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Kierkegaard sobre cómo compararte evita que seas espontáneo y te hace miserable

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/15/2019

El filósofo danés explica lo que pasa cuándo te comparas con otros

El ser humano tiende a compararse y actualmente esto es cada vez más pronunciado con las redes sociales, que son una especie de aparadores donde las personas exponen una versión editada de sus vidas y donde cada persona, cada imagen y cada frase están siendo medidas. Y hay pocas cosas que hagan tan amarga la vida y contraigan tanto el espíritu como compararse y sentir envidia o automenosprecio.

Los vanos tormentos de la comparación han sido notados por numerosos pensadores. Recientemente, el monje budista Matthieu Ricard notó que "la comparación es la asesina la felicidad" y consideró que mucho de nuestro sufrimiento cotidiano puede adjudicarse al hábito de compararse continuamente. Esta actitud comparativa es además absurda pues, al menos desde la perspectiva del budismo, estamos comparando una entidad que no existe -el yo sólido, separado e independiente- con entidades que son solamente espectros en nuestra mente, o en otras palabras, nos comparamos y nos medimos con ideas y elucubraciones de lo que son los demás y no con realidades objetivas. Así, seguramente nos condenamos a una agónica fantasía.

Quizá lo más lúcido que se ha escrito sobre la tendencia a estarse comparando fue escrito por Soren Kierkegaard:

La preocupación mundana siempre busca llevar al ser humano hacia la intranquilidad mezquina de las comparaciones, alejándolo de la calma altiva de los pensamientos simples. Estar vestido, entonces, significa ser un ser humano y por ello estar bien vestido. La preocupación mundana se inquieta por la ropa y la diferencia de ropa. Deberíamos aceptar la invitación de aprender de los lirios... Esos grandes, inspiradores y simples pensamientos, los primeros que vienen a la mente, pero que son olvidados, incluso totalmente olvidados en el trajín cotidiano de las comparaciones. Un ser humano se compara a sí mismo con otros, la otra generación se compara con la otra, y así se va apilando el fardo de comparaciones y abruma a la persona. Mientras tanto se incrementa la ingenuidad y el ajetreo, y en cada generación hay más personas que trabajan como esclavos toda su vida en la zona subterránea de las comparaciones. Así como los mineros nunca ven la luz del día, estas personas nunca nunca ven la luz: esos primeros pensamientos, sencillos y alegres sobre cuán glorioso es ser un ser humano. Y en las altas regiones de la comparación, la vanidad sonriente juega su juego falso y engaña a los felices de tal forma que no reciben ninguna impresión de esos primeros pensamiento altivos, simples.

(Upbuilding Discourses in Various Spirits

Cientos de generaciones de personas que dedican su vida a satisfacer lo que su noción de los otros les dicta que deben hacer, para al final salir bien librados de la comparación. La más absurda de las existencias. Kierkegaard sugiere que estar comparándonos es una forma de preocupación, es decir, que nos impide existir en el presente y ser espontáneos, ser quienes realmente somos, con toda frescura y naturalidad. El monje estadounidense Thomas Merton coincide:

La humildad es la más grande libertad. Mientras tengas que defender un yo imaginario que crees que es importante, pierdes la paz de tu corazón. Mientras comparas esa sombra con las sombras de otras personas, pierdes toda alegría, porque has empezado a traficar irrealidades, y no hay alegría en cosas que no existen.

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¿Presenciamos la muerte lenta de las humanidades y, con ella, la del espíritu?

Desde hace algunos años, académicos, artistas, filósofos y demás han notado que existe un importante declive en el interés que generan y en el apoyo que reciben las carreras denominadas como "humanidades": filosofía, letras, historia, entre otras. Esto parece ser parte del zeitgeist (o, quizá sería mejor decir, de una falta de "espíritu en los tiempos"), en el cual predomina el pensamiento científico-técnico, orientado hacia la utilidad económica. 

Estadísticas recientes corroboran que esto no es una mera "percepción". En Estados Unidos hay cada vez menos graduados de filosofía (si bien en el último año se detuvo la tendencia):

2013: 9,439 (0.53% de todos los graduados)
2014: 8,837 (0.47%)
2015: 8,198 (0.43%)
2016: 7,507 (0.39%)
2017: 7,579 (0.39%)

En Letras:

2013: 56,021 (3.0%)
2014: 54,222 (2.8%)
2015: 49,540 (2.5%)
2016: 46,259 (2.3%)
2017: 44,686 (2.2%)

En Historia:

2013: 37,583 (2.0% de todos los graduados)
2014: 34,193 (1.8%)
2015: 31,048 (1.6%)
2016: 28,229 (1.4%)
2017: 26,724 (1.3%)

La tendencia es casi la misma, pero llama la atención que es más pronunciada en historia, quizá porque lo que caracteriza a nuestra época es la fascinación con lo nuevo y el olvido de todo lo que no es "moderno". Como nota el profesor de literatura Charles Simic (buen amigo del poeta Octavio Paz), cada año los alumnos llegan a sus clases sabiendo menos de historia, menos de su propia lengua y sus tradiciones:  

Enseñar literatura inglesa, como yo he hecho, se ha vuelto más difícil cada año, ya que los estudiantes leen menos literatura antes de entrar a la universidad y carecen de la más básica información histórica del período en el que una novela o un poema fue escrito, incluyendo las ideas y los asuntos que ocupaban a las personas de ese momento.

Simic llama a esto "la era de la ignorancia". Viene a la mente la famosa frase de que quien no conoce el pasado está condenado a repetirlo. Aunque estas estadísticas reflejan la realidad únicamente de Estados Unidos, existen indicios que sugieren que la tendencia es global. Por ejemplo, hasta hace unos meses, en España se había dejado de enseñar obligatoriamente ética y otras ramas de la filosofía en el bachillerato, algo que sería inconcebible en otra era, pues la filosofía siempre fue considerada la madre de todas las ciencias o saberes y la raíz de la cual se derivan todas las demás (hay que mencionar que, por lo menos, esta medida acaba de ser revertida).

En Gran Bretaña indudablemente existe una tendencia similar, como ha notado el exprofesor de Oxford, Terry Eagleton, quien hace un par de años denunció lo que consideraba era un modelo capitalista que había poseído a las grandes universidades, las cuales habían dejado de apostar a las humanidades porque éstas no representaban fuentes de ingreso comparables con las de las carreras científico-técnicas, que se dirigen al desarrollo de tecnología, medicamentos, innovación y demás. El arte (al menos en este sentido) es inútil, como dijera Oscar Wilde. Eagleton, consciente de que la universidad es inconcebible sin las humanidades, considera que, por ello, estamos presenciando "la muerte lenta de las universidades". Stephen Hawking hace unos años sentenció que "la filosofía está muerta", es simplemente irrelevante en relación a la ciencia. Notablemente, le dijo esto a Google.

¿Cuáles son las implicaciones de que desaparezcan (o pierdan toda relevancia) la filosofía, la literatura, la historia, la teología de la vida intelectual del mundo? ¿Y a alguien le importa? ¿Para qué las necesitamos, si tenemos una computadora superinteligente que nos puede decir qué hacer? Empiezan a venir imágenes a la mente de Alphaville, la película distópica y quizás profética de Godard, donde se han prohibido toda las humanidades y todos sus conceptos "espirituales" y mágico-antitécnicos, como el amor. Sin el lenguaje de estas disciplinas humanistas en su memoria y en su vida cotidiana, las personas se convierten en autómatas. ¿Se puede amar plenamente sin filosofía, sin poesía, sin "humanismo", sin una disposición al espíritu? ¿Existe tal cosa como un amor transhumanista?

Theodore Roszak, en su seminal libro de 1986, The Cult of Information, entendió que la computación y, sobre todo, el modelo de educación y conocimiento basado en la idea de que la mente es como una computadora o un conjunto de algoritmos, presenta un importante peligro para la auténtica inteligencia creativa del ser humano. Roszak considera que ciertas "ideas maestras", que son fundamentales en la educación de una persona, vienen de la memoria cultural de la civilización, de la literatura y la filosofía, y aunque el cine y la TV las recogen, suelen ser estos medios pobres sucedáneos para transmitirlas. Por ejemplo, Star Wars es una fuente de "épica" y de arquetipos en nuestra sociedad, pero éstos son rebajados a un "nivel estético e intelectual mediocre". Mediocre ciertamente en comparación con La Ilíada o el Mahabharata. Estas ideas maestras son las que comunican cosas tan esenciales como la verdad, el bien o la belleza, las cuales sirven para "iluminar el camino", pero que en nuestra sociedad se han completamente relativizado. De nuevo, surge la pregunta sobre si realmente podemos vivir sin una base paradigmática de lo que es lo bueno, lo verdadero y lo bello. "La educación empieza dándole imágenes a la mente -no puntos de data o máquinas- con las cuales pensar", dice Roszak. Esto por supuesto no viene más que de estar expuestos a la historia, la literatura, la filosofía y la religión. Evidentemente seguimos expuestos a estas disciplinas, pero nuestra exposición es generalmente en versiones rebajadas, predigeridas, mal traducidas, popularizadas, descafeinadas... Sólo interactuamos, en la gran mayoría de los casos, con fuentes secundarias o terciarias, hasta el punto de que el original es irreconocible y suele haber sido cooptado y rehecho para avanzar un cierto proyecto que encaja con los ideales de la modernidad tecnócrata -o como un telenovela o una película de Marvel-.

¿Por qué es importante esto? Como mencioné antes, el no tener un conocimiento del pasado hace que sea fácil repetir sus errores, además de que simplemente empobrece la existencia intelectual de la vida cotidiana.

Los griegos, quienes educaron a sus niños con una dieta de temas homéricos, también produjeron a Sócrates, el tábano filosófico cuya misión era contagiar a su ciudad de una vida reflexiva. 'Conócete a ti mismo', insistía Sócrates a sus alumnos. ¿Pero en qué otro sitio puede empezar el autoconocimiento más que en el cuestionamiento de valores ancestrales e ideas prescritas?

Para poder cuestionar estas ideas y valores, por supuesto, hay que conocerlas. Asumir que la humanidad moderna simplemente ha superado la cultura clásica o que Occidente con su ciencia objetiva es superior a Oriente con su contemplación subjetiva, simplemente porque es el entendido generalizado, el prejuicio que opera por default en la sociedad secular, es justamente un acto de superficialidad anticrítica y pasividad autómata. 

Incluso si fuéramos a decidir que la visión exclusivamente científico-técnica de la realidad y el conocimiento es la que merece perseguirse, sería antes importante conocer a fondo qué es aquello que rechazamos o consideramos fútil con respecto al gran proyecto de progreso "racional". Es paradójico que la ciencia, por ejemplo, haya sido en gran medida fundada por personas que tenían visiones religiosas y místicas de la realidad. Hasta el punto de que se pueda decir, con cierta licencia especulativa, que la ciencia moderna, el método científico, el proyecto mecanicista racional del la modernidad fue fundado en buena medida por un ángel o un genio, "el espíritu de la verdad" que visitó a Descartes en una serie de sueños que él mismo atribuyó a una fuente supernatural. El gran proyecto de la razón -en una contradicción interna difícil de resolver- tiene raíces supernaturales e irracionales, como ha demostrado también Dodds en su clásico Los griegos y lo irracional. Y recordar que el mismo Sócrates, el gran emblema y bastión de la "razón", la duda y el cuestionamiento del cual se precian la filosofía y la ciencia modernas, era guiado por un daemon, una inteligencia divina que le decía lo que no debía hacer. ¿Cómo estar tan seguros, ya que hemos construido el edificio de la modernidad con estas bases tan racionalmente pantanosas, de que nuestra sociedad actual se ha librado de todo vestigio de pensamiento irracional, mágico y metafísico? ¿No es el materialismo, como señala David Bentley Hart, "una metafísica del rechazo de toda metafísica, una certidumbre trascendental de la imposibilidad de la verdad trascendental"?

En un sentido más pragmático sería necesario analizar, por lo menos, la manera en que el medio -la máquina- imprime en nuestro aparato cognitivo ciertas características, ciertos filtros con los que vemos el mundo, "la forma en la que la computadora trae consigo un currículum oculto" que influye en "los ideales que serían enseñados", dice Roszak. Es un tanto repetitivo siempre regresar a McLuhan, pero no parece haber sido superada su idea de que el nuevo medio, a la vez que extiende ciertas capacidades, amputa otras y en ocasiones lo que amputa puede ser más valioso que lo que amplifica, sólo que ya amputada esa facultad -por ejemplo, el pensamiento crítico o la imaginación-, puede resultar casi imposible hacer una valoración de los pros y los contras. Asimismo, el medio es inseparable del mensaje, y como decía Roszak preclaramente en 1986, "cuando le damos el poder a alguien de enseñarnos cómo pensar, le podemos estar dando también la oportunidad de decirnos qué pensar". Esto nunca ha sido más evidente que con los algoritmos de las redes sociales y con los motores de búsqueda. Estas plataformas son el cómo pensamos -haciendo una pregunta a Google, depositando nuestra memoria en línea, siendo informados por el newsfeed de Facebook, con la atención dividida por constantes interrupciones de servicios de mensajería- pero también son el qué pensamos cada vez más, ya que los supuestos "algoritmos inteligentes", aunque diseñados para satisfacer nuestros propios intereses, requieren cada vez menos de una intencionalidad de nuestra parte; empiezan a ser capaces de llenar todos los huecos para presentarnos una versión de la realidad que consumimos pasivamente. Algoritmos que parecen ser capaces de influir en nuestra conducta y persuadir nuestras preferencias. Si bien es cierto que se alimentan de nuestra información, al final nosotros podríamos ser, más que los productores, el producto. Roberto Calasso en su más reciente libro, La actualidad innombrable, señala que la característica que define a  la sociedad secular moderna es el haber reemplazado el ritual y el sacrificio por el procedimiento y el algoritmoAl concebir la conciencia misma como mera información, como una serie de procedimientos que pueden ser emulados por una máquina, nos preparamos para nosotros también ser sustituidos por una máquina o al menos por una conciencia de máquina. "Los procedimientos apuntan, en cambio, hacia el completo automatismo. Cuanto más se multiplican los procedimientos, tanto más se expande el reino de los autómatas".

 

Twitter del autor: @alepholo