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Lo que se hace sentido cuando se lo aprende se olvida menos

Cuando pasan cosas como que Finlandia anuncia con carisma que lo que se aprende con alegría se olvida menos, me retuerzo en mi propia incomodidad y me vuelvo a preguntar cómo puede ser. No puedo evitarlo.

Finlandia es unos de los modelos educativos más eficientes del planeta, si no el más; y cuando llega la hora de revelarnos sus secretos, nos recuerda máximas de esta índole: que lo que se aprende con alegría se recuerda mejor. Y yo me retuerzo, probablemente como muchos otros.

No me retuerzo porque no tengan razón, porque creo que la tienen. Podría –y me parece necesario-- matizar y profundizar la línea proponiendo sustituir esa alegría de la que nos hablan por una noción más profunda y que la abarca, que es el sentido. Que lo que se hace sentido cuando se lo aprende se olvida menos. Pero son matices, al fin y al cabo. No me gusta mucho lo de la alegría porque suena a hedonismo o a levedad, mientras que sentido suena a hondo y remite a las causas y los valores. Pero son matices. Los finlandeses tienen razón, lo que se aprende sin alegría –o sin sentido-- no sirve para nada y se suelta de la memoria al primer soplo de aire. Es lo que les pasa a nuestros alumnos.

Lo que me retuerce es que no hayamos sido capaces de asimilar aún (no de Finlandia, sino de nuestra propia inteligencia del hecho pedagógico) una obviedad significativa del tal tamaño. ¿Cómo –me pregunto-- podemos estar tan idiotizados como para no ver que lo que se aprende con alegría se recuerda más y mejor? ¿Cómo podemos ser tan imbéciles? No creo que lo seamos porque no lo comprendemos; creo que lo somos porque aún comprendiéndolo, no lo hacemos. Es la idiotez propia del impotente. Estamos inhibidos. Los sistemas educativos latinoamericanos (que contrastan a tamaña escala con los resultados de Finlandia y que nos hacen idolatrar aquel recóndito y diminuto país hasta hace poco sólo conocido por Nokia) tenemos atrofiada la inteligencia por la tenaza fatal que nos tiene aplicada nuestra propia tradición. Y no podemos salir y sufrimos diariamente, pero no nos rendimos, que es lo que deberíamos hacer, para poder empezar de nuevo; nos quedamos en el sometimiento. Nos atrofia nuestro tonto amor propio, que no nos deja admitir que hemos perdido.

Si la distancia que nos separa de Finlandia pasa por la asunción de ese tipo de máximas, entonces estamos peor de lo que pensamos. Digo eso porque solemos pensar que los finlandeses están donde están porque han desarrollado unas metodologías complejísimas, asociadas a unas tecnologías que sólo son posibles en los primeros mundos, todo eso producto de decenas de años de trabajo sistemático, inversiones por alumno de las que carecemos y una genialidad casi genética con la que no podemos competir. Pero no. No es eso; eso es apenas lo que nosotros creemos, pero cuando les preguntamos a ellos nos dicen cosas más elementales, más ligadas a las creencias que a las ciencias; más producto de la reflexión esencial que del devenir histórico o de los recursos excepcionales. Y es entonces cuando siento que pensamos lo que pensamos porque sólo así logramos huir de la evidencia de nuestra propia impotencia. Agigantamos lo que no tenemos para no tener que asumir la evidencia de nuestra propia idiotez.

Imagen: www.youtube.com

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Es por eso que me retuerzo. ¿Cómo no nos vamos a dar cuenta de que lo que las escuelas deberían desarrollar en los alumnos no se consigue haciendo lo que hacemos todos los días con esos alumnos? Claro que nos damos cuenta. Pero no lo hacemos. Lo aplaudimos en los congresos; nos laceramos ante los ataques sensatos de la prensa; lo reconocemos cuando nos comparan y vienen –otra vez-- los mismos resultados insultantes. Claro que sabemos que la escuela que tenemos mata la creatividad y por eso vemos y revemos millones de veces aquel célebre TED de Ken Robinson. Lo sabemos pero no lo hacemos. Y eso, a mí, me retuerce.

Es todo tan obvio que si seguimos jugando a que no lo sabemos haremos el ridículo cada día de una manera más patética. Hacemos todo lo posible como para que nos diagnostiquen IQ bajo nivel. Pero no es verdad; no es eso, insisto.

Es atrofia neurótica, no falta de inteligencia. Es cristalización política y corporativismo enfermizo. No es falta de ganas, tampoco. Es falta de aire, y ausencia total de generosidad social. Estamos hipotecados en las millones de miserias individuales. Nos están fallando las señales vitales más esenciales.

Yo sé que hay conceptos bien complejos en educación, y sé también que valen la pena las discusiones de alto nivel. Pero no es ahí donde no llegamos; es muchísimo más abajo que nos hemos quedado varados. No nos sentamos ni a la mesa de la discusión legítima sobre la educación profunda. Nos faltan cuestiones básicas como velocidad, sentido, tonificación, fuerza vital, proyecto, hambre, visión, convicción, audacia, tolerancia, colaboración, innovación y demás elementalidades. Somos un sistema completamente fuera de forma; no es que perdemos en la competencia, es que no estamos ni para competir.

Por eso me retuerzo. Necesito anticiparme a las previsibles próximas vejaciones a nuestra dignidad intelectual. Quiero reaccionar. Quiero sentirme parte de un colectivo que asuma que ha tocado límite y que debe salir con humildad y grandeza al mismo tiempo. Si no, creo que el ácido tóxico que estamos segregando en cada nuevo contorsión sufriente nos va a acabar quitando hasta las ganas de sufrir.

Finlandia no queda tan lejos, si somos capaces de redefinir el concepto de distancia.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

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Investigadores han calculado el número total de personas que han habitado la Tierra

Sociedad

Por: pijamasurf - 05/27/2016

Estas cifras pueden transformar la idea que tenemos de la historia humana y la vida de nuestros ancestros

A pesar de que las apariencias creen y refuercen la idea de que las personas somos entes separados entre nosotros y el entorno, la realidad es que cada uno de nosotros es el producto de la información genética de cientos de ancestros. En términos estadísticos, la población humana mundial es considerada como el número de personas que habitan el mundo en un momento determinado. Lo rigen el número de nacimientos y fallecimientos y la esperanza de vida de los individuos. De acuerdo con la Agencia de Referencia Poblacional (PRB por sus siglas en inglés) aproximadamente 108.2 billones de personas han existido en la Tierra y, si restamos la población actual conformada por 7.4 billones, eso significa que 100.8 billones nos han precedido.

Frente a esta información es inevitable preguntarse: ¿cómo se pueden calcular ese tipo de cosas? Primero que nada se necesita de un punto de inicio en el tiempo para comenzar el cálculo. La Agencia de Referencia Poblacional ha considerado que la historia humana empieza 50 mil años antes de la era común, con la aparición del Homo sapiens. Este punto puede sucitar controversias, ya que los homínidos han tenido presencia en la Tierra durante millones de años. Sin embargo, esta cifra procede de las determinantes de las Naciones Unidas y las consecuencias de las tendencias poblacionales, y los cálculos realizados por los investigadores les han permitido crear tablas de crecimiento poblacional a través de la historia de la humanidad.

Los datos sobre el número de nacimientos son una suerte de especulación bien informada, y observar las fluctuaciones entre los habitantes de la Tierra nos dice mucho de la historia humana. La baja expectativa de vida durante la Edad de Hierro ascendía a aproximadamente 10 años; esto se debía a la falta de medicinas, alimentos, cambios en el clima, los depredadores, la hostilidad del entorno y los problemas entre diferentes grupos. La mortalidad infantil era muy alta (por cada mil nacimientos había al menos 500 muertes), de tal manera que la población creció con lentitud.

Si observamos el bajo índice de crecimiento poblacional del 1 e. c. al año 1650 e. c. podremos aprender mucho sobre el impacto que las condiciones de vida tenían en la población, ya que durante estos años la peste negra, también conocida como peste bubónica o "muerte negra" devastó Europa, llegando incluso a acabar con 1/3 de la población del continente de 1346 a 1361. Además no sólo afecto a los europeos; se estima que también fue la causa de muerte de millones de personas en Mongolia, Rusia, China, India, Medio Oriente y el norte de África.

Por otro lado también hay una correlación entre el proceso de transformación económica que trajo consigo la Revolución Industrial y el crecimiento poblacional, pues esta transformación no sólo impactó los medios de producción sino que también produjo cambios tecnológicos y sociales. El punto de partida de esta modificación en el tiempo-espacio se ubica en el Reino Unido del siglo XVIII y se extendió hacia otras regiones de Europa y América del Norte. La Revolución Industrial trajo consigo un cambio en la forma de vida de los individuos, que dejaron la economía rural y la agricultura para concentrarse en las ciudades y una forma diferente de economía. Según el Nobel Robert Lucas, la riqueza por persona creció como nunca antes: "Por primera vez en la historia el nivel de vida de las masas y la gente común experimentó un crecimiento sostenido. No hay nada remotamente parecido a este comportamiento de la economía en ningún momento pasado".

Lo anterior está relacionado con el crecimiento poblacional que ha experimentado la humanidad desde entonces, pues tan sólo de 1850 a la fecha la población del planeta se ha multiplicado seis veces. Quizá demos por hecho el estilo de vida que llevamos actualmente, los lugares en donde vivimos, cómo trabajamos, nuestros usos y costumbres y los servicios de salud, pero mirar cuántos han nacido y muerto antes de nosotros y cómo eran los tiempos que les tocó vivir puede darnos una perspectiva muy diferente de nuestra especie.