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Continuamos con la segunda parte de nuestro DECÁLOGO, sustentado en el recorrido por algunas de las más importantes cintas del maestro Martin Scorsese

Continuamos con la segunda parte de nuestro DECÁLOGO, sustentado en el recorrido por algunas de las más importantes cintas del maestro Martin Scorsese. En la primera entrega, exploramos cintas de época, protagonizadas por Daniel Day-Lewis, La edad de la inocencia y Pandillas de Nueva York; posteriormente, hicimos un repaso a dos de sus comedias de humor negro, El rey de la comedia y Después de las horas, para luego armonizar a compases la oferta muscial de los documentales El último vals y Gira de conciertos. En ese viaje por las obras del director ganador del Premio Óscar, Bafta, Globo de Oro, y merecedor de reconocimientos en los festivales de Cannes y Venecia, abordamos su película infantil que sirve como homenaje al cine, Hugo, y concluimos con dos películas que adquieren su nombre desde los visos que proveen la rivalidad, la competencia y el dinero, El color del dinero y El lobo de Wall Street. A continuación, concluimos nuestro DECÁLOGO sobre el maestro Martin Scorsese y sus reflejos.

 

5. LOS INFILTRADOS (The Departed) 2006

Con varias nominaciones a Mejor Película y Director en los Premios de la Academia, Martin Scorsese no había obtenido, de manera sorpresiva, la estatuilla dorada, como si el Premio Óscar escapara una y otra vez, y a diferencia de muchos directores y directoras que no lo ansían, Scorsese parecía cuestionarse el por qué.

Taxi Driver pudo ser demasiado perturbadora y violenta, demasiado cruda para celebrar el bicentenario de la independencia de Estados Unidos en 1976; Rocky, la estupenda y emotiva cinta escrita por Sylvester Stallone y dirigida por John G. Avildsen pareció ser mejor opción; Toro salvaje era la obra maestra imbatible, y sin embargo la Academia se decantó por Gente como uno de Robert Redford en 1980; Buenos muchachos es para la crítica la mejor cinta de 1990, pero Danza con lobos de Kevin Costner se llevó el galardón.

Así, sucesivamente entregas y cintas convergieron en el tiempo hasta que en 2004, las apuestas se decantaron por la elegante y costosa El aviador, película biográfica del excéntrico, obsesivo, eremita, millonario, visionario y piloto aviador Howard Hughes, no obstante y de último minuto, fue Golpes del destino de Clint Eastwood quien dominó los premios más importantes del año. De esta manera cuando se estrenó la versión hollywoodense de la vanagloriada cinta de Hong Kong Infernal Affairs de Andrew Lau y Alan Mak, la crítica y la prensa consideraron a Los infiltrados como el sí o sí del director en la entrega de los Premios Óscar, y así fue, recibiéndolo de manos de sus amigos Francis Ford Coppola, George Lucas y Steven Spielberg. Los infiltrados es una película que aborda la supervivencia, y lo hace desde el sacrificio, la vocación, el compromiso o la audacia, los personajes se ubican en la dicotomía de la toma de decisión, y en ese discernimiento optan por aceptar la propuesta del destino, ser delincuente o héroe, ser criminal o policía, infiltrado o cautivo. Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Vera Farmiga, Martin Sheen, Mark Wahlberg, Alec Baldwin, y Jack Nicholson, completan el gran un elenco que enmarca la narrativa sustentada en la identidad y el descubrimiento.

A pesar de ser un remake, la película tiene personalidad propia. En lo personal me gustan ambas versiones, cada una tiene su peculiaridad y las actuaciones distan desde el punto de vista de la pertenencia o el arraigo que Scorsese trata de aportar a la trama desde su contexto. Es difícil que una adaptación hollywoodense alcance los matices o tenga el impacto que la original filmada en otro país o idioma; sin embargo y a reserva de la audiencia, Los infiltrados no desmerece frente a la original, lo que puede al gusto del público, ser una contraportada o una portada dual de la misma historia. En Los infiltrados, el contexto policial del sur de Boston gravita entre la corrupción, el tráfico de influencias y la violencia entre los grupos delictivos, un renegado debe hacerse pasar por delincuente, y hallar al delincuente que se ha hecho pasar por policía, en un juego de cruce de identidades, percepciones y resoluciones, Scorsese balancea el humor con la violencia, el deseo con la confesión, la fatalidad con el compromiso, y lo hace mediante una edición cuidada y sorprendente, que atiende a un par de finales, el final inesperado y el que hace justicia ante la audiencia.

El encubrimiento o la moral quedan relegados por la ética del servicio inexistente, y el verdadero héroe queda como el anónimo mártir de un sistema que te devora o impele.

 

4. CALLES SALVAJES (Mean streets) 1973 y ALICIA YA NO VIVE AQUÍ (Alice does’nt live here anymore) 1974

Harvey Keitel, Robert De Niro y David Proval, forman un trinomio explosivo que da cariz al título de la película, las calles de Nueva York forman la urbe de hierro y lo mismo relucen marquesinas que asombran rascacielos, y entre ruedas de automóviles y zancadas de pasos de prisa, las calles son protagonista y lugar, y los personajes conviven con ellas como las habitan. Calles salvajes, como sucedió con otras películas independientes, irrumpió con fuerza en el panorama cinematográfico de la década de los años 70, caracterizado por óperas primas, segundas o terceras cintas de jóvenes directores, filmadas en las calles, con un presupuesto reducido y apelando al director como autor. Contacto en Francia de William Friedkin, El padrino de Francis Ford Coppola, American Graffiti de George Lucas, Duel de Steven Spielberg, Chinatown de Roman Polanski, por citar algunas, Brian De Palma, Michael Cimino, Terrence Malick, John Cassavetes, fueron algunos de los nuevos directores que definieron el rostro de una época dorada para Hollywood. Una década que se caracterizó por presentar un cine crudo, franco y realista, y que por azares de la industria, también de forma paradójica, y de la mano de estos mismos nuevos genios, atisbó el origen de los llamados blockbusters.

Scorsese explora el salvajismo de la supervivencia para las mafias de origen italiano que se anidan en las calles de Nueva York, mediante una historia de vaivenes citadinos que une por prebenda la complicidad de una amistad con la deuda a pagar de sus personajes; un préstamo, una promesa, usura, revancha y reivindicación, son algunos de los temas que convergen en la propuesta fílmica que definirá en lo sucesivo la carrera del maestro. Martin Socorsese había ya debutado a finales de los años 60 con la cinta casi estudiantil ¿Quién ha llamado a mi puerta?, con un dinamismo por demás original, hilarante, y una dirección fresca.

Scorsese fue asumiendo desde la interioridad de sus personajes reacciones más complejas, como en Taxi Driver con Robert de Niro y Alicia ya no vive aquí con Ellen Burstyn. Alicia ya no vive aquí es una película que, si bien dista de la temática expuesta en Calles peligrosas, consolidó la carrera del director al plantear un género distinto y hacerlo de forma consecutiva. Vale analizar que tanto Calles peligrosas como Alicia ya no vive aquí, son películas extraordinarias estrenadas de forma previa a la obra maestra Taxi Driver, que de alguna manera conjuga lo mejor de éstas, las calles como escenario, y la exploración de la interioridad en su protagonista. Kris Kristofferson, Laura Dern, Jodie Foster, acompañan a Burstyn en esta película profundamente vivencial, con la tristeza de la pérdida, con la muerte de la pareja y la reinvención de Alicia por sostener a su hijo y buscar el amor que parece alejarse por la violencia, el machismo o la fatalidad. Scorsese, lejos de abandonar a su protagonista, le brinda herramientas para acusar los instintos y deducir las amenazas, y en ese camino abrazar la posibilidad de ser feliz. Al igual que Calles peligrosas, Alicia ya no vive aquí es una película de sobrevivencia, de esperanza y reinvención.

Aunque mucho se ha dicho respecto de las escasas películas protagonizadas por una mujer dentro del canon Scorsese, es cierto que Alicia ya no vive aquí permanece como una de las menos conocidas, mas sí apreciadas cintas del director. Alejada de las armas y de las mafias, de las pandillas, policías y mafias, y profusa desde la psique de un personaje que ansía explorar lo que ha quedado de él o ella tras la pérdida de lo querido, en lo personal, esta es una de las películas que más he disfrutado de Martin Scorsese, que hace rabiar e impulsar la emancipación de su protagonista y no dejarla a la deriva de la resignación.

Cuando Perros de reserva se estrenó con gran impacto, la crítica notó que Quentin Tarantino de alguna forma había hecho un revisionismo de diferentes géneros, las películas del Oeste dirigidas por cineastas italianos como Sergio Leone, las cintas japonesas de Akira Kurosawa, y por supuesto, Martin Scorsese y sus Calles peligrosas.

 

3. BUENOS MUCHACHOS (Goodfellas) 1990

Epítome del cine de Martin Scorsese, del cine de mafia y de las películas corales, Buenos muchachos está narrada por su protagonista, y hace eco de las grandes cintas del cine noir de los años 40, que recuerdan a las clásicas Doble Indemnity y Sunset Boulevard de Billy Wilder. Buenos muchachos narra el ascenso y declive de un mafioso encarnado por Ray Liotta, y su relación con sus padrinos, cómplices y casi hermanos, quienes lo bautizarán y adentrarán el mundo del que no hay salida.

Robert De Niro y Joe Pesci, en una estupenda adaptación de la obra Wiseguy de Nicholas Pileggi, en cuya predominante presencia masculina resalta la poderosa actuación de Lorraine Bracco, quien desde su papel, integra el dúo de narradores que conducen a la audiencia por los vericuetos, enredos y resultas de las acciones realizadas por los buenos muchachos. Ambientada en 4 décadas diferentes, los 50, 60, 70 y 80, Buenos muchachos explora la ambición, el poder y la realización (que como hemos mencionado, caracterizan al cine de Scorsese), pero lo hace desde la óptica del revisionismo y la evaluación de sus protagonistas, desde la mención del cómo y del por qué, logrando una comunicación fluida con la audiencia y haciéndola partícipe de sus motivos e inclinaciones.

Scorsese alcanza un punto estelar de su trayectoria, aborda con maestría la reflexión de las decisiones, la consecuencia de las acciones y el devenir del pasado, haciendo de Buenos muchachos la mejor película de gánsteres de las últimas 3 décadas, y para un sector de la crítica y del público, la máxima obra maestra del director, lo cual es mucho decir si atendemos al menos a Taxi Driver o Toro salvaje; lo que sí es casi un consenso, es la consideración de que pudiera ser el punto más álgido o el clímax creativo del director. Buenos muchachos retomó el uso y el gusto del testimonio como un activo del director y un escudo del personaje para ser lo mismo omnipresente que testigo, lo mismo víctima que juez, lo mismo un agente solitario que el miembro de una banda que por más fidelidad que una, deja en claro que confiar es una virtud en desuso y la perspicacia un activo de confiabilidad, no hay más aliado que las propias percepciones.

 

2. TORO SALVAJE (Raging Bull) 1980

Robert De Niro interpreta una de las mejores actuaciones de su repertorio, y en su proeza, una de las más célebres actuaciones de la historia de la cinematografía universal, no solamente por el despliegue y esfuerzo físico, no sólo por el sacrificio en el aumento y baja de peso, no sólo por el entrenamiento para ejercitar el deporte que encarnaría y no sólo por representar a un personaje de la vida real, Jake LaMotta; no, la actuación es descomunal porque encumbra al actor, al personaje y al director en una epifanía de extraordinaria manufactura fílmica.

Cathy Moriarty y Joe Pesci acompañan las visicitudes de LaMotta, De Niro, por las cuerdas y la lona que le ven triunfar y fracasar por igual en el ring. Jake es un boxeador que lucha por un título, y al mismo instante, se debate entre ser y pretender el reconocimiento de los demás y de sí mismo. La vacuidad del éxito, el deseo, la posesividad y la obsesión constante son turbaciones que atormentan del camino la imposibilidad del regreso; una vez dentro, no es posible salir ni es una posibilidad el abandono. La violencia inherente a los laberintos de la mente, y la mirada al oponente como un rival al que debes derrotar y terminas por derrotarte a ti mismo, son algunas de las aristas que sitúan a Toro salvaje como una obra maestra. Más allá de las actuaciones y de los sucesos que en la vida real conllevaron, Toro salvaje es una película en donde la fotografía en blanco y negro y la edición en los matices de las luces y los reflejos, integran una expresión artística que en algunos otros filmes del director plasmó la innovación y los experimentos fílmicos.

No podríamos encontrarnos con la fotografía nítida y natural de Kundun o la epopeya de Willem Dafoe en La útima tentación de Cristo de no ser por Toro salvaje, tampoco podríamos admirar los cortes de edición de Buenos muchachos o los espléndidos matices de El aviador de no ser por esta cinta. Podríamos incluso concluir que muchas actuaciones a la De Niro, se vieron acompasadas por su nivel interpretativo; Daniel Day-Lewis, Sean Penn, Leonardo DiCaprio, Christian Bale, Denzel Washington, Rusell Crowe, son algunos de los actores que atendieron de forma puntual el método interior que habita la mente del personaje, con el ejercicio físico que exige también encarnar la piel.

Los logros de un triunfo fugaz, y las consecuencias de una vida disipada, aletargada por la ausencia de glorias, resignada a no volver a los triunfos, son un reflejo de la sociedad que solicita el éxito como un requisito para ser reconocido, para tener derecho a portar un nombre, una sociedad que consume y desecha, y que disfruta tanto ver encumbrarse a un ídolo como derribarlo. Scorsese lleva esta reflexión a lo más íntimo, y desde el personaje, explora los contextos de la sociedad y el deporte, como un corolario que posibilita la historia y la destruye, los celos y la derrota, son pecado y castigo. En Toro salvaje no hay héroe ni villano, la circunstancia no está determinada, y las acciones recaen por añadidura en la aspiración de quien busca más cuando menos tiene.

Y al revisar el pasado a la luz de los kilos y los años, el personaje acepta una realidad alterna, en la cual sigue siendo centro de atención, la de quien escucha sus anécdotas como una moraleja de humor, colmo o desgracia, para después quedarse en la soledad de un camerino que acusa conversar ante el espejo, como la concepción animista de un amigo que le acompaña, ante el probable olvido de quien le atiende. Esta sinergia entre quien entabla un diálogo interior y lo expresa, entre quien habla ante una audiencia más ávida de ver al ídolo caído que al héroe que alguna vez fue, pareciera ser la continuación de esa búsqueda por el reconocimiento desde la identidad que nos confunde, y que Scorsese de forma magistral, había ya filmado anteriormente en Taxi Driver con el mismo intérprete.

 

1. TAXI DRIVER (Taxi Driver) 1976

Un trabajo que hace de los recorridos por la urbe de hierro un hastío cotidiano, un viso que reflejaría con fidelidad lo que décadas atrás había descrito la obra maestra de Federico García Lorca en su poemario Poeta de Nueva York, un viso sobre ruedas de las noches bulliciosas y a la vez solitarias que albergan los sueños y las resignadas caminatas de los transeúntes por la gran ciudad. En Taxi Driver, Scorsese aborda una obsesión y su cometido, la transformación de las intenciones vestidas en la perturbación, la realización y el heroísmo involuntarios, imágenes que pudieran describirse al agitarse los sentidos en la cinta que consagró al joven Martin Scorsese.  Protagonizada por Robert De Niro, en una actuación pletórica de esfuerzo físico y complejidad psicológica, la cinta cuenta también con las poderosas actuaciones de una pequeña Jodie Foster y de Harvey Keitel.

Keitel había actuado en la ópera prima de Scorsese, ¿Quién toca a mi puerta? (1967), y hecho mancuerna previamente junto a De Niro en la magnífica Calles peligrosas (1973). Taxi Driver es la oda más violenta y seductora de su tiempo sobre la ciudad neoyorkina; presenta la historia del chofer de taxi Travis, quien se obsesiona con impactar a una chica que ha conocido y que interpretada por Cybill  Shepherd, forma parte de la campaña electoral de un candidato. Su mente da vueltas una y otra vez, de forma incesante, como si decenas de voces formaran sólo una, entre el enamoramiento obsesivo por la chica, el magnicidio el candidato para llamar su atención y la conciencia liberadora que surge en él al tiempo que, andando la satisfacción de la libido en las calles, advierte el peligro que una adolescente vive ante la coerción de la trata sexual.

Los diálogos de la mente aparecen con una conciencia lúcida y a la vez confusa que duda de quien habla y atiende desde la misma voz que se expresa implorando ser escuchado, la congoja de la invisibilidad que coacciona al personaje a romper las barreras de la ilusión y buscar en la realidad llamar la atención de quien anhela, desdeñando a la sociedad que le devora, y de paso, convirtiéndose en un héroe circunstancial que ha encontrado en el sitio inesperado una luz de esperanza. Las secuencias icónicas presentan soliloquios míticos de la cinematografía universal: “¿Estás hablando conmigo?” (“Are you talking to me?”) se convirtió en una de las más reconocidas líneas de guion alguno, la banda sonora de Bernard Herrmann es un compás que acompaña las idas, venidas, giros y vueltas del taxi mientras el personaje mira de reojo por su retrovisor.

Pero es sin duda la actuación de Robert De Niro lo más destacado para mí, es la cima de una película perfectamente construida. Su actuación advierte la consagración de un histrión en el máximo aprovechamiento de su talento. Un thriller sicológico que gracias a su protagonista resulta entretenido al mismo nivel que intenso, agotador y apabullante, Taxi Driver desquebraja los sentidos, al compás de su banda sonora y de una edición puntual y en movimiento, sugiere tiempo extra para digerirse. El final, uno de los más impactantes en la historia del cine, fundacional sin duda de los años 70, una suerte de azar inadvertido, un giro del destino, una vuelca de la fascinación que sólo puede acontecer en las grandes ciudades donde “somos un punto entre millones de puntos” (El Surco). Entre Taxi Driver, Toro salvaje y Buenos muchachos, suele suscitarse con frecuencia el debate de cuál es en realidad la obra maestra de Scorsese, o si las tres lo son; lo cierto es que su legado fílmico presenta tal variedad de cintas, que bien podría extenderse la lista. El irlandés podría tener un lugar sin duda, entre lo más granado de su epopeya cinematográfica.

 

El IRLANDÉS (The Irishman) 2019

Un evento cinematográfico que marcará la historia de las producciones realizadas para el cine y las plataformas digitales, un reencuentro esperado entre colaboradores frecuentes y un elenco magistral comandado por uno de los más grandes directores de la historia, la épica El irlandés no sólo cumple con las expectativas sino que de alguna manera rebasa las mismas para generar otras, las del interés tecnológico que desaparece una vez que te adentras a la cinta y disfrutas intensamente la creación que en conjunto han ofrecido sus realizadores.

A la ya citada tonalidad intencional que hemos enunciado, que une ambición, poder y realización, Scorsese une enhebrando pautas históricas, anecdóticas y deductivas, la revisión y evaluación de los hechos desde la memoria, los recuerdos o las recreaciones de su protagonista, logrando desde la suma de sus componentes usuales una cinta extraordinaria, donde su protagonista -el irlandés- Sheeran (De Niro) revisita su relación con la mafia dirigida por Russel Buffalino (Pesci), y con el poderoso líder Jimmy Hoffa (Pacino). A la luz de los años, Sheeran decide hacer un recuento de los hechos y se atreve a confesarlos en una suerte de declaración manifiesta que permite conocer el contexto político, histórico y criminal de distintas épocas, y a su paso, adentrarnos a la percepción de la mortalidad de quien asume que la muerte le alcanza.

En esa sensación de vulnerabilidad, quien jalara el gatillo sin una pizca de duda, pudiera ahora abrazarla y cuestionarse el deber ser, y en esa cuestión, afrontar otras que se derivan del arrepentimiento o de la confirmación; finalmente los hechos han acontecido y aunque no puedan ser cambiados, hay misterios que se prefiere resolver o dejar para siempre en el resguardo de la ignorancia o la suposición. Si de suyo la valía del filme por sí mismo adquiere las dimensiones de un clásico instantáneo, bien vale considerar la etapa de preparación e incertidumbre que atravesó el proyecto, especialmente por su elevado costo y por la agenda de sus protagonistas. Joe Pesci, por ejemplo, estaba retirado, y tras múltiples intentos por persuadirlo terminó aceptando participar, ofreciendo una actuación memorable. En el ir y venir del flashback en los pasajes de la historia y su recuerdo, Scorsese acudió a la tecnología de la empresa Industrial Ligth and Magic que fundara George Lucas, para desarrollar efectos visuales que permitieran dar mayor realismo a los personajes desde el rejuvenecimiento.

En vez de recurrir a un elenco más joven para sustituir a los protagonistas  -efecto contrario al envejecimiento que pudiera apelar al maquillaje-, éstos lograron ser rejuvenecidos mediante técnicas y efectos visuales, para lo cual se requerían cámaras extra y especiales para apuntalar el uso de CGI, proveer la mejor resolución posible y mayores instrumentos para su edición. La banda sonora fue compuesta por Robbie Robertson, mientras la fotografía principal estuvo a cargo del mexicano Guillermo Prieto; la edición, magnífica y remarcable, recayó en la responsabilidad de Thelma Schoonmaker.

La orquestación del equipo creativo por parte de Scorsese resultó sobresaliente, y las proezas técnicas fungieron como un recurso que enriqueció las imponentes actuaciones que dieron vida al guion escrito por Steven Zaillian, basado en la novela I Heard You Paint Houses de Charles Brandt. Martin Scorsese presenta una obra maestra tenue, contemplativa y no exuberante como El aviador o El lobo de Wall Street, lo cual me resulta de un prístino intento por revisitar todas las cintas previas de gánsteres dirigidas por el maestro y hacer que los personajes que las habitaron tomen un tiempo para si no analizar, sí reflexionar lo sucedido. En El irlandés, su protagonista recibe una propuesta y en la decisión de aceptarla o no, transforma o define lo que será su devenir y el recuento de los días, y a pesar de las 3 horas y media de duración, que bien remembra las épicas del cine majestuoso o épico del Hollywood clásico, el tiempo pasa tan relativo como la valoración de sus personajes.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: DECÁLOGO: MARTIN SCORSESE – “El irlandés” y sus reflejos (PARTE I)​

 

Iván Uriel Atanacio Medellín es escritor y documentalista. Considerado uno de los principales exponentes de la literatura testimonial hispanoamericana. Es autor de las novelas El Surco El Ítamo, y de los poemarios Navegar sin Remos y Puntos cardinales, los cuales abordan la migración universal y han sido estudiados en diversas universidades a nivel internacional. Dirigió los documentales La voz humana y Día de descanso. Es director editorial de Filmakersmovie.com.