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Por su cuestionamiento de la noción de verdad y su efecto en las relaciones humanas, "24 horas" es uno de los episodios más destacados de "The Sandman", la adaptación de Netflix de la novela gráfica de Neil Gaiman
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“24 horas” es un capítulo de la serie The Sandman, la adaptación de Netflix del cómic homónimo creado por Neil Gaiman, estrenada recientemente. En particular, “24 horas” (o “24/7” en inglés) está basado en un par de novelas gráficas de The Sandman: 24 Hours y Sound and Fury.

Casi desde el inicio, el capítulo destaca entre otros de la serie por una singular combinación entre narrativa y cinematografía que, entre otros elementos, resulta en que buena parte del episodio transcurre en un único espacio –un merendero– y con sólo seis personajes: 

  • Bette, la mesera del lugar.
  • Marsh, el cocinero.

Y tres clientes: 

  • Mark, un joven que llega ahí poco antes de partir a una entrevista de trabajo.
  • La pareja conformada por Kate y Garry, ella CEO de una compañía farmacéutica y él vicepresidente en esa misma empresa gracias a que es pareja de Kate, con quien la relación empezó luego de que ella lo “rescató” de un trabajo en donde vendía membresías para un gimnasio, según dice Kate, no sin desprecio, en algún momento del capítulo.

Finalmente, este primer dramatis personae se completa con John Dee, el hijo de Ethel Cripps y Roderick Burgess que escapó recientemente del hospital psiquiátrico donde se encontraba recluido y quien en el episodio funge como una especie de “puppet-master, pues con ayuda del rubí robado de Sueño intenta poner a prueba su premisa de que el mundo sería un mejor lugar si los seres humanos “dijeran” siempre la verdad o actuaran siempre a partir de sus verdaderas motivaciones.

Uno a uno, los personajes son llevados a “descubrirse” frente a sí mismos y frente a los otros en el que aparentemente es su ser más auténtico, al menos en lo referente a las acciones emprendidas en ese momento dentro del merendero.

Así, Bette es llevada a confrontarse con su necesidad de aprobación y el hecho de que sus acciones están orientadas por el “deseo” de sentirse querida. Marsh le confiesa con suma agresividad a Bette que desde hace un tiempo tiene encuentros sexuales con el hijo de ella, de 21 años, luego de que Bette le ha confesado al cocinero la atracción que siente por él. Garry se atreve a sacudirse el control que Kate ejerce sobre él, mientras que ella igualmente deja ver el cansancio o aburrimiento que siente frente a su pareja, lo cual la lleva a volcarse hacia el joven Mark, su nuevo juguete y objeto de dominación. Judy, por su parte, termina dejándose consolar por Bette y besándose con ella, en parte como respuesta a una instigación emotiva en el sentido de que merecía ser querida por alguien sonriente y positiva.

Todos estos escenarios particulares surgen gracias al hechizo arrojado por John Dee con ayuda del rubí de Sueño. Dicho de otra manera: se da por hecho que todo lo que sucede es resultado de que cada uno de los personajes está actuando con verdad, es decir, está siendo absolutamente honesto consigo mismo y, por consecuencia, con los otros.

En el capítulo, el efecto general de dicha premisa es la catástrofe. Para decirlo pronto, todos terminan muertos o heridos severamente. Aunque, cabe anotar, no sin antes tener algún tipo de encuentro sexual. Tal pareciera que la hipótesis de decir siempre la verdad o actuar siempre con verdad conduce necesariamente a un ambiente general de violencia y agresividad pero también de sexualidad desenfrenada: los dos polos opuestos pero notablemente cercanos hacia donde se decanta el deseo humano (después de todo, verdad y deseo son términos también casi idénticos).

Este primer resultado –dicho con un ánimo casi científico, como si el episodio de la serie fuera una especie de experimento social imposible en términos reales– llama ya la atención por la afinidad que se le puede encontrar con elaboraciones teóricas de disciplinas como la antropología, la sociología o el psicoanálisis, en donde se ha señalado el doble impulso hacia la sexualidad y hacia la agresividad que el ser humano tiene naturalmente y que sólo el proceso civilizatorio ha podido modular, pero de manera parcial y no siempre con éxito. El hecho de que a lo largo de la historia de la humanidad y hasta nuestros días continúen existiendo las guerras, los homicidios, la tortura, las peleas y demás formas de violencia física (mucho de ello suscitado por un deseo sexual considerado de manera amplia y en las muchas ramificaciones que puede provocar) es prueba suficiente de que la agresividad está lejos de desaparecer o al menos sublimarse hacia formas menos destructivas en el ser humano.

Sin embargo, más allá de ese anhelo, lo que “24 horas” muestra con sorprendente lucidez es la relación al parecer estrecha entre verdad y agresividad. Si la hipótesis de John Dee es que el mundo sería un mejor lugar si todos los seres humanos actuaran con verdad, ¿entonces por qué todos terminan agrediéndose entre sí en el merendero?

Si bien el capítulo se inclina hacia una solución “amable” del conflicto, es posible detenerse un poco para elaborar una interpretación a propósito de dicho vínculo. Aun cuando la verdad, como concepto, suele tenerse por positiva, sencilla y hasta evidente, lo cierto es que se trata de una de las nociones más complejas de lo humano, especialmente cuando se le considera en su noción subjetiva, interpersonal y social. Quizá hablar de “verdad” puede ser sencillo en afirmaciones del tipo “2+2=4” o “La Tierra gira alrededor del Sol”, pero en otras como “Me gustas”, “Quiero estar contigo” o “Quisiera conseguir ese trabajo”, la noción de verdad adquiere matices radicalmente diferentes y, sobre todo, complejos.

Que las situaciones en el merendero de “24 horas” culminen en tragedia es un desenlace exagerado de una situación, por otro lado, completamente cotidiana: el hecho paradójico de que casi por regla general, las personas suelen ser ignorantes de la verdad que las habita, esto es, de la “verdad” detrás de sus pensamientos, sus ideas, sus motivaciones, sus palabras y eventualmente sus actos. 

En parte como mostró sobre todo Sigmund Freud cuando logró sistematizar la noción amplia de inconsciente, el ser humano actúa en muy buena medida animado por impulsos interiores que, formados en una época primitiva de su existencia, viven agazapados en una zona por definición desconocida (reprimida, sería el término exacto).

En ese sentido, no es casual que, en el episodio de The Sandman, actuar con verdad resulte en la realización en bruto del deseo sexual, agresividad y muerte, pues en parte lo que se pone en evidencia es el hecho de que los personajes desconocen su propia verdad o, mejor dicho, la conocen pero parcialmente, como cubierta por un velo, de manera insuficiente y por ello mismo imposible de volver conocimiento que determine de otra forma sus acciones.

La noción de verdad, entonces, entra en una contradicción, pues aun cuando la verdad a la que es confrontado cada personaje es, por así decirlo, su verdad más auténtica, esta irrumpe violentamente en cada uno de ellos en tanto se trata de una verdad conocida sólo a medias, fragmentada, que no ha pasado por un proceso de elaboración consciente. Ese desconocimiento parcial, esa sorpresa con que llega la verdad, inadvertidamente, podría tomarse como el origen de la respuesta agresiva de los personajes.

Se manifiesta así uno de los primeros problemas de la verdad humana: que, en principio, el ser humano ignora su propia verdad, es decir, la verdad que motiva sus pensamientos y sus acciones. ¿Cómo puede una persona hablar y actuar con verdad si ella misma ignora esa verdad que la habita? La idea de que el mundo sería un mejor lugar si todos habláramos y actuáramos con verdad se revela entonces ingenua al respecto de la condición humana.

Como una suerte de corolario de dicha conclusión es posible señalar un segundo problema: el punto ciego de la figura del titiritero. Cuando John Dee intenta imponer su premisa de mejorar el mundo a través de la verdad, él mismo es sujeto de su propia ignorancia, pues dicha idea, y las acciones que se derivan de ella, provienen directamente del trato que recibió de su madre durante su infancia y en los años posteriores, el cual él asimiló subjetivamente bajo el significante dominante de la mentira. John Dee vive con la certeza de que su madre le mintió siempre, desde pequeño y hasta el último instante. Las escenas de la segunda parte del capítulo, que transcurre en el mundo de los sueños, ilustran la singularidad de esa relación entre madre e hijo, bajo la pesadilla recurrente y multiforme del hijo no deseado o ambiguamente querido, con una madre que no lo quiere pero que se siente obligada a fingir que sí.

Ese “trauma” de donde surge y se alimenta la obsesión de Dee por la verdad es su punto ciego, la “verdad” suya que él no ve y que sin embargo motiva sus acciones y su postura respecto a, por ejemplo, el uso que da al rubí de Sueño o la manera en que manipula a las personas dentro del merendero. Si Dee piensa genuinamente que el mundo sería un mejor lugar si todos actuáramos con verdad, ¿por qué no comienza por cuestionar su propia verdad? ¿Por qué él da por hecho que su verdad es verdadera?

Ese sería el tercer problema que plantea la noción de verdad planteada en el ámbito de lo humano: lo más común es actuar desde la certeza de que estamos en lo correcto; lo extraño es que una persona dude de sus creencias. 

Lo cual provoca y explica también un conflicto como el del merendero, pues entre aquello que una persona puede considerar su verdad y la verdad del otro existe natural e inevitablemente un desencuentro. Que, por ejemplo, Bette le diga a Marsh que le gusta y él le responda con la confesión de lo que hace con el hijo de ella en su propia casa cuando ella se queda dormida, es un ejemplo claro de cómo “hablar con la verdad” no es ninguna garantía de “un mejor mundo”. Más aún, no es garantía de nada: ni de correspondencia, ni de reciprocidad y quizá ni siquiera de entendimiento. Entre la verdad de uno y del otro hay una distancia tan insalvable, que la relación de ellos se vuelve ya imposible.

En suma, el capítulo “24 horas” de The Sandman muestra que dada la ignorancia del ser humano respecto a la verdad que lo habita, el punto ciego que implica actuar dede la falsa certeza de estar en lo correcto y el desencuentro que existe entre la verdad de uno y la verdad en otro, no parece factible que en la verdad esté la solución a los conflictos de lo humano. Al menos no tal y como se ha vivido y experimentado hasta ahora en nuestra historia cultural y como civilización. 


Twitter del autor: @juanpablocahz

 


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Imagen de portada: Netflix