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De aventón por el camino con un viejo maníaco: entrevista a John Waters

Arte

Por: Rafael Toriz - 12/02/2014

Rafael Toriz entrevista a John Waters, pontífice de la inmundicia, y se sube a su bólido. En el camino está el dharma, decía Kerouac y en este caso coche es el vehículo de la iluminación perversa en el corazón del paisaje americano.

imagePervertida y arrogante en la misma medida que voraz y drogadicta, la nación americana es un territorio trastornado donde los más lúcidos entre sus hijos suelen ser devorados o segregados por un sistema que los destruye y enajena para luego cubrirlos de gloria (dinámica que ha explorado como nadie Chuck Palahniuk, auténtico sobreviviente del sistema de fagocitación americano, cuando menos en sus libros). Pocos, teniendo en cuenta la densidad de población y la cantidad de orates sueltos y medicados, son los que consiguen imponer sus reglas, marcando el rumbo. Entre ellos, John Waters brilla desde hace mucho tiempo con luz propia: esa que lo ha vuelto un director de culto –coronando al freak como una de las bellas artes– y lo ha vuelto un referente insoslayable del círculo más exquisito de la cultura: algo difícil de conseguir en una cultura abocada a producir, reciclar y desechar. Waters, pope de la inmundicia que apenas necesita presentación, es el mítico director de películas como Pink Flamingos, Mondo Trasho, y Multiple maniacs, obras canónicas de la pesadilla enajenada del siglo XX que incluso ahora son una experiencia revulsiva y orgánica que mueve todavía a la fascinación conjunta con la náusea, lo que apuntala su talento: si algo no ha perdido Waters, sibarita verdadero, es su poderosa capacidad de sorprender.

La publicación de su libro de viajes por los Estados Unidos titulado Carsick en la Argentina –periplo de costa a costa hecho a puro aventón– fue la ocasión para establecer una comunicación telefónica con Waters en su casa de Baltimore, quien respondió, a pregunta expresa, diciendo: “No creo que nadie piense que estoy moral y mortalmente trastornado. Creo que la mayoría de la gente se ha dado cuenta de que todo lo que he hecho ha sido una invitación a mi mundo, y se trata de una exploración del comportamiento humano. No creo ocasionar esas reacciones en la gente”.

Multifacético, Waters ha dirigido largometrajes, fungido como actor, performer, escritor de libros y guiones y preparado shows de spoken words. “Para mi es importante todo lo que hago. Cada día preparo con ahínco en todo lo que trabajo, con disciplina espartana. Llevo un control muy estricto sobre lo que hago. Trabajo sin descanso desde la mañana a medio día. En todo”.

Conocido también en algunos círculos por su pasión bibliófila, confiesa con un acento conocido: “Me encanta leer, es la única manera que tengo de relajarme. No creo ser un snob, debo tener unos 8  mil libros, con frecuencia no tengo donde ponerlos. Me encanta leer, poseo algunos libros muy extraños, colecciono algunas rarezas, cómics, libros sobre películas, sobre crímenes verdaderos. Colecciono todo tipo de libros, no sólo de literatura”.

Consultado por sus preferencias respecto al cine latinoamericano, afirma con júbilo conocer algunas de las rarezas “más suculentas de la región” y al preguntar por la nacionalidad del entrevistador expresa: “Estuve en México, pero no lo suficiente. Divine –la drag queen inmortalizada en sus películas– solía ir regularmente a Tijuana, un entorno que disfrutaba mucho”.

Carsick nace del entusiasmo que le produce la idea de cruzar en auto y de aventón en aventón los Estados Unidos, para lo cual se prepara con esmero y pulcritud. El libro es una exploración de su personalidad y su figura, consciente todo el tiempo de los alcances de su propio mito: “¿Puedo renunciar a los horarios rigurosos a los que estoy tan acostumbrado en la vida real? ¿Yo? ¿Siendo, como soy, un enfermo del control, alguien que planea con semanas de anticipación qué día puede darse una panzada de caramelos?”. Hay en su búsqueda una proyección de aventuras en sintonía con todo su proyecto estético, que lo nutre hasta la médula (por distintas razones, el libro causa distintas sensaciones corporales, más o menos placenteras, interesantes y alevosas): “Por supuesto, había pervertidos sueltos, y yo hacía dedo todos los días con la verga parada y la esperanza de que alguno me levantara y me la chupara”. El libro es también un extravagante manual de mariconerías de un espíritu despierto que todo el tiempo está pensando en si va a toparse o no con asesinos seriales.

La tradición de la épica americana tiene sin lugar a dudas un protagonista, el mismo que vieron Jack Kerouac y los beatniks y que llega incluso a la mejor novela de Paul Auster: el coche, corazón irrefrenable de los norteamericanos. “Agradezco la mención porque en efecto, pensé en eso durante el viaje. Yo siempre quise ser un beatnik, cruzar en auto América atravesando también la crisis de la mediana edad y todo ese rollo”. ¿Aprendió algo del viaje, de la ruta? “Sí, esencialmente que todo mundo quiere contar historias y necesita que le cuenten historias. Oír y escuchar. La gente está interesada en la gente, en la manera en que viven y en las cosas que les pasan. Deberías probar, tratar de vivir abierto al peligro”; –Trato; es algo que disfruto cada que puedo, de cuando en cuando–, respondo. “Deberías viajar a dedo tú también, te invito, de verdad. Es una estupenda manera de tener sexo”.

Twitter del autor: @Ninyagaiden

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Por: pijamasurf - 12/02/2014

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Parece que el futuro del arte se está encogiendo a escalas diminutas. A escalas que ni siquiera son para nosotros, porque nuestros ojos no alcanzan a ver los productos finales. Recordemos al científico de la NASA que deliberadamente “pirateó” obras de arte en un tamaño 500 veces más pequeño de lo que el ojo puede percibir, para encender el debate de los derechos de autor. Pues ahora un programador llamado Jonty Hurwitz está haciendo obras originales en 3D más pequeñas que un cabello.

Hurwitz creó la representación humana más pequeña de la historia. El proceso comenzó con 200 cámaras que tomaron fotos de una modelo desnuda. Esas fotos fueron alimentadas a una impresora 3D, que creó la escultura que puede colocarse cómodamente sobre la cabeza de una hormiga.

La litografía multifotón —que utiliza un láser para escribir en el material fotosensible del que la estatua está hecha— ayudó a Hurwitz con los detalles más diminutos. Las piezas son tan pequeñas que sólo pueden verse a través de un microscopio de electrones (y el artista ha dicho que muchas de ellas fueron aplastadas por sus compañeros después de meses de trabajo).

Aparentemente, este tipo de arte es más un récord Guinness que una pieza para contemplar; pero las miniaturas no dejan de ser extrañamente fascinantes para muchas personas. La obra de Hurwitz también viene a recordarnos que las impresoras 3D pueden crear todo y rebasar las posibilidades de nuestros sentidos en cualquier momento. El futuro es más diminuto de lo que imaginaríamos.