un origen pagano que se pierde en el tiempo, ocultado por la fachada del mercantilismo. Los gobernantes festejan la fecha con procesiones mediáticas en bici, y los dealers con la legendaria planilla de los Alpes verde, un hombre gozando en bici y la coniunctio del Sol y la Luna  (una imagen que tal vez habría apreciado Carl Jung, quien se encontraba no muy lejos de Hofmann en esa época, justamente en su etapa de investigación alquímica). 

En su libro LSD: My Problem Child, Hofmann relata cómo aconteció -de manera un tanto accidental- el descubrimiento de las propiedades psicoactivas del LSD. Hofmann se encontraba investigando la ergotamina, cuando, afrontando un impasse en su investigación farmacológica, recordó de manera intuitiva que anteriormente había investigado las propiedades del LSD, sustancia que le había parecido "relativamente poco interesante". 5 años después de haberlo sintetizado, Hofmann volvió a producir LSD-25. El 16 de abril de 1943, en Sandoz, Suiza, Hofmann se encontraba trabajando con la sustancia cuando se vio obligado a interrumpir su trabajo debido a una sensación de "inquietud, combinada con leve mareo... un estado similar a un sueño... cerrando los ojos percibí un flujo ininterrumpido de imágenes fantásticas, formas extraordinarias, con un intenso juego de colores caleidoscópicos". Hofmann había consumido accidentalmente una leve dosis de LSD. Como luego diría Robert Anton Wilson respecto de este episodio de serendipia, parafraseando a Oscar Wilde, "todos los hombres derraman la bebida que aman".

Por suerte Hofmann era un científico cuidadoso y entendió que para que el LSD le hubiera provocado el efecto que le causó, debía de ser una sustancia sumamente potente, ya que lo más probable era que un leve trazo de la sustancia hubiera sido absorbido durante la cristalización a través de la punta de sus dedos. El LSD es entre 5 mil y 10 mil veces más potente que la mescalina. Tres días después, el 19 de abril de 1943, Hofmann decidió experimentar los efectos de la sustancia de manera voluntaria. No había otra forma de resolver el misterio. El buen doctor ingirió 0.25mg de LSD en 10cc de agua a las 16:20 de la tarde (la hora que luego sería la famosa 4:20 de los fumadores de cannabis, aunque por otras razones). A las 17:00 empezaron los efectos; primero notó mareo, ansiedad, distorsiones visuales y un "deseo de reír". A las 18:00 el doctor inició su viaje de regreso a casa en bicicleta inmerso, ahora sí, en los efectos sobrecogedores de la sustancia; su asistente de laboratorio tuvo que conducir la bicicleta y guiarlo a casa. En su bitácora anotó: de 18:00 a 20:00, "la crisis más severa". Era necesario atravesar un poco de infierno. "Pese a mi condición delirante, salvajemente confusa, tuve breves períodos de pensamiento claro y efectivo". El doctor Hofmann tomó leche para contrarrestar la toxicidad. No podía pararse y, ya en casa, la habitación se transformó en un grotesco carrusel. La mujer que le trajo la leche ya no era Mrs. R, sino:

una malévola, insidiosa bruja con una máscara de colores. Pero peor que estas alteraciones demoníacas del mundo exterior era lo que percibía en mí mismo, en mi ser interior. Cualquier intento de evitar la desintegración del mundo exterior y la disolución de mi ego parecía un esfuerzo fútil.

El doctor empezó a pensar que se estaba volviendo loco -o que estaba muriendo-; una serie de pensamientos paranoicos se precipitaron por su mente.

Un médico visitó a Hofmann y notó que sus signos vitales estaban bien; no parecía encontrarse en peligro. El horror empezó a desvanecerse y en la medida en que pudo convencerse de que la locura había pasado, una "sensación de buena fortuna y gratitud" empezó a asentarse. El doctor escribió en su relato que las percepciones acústicas se convertían en imágenes coloridas, experimentado una sinestesia inducida por la sustancia. Su esposa regresó de Lucerne y Hofmann pudo dormir relativamente bien. Al día siguiente se sentía "refrescado, con una mente despejada, aunque un poco cansado físicamente... Cuando caminé en el jardín, en el que el Sol brillaba después de la lluvia, todo resplandecía con una nueva luz. Como si el mundo hubiera sido recién creado".

Después de esta aterradora y fascinante experiencia, un par de psiquiatras colaboradores de Hofmann experimentaron con dosis mucho más pequeñas de LSD -el umbral de la droga es de 0.02mg- y a partir de sus vivencias se aprobarían las primeras pruebas con animales. 4 años después, el LSD empezaría a usarse en psicoterapias experimentales de manera muy promisoria. Sin embargo, luego llegaría Tim Leary y su excesivo entusiasmo lanzaría la "revolución psicodélica" de los años 60, la cual acabaría haciendo que la sustancia fuera prohibida. Hofmann escribió que nunca pensó que el LSD fuera a convertirse en una "droga de placer" y que la historia muestra que cuando esto ocurre, "sobrevienen consecuencias catastróficas". Pasarían décadas hasta que el LSD fuera sacado del calabozo médico y otra vez -ya en este milenio- la comunidad científica lo considerara como un interesante agente terapéutico. Esta era la intención de Hofmann, quien veía al LSD como una sustancia terapéutica o medicinal y no recreacional. 

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Este párrafo de 'Un mundo feliz' explica la tragedia moderna (o cómo canjeamos la verdad y la belleza por la comodidad y el placer)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 04/18/2018

Huxley comprendió que para que la máquina de la producción masiva pudiera seguir rodando, se debía proveer a los individuos de constantes gratificaciones (la ilusión de la felicidad). El problema es que la felicidad hedonista significa un pacto fáustico en el que se sacrifica la belleza y la verdad

La novela Un mundo feliz es, sin duda, una de las visiones literarias que con mayor claridad se anticiparon a los acontecimientos que estamos viviendo. Existe una bizantina disputa sobre si estamos viviendo el mundo que imaginó Orwell o el mundo que imaginó Huxley (y aunque hay claroscuros, parece que Huxley fue más preclaro). El analista de medios Neil Postman distinguió la visión distópica de Huxley de la de Orwell. La del primero estaba basada en el deseo y la segunda en el miedo; de manera quizá un poco más sofisticada, Huxley entendió que en el "futuro" íbamos a ser controlados no a través de la fuerza, la represión violenta o la supresión de la información, sino sobre todo, a través de la distracción y el entretenimiento. El siguiente párrafo se lee de manera ominosa, si bien ya en 1932, cuando se publicó por vez primera la novela, había visos de que la producción serial -el fordismo- requería del ser humano una constante atención hacia los productos y, por lo tanto, una asociación de la felicidad con el consumo. Asimismo, Huxley ya vislumbraba que las personas estaban dispuestas a sacrificar su libertad en niveles alarmantes a cambio de seguridad, especialmente después de haber vivido una guerra. Esto se pudo comprobar con el movimiento nazi. 

Nuestro Ford hizo por su propia cuenta una enormidad para modificar el énfasis de la verdad y la belleza hacia la comodidad y la felicidad. La producción masiva exigía ese cambio. La felicidad universal mantiene las ruedas girando constantemente; la belleza y la verdad no pueden. Y, por supuesto, cuando llegó a ocurrir que las masas tomaban poder político, entonces era la felicidad lo que contaba y no lo la belleza y la verdad. Sin embargo, pese a todo, la investigación científica aún era permitida. Las personas aún seguían hablando de la belleza y la verdad como si fueran bienes soberanos. Hasta el tiempo de la guerra de los 9 años. Eso hizo que cambiaran de tono completamente. ¿De que sirven la belleza o la verdad o el conocimiento cuando las bombas de ántrax están brotando por todas partes? En ese momento la ciencia empezó a ser controlada por primera vez... Las personas estaban listas hasta para que les controlaran sus apetitos. Todo por una vida tranquila. Hemos seguido controlando las cosas desde entonces. No fue muy bueno para la verdad, por supuesto. Pero ha sido muy bueno para la felicidad. Uno no puede tener algo gratis. La felicidad se debe pagar. 

La producción masiva, el capitalismo, la deificación del dinero, la tecnología y la materia, etc., requieren de una cierta pasividad, de un cierto estado de consumidor, de renunciar a la agencia, de que los individuos se vean parte de una gran máquina de la cual sólo son piezas y ante la cual no pueden hacer nada. Para que el individuo renovara su deseo y pudiera seguir consumiendo y alimentando el sistema que hoy se conoce como economía de crecimiento infinito, la felicidad debió asociarse con la participación en los bienes de consumo que produce el sistema. Huxley lleva esto a una especie de hipérbole, considerando que es como el consumo de una droga (y así, ¿es la dopamina digital una versión del soma de Huxley?), que mantiene a los individuos felices y, en consecuencia, inofensivos para el sistema. Como dice la canción de Radiohead: "happy, more productive". La depresión, la melancolía y la tristeza se convierten en anatema, en estados que deben ser rápidamente curados y eliminados. Al eliminarse, se elimina una dimensión de profundidad de la existencia; sólo queda la verticalidad: tratar de escalar socioeconómicamente, de obtener más. Se pierde también la dimensión estética, ya que ésta requiere de integrar y considerar seriamente todo tipo de sensaciones buenas y malas -el amor y la muerte en el mismo vaso-, de la introspección, de descender a la propia alma y demás cosas que el aséptico neoliberalismo moderno no consiente. De aquí esta fórmula de que cambiamos la belleza y la verdad a favor de la felicidad o el placer (hedonista y narcisista). Preferimos vivir cómodos y seguros a enfrentarnos a lo desconocido, al mysterium tremendum, lo numinoso. La sociedad se convierte en un organismo funcional, eficiente, predecible, pero sin alma, y en una perenne crisis existencial que es suprimida por paliativos. Crisis existencial que es rápidamente atacada por el entretenimiento, por la manipulación del deseo (por la manufactura de deseos), y ahora, por la captación de la atención de la tecnología digital. Se trata de que el hombre no se enfrente a la oscuridad de su propia mente, ya que si lo hace se dará cuenta de que está sumido en una profunda crisis y que la vida que vive no tiene profundidad, es similar a la de una máquina. Un hombre realmente no puede tolerar esto mucho tiempo; si lo hace, se enfrentará con la necesidad de una profunda transformación. Es por ello que es mejor distraerse. Huxley lo vio de manera genial; el monstruo de la indolencia ya estaba latente y hoy se ha expandido como una red global de comunicación que nos dice que estamos perpetuamente conectados. Estamos conectados pero a la vez cada vez más desligados de nosotros mismos y de aquellas cosas que históricamente le dieron sentido al hombre. Dostoyevski creía que el ser humano no podía vivir sin belleza; belleza también en el sentido platónico: el esplendor de la verdad, el símbolo del espíritu. 

Quizás la gran ilusión moderna tiene que ver con la idea de que el ser humano existe para su propia felicidad. Una felicidad que no es ciertamente la felicidad eudaimónica de Aristóteles; se trata más bien de la felicidad individualista de suprimir todas las amenazas, todo el dolor, todo el miedo, toda la oscuridad, y de abrirse el terreno hacia la máxima comodidad y hacia el más alto diseño del placer. Esta es la promesa de la tecnoutopía: una existencia descorporalizada en la que se puedan crear paraísos hedonistas sintéticos. Solzhenitsyn veía las cosas de manera distinta:

Si, como sostiene el humanismo, el hombre naciera sólo para ser feliz, no nacería para morir. Ya que su cuerpo está condenado a la muerte, su tarea evidentemente debe ser más espiritual: no el grosso involucramiento en la vida cotidiana, no la búsqueda de mejores formas para obtener bienes materiales  y su consumo libre de preocupaciones. Debe ser el cumplimiento de un deber sincero y permanente, de tal manera que el viaje de la vida se convierta en una experiencia de crecimiento moral: dejar la vida siendo un mejor ser humano del que uno era cuando llegó.

 

Foto: Kalosy