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Caperucita Roja y otras historias de terror y hambre: el pasado histórico de los cuentos "infantiles"

Por: Úrsula Camba Ludlow - 01/22/2014

Los cuentos “infantiles” que han llegado a nuestros días, han pasado por filtros, modificaciones y “maquillajes” para adaptarlos al gusto de distintas épocas, como lo hicieron en su tiempo Charles Perrault, los hermanos Grimm y Walt Disney.

blancanieves_03_small_650Todos crecimos escuchando, leyendo o viendo en pantalla cuentos infantiles: Cenicienta, Caperucita Roja, El Gato con Botas, Pulgarcito, Blancanieves, Barba Azul, Las habichuelas mágicas, Jack el Cazagigantes, Rapunzel, Hansel y Gretel. Esas historias con final feliz tienen también un origen y un pasado, un contexto en el cual tenían otro sentido para quienes los narraban y aquellos que los escuchaban: los campesinos analfabetas y paupérrimos de Francia, principalmente. 

La historia no es sólo una serie de sucesos políticos, de grandes acontecimientos o de hazañas épicas. Es posible adentrarse en otros aspectos profundos de la historia, lejos de las intrigas palaciegas y las decisiones de Estado, en las cuales evidentemente la “gente común” no participaba. ¿Cómo entonces, penetrar en la mente colectiva de esas personas, sin rostro, sin nombre, que habitaron hace siglos y que no dejaron un testimonio de su puño y letra? ¿Cómo conocer los códigos, valores y símbolos de una época? Eso no es posible descubrirlo en los tratados de paz, ni en las declaraciones de guerra, de independencia o en las constituciones. 

Los cuentos “infantiles” que han llegado a nuestros días han pasado por filtros, modificaciones y “maquillajes” para adaptarlos al gusto de distintas épocas, como lo hicieron en su tiempo Charles Perrault, los hermanos Grimm y Walt Disney. 

En efecto, los cuentos son documentos históricos. Han evolucionado durante muchos siglos y se han modificado en distintos contextos culturales. Tomemos como ejemplo una versión que antecede al cuento de Caperucita Roja no apta para niños hoy en día:

Una chiquilla es enviada por su madre para llevar a su abuela pan y leche, el lobo la intercepta en el camino, averigua su destino y llega antes que la niña, se disfraza y se mete a la cama de la abuelita. Hasta ahí la historia no ofrece nada peculiar en contraste con la versión que conocemos. Acá viene la diferencia: el lobo mata a la abuelita, pone su sangre en una botella, rebana la carne, la acomoda en un platón y se la da a comer a la niña para después hacer que se desnude y finalmente, comérsela. No diríamos que es un cuento para niños. Tan sólo en Francia, se han rastreado  aproximadamente 35 versiones del cuento de esta niña, en algunas aparece la caperuza, en más de la mitad de esas versiones es devorada por el lobo y en algunas más logra escapar mediante alguna artimaña.

Asimismo existen 90 versiones de Pulgarcito, 105 de Cenicienta y otras tantas de El Gato con Botas, Barba Azul, La Bella durmiente. Antes de que Charles Perrault y los hermanos Grimm omitieran las partes caníbales y violentas de estos y otros relatos “infantiles”, para hacer versiones impresas, los cuentos se transmitían de manera oral, en las largas noches de invierno al final del día, mientras los hombres limpiaban sus herramientas y las mujeres hilaban en una rueca. Eran cuentos para matar el tiempo… y el hambre. Los campesinos en los pueblos luchaban para mantenerse en la pobreza y no pasar a la indigencia. La carne es un producto que se consume sólo algunos días al año y la dieta consiste principalmente en caldos hechos a base de agua, pan y alguna hortaliza como nabo, cebolla o col. En los cuentos, los deseos de la gente hambrienta se materializan en comida: en algunas versiones de Cenicienta, la madrastra sólo le da de comer pan, mientras sus hermanastras son un par de gordas que haraganean por la casa. La virgen María se aparece cuando Cenicienta está a punto de morir de hambre y le da una varita mágica con la cual puede hacer aparecer los más suculentos banquetes, obvio Cenicienta empieza a engordar (señal de que está saludable) y la madrastra a sospechar... Los personajes de los cuentos (ya sean niños, pícaros, sirvientes, molineros), cuando se les concede algún deseo, piden bollos, un salchichón, todo el vino que puedan beber, papas en leche, pedazos de queso, pan blanco, pasteles o un pollo…

Por otra parte, casi la mitad de los franceses moría antes de cumplir los 10 años, la mortandad de bebés era altísima. Algunos morían asfixiados por sus padres en la cama. Otros eran abandonados, pues a menudo un hijo más era la diferencia entre la pobreza y la indigencia. Los matrimonios duraban 15 años aproximadamente y terminaban no por divorcio sino por muerte. Las madrastras proliferaban por todas partes ya que los hombres que enviudaban se volvían a casar con mucha frecuencia. Toda la familia se amontonaba en una o dos camas y se rodeaba de ganado para mantenerse caliente. Los hijos trabajaban con sus padres, casi en cuanto empezaban a caminar, no había tratos preferenciales ni se les consideraba criaturas inocentes. 

Así, la mamá de Pulgarcito vivía en un zapato y tenía tantos hijos “que no sabía qué hacer”, en los cuentos, los niños son abandonados, devorados por algún ogro, salen a mendigar o a buscar fortuna evitando ser una carga para sus padres.

Una versión que antecede a La bella durmiente, el Príncipe, que ya está casado, viola a la princesa y ella tiene varios hijos sin despertar, hasta que son ellos quienes rompen el encantamiento cuando la muerden al momento de amamantarlos. En una versión anterior a Cenicienta, la madrastra trata de matarla empujándola al horno pero por error quema a una de las malvadas hermanastras.

El mundo de los campesinos es un mundo cruel, brutal lleno de huérfanos y madrastras, donde hay que sobrevivir: los caminos están desolados y al mismo tiempo llenos de peligros, los lobos aúllan, los ladrones pueden estar agazapados en cualquier lugar. Los viajantes no tienen dinero para pagar una posada y además ahí también corren el riesgo de ser degollados y despojados de sus pocas pertenencias. Sin sermones ni moralejas, los cuentos franceses muestran que el mundo es un lugar cruel y peligroso, es mejor ser desconfiado. La mayoría de los cuentos no están dedicados a los niños, más bien tienden a ser admonitorios. 

Nunca llegará a nosotros el dramatismo con el que se contaban esos cuentos: el crepitar de la leña en el fogón, las pausas, los golpes en la mesa, los gestos, las palmadas, las carcajadas o los gritos que produjeron, pero, aunque difuso, alcanzamos a percibir un débil rumor de los miedos y los deseos de aquellos seres aparentemente mudos.

Referencia:

Robert Darnton. La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, FCE,1984, México.

 

Twitter de la autora: @ursulacamba

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.

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¿Por qué procrastinamos? Porque pensamos en nuestro futuro "yo" como un extraño

Por: pijamasurf - 01/22/2014

De acuerdo a una nueva teoría, tendemos a pensar en nuestros futuros "yos" como pensamos en los otros: en tercera persona. Esto tiene cientos de implicaciones en nuestro comportamiento cotidiano.

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El filósofo inglés Derek Parfit recientemente postuló una teoría acerca de la identidad que ha generado olas de discusión y seguimiento por parte de algunos psicólogos. En su libro Reasons and Persons, Parfit argumenta que no existe una identidad consistente que se mueva en el tiempo, sino una cadena sucesiva de “yos” que está tangencialmente ligada a, y sin embargo distinta de, las identidades previas y subsecuentes. De acuerdo a esta teoría, un niño que, sabiendo que sufrirá el hábito años después, comienza a fumar, no debe ser juzgado gravemente. “Este niño no se identifica con su “yo” del futuro”, escribe. “Su actitud hacía sí mismo en el futuro es de muchas maneras como su actitud hacia otras personas”.

A partir de este postulado, muchos psicólogos están considerando que esto podría describir precisamente nuestras actitudes en torno a nuestra propia toma de decisiones: resulta que vemos nuestros futuros “yos” como extraños. Esto, obviamente, afecta nuestra habilidad para tomar buenas decisiones para su –que es por supuesto el nuestro—bienestar. Aunque inevitablemente compartamos su destino, la persona en la que nos convertiremos en una década o en veinte años es desconocida para nosotros.

Esto hace bastante sentido y tiene un sinnúmero de implicaciones. Podemos elegir procrastinar, y dejar que alguna otra versión de nosotros se encargue de resolver las consecuencias después. O, como en el caso del niño de Parfit, podemos disfrutar del placer ahora e ignorar a aquél que pagará el precio.

Pero, si la procrastinación o la irresponsabilidad pueden derivarse de una conexión defectuosa con nuestras identidades futuras, es lógico pensar que al reforzar esta conexión podemos remediar hasta cierto punto el problema. Ésta es precisamente la táctica que algunos investigadores están implementando. Anne Wilson, psicóloga de la Universidad Wilfrid Laurier en Canadá, ha manipulado la percepción del tiempo de algunas personas al presentarles una línea de tiempo en progresión hacia un evento próximo. “Usar una línea de tiempo más larga hace que las personas se sientan más conectadas a sus futuras identidades”, apunta Wilson. Eso alentó a los estudiantes a terminar sus quehaceres antes y ahorrarse el estrés de su identidad de fin de semestre. Lo que sucede con las líneas de tiempo es que forman algo así como una cuerda entre el presente y el futuro, y permiten que no podamos desligarnos de nuestros “yos” futuros tan fácil. Las metáforas visuales siempre han sido efectivas para concebir lo ignorado.

Otro experimento, llevado a cabo por Hal Hershfield, ha tomado un método un poco más sofisticado. Él y sus colegas llevaron a los participantes a un cuarto de realidad virtual y les pidieron que se vieran en un espejo. Los sujetos vieron ya sea su rostro presente o una imagen digitalizada de sí mismos que los hacía verse viejos. Cuando salieron del cuarto se les preguntó cómo gastarían mil dólares. La mayoría de aquellos expuestos a la foto envejecida dijeron que gastarían el dinero en una cuenta de retiro. Aquellos que vieron su imagen fiel dijeron toda suerte de otras cosas.

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Ambas técnicas parecen eficaces. Pero puede ser aún mucho más práctico: si esta teoría está en lo correcto, y la manera en que tratamos a nuestros “yos” futuros es igual a como tratamos a alguien más, podemos tratar mejor a los demás. En relaciones o en matrimonios, por ejemplo, hacemos sacrificios por el otro todo el tiempo. Entonces el hilo de plata que podría remediar nuestra disociación con el futuro es una razón más para ser buenos con los otros. Para tener empatía con ellos, que también somos nosotros en algún momento.