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Adicción no es amor, ni amor propio ni amor al otro
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En años recientes, el adjetivo “tóxico” se ha popularizado en el ámbito de las relaciones interpersonales para caracterizar tanto a personas como a relaciones cuya característica común es que “hacen mal”.

La expresión, por supuesto, es un tanto ambigua y muy abierta, pues “hacer mal” se puede referir a una multitud de comportamientos: celos, chantajes, mentiras o medias verdades, manipulación, ghosting, agresiones en varios grados… las formas que toma esa “toxicidad” son múltiples.

Pero incluso así, si dicha variedad logró condensarse en el término “tóxico” es porque la mayoría de nosotros puede entender en qué consiste ese malestar. Por decirlo de alguna manera, eso se siente. Cuando una persona o una relación “hacen mal”, eso se siente

Por más que se trate de una persona o una relación que desde cierta perspectiva nos tendría que hacer sentir bien, cuando experimentamos un comportamiento tóxico sentimos en carne propia el malestar que nos provoca. 

Y ese es quizá el componente de la toxicidad que mayor conflicto puede generar, pues los comportamientos tóxicos adquieren otro cariz cuando provienen de una persona que en otras circunstancias nos hace sentir bien. ¿No se supone que la pareja, los amigos, nuestro padre o nuestra madre, un hermano o una hermana, son personas que nos quieren y nos apoyan en cualquier circunstancia?

Pero no siempre ocurre así, o no en todo momento. De una misma persona podemos recibir amor y cariño pero también alguna forma de agresión, humillación o manipulación. Una misma persona nos puede hacer sentir amados, escuchados, comprendidos y, en otro momento, transformar radicalmente esos sentimientos en inseguridad, sensación de estar equivocados, e incluso la sensación de ya no ser queridos.

Paradójicamente, incluso cuando una persona y una relación tóxicas generan ese malestar, en muchas ocasiones la relación se mantiene. Es decir, aun cuando una relación hace mal, con frecuencia las personas involucradas en ella no la terminan. 

Aunque suene sorprendente, muchas personas incurren en decisiones y acciones que las llevan a “estar mal” e insatisfechas permanentemente. A este patrón de conducta se le conoce también como “autosabotaje”, pues comprende actos que sabotean la felicidad, el placer y en última instancia la realización del deseo de una persona

¿Por qué ocurre ello?

La respuesta a esa pregunta no es sencilla, ya que involucra la subjetividad de cada cual y, especialmente, los motivos inconscientes que animan nuestras acciones. Sin embargo, es posible hablar de una especie de “denominador común” en muchos de los comportamientos que derivan en malestar e insatisfacción para quien los realiza.

En términos muy generales puede señalarse un mecanismo inconsciente, hecho de varias piezas, que lleva a una persona a creer que no puede disfrutar de algo que desea

Ese no poder disfrutar puede ser porque la persona cree que lo tiene prohibido, que no merece ese disfrute, que antes tiene que sufrir y padecer para sólo después poder disfrutar, porque disfrutar le genera culpa o por otras creencias formadas en edades tempranas y que, desde el inconsciente, llevan a realizar comportamientos que aseguran la insatisfacción. 

¿Es posible hablar de una “adicción” a la insatisfacción? En sentido figurado, sí, pues la insatisfacción es un mecanismo que al formarse e instalarse en la psique generó su propia razón de ser y, en ese sentido, genera alguna ganancia. De nuevo, puede parecer contradictorio hablar de una “ganancia” de la insatisfacción, pero recordemos ahora que la mente humana está formada de muchos elementos que aunque desde el exterior son contradictorios, en la psique tienen su propio orden. Una ganancia de la insatisfacción, por ejemplo, puede ser mantener a raya la culpa que genera disfrutar de un placer, y para una persona eso puede resultar totalmente lógico y coherente. 

En buena medida, esa es la razón por la cual es tan difícil para algunas personas dejar una relación tóxica. Por un lado, como decíamos antes, porque en algunos casos la relación se tiene con alguien con quien el afecto se plantea casi como un deber (marcadamente, con miembros de la familia como padres y hermanos). 

Pero más importante aún, porque la “adicción a la toxicidad” tiene un origen profundo, inconsciente, que nos lleva a actuar incluso en contra de nuestros propios intereses y conveniencia, sin saber por qué.

Para cortar la adición a la toxicidad es importante despejar ese desconocimiento que tenemos de nosotros mismos y entender y soltar las ideas que nos llevan a creer que no merecemos estar bien, que no merecemos disfrutar o que no merecemos que alguien nos quiera “bien”. 

El amor, como el deseo, implican sin duda trabajo y retos, y por supuesto que su realización tiene sus propias dificultades, pero nada de ello tiene que ser sinónimo de sufrimiento sostenido. Por el contrario, los trabajos del amor y del deseo se pueden acometer desde un lugar mucho más amoroso en sí mismo, con el amor que se le puede dedicar a la vida y los desafíos que nos presenta.


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Imagen de portada: Unsplash