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Observan masivo agujero negro que gira tan rápido que podría hacer rotar al mismo espacio-tiempo

Ciencia

Por: pijamasurf - 11/12/2018

Masivo agujero negro girando casi a la velocidad de la luz podría estar deformando el espacio-tiempo que lo rodea

Descubrir un agujero negro no es una novedad (aunque estos objetos o antiobjetos siguen siendo misteriosos para la ciencia); de hecho, existe uno supermasivo en el centro de nuestra galaxia, que está siendo estudiado extensamente por los astrónomos. 

Lo que sorprende es descubrir uno que gira casi a la velocidad de la luz y por lo tanto, afecta al espacio-tiempo circundante. El observatorio indio Astrosat ha identificado la existencia de un agujero negro en el sistema binario 4U 1630-47, 10 veces más masivo que el Sol y que está emitiendo rayos X que parecen inusuales. Hace poco se determinó que esos rayos X eran causados por el polvo siendo engullido por el agujero, que está girando a una velocidad enorme.

De hecho, se cree que se acerca al límite de la velocidad de la luz propuesto por Einstein en su teoría de la relatividad. Una de las mediciones que se usan para medir los agujeros es el "spin rate", con un máximo de 1, y en este caso el agujero alcanza 0.9. Lo interesante de esto es que, según la teoría de Einstein, un agujero negro que gira a esta velocidad debe de estar modificando el espacio mismo que lo rodea. A veces se habla de estos efectos como "time warps", especies de curvaturas o deformaciones del espacio-tiempo. Algunos físicos consideran que pueden existir incluso agujeros de gusano, pero esto es altamente especulativo por el momento.

Los científicos creen que un ritmo de giro muy alto junto con elementos gaseosos entrando al agujero negro a altas temperaturas podría ser la materia misma y el evento formativo de las galaxias. Ese rápido girar de un agujero negro, de estrellas colapsadas, podría ser el dar a luz de una nueva galaxia.

 

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¿Las mujeres no tienen creatividad científica? El ‘efecto Matilda’ lo explica

Ciencia

Por: pijamasurf - 11/12/2018

Cuando se revisa la historia del desarrollo de la ciencia pareciera que sólo los hombres han participado en ella, ¿pero en verdad es así?

Más allá de las posiciones enconadas en las que actualmente viven ciertas personas al enfrentar a mujeres contra hombres, con cierta serenidad y aun objetividad es posible advertir el lugar secundario que las mujeres suelen tener en diversos ámbitos del desarrollo cultural humano. 

Una revisión (así sea superficial) de la historia del arte, de la ciencia, de la política y de casi cualquier otro campo nos arrojará un desequilibrio evidente entre el número de hombres y el de mujeres que figuran en esas páginas. Parafraseando cierto poema célebre de Bertolt Brecht podríamos preguntarnos: ¿dónde están las mujeres compositoras e inventoras?, ¿dónde las mujeres filósofas? ¿las líderes sociales? ¿Por qué parece que, durante tantos siglos, únicamente los hombres se encargaron de poner en marcha la rueda de la historia? 

Al menos en el caso de la ciencia, es posible encontrar respuestas concretas, particularmente las que con un sólido trabajo de investigación ha ofrecido Margaret Rossiter, profesora en la Universidad Cornell que en la década de 1990 acuñó el término “efecto Matilda” para señalar la ausencia deliberada de reconocimiento hacia las mujeres en los descubrimientos e invenciones científicas.

Rossiter dio ese nombre al concepto a raíz de “La mujer como inventora”, un ensayo de Matilda Joslyn Gage publicado en 1893 en el que su autora, una conocida feminista y luchadora por el derecho de las mujeres a votar, intentó refutar el prejuicio largamente sostenido de que las mujeres no poseían ningún tipo de inventiva o genio mecánico, lo cual explicaba que no destacaran en las disciplinas científicas y tecnológicas. Ya en aquella época Gage señaló que, más bien, la educación que solían recibir las mujeres hasta entonces descuidaba o ignoraba todo tipo de materias relacionadas con la ciencia. “Y aun así”, escribo Gage, “algunas de las invenciones más importantes del mundo se deben a una mujer”.

Siguiendo esa perspectiva, Rossiter se dedicó a rastrear los casos en Estados Unidos en los que una invención o un descubrimiento científico habían sido fruto del trabajo parcial o total de una mujer y no sólo no se le había otorgado el reconocimiento correspondiente sino que, lo que a veces resultaba todavía más inexplicable, dicho reconocimiento había recaído en la figura de un hombre.

Por ejemplo, el caso de Alice Augusta Ball, química originaria de Seattle, Washington, que a inicios del siglo XX dedicó sus esfuerzos a encontrar una cura para la lepra, trabajo que lamentablemente se vio interrumpido a causa de su muerte abrupta en un accidente automovilístico. Arthur Dean, un colega suyo, retomó los avances hechos por Ball y todos los trabajos los firmó con su nombre, sin otorgarle nunca ningún tipo de crédito a Ball. A la postre, la cura contra dicha enfermedad sería conocida como el “método Dean” contra la lepra.

Otro ejemplo significativo es el de Lise Meitner, doctora en física de origen austríaco que participó junto con otros en los primeros experimentos en materia nuclear y, también como otros científicos, fue perseguida por el régimen nazi, a causa de su origen judío. El logro más destacado de Meitner fue haber dirigido al equipo que descubrió la fisión nuclear, con la cual hoy en día se produce cerca del 20% de la energía eléctrica que se consume mundialmente (entre otros usos). Curiosamente, quien recibió el Premio Nobel de Química por dicho descubrimiento fue su sobrino, Otto Frisch.

Otros ejemplos del “efecto Matilda” han sido compilados recientemente por Timeline, un proyecto editorial en línea que busca recuperar esos momentos en que la historia ha parecido quebrarse para empezar algo nuevo y desconocido. Por ejemplo, la posibilidad para las mujeres de ser reconocidas por su trabajo intelectual.

 

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Imagen de portada: Lise Meitner y Otto Hahn en su laboratorio, en 1913