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Lo que está pasando en Facebook podía haberse predicho hacía algún tiempo y es parte de un problema más grande: el modelo imperante del capitalismo vigilante y las tentaciones del Big Data

Desde el principio existió una gran controversia sobre la pérdida de privacidad que suponía Facebook, empresa que nunca se interesó realmente por proteger los datos de sus usuarios. Diversos medios alertamos que Facebook no era "gratuito"; significaba entregar la privacidad y otorgar un creciente poder a una corporación a la cual no le interesa tu bienestar, ya que la información que obtenía, lógicamente iba a usarse para crear anuncios personalizados, y además podía acabar en manos de políticos, empresas de marketing y demás. Esto siempre fue algo que se difundió en menor o mayor medida en torno a Facebook, pero realmente no se escuchó, pues "todos están en Facebook" y los beneficios de estar "conectados" eran demasiados, o acaso porque hasta hace poco no se había visto concretamente cómo esta información podía manipular a la opinión pública -algo que vimos desde el Brexit y desde el triunfo de Trump-. Pensamos que porque no éramos terroristas o criminales no teníamos mucho que perder al entregar toda nuestra información. Mark Zuckerberg dijo en reiteradas ocasiones que la privacidad estaba sobrevaluada, que lo importante era lo social; incluso afirmó en el 2010 que no creía en la privacidad. Ahora parece irónico que Facebook y Twitter fueron promovidos como "herramientas para la democracia" o para deponer dictadores en la llamada Primavera Árabe hace algunos años. 

Hace unas semanas, la revelación del caso de los 50 millones de perfiles que minó la empresa Cambridge Analytica para crear anuncios y contenido personalizado para influir en la elección dio un atisbo de lo que puede pasar cuando el Big Data se combina con la propaganda. Sabemos que con sólo tener acceso a una docena de likes o poco más se puede predecir el sexo, la raza, la orientación política y demás. Sondeando esta información Cambridge Analytica se jactó de poder entender el tipo de mensajes, el formato, el contenido, el tono y la frecuencia a la cual son susceptibles los usuarios individuales. A la par montó un equipo de producción de medios y un equipo de diseminación de los productos mediáticos en blogs y perfiles de redes sociales, creados específicamente para promover los contenidos que podrían favorecer esta ingeniería de la percepción. Asimismo, en base a los perfiles psicológicos y emocionales de los usuarios se crearon anuncios con targets específicos. Un exempleado de esta empresa, Christopher Wylie, dijo que la herramienta que desarrollaron, a diferencia de tomar un megáfono y comunicar un mensaje en una plaza pública, es "un susurro en la oreja de cada votante", dándole a cada uno un mensaje personalizado; "esto evita una experiencia colectiva y un entendimiento colectivo", se fragmenta la realidad. Se creó con esto un "arma cultural" y se llevó al extremo la llamada "burbuja de filtro" en la que cada quien recibe una versión personalizada de la realidad en base a sus gustos previos, colocando así a cada usuario en un universo tautológico separado de los demás. Wylie señaló que la visión de alquimia política del consejero de Trump, Steve Bannon, fue apuntalada bajo este axioma: "para cambiar la sociedad primero debes romperla y luego debes reconstituir las piezas y moldearlas conforme a tu visión".

Indicios de lo que estamos viendo con el caso de Cambridge Analytica ya se habían mostrado mucho antes. Por citar un ejemplo notable que se dio a conocer en el 2014, Facebook hizo un experimento con 700 mil jóvenes que fueron manipulados emocionalmente con información en su Newsfeed sin que ellos lo supieran. Esto siguió pesando, como demuestra un documento filtrado revelado por un diario australiano en el 2017, que muestra que "Facebook está utilizando sofisticados algoritmos para identificar y explotar a australianos de edades tan jóvenes como los 14 años, permitiendo que los anunciantes hagan llegar sus mensajes en los momentos más vulnerables, incluyendo cuando se sienten 'indignos' e 'inseguros'".

Facebook actualmente está enfrentando enormes críticas, citaciones a audiencias en diferentes partes del mundo, sus acciones se desploman en la bolsa y hay un importante (aunque no tan masivo) éxodo de sus usuarios. Esto ciertamente es sólo el principio, porque el modelo de Facebook y el modelo de Google y otras empresas es más que vender publicidad; es lo que ha sido llamado un "capitalismo de vigilancia" (surveillance capitalism): valen no por lo que venden de publicidad, sino por la información que tienen de sus usuarios y lo que se puede hacer con ella. En la medida en que la inteligencia artificial o el machine learning crece, la tentación de crear algoritmos para predecir o influir en las conductas es demasiado grande, especialmente cuando estas compañías no son realmente humanas, y obedecen simplemente a la prerrogativa de obtener más ganancias. Esto, a su vez, genera un conflicto de intereses no menor, pues estas plataformas ganan dinero por cada segundo de atención de sus usuarios, pero cautivar la atención de sus usuarios, para que la economía digital siga creciendo, necesariamente supone la enajenación y el desarrollo de conductas patológicas en los usuarios. La economía digital se moviliza por la atención; así entonces, mientras los usuarios consumen información su atención es consumida y, por lo tanto, quedan en la des-atención o en la distracción. Para hacer esto, como documentamos aquí, se incorporan sofisticadas técnicas al diseño y la programación con las que se activan los sistemas de dopamina -la promesa de recompensa- de los usuarios de la misma manera que las máquinas tragamonedas. Se podría argumentar la dopamina digital es algo así como el nuevo azúcar. 

Los resultados inevitables del capitalismo de vigilancia y su minería de datos para crear anuncios y predecir conducta han sido bien diagnosticados por el analista Mark Pesce:

Nuestro nuevo experimento social -un mundo donde todos están conectados- no sobrevivió mucho su encuentro con las fuerzas predatoriales del capitalismo, descendiendo a una cloaca de amplificación del enojo en nombre de "incrementar el engagement de los usuarios". Esta forma de frasear las cosas hace que suene como si los sujetos de este experimento -todos nosotros- vivieran en un mundo separado de los efectos de la amplificación. Pero es más como prender fuego a un edificio estando aún adentro.

Hemos aprendido una importante lección: comercializamos nuestros espacios sociales bajo nuestro propio riesgo. Ahora confrontamos el riesgo inmediato de encontrar salidas para este edificio en llamas, al tiempo que cae en ruinas. Una vez afuera, debemos enfrentar un mayor desafío -¿cómo imaginamos colectivamente el futuro para que esto no pase de nuevo?-.

Pesce parece sugerir que el sistema está colapsando. Habrá que ver. Ciertamente Facebook enfrenta posibles regulaciones y algunos países, como ya lo ha hecho China, podrían empezar a limitar su acceso. Pero más allá de esto, el reto es cómo imaginamos otro mundo metidos en lo hondo de la pecera. No sólo un mundo sin Facebook, si fuera el caso, sino un mundo humano en el que no estemos en manos de máquinas y algoritmos que nadie controla o que sólo algunos pocos controlan y hasta cierto punto, puesto que, en su ambición, no tienen realmente idea de hasta qué punto están creando algo así como un nuevo Frankenstein o un nuevo pacto fáustico.  

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A las mujeres les interesan las personas y a los hombres las cosas, y esto altera en qué trabajan y cómo se relacionan

Medios y Tecnología

Por: pijamasurf - 03/26/2018

Existen diferencias que hacen que los hombres prefieran trabajos como la ingeniería y las mujeres trabajos como el cuidado de la salud; estas diferencias no parecen ser meras improntas culturales, sino genuinos intereses determinados por la biología

Uno de los debates más polémicos en la sociedad actualmente está relacionado con el hecho de que las mujeres suelen tener muy baja representación en trabajos del llamado STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, por sus siglas en inglés). Si bien es obvio que esto se debe a múltiples factores, el debate suele centrarse en si la principal razón por la que esto ocurre tiene que ver con la discriminación, es decir, la desigualdad de oportunidades o no. 

Aunque es evidente que a lo largo de la historia las mujeres han recibido menos oportunidades en los diversos ámbitos laborales, el trabajo de investigadores de la Universidad de Illinois y de la Universidad de Iowa sugiere que las mujeres -aunque evidentemente hay excepciones- no están muy interesadas en estos trabajos, ya que la mayoría prefiere que su trabajo tenga que ver con las personas, mientras que los hombres buscan trabajar con cosas. Los investigadores aseguran que esto es un factor crítico en determinar la disparidad en estos ámbitos laborales.

En el estudio mencionado se estudiaron los intereses vocacionales de más de 500 mil personas, utilizando diferentes criterios analíticos. Los resultados mostraron que los hombres en general se orientan hacia las cosas y las mujeres hacia las personas; otra dimensión de análisis sugiere que los hombres manifiestan más intereses hacia la investigación y la categoría que llaman "realista" y las mujeres hacia lo "artístico", "social" y "convencional". El hecho de que las mujeres no se interesan tanto por las cosas se ve reflejado en que su mínimo interés es por la ingeniería, el ámbito más vinculado con el trabajo con objetos. En el caso de la ciencia, las disciplinas dentro de las ciencias sociales actualmente empiezan a ser dominadas por las mujeres en los países occidentales. El estudio refleja una correspondencia estadística entre la ocupación de puestos en estos ámbitos labores y los intereses vocacionales. Hay que recalcar que estos intereses son vocacionales. No significa que a los hombres no les interesen las personas o que a las mujeres no les interesen las cosas, sino que los hombres prefieren dedicarse a labores que tengan que ver con armar, desarmar, diseñar objetos, etc.; las mujeres prefieren labores en las que traten con otras personas y que tengan una veta humana, de allí también un marcado interés femenino por el altruismo y la labor social. Más allá del trabajo, el principal interés de todos los seres humanos, en general, es obviamente el ser humano, las personas. Quizás el hecho de que los hombres no tengan esta misma vocación social pueda explicar, en parte, porque son, por mucho, los que más se suicidan. 

Tener un fuerte interés es en gran medida la clave del éxito profesional, ya que la literatura científica asocia el interés con la capacidad de poner atención y los estados emocionales positivos; es decir, las cosas que nos interesan nos permiten concentrarnos y crear ciclos de reforzamiento positivo. Algunos psicólogos incluso han llegado a sostener que la más grande diferencia entre el sexo masculino y el femenino es justamente sus diferentes intereses (ya que, por ejemplo, no existen diferencias importantes en inteligencia). Hace ya 100 años, Thorndike notó que la gran diferencia entre hombres y mujeres era "la relativa fuerza de interés en las cosas y sus mecanismos (más fuerte en hombres) y el interés en las personas y sus sentimientos (más fuerte en las mujeres)". Algunos psicólogos han argumentado que esta diferencia en intereses obedece a factores culturales, o a la misma programación social basada en paradigmas de lo masculino y lo femenino. Sin embargo, en las sociedades en las que más se han eliminado estas diferencias (en Escandinavia), de cualquier forma se presentan estas tendencias, e incluso de manera más pronunciada. Por ejemplo, en Noruega y en Suecia los trabajos de ingeniería suelen ser dominados por los hombres y el cuidado de la salud por las mujeres, esto pese a que los gobiernos han invertido fuertemente en la igualdad y se motiva a las mujeres a que tomen otro tipo de careras. Algunos psicólogos han interpretado que en sociedades ricas donde se eliminan las diferencias culturales, las diferencias de género se expresan aún más, pues estas sociedades libres, ricas y mejor educadas fomentan también la autoexpresión. En otras palabras, los sexos pueden elegir realmente a qué se quieren dedicar. 

Hace unos meses surgió una polémica que llevó a Google a despedir al ingeniero James Damore, quien preparó un reporte interno con el que se intentaba entender por qué había tan pocas mujeres en la industria del tech. Damore argumentó que las mujeres tienen una tendencia hacia las áreas artísticas y sociales, ya que son más abiertas y se interesan por los sentimientos. Damore citó el estudio en cuestión, pero además utilizó investigaciones sobre rasgos de personalidad que sugieren que los hombres son más competitivos, mientras que las mujeres son más agradables y menos asertivas, lo que hace que no pidan tantos aumentos o busquen escalar de puesto. A los hombres los motiva más el estatus (ya que este es uno de los principales factores que les permite conseguir pareja). Damore escribió que estos datos no significaban que las cosas fueran justas o que no debieran cambiar, sino que eran una explicación a lo que sucedía en Google. Otras personas argumentaron que Damore había llegado a esas conclusiones utilizando un reduccionismo científico sesgado y  fue acusado de "promover estereotipos dañinos". Todo esto ocurrió justo cuando se desvelaba el caso de Harry Weinstein, algo que tal vez presionó a Google a tomar una decisión. 

Curiosamente, después de que Damore fuera despedido, la CEO de YouTube, Susan Wojcicki, dio básicamente las mismas razones que Damore cuando se le preguntó por qué no había tantas mujeres en la industria del tech. Wojcicki explicó que son muy pocas las mujeres que cursan una carrera en informática o ciencias de la computación; señaló que las mujeres perciben estos trabajos como "geeky" y no les llaman la atención. Wojcicki dijo que la sociedad debería hacer ver a las mujeres que estos trabajos sí son interesantes, o hacerlos interesantes para que pueda haber más igualdad. Otras personas argumentan que aunque es posible que existan diferentes intereses, de cualquier manera hay injusticias en estos campos, ya que estas empresas no se dedican exclusivamente a armar cosas sino que tratan con personas de múltiples formas y, de cualquier manera, no hay muchas mujeres en puestos de liderazgo en Google o en Facebook en las áreas sociales. Esta desigualdad de oportunidades es, sin duda, lo que debe combatirse.

Se podría discutir si el hecho de que los hombres se interesen por los objetos permea sus relaciones con las mujeres y se convierte en una forma de opresión, pero eso, aunque pueda ser cierto, es algo que es bastante subjetivo y difícil de estudiar científicamente. La principal discusión en este caso tiene que ver con si las diferencias de género y sus efectos en la igualdad de salarios y puestos de poder son culturales (educación y estereotipos) o biológicas. Es evidente que son ambas, pero cuando se reducen las diferencias culturales -cuando se encuentra mayor igualdad y justicia- lo biológico no desaparece. Las mujeres suecas no se dedican a conducir camiones o construir casas. Notablemente, las mujeres y los hombres en Botswana o Irán se parecen más que en Suecia o Canadá. Los hombres y las mujeres no son iguales, pero sí merecen igualdad de oportunidades. Las mujeres deben poder convertirse en mecánicos si así lo quieren (aunque muy pocas lo harán), pero dividir al 50% todo es absurdo. Ciertamente, no se buscaría también que las mujeres ocupen el 50% de las cárceles (los hombres ocupan más del 80% en casi todo el mundo). Al final, la diferencia entre los géneros -que no la desigualdad de oportunidades- es parte de la riqueza de la humanidad y es algo que debe ser explorado a fondo, no reprimido o reducido. Como dice Christina Hoff en un buen artículo en The Atlantic: ¿y si la diferencia de género no fuera un fenómeno de opresión sino de bienestar social?

 

PDF del estudio