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Según Carl Jung, esta es la causa principal por la cual las personas adultas se enferman

AlterCultura

Por: pijamasurf - 04/25/2019

Jung consideraba que después de cierta edad todos los problemas son problemas espirituales

Cuando se habla de la fuerza que mueve a la psique humana en los tres grandes psicoanalistas de principios del siglo XX, se suele decir que para Freud era el sexo, para Adler el poder, y para Jung el espíritu o lo numinoso. Jung consideraba que existe una teleología en la psique, una intencionalidad que mueve al individuo a buscar la integración. En otras palabras, que el Sí mismo o el arquetipo del Selbst (que Jung relacionó con el Atman, el alma universal que habita en el individuo según el vedanta) quiere manifestarse y hacerse consciente. Todos los predicamentos, malestares e incluso enfermedades son signos de esta lucha entre el ego que quiere mantener el control y el inconsciente -el dominio del alma- que empuja a manifestarse y a hacer una síntesis de los pares de opuestos. Sólo cuando existe una especie de alineación, conjunción o armonía entre la psique profunda -con su sombra y arquetipos- y el ego, el individuo se siente sano y en orden con el universo. Un poco de la misma manera que el doctor Viktor Frankl notó que las personas que habían encontrado sentido en la vida podían afrontar los horrores de los campos de concentración y salir a flote con mucha mayor solvencia que los que no tenían un centro dador de sentido y propósito. Jung lo expresó así en El hombre moderno en busca de su alma:

He tratado a cientos de pacientes. Y entre los que están ya en la segunda etapa de su vida -digamos después de 35 años- no ha habido ni uno cuyo problema a fin de cuentas no fuera el de encontrar una perspectiva religiosa en la vida. Es correcto decir que cada uno de ellos se enfermó porque había perdido aquello que las religiones vivientes de cada edad les daban a sus seguidores, y ninguno de ellos sanó hasta que no encontró su perspectiva religiosa.

Y en la famosa entrevista con la BBC, poco antes de morir:

Esto es lo que las personas buscan. Una experiencia arquetípica, esto les da un valor incorruptible. Ellas dependen de otras condiciones, de otras personas, deseos, ambiciones... porque no tienen valor en sí mismas. Son sólo racionales. No están en posesión de un tesoro que les haga independientes. Pero cuando la joven puede sostener la experiencia, entonces ya no depende de alguien más, porque el valor está en ella. Y esto es una forma de liberación. Esto la hace completa. En tanto cuanto pueda asimilar esa experiencia numinosa, puede continuar su camino, su individuación. La bellota se puede convertir en un roble y no en un burro. 

El término "numinoso" hace referencia a un encuentro con un "numen", un poder o potencia divina, el cual Rudolf Otto describió en términos de un encuentro con el Gran Otro, o con la otredad sagrada; una experiencia de asombro, de mysterum tremendum. En su biografía, Jung habla de que la pregunta esencial es si estamos o no relacionados con algo infinito -sólo quien se reconoce como en una relación con algo infinito encuentra sentido y significado duradero en la vida-.

Lo que Jung parece decirnos es que el ser humano tiene una sed de espíritu que debe satisfacer, pues de otra manera su alma enfermará. El ser humano, sugiere Jung, es un ser religioso por naturaleza, pero actualmente se encuentra en un gran predicamento porque las grandes religiones han dejado de atraer al hombre moderno, que se ve más atraído por el poder de la ciencia y la tecnología y su transformación de la materia. Al mismo tiempo el new age, el neopaganismo, la astrología, el yoga en su versión pop-capitalista, las drogas psicodélicas y demás tendencias de una nueva "espiritualidad no religiosa" son insuficientes, pues no tocan la verdadera profundidad de las grandes tradiciones religiosas ni fomentan la disciplina y el sacrificio que son necesarios para tener una vida religiosa, es decir, que reconecte con una fuente trascendente o infinita. Quizá esto explica por qué aunque hemos logrado satisfacer como nunca antes necesidades materiales, existe actualmente un incremento de las enfermedades mentales. En sus últimos años y en su Libro rojo, Jung pronosticó que era necesaria una crisis profunda para que pudiera resurgir de nuevo el auténtico espíritu religioso, e incluso lo que llamó "la encarnación continua" del Sí mismo, de la divinidad que, según él, habita en nosotros y quiere hacerse consciente, iluminar las tinieblas. Pues, fundamentalmente, el hombre moderno está desconectado de su alma.

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El principio esencial de la enseñanza budista es la renuncia al mundo convencional

Siddharta Gautama era el príncipe del clan de los Sakhya, una casta guerrera de lo que hoy es Nepal. Su infancia y juventud transcurrieron en un palacio de placer en el que no faltaba nada, gozando de una excelente salud y de todos los deleites imaginables. Según cuenta la historia tradicional, el padre de Gautama sabía que su hijo era muy especial, pero prefería que fuera el monarca del mundo, el conquistador, y no un santo o renunciante; por ello lo mantuvo resguardado, en un estado completamente positivo, impidiendo que presenciara el infortunio de la realidad. Pero era inevitable que Gautama saliera de ese palacio de placer, de esa hermosa burbuja en la que vivía, y en tres ocasiones logró salir del territorio que su padre minuciosamente protegía. Al pasear por el bosque con su auriga se encontró con un hombre enfermo, con un muerto y con un viejo. Esto le reveló que a fin de cuentas todo el placer del cual gozaba era ilusorio, pues era impermanente. entonces resolvió renunciar a su reino, a su familia, a todos los lujos y a toda la supuesta seguridad que esto le brinda a los seres humanos.

El hombre que sería el Buda, "el que ha despertado", viajaría por la India durante varios años aprendiendo todas las técnicas de ascetismo y meditación que ya se habían desarrollado en un rico entorno en el que coexistían la sabiduría de las Upanishads, el jainismo y otras escuelas contemplativas que aún hoy son la base de la espiritualidad india. Después de someterse a un extremo ascetismo y aprender el más profundo samadhi, el Buda decidió un camino medio y, según cuenta la leyenda, decidió sentarse bajo el árbol bodhi en lo que hoy es Bodhgaya y no levantarse hasta conocer una verdad imperecedera. 

Ahora bien, lo esencial del camino del Buda, como lo es también del camino de Jesús y de los santos hindúes, es que es necesario renunciar. Esta es la esencia de la genuina tradición espiritual. Filósofos occidentales como Hegel o Nietzsche criticaron la espiritualidad oriental creyendo que se trataba de un quietismo y de un acosmismo que negaba la vida. Pero esta lectura es imprecisa -aunque quizá excusable, en tanto que el material con el que contaban sobre las religiones orientales era incompleto-. Lo que la espiritualidad india niega es una forma de existir apegada a lo impermanente, renuncia al reino de un mundo que considera ilusorio y carente de una auténtica plenitud; renuncia a lo transitorio para afirmar lo eterno. Esta renuncia, sin embargo, no necesariamente implica una negación del mundo inmanente para orientarse hacia un más allá o una trascendencia incorpórea; implica una purificación de la conciencia, a través de la percepción y la acción correcta, la cual permite experimentar el mundo tal como es, la realidad en toda su luminosidad. Pero para experimentar la realidad en toda su sagrada profusión es necesario renunciar al mundo que comúnmente experimentamos, el llamado samsara. 

El  filósofo y erudito S. Radhakrishnan enfatiza la renuncia del Buda:

No había nada de lo cual careciera el Buda, el gran príncipe de la India: un reino, una casa que incluía toda felicidad concebible. Pero tuvo que negarse todas estas, rechazarlas, no por la dureza de su corazón, sino por amor a la verdad. Sólo así podía conquistar su propia naturaleza impulsiva, y hacerse a sí mismo un espejo del universo.

Y en otra parte de su libro East and West in Religion, Radakrishnan, quien también fuera presidente de la India, escribe.

El misterio de la vida es el sacrificio creativo. Es la idea central de la Cruz, que le pareció tan escandalosa a los judíos y a los griegos, que aquel que realmente nos ama debe sufrir por nosotros, incluso hasta el punto de la muerte. Es esta la idea central de todas las religiones vivientes. La conquista del mal a través del sufrimiento y la muerte, la tenemos no sólo en el jardín de Getsemaní, en el palacio del Buda, en la celda en la que Sócrates bebió la cicuta, sino en muchos otros lugares desconocidos. Sólo aquello que sufre es realmente amoroso, realmente divino. 

Luminosas palabras que nos recuerdan la primera noble verdad en la que el Buda establece que "la vida es sufrimiento", esta es la realidad del samsara. No hay otro camino hacia la verdadera felicidad e incluso hacia la eternidad que pasar por el sufrimiento, que ser capaz de renunciar a la autogratificación y a los placeres mundanos. Incluso es posible que uno pueda disfrutar de placeres inconcebibles en este mismo mundo, aunque transfigurado, como enseña el tantra, pero no hay manera de hacerlo sin renunciar antes al modo del egoísmo y la satisfacción personal. Es por eso que en todos casos la vida requiere de la muerte, de alguna forma de negación que lleva a lo que un maestro contemporáneo ha descrito como el canto posapofático.