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Estamos saturados de malas conferencias y, sobre todo, de falsas conferencias; así como de malas y falsas películas, novelas, clases de historia y de matemáticas, biografías y demás
Imagen: http://elizabeth-jorgeluisborges.blogspot.mx/p/borges-en-su-galeria-de-espejos.html

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Cada día estoy más interesado en este asunto. Estamos saturados de malas conferencias y, sobre todo, de falsas conferencias; así como de malas y falsas películas, novelas, clases de historia y de matemáticas, biografías y demás. Me interesa más analizar lo que tienen de falsas que lo que tienen de malas, porque la falta de talento es menos nociva que una intencionalidad tóxica.

“Un acontecimiento capital de la historia de las naciones occidentales es el descubrimiento del Oriente”. Esta es la primera frase de una conferencia dada por Borges en Buenos Aires el 1 de junio de 1977; era sobre Las mil y una noches y podría haber sido también sobre Oriente. Nadie que no se haya preguntado mil y un veces qué es una conferencia podría haber sido capaz de abrir más o menos de ese modo la suya; nadie que no haya sido además Jorge Luis Borges podría haberla abierto estrictamente con esa oración. Podría haberla abierto con esa frase y de inmediato haberla dado por terminada, en realidad; esa frase es una conferencia.

Lo es por su inquietante carácter paradojal, sofístico, retórico, intrigante, parcial y literario; lo es porque nos implica. Definir Occidente en contraposición a Oriente podría haber sido razonable y hasta previsible, y viceversa también, pero definir Occidente a partir de Oriente es un movimiento extremo y nuevo de valor. Que nos digan nomás empezar –en un auditorio occidental, reunido para reforzarse-- que nos constituye nuestro anatema es por lo menos desestabilizador. Y hace sentido, porque no se puede entrar en Las mil y una noches sin que Oriente entre con carisma; sin un Oriente fundacional, carismático y mítico no hay mil y una noches… Con esas 15 palabras Borges hace una construcción total, y de un solo golpe establece su conferencia, se erige él mismo como conferencista esa noche y bautiza y constituye –con un desafío-- a su público en aquel teatro y a sus lectores subsecuentes, por millones y cientos de lenguas.

En uno de sus cuadernos de notas Chejov registró una anécdota: un hombre va al casino, gana 1 millón, vuelve a su casa, se suicida. La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato. Contra lo previsible y convencional, la intriga se plantea como una paradoja. Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.

Así reflexiona Ricardo Piglia sobre el cuento. No es verdad que entonces Piglia –o Chejov-- serán por esta reflexión eximios cuentistas, pero sí es verdad que sin una reflexión de estas características es imposible ser un gran cuentista.

La gran mayoría de las muchas falsas conferencias surgen de la ausencia de una postura inteligente sobre qué es una conferencia. Algo de público –obligado o voluntario, alguna escenografía (micrófono, tarima, mesa, banqueta, etc.) que construya la asimetría y un conferencista que se pone a hablar; y a eso llamamos “una conferencia”. Habla por hablar; y supone que nos está siendo relevante. Y cuando el conferencista acaba, por lo general nos ofrece la palabra –nos la presta, por medio de una semiótica clara que define el carácter marginal de ese tramo de el performance.

Cuando Borges abre su conferencia construye esa misma paradoja de la que hablaba Chejov. Presenta las cosas de una manera tal que nos desestabiliza. Nos está diciendo --antes que nada y por sobre todo-- que el asunto del que nos va a hablar es complejo, abierto, irreductible, incierto, polisémico, hondo, insondable y poético. Y nos lo dice como nos lo escribía Chejov, metiéndonos en la experiencia misma de esa insondabilidad. No nos avisan que el tema será así y asá; construyen el tema de esa manera en nosotros y con nosotros. Es una intervención, no una exposición; nos lo hacen vivir; nos están constituyendo. Y esa postura también es una conferencia.

Luego, todo el curso de su plática es honesto con esa estructura. No hay una sola información en la conferencia de Borges que pretenda justificarse por sí misma y como tal; cuando las hay, están sólo porque abonan a la construcción poética de lo complejo. En aquella noche en el teatro Coliseo nadie se enteró de nada; se produjo un hechizo formativo, constitutivo, a partir de la palabra del poeta –no del erudito, aunque lo sea; a partir de la estructura de la palabra del poeta. Cuanto unos días después le tocó hablar de la ceguera, entonces fue por aquí:

La gente imagina al ciego encerrado en un mundo negro. Uno de los colores que los ciegos extrañamos es el negro; otro, el rojo. A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en este mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo de los ciegos.

Otra vez la misma maniobra constitutiva; otra vez el desplazamiento, el desencaje, las dos historias, lo incomprensible, lo nuevo; otra vez el público imbricado y la palabra como herramienta de captura y sentido. Lo contrario de hablar por hablar.

Nuestros habituales conferencistas suponen que están ahí para documentarnos (cada vez más mediante un histrionismo profesionalizado, para no hacer de ese tedio algo tedioso); creen que nos falta alguna información que ellos tienen y morimos de ganas de que nos la transfieran. Por eso hablan. Y hablan con la estructura del discurso informativo: certero, plano, unívoco, soso, etc. Ese discurso es la contracara exacta del borgiano Y no se dan cuenta. Creen que dado que estamos ahí porque nos han obligado (si somos adolescentes y tenemos que asistir a clase), o porque hemos asumido ese imperativo social de que estar informado es sinónimo de valor e inteligencia, entonces lo que él hace vale la pena. Esas son las falsas conferencias.

¿No han percibido la velocidad con la que todo lo olvidamos? No es porque sea demasiada información; es porque carece de sentido. Aunque anotemos, grabemos, filmemos o todo a la vez, nada que no encaje con nosotros, que somos esencialmente deseo y ansiedad de sentido, quedará nunca. Que ya dejen entonces de hablar y hablarnos de esa manera…

Cuentan (con más folclore que otra cosa, creo) que Lacan llegó a dar una conferencia que consistió apenas en el ceremonial de subir, saludar y bajar. Me gusta más imaginar que la conferencia de Borges podría haber acabado 30 segundos después de haber comenzado, pero para el caso es igual: el que ejerce la palabra usa el lenguaje para poner al otro -al público-- de cara con su deseo, no con su falsa y superficial mascara de certidumbre. Si el objetivo es ese, entonces valen y suman los mil y un estilos; si el objetivo es otro (menor, falso, tóxico y equivocado), ni que nos canten canciones.

Me duele cuando acabo un libro y no consigo percibir para qué fue escrito; y me pasa con frecuencia. Sufro cuando voy a las escuelas y veo la estructura de las clases que dan una y otra vez los maestros; y me pasa también con muchísima frecuencia. Por eso decía que estaba interesado en este asunto. Ojalá ahora tú, lector, no juzgues esta nota como un aporte más al basurero mundial de la palabra hueca.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

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No me divierte divertirme. Me parece frívolo. Me divierte seguir un camino; superar obstáculos; construir; poder. Por eso me divierte trabajar. O por eso trabajar me resulta divertido. No me divierte fugarme; al contrario, me divierte mucho concentrarme. Me divierte mucho más ocuparme de los que amo que de mí mismo. Me divierte construir desafíos y superarlos, si soy capaz. No me divierten los divertidos. Me divierte mi intimidad, muchísimo. No me divierte el gentío. Me divierten los excesos trascendentes, con sentido; las gestas. Me divierte escribir y me cuesta muchísimo escribir. No me divierten comer ni dormir. Me divierte saber que no es fácil. Me da vida.

Tengo apuro de trascendencia. Me incomodan mis urgencias de acopio; no me gusta que me importe acumular. Me molesta no poder conmigo. Me avergüenzan mis miedos (será por eso que a veces los desafío sin sentido). Tengo apuro de trascendencia porque no sé cuándo me iré a morir y no quiero hacerlo sin dejar algo que valga la pena y que me haga permanecer. Tengo apuro porque no sé cuánto tiempo me llevará construir lo que me justifique. Aún no lo he hecho, pero me he preparado para hacerlo. Y me llevó mucho tiempo. Me incomoda todo lo que me interrumpe (será por eso que jamás saludo a mi vecino de vuelo). Me desvela ser supereficiente con el sentido de mi vida. Casi todo me parece una distracción; a cada rato me agobia la frivolidad. Adoro la siesta con mi esposa; ese descanso feliz me hace sentido.

Se me van las cosas en los pormenores. Ya se me fueron demasiadas. A veces justifico mi frustración y me quedo sin alertas. Gasto esfuerzos en justificar. Invierto inteligencia en justificar; soy sofisticado en lo que no sirve. No ocupo mi memoria en nada. Nunca trato de recordar nada. Tuve una época (justificada médicamente) en que me olvidaba de las cosas y me asusté. Ya pasó. No busco recordar y es muy difícil que me olvide. No trato de ser eficiente operacional. No me importa demasiado ser útil; no me debería importar demasiado ser útil. Prefiero valer la pena. Me relajo en exceso en la intimidad y hasta a veces parece que desaparezco; lo contrario que en la social. Me identifico más con el yo íntimo y transparente. Me gusta no liderar. A veces, me da vértigo esa perdida de protagonismo en mis bastidores. Ejercito rutinariamente mi sobriedad, deliberadamente. Todavía me maravillo de lo que conseguí (será por eso que gasto poco); me vuelve a menudo aquella fantasía de que lo mío no tendría ningún valor de cambio. Siempre gusté.

Me fascina no mentir. ¡Puta que es difícil! Cada vez lo logro más. Se siente uno tan leve. Y esa levedad te pone ágil. Y esa agilidad te da velocidad… y entonces lo lejos queda más cerca y lo imposible comienza a volverse tal vez. Me resisto activamente a algunos placeres menores; evito esas tentaciones de las que tal vez sería presa (será por eso que no miro TV). Detesto las emociones ficticias, propias de alteraciones químicas artificiales. Nunca me emborraché y no me desafía. Me encantan las emociones que vienen de la adrenalina loca; experiencias extremas sin anabólicos. He hecho algunas locuras conscientes que me rebasaron. Gocé esos rebasamientos. No me asusté de mí aunque me desconociera. No sé lo que es asustarme de mí, y eso va adquiriendo forma de deuda. Tengo miedo a no ser valiente; pánico, mejor dicho (será por eso que mato las cucarachas yo mismo y tengo un perro bravo de 65kg). Necesito asistir a una valentía repentina propia que me reconcilie definitivamente conmigo; alguna vez la orillé.

Nada me representa más cabalmente que mi escritura, que me fascina y me frustra siempre. Es compleja del lado bueno de la complejidad y compleja del lado viciado, también. Es sutil y retórica y muchas veces no sé cuándo es qué. El mismo párrafo que hoy me da sensación de plenitud mañana me da relajo. No puedo releerme sin incomodarme. Me da miedo descubrirme menos de lo que me creo o gustarme de más. Sin embargo, sé que tiene valor lo que escribo y cómo lo escribo. No reviso las traducciones de lo que escribo. No sé narrar; no avanzo como avanzan las historias. Pospongo el día de empezar a contar algo. Doy rodeos. ¿Soy redundante? No estoy seguro de no estar siempre en los prolegómenos de mí mismo. Sé que mi escritura honra la complejidad y el espesor de la escritura misma. Me inquieta existencialmente el punto y coma.

Nunca me aburro pero muchas veces me inquieto. Jamás le he ganado al sueño y me avergüenza no haberlo hecho. Siempre reprogramo el día en que pasaré la noche entera escribiendo. Siempre estoy debiéndome. Cae la noche y quiero dormir. Cada vez pienso que debo leer más y cada vez leo menos. Cada año que envejezco me lleva más tiempo la lectura de cada párrafo; y no es por falta de destreza. Es por ansiedad. Si lo que leo me vale, entonces paso a escribir de inmediato; si no, entonces no sigo leyendo. Releo mucho más de lo que leo. Me hace bien superar la fase de “enterarme” de lo que leo y pasar a la de “profundizar” en los matices de lo leído. Por eso releo. Es una experiencia más calma y mucho más vertical. A veces da sueño.

No busco acción. No busco novedad. Así como releo, rutinizo también. Soy concéntrico –sí-- pero no redundante. Avanzo… hacia el interior. Me encanta no estar solo e imploro no ser invadido. Los míos, los muy míos, son parte de mí; los otros –en general-- son invasores. No aprendo de los demás (como un genérico), pero sí, muchas veces, con los demás. Aprendo de verlos, de espiarlos; me gusta espiar a los otros. Me gusta mirar sin ser visto. Y si estoy expuesto, entonces me gusta concentrar la atención en mí. Me gustaría muchísimo espiar más. No me divierte nada el modelo de Gran Hermano ni me da ganas Facebook; los dos me aburren completamente. Así y todo, siento que me encantaría espiar. No me interesa la intimidad de los otros como información; sí como experiencia. ¿Será por eso?

Trato cada vez de prolongar las duermevelas y no puedo demasiado. Tengo sueños muy desordenados y poco productivos; prefiero las fronteras con la vigilia, se me hacen más alucinadas y sagaces. Los sueños tienden a lo bizarro. Me gusta despertarme cuando puedo volverme a dormir. Siempre sufro un poquito (existencialmente, digo) al despertarme; luego me repongo. Tengo confundidos la vida y el trabajo y no me incomodo con eso; vivo y trabajo bien así. O mejor dicho, lo que me falta de cada uno no lo conseguiré por disociarlos. No estoy preparado ni para morirme ni para quedarme solo. No creo que lo vaya a estar alguna vez.

Vivo con la sensación vívida de que hay una escuela posible y millones de escuelas que no sirven casi para nada. Vivo con eso, qué le voy a hacer.

Vivir mi vida es también hacer un ejercicio de escritura sobre ella. Es una trama que me importa la de la vida y la narración de la vida, como aquella otra del trabajo y la vida. Me importa la vida y me gustan las biografías. Y me gusta mucho mi esposa. No sé por qué, pero pensé en ella en cada frase que escribí esta noche, en un avión sobre el océano, volviendo a casa. Es como en los buenos relatos, ¿no?, en los que la causa profunda está ausente pero va dejando marcas permanentes de su presencia. Mi esposa y el mar, y el ruidito de mis hijitos de fondo.

Ahora, voy a dormir. Llega un nuevo año.

 

Twitter del autor: @dobertipablo