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La cinta 'Spiderhead' ofrece una exploración novedosa del famoso experimento de obediencia de Milgram, sumando a la ecuación el sentimiento de culpa
Empeña tu auto sin tener que dejarlo

En 1961, el psicólogo estadounidense Stanley Milgram ideó un experimento para conocer las formas en que la obediencia puede llegar a presentarse en una persona y, especialmente, hasta dónde se puede llegar estando bajo las órdenes de alguien a quien se le atribuye la posición de autoridad. 

El experimento de Milgram fue trascendente en su época porque demostró con evidencia irrefutable que la sumisión de un ser humano puede llegar al grado de infligir dolor y sufrimiento a un semejante sólo porque alguien con supuesta autoridad se lo pide. 

Como exploramos en otro artículo, el experimento de Milgram tiene ecos del juicio que el oficial nazi Adolf Eichmann enfrentó en Jerusalén, en donde se le imputó responsabilidad como uno de los principales artífices del Holocausto o Shoah, donde murieron millones de personas, la mayoría de ellas judías. Eichmann argumentó en su defensa que él sólo obedecía órdenes, por lo cual se consideraba inocente de los crímenes cometidos.

La cinta Spiderhead (Joseph Kosinski, 2022) explora el experimento de Milgram con una variante que, en términos ficticios y de narrativa, consigue agregar una dimensión interesante al fenómeno psicológico de la obediencia. Dicho elemento es el sentimiento de culpa. Cabe mencionar, antes de entrar en materia, que la cinta está basada en el relato "Escape from Spiderhead", del escritor George Saunders, publicado originalmente en The New Yorker.

Grosso modo, la película trata de un centro de reclusión que lleva el mismo nombre, Spiderhead, en donde están confinadas personas que habiendo cometido un crimen, cumplen ahí su sentencia. La cárcel, sin embargo, tiene algunas características que la vuelven muy singular. 

De entrada, las condiciones en que viven los presos son muy confortables. Los presos disfrutan de habitaciones individuales, el lugar donde se encuentran tiene acabados de calidad y acaso hasta un tanto lujosos, la comida es buena, hay tiempo de ocio y esparcimiento y más, todo lo cual no ocurre en una cárcel común y corriente.

Sin embargo, las personas confinadas ahí tienen un precio que pagar por tanta comodidad, y es que el trato especial se da a cambio de una concesión de enorme trascendencia que las personas están obligadas a realizar: ser partícipes de un experimento de química cerebral que, de hecho, es la razón de existencia de dicha cárcel.

En efecto, todo en la trama se organiza en torno al experimento que dirige Steve Abnesti (Chris Hemsworth), director de la penitenciaría y farmacólogo, el cual consiste en medir los efectos que tienen distintas dosis de neurotransmisores (dopamina, serotonina, oxitocina y otros) sobre las emociones humanas. 

En etapas parciales, el experimento busca conocer las dosis exactas que provocan en una persona reacciones como el amor, el miedo, el hambre, la atracción sexual y otras, pero el propósito final y verdadero de Abnesti es conseguir un fármaco que logre que una persona obedezca completamente a otra pero “genuinamente”, es decir, no por miedo o sumisión a una autoridad sino porque así lo “decide”. Entre líneas se intuye que una sustancia así provocaría seres humanos obedientes y al mismo tiempo exentos de los conflictos morales o emocionales que podrían sobrevenir tras una orden que fuera en contra de sus principios o creencias.

Los presos se pliegan a las pruebas que les pide Abnesti en parte, por supuesto, porque están recluidos en dicha cárcel y su permanencia ahí (en medio de tantas comodidades, aun en su condición de infractores de la ley) depende de dicha obediencia. 

No obstante, ese no es el único motivo para la docilidad con que participan en el experimento. Al menos en el caso de la pareja que también protagoniza el filme, Jeff y Lizzy (Miles Teller y Jurnee Smollett, respectivamente), su obediencia se explica también por el sentimiento de culpa que sienten por el hecho que los llevó a estar recluidos en Spiderhead.

En el caso de Jeff, se le acusó de homicidio imprudencial al provocar la muerte de su novia y un amigo suyo al conducir alcoholizado. Lizzy, por su parte, fue declarada culpable de homicidio tras olvidar a su hijo pequeño dentro del coche y causarle la muerte.

No está de más decir que ambos se sienten profundamente culpables por lo ocurrido. Si provocar la muerte del ser amado ya es suficientemente atroz (como en el caso de Jeff), la situación es todavía más insoportable cuando dicho ser es nada menos que el hijo propio.

Lo interesante en la narrativa de la cinta es que, como decíamos al inicio, el sentimiento de culpa se introduce como una especie de variable dentro del experimento clásico de Milgram, como si la pregunta de por qué una persona obedece a una autoridad cambiara a cómo usar la culpa que siente una persona para volverla obediente. En Spiderhead, Abnesti no duda en aprovechar ese sentimiento de culpa de Jeff y Lizzy a favor de su experimento.

De alguna manera, dicho elemento de Spiderhead hace ver la importancia que tiene la culpa en el esquema psicológico de una persona y lo poderosa que puede ser como motivo interno. Por paradójico que esto pueda sonar, la culpa, en efecto, mueve a muchísimas personas. O las inmoviliza, lo cual también es de suma importancia. 

Si, por ejemplo, en el caso de la cinta, Jeff y Lizzy no se sintieran tan culpables, ¿aceptarían tan fácilmente las circunstancias atroces que se les imponen? La carga de la culpa es tan insoportable en ellos que incluso aplasta algunas cualidades tan humanas como el atrevimiento, la creatividad o la inteligencia.


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Imagen de portada: Netflix