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No importa que sea surf y no geografía; en más de un punto se trata de lo mismo y sin embargo hacemos lo opuesto
Imagen: Konen Uehara, "Waves", ca. 1910 (Flickr)

Imagen: Konen Uehara, "Waves", ca. 1910 (Flickr)

Yo sé que se trata de unas clases de surf y que las extrapolaciones suelen incomodar y son poco aceptadas; pero insistiré. No importa que sea surf y no geografía; en más de un punto se trata de lo mismo y sin embargo hacemos lo opuesto.

Confieso que no tenía ni idea de cómo sería una clase de surf; sobre todo teniendo en cuenta que me intimida el mar. Era para mis hijos, de 7 y 8 años, no para mí; ya ha pasado ese tren en mi vida. Me interesé en el proceso.

Los instructores son todos surfistas, lo que parece obvio, y ninguno de ellos educador, lo que tal vez parezca menos obvio. Muchas veces, en geografía o en historia encontramos lo contrario. De inmediato se repartieron los roles, que son absoluta y necesariamente complementarios; no importa el seniority de cada uno, se distribuyen funciones de cara a la dinámica del proceso pedagógico en juego.

De todo lo que me interesó y me sigue interesando, hubo algunas cosas que me interesaron hasta deslumbrarme. Me deslumbré de inmediato con la seriedad y el compromiso con que esos muchachos hacían lo suyo en ese contexto tan poco serio de unos turistas –extranjeros, además-- de vacaciones y de paso por esa playa. O sea, no puedo imaginar a priori un escenario más efímero y trivial que el nuestro aquel primer día de clases. Aún así, ellos se posicionaron con la mayor seriedad, como si aquello fuera profesional y fuera a durar por lo menos unos cuantos años. Y por supuesto, eso tiene impacto; impacto en los niños, que sienten esa seriedad, que se traduce de inmediato y sin mediar palabras en la asunción de su responsabilidad. Digo que lo hacen en serio no sólo por el curso del proceso, sino también porque en la clase circulan al mismo tiempo las dimensiones técnicas y las dimensiones místicas del surf, ninguna en detrimento de la otra. Bienvenidos al espíritu del surf, fue la bienvenida tácita que recibieron mis hijos aquella mañana; aun si al día siguiente decidieran no volver.

Tal vez no importe, pero conviene que sepas –lector-- que ese primer día acabó llevando a otro y a otro y ahora resulta que vamos a esa playa cada 3 semanas y mis hijos invierten 2 horas diarias en sus clases de surf, además de que jugar en el mar se ha vuelto para ellos practicar lo aprendido en las clases de surf, hora tras hora, incansablemente.

Pero además de la seriedad, me interesó mucho la manera en que esos grandes profesores combinan discurso y práctica, experiencia y técnica. No diría de ninguna manera que las clases son teóricas, porque no lo son; pero tampoco diría que dejan de serlo. Mis hijos (que llevan hoy día unas 25 horas de clases acumuladas cada uno) saben hoy bastante teoría del surf; incluso yo la sé, por su intermedio. Sabemos cómo se leen las olas, qué quiere decir pared, tubo, marea, “tomar caldo”, los tipos de tablas, las diferentes posturas corporales, etc. Han recibido la información necesaria metidos en el mar, acostados sobre las tablas, esperando la próxima ola. Allá, adentro de la experiencia, ellos estudian. También han recibido parte de la mística, en condiciones parecidas. Me han contado que el surfista puede morir, que el mar emite mensajes, que el surfista siempre mira al mismo tiempo el horizonte de la costa y la pared lateral de la ola, etc. Los rituales de fijación crecen a cada clase; ponerse el traje, pasar parafina en la tabla de una determinada manera y a su ritmo, llevar la tabla bajo del brazo, caminar hacia el mar, poner a secar el traje, sacudir el cabello a la salida de cada ola, etcétera.

Yo veo cómo crece el surf en ellos, integralmente, orgánicamente, verdaderamente. Veo cómo crece el surf y no veo crecer la geografía, que en lugar de 25 horas debe llevar unas 250 horas acumuladas en ellos.

También vengo acompañando de cerca la gestión de la confianza. El mayor peligro para un niño delante del inmenso desafío de surfear es su propio miedo. (Y al mismo tiempo, la ausencia de una dosis eficiente de miedo será su mayor riesgo). No es nada fácil administrar ese proceso. Si el niño no gana confianza y con ella, independencia, nada andará bien. Pero por otro lado, si un niño de 7 años como Mateo se pasara de confianza, puede morir en cualquier minuto. El mar no sabe que él tiene tan sólo 7 años. Por eso ese juego de soltar y agarrar es un juego de máxima sutileza. Pero si Mateo no coge confianza, el proceso será completamente inútil. El profesor avisa que el mar es peligroso (que mata), pero también da recursos para construir una buena amistad con él. ¡Cómo festejan las buenas hazañas! Pero nunca los vi aplaudir alguna cosa que no tenga mérito. Son justos y rectos. Y siempre dan un paso más de exigencia, no vaya a ser cosa que se sienta que aquello es fácil y ya se consiguió.

La técnica viene, pero poco a poco. Nadie le dijo a mi hija Eva cómo es surfear en pared hasta que ella no logró estabilizarse en su tabla. Nadie le habló de más. Dejó que ella se interesara y preguntara. Y siempre respondieron. Ella –previsiblemente-- ahora pregunta todo el tiempo.

Todavía no tienen su tabla. No es momento aún. Deben querer tenerla. Sin embargo, ya pasan horas en el mar surfeando olas con su cuerpo, o tratando al menos. Pasan olas por encima y otras –dependiendo su configuración-- por debajo. Intuyen el mar infinitamente más que hace 2 meses; y no porque no hayan tenido experiencias previas de mar y de playa, sino porque esas clases de surf están potenciando sus capacidades de vivir la experiencia de la playa y el mar, exponencialmente.

Esa curva ascendente hasta el vértigo no la veo en las matemáticas, ni en lenguaje. No veo la aceleración que veo en el surf; al contrario, diría.

Y si quisiera exagerar, diría también que no han conectado un solo dato obtenido en el aula de la escuela a la experiencia viva del mar. Y eso que estudiaron los mares. Los estudiaron, pero no se relacionaron subjetivamente con ellos, como lo han hecho ahora con ese mar, por ese surf.

Surfear es difícil, ellos lo saben. No subestiman su complejidad ni reducen la longitud del camino. Pero tampoco se disocian de él; se apropian. Y ahora cogen olas en su tiempo libre, miran videos de surf en casa, conversan entre ellos de surf, estimulan a sus amigos a vivir la misma experiencia, invitan a la madre a que lo haga también, etc. Su relación con el surf no se restringe al tiempo de cátedra; al contrario, el tiempo de cátedra multiplica sus instancias de vínculo con el surf. Qué no daríamos en las escuelas para que sucediera eso con el inglés, ¿no es verdad? O con la lectura. ¿Se imaginan?

Pues no sucede porque somos mucho peores profesores que ellos, los del surf. Y no deben siquiera saber que existe una ciencia a la que nos obstinamos en llamar pedagogía.

Dije allá arriba como al pasar que todos ellos eran surfistas y quiero volver a eso. No suele pasar lo mismo en las escuelas, donde el maestro de matemáticas muchas veces no es matemático, ni el de biología, biólogo; suelen ser todos demasiado profesores y simplemente profesores. Es decir, no hacen geografía con la geografía, ni literatura con la literatura; se limitan a “enseñarlas”, que es una manera elíptica de no hacerlas ni hacer que los alumnos las hagan.

Por cierto, me ha quedado fijada también la imagen de los profesores de surf aprovechando el corto break de almuerzo para entrar de nuevo al mar con sus tablas y hacer su surf, día tras día; para comer siempre habrá tiempo –parecen decirse. En paralelo y por contraste, no consigo recordar a ninguna profesora de lenguaje ni profesores de ciencias sacrificando sus almuerzos para quedarse investigando en el laboratorio o leyendo sus libros por afición o hasta por adicción.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

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Solemos pensar que aquello es presencial o, si no, entonces debe ser online. O que si no lo resolvemos digitalmente, entonces debemos hacerlo en papel. Usamos esas categorías dicotómicas como si fueran útiles, además de ineludiblemente verdaderas; creemos que son universales y para todo el mundo tan preclaras como para nosotros. Pero no es verdad.

Son categorías ineficientes, inconsistentes (que es peor calificativo para una taxonomía) y retrógradas. Y no son las únicas, claro está.

Uno de los grandes límites posturales para la innovación es –precisamente-- el de aplicar matrices conceptuales del paradigma viejo para poder darle sentido al nuevo. Eso nunca funcionará. El nuevo modelo exige nuevas matrices.

Si las redes sociales son una nueva manera de plantear las relaciones sociales, no lo son porque sean “online” y hayan dejado de ser presenciales. El par online-presencial es altamente ineficiente para entender el fenómeno social de las redes sociales. Aunque sea verdad que las redes sociales son digitales, esa condición no es su principal definición. Quien mira las redes sociales desde esa matriz no está asistiendo al fenómeno ni tiene ninguna chance de profundizar en él. Lo que se ha modificado esencialmente es la manera de relacionarse de las personas.

No estoy diciendo que sean ineficaces las matrices conceptuales, ni siquiera las dicotómicas; al contrario, creo en su eficiencia. Mi problema es cuáles usamos y cuáles dejamos de usar. Quien va a innovar tiene dos alternativas: o crea las matrices conceptuales que le darán sentido a su propuesta o se caga en el sentido de su propuesta y sencillamente se limita a ponerla a andar. Lo que no puede hacer es pretender justificar el sentido de lo que propone con matrices conceptuales que no entienden lo que propone y que están siendo superadas con esa propuesta. Se lo devorarán.

Me gustaría dar ejemplos, pero me queda poco tiempo de tu atención –lector-- y prefiero emplearlo en seguir avanzando.

Las malas matrices conceptuales obturan el pensamiento; lo traban. No puedes hacer buena literatura si empiezas preguntándote –como suelen hacer los editores-- si vas a escribir ficción o no ficción, si vas a hacer literatura realista o fantástica, si será literatura histórica, policial, ciencia ficción, esotérica, teórica, fantástica, de enigma, etc., si se tratará de una novela para adultos, jóvenes o niños o si será un cuento, una novela o, tal vez, una nouvelle. Son otros los problemas del escritor y otros también sus desafíos; otro el nivel de sus referencias y sobre todo otras sus matrices conceptuales. El escritor de verdad no lanza una sola palabra a la hoja sin haberse preguntado antes bajo qué matriz conceptual va a trabajar y dónde, cómo y cuándo su obra articulará con ella, socavará su antecedente y propondrá valor al universo saturado de la producción literaria. Si no, mejor no escribe. El próximo Calvino estará ahora mismo construyendo cuidadosamente su propia matriz –su propia poética-- para poder darle sentido histórico a su producción en marcha.

Por eso cuando miramos el hecho educativo, si queremos –como queremos-- mirarlo con inquietud innovadora, debemos evitar caer en las telas de las matrices conceptuales ineficientes y paralizantes. No aceptemos que se nos analice desde desajustadas matrices que nos impiden ver lo que ellas mismas no quieren ver. El problema es político y no es menor.

Si te propones construir una experiencia educativa nueva, transformadora, tienes dos caminos. Uno, simplemente hazlo; y hazlo a tal punto que al final sólo sea la experiencia que has logrado producir la que luego hable por sí misma. En este caso, deberás saber dos cosas; una, que tendrás que mantener una grandísima capacidad de abstracción para no caer en las mil trampas que te tenderá todo el rato la “obsesión matricialística” de mirar siempre los fenómenos a partir de esquemas de sentido que les anteceden y deberían valorarlos. ¡Cuidado! Si vas a abstraerte, y vas a librarte incluso del gran esfuerzo de tu propia autojustificación (que es un ejercicio legítimo), entonces abstráete de verdad. Y dos, deberás tener un buen carisma para lograr que tu experiencia tenga sujetos que se le sometan sin que la cuestionen. Sé que existen, pero también sé que no abundan.

Y si vas a seguir el otro camino, entonces antes de lanzarte a la producción de la experiencia abierta –vamos a llamarla así, prepara tu matriz conceptual nueva; consigue que ella adquiera una síntesis eficaz para poder imponerla siempre y rápidamente; tipo slogan, directo y al plexo. Y entonces, cuando la experiencia esté rodando, hazla andar siempre bien acompañada de su matriz, para que ningún virus del desacople le haga perder el poder innovador que ella tiene.

Quiero decir, innovar no es ese ejercicio ingenuo y mágico de que se nos ocurran de pronto cosas nuevas, que más frecuentemente acaban siendo apenas raras. Los procesos disruptivos de valor no surgen de esos “insight” que parecen metahumanos. Al contrario, suelen ser corolario de construcciones teóricas bien entramadas, con justificaciones pesadas y esfuerzos culturales de abstracción y separación nunca pequeños.

Innovar nos exige desmontar la madeja de tramas cristalizadas que tienen secuestradas nuestras experiencias y atravesarlas con decisión y voluntad. Si no, por más que quieras y digas, aquellas matrices ineficientes acabarán revelándose ante ti, una y otra vez, como lo que realmente son: agentes de la conservación.

 

Twitter del autor: @dobertipablo