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La famosa comparación de Lacan entre el inconsciente y el lenguaje puede explicarse sencillamente

Quienes estén familiarizados con el psicoanálisis o, en particular, con la obra de Jacques Lacan, sabrán que una de sus afirmaciones más conocidas y comentadas fue aquella que sostuvo en su seminario de 1964, dedicado a “los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, nada más y nada menos. En la clase del 22 de enero de aquel año, Lacan dijo, famosamente: “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”.

Entre otras razones, esta aseveración tuvo importancia tanto en la obra de Lacan como para el psicoanálisis en general porque significó un avance significativo con respecto al terreno preparado por Sigmund Freud. Como sabemos, Freud emprendió la tarea titánica de fundar una nueva disciplina con poco más que observación, estudio y cierto grado notable de intuición. Con sus casos, sus investigaciones médicas, su nutrida cultura y algunos otros elementos, Freud develó la existencia innegable del inconsciente en el ser humano, encontrándolo sobre todo en aquello que solemos desdeñar o ignorar: los sueños, los equívocos, los actos de autosabotaje, el malestar. Freud demostró el lugar fundamental del inconsciente tanto en la condición humana como en la constitución subjetiva, además de sus efectos (comúnmente inadvertidos) en la vida cotidiana.

Pero con todo lo admirable que puede resultar el trabajo del médico vienés, aun la vida humana mejor aprovechada es finita, tanto en tiempo como en recursos, y del psicoanálisis sentó las bases y los cimientos, probablemente ciertas rutas para continuar, pero ciertamente no dejó la obra concluida. Por lo demás, ¿qué disciplina que tenga al ser humano como objeto de estudio puede considerarse formada de una vez y para siempre, cuando el ser humano mismo está en cambio constante?

En ese sentido, cuando Lacan comenzó a leer detenidamente la obra de Freud en sus seminarios (como antes había hecho Alexandre Kojève con la obra de Hegel), uno de sus propósitos fue conseguir añadir algo ya no al trabajo del hombre, sino al desarrollo de la disciplina. Lacan quiso entonces sacar al psicoanálisis de la repetición freudiana en la que estaba ensimismado desde la muerte del maestro para permitir a la disciplina en sí “pasar a otra cosa”.

Quizá por eso, de entre todos los discípulos, seguidores o émulos de Freud, uno de los pocos a quienes verdaderamente se les reconoce haber hecho avanzar al psicoanálisis es Jacques Lacan, algunas de cuyas ideas se volvieron fundamentales tanto en la teoría como en la práctica psicoanalíticas.

La afirmación de que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje” puede entenderse en dicho marco: como uno de los avances que Lacan introdujo al desarrollo del psicoanálisis. Freud tuvo el acierto de llevar la palabra del sujeto al centro de la teoría y la práctica psicoanalíticas, no sin antes haber pasado por el desengaño de la hipnosis y algunos otros descalabros. Sin embargo, fue Lacan quien vio que además de que la palabra es el medio por excelencia para conocer el inconsciente, éste, a priori, está asentado sobre la estructura que en el ser humano hace posible el lenguaje, una estructura que existe antes incluso que las palabras y que, si nos permite adquirir éstas, es porque cuando el lenguaje arriba, encuentra ya el terreno preparado para echar raíces y comenzar a florecer.

En aquella clase de 1964, inmediatamente después de decir que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, Lacan añadió:

Antes de toda experiencia, antes de toda deducción individual, incluso antes de que se inscriban en él las experiencias colectivas que sean, pueden referirse a las necesidades sociales, algo organiza ese campo o inscribe en él las líneas de fuerza iniciales. 

Ese “algo” al que alude Lacan es la estructura sobre la que se asienta todo aquello que llamamos subjetividad: tanto los significantes anteriores al lenguaje que se adquieren inconscientemente como, después, aquello que gracias al lenguaje aprendido elaboramos como experiencias conscientes (en mayor o menor grado). En otras palabras: tanto aquellas experiencias que vivimos ya desde el nacimiento y entendemos según los recursos que poseemos en ese momento de nuestra vida, como aquellas que tenemos cuando nuestras capacidades de entendimiento se han desarrollado.

Desde el punto de vista teórico, esa es una de las implicaciones para la comprensión del inconsciente que trajo al psicoanálisis el entusiasmo de Lacan por los estudios lingüísticos de Ferdinand de Saussure y, en general, por el enfoque estructural (el cual, por cierto, compartió con otros miembros de su generación: Claude Lévi-Strauss, Mircea Eliade, Roland Barthes, etc.). En cierto modo, considerar al inconsciente asentado sobre una estructura lingüística le dio a éste la categoría de “objeto cognoscible”, y ya no sólo la apariencia de una invención fantasiosa o fantasmal, como a algunos les pareció por la forma en que Freud obtuvo los primeros indicios de su existencia.

En la práctica, por otro lado, es posible notar al menos un efecto notable, lo cual consolida la importancia de esta perspectiva lacaniana del inconsciente como un lenguaje como un aporte significativo para el análisis.

Quienes han glosado la afirmación citada de Lacan suelen poner el énfasis en el “como” de la frase; esto es, cuando se intenta explicar ésta, se hace notar que Lacan no dijo que el inconsciente es un lenguaje, sino que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Si la diferencia es o no real, o si se trata sólo de esos tiquismiquis a los que a veces se sienten inclinados los comentadores de Lacan, quizá no sea tan relevante como el hecho que señaló el psicoanalista francés: la proximidad entre el inconsciente y la estructura de un lenguaje. Quizá el inconsciente parezca de inicio caótico, sombrío, ajeno incluso a las leyes físicas del tiempo y el espacio, pero, después de todo, está estructurado como un lenguaje.

¿Y qué hacemos cuando queremos conocer un lenguaje? Quienes hayan emprendido el estudio de un idioma diferente al natal saben la respuesta: estudian ese idioma, asisten a clases, compran libros para leerlo, ven películas o escuchan música del país donde éste se habla, lo practican tanto como pueden y, en el mejor de los casos, buscan relacionarse con personas nativas en el idioma en cuestión para conocer además sus expresiones cotidianas, los acentos locales, los proverbios, las “malas palabras”, el argot, etc. En breve: entran en contacto con el idioma para conocerlo mejor.

¿Qué es el psicoanálisis, en tanto terapia o tratamiento? Una respuesta a esta pregunta sería que el psicoanálisis es el método que permite al sujeto entender el lenguaje de su propio inconsciente. Sólo que, a diferencia de los lenguajes que conocemos, los significantes y significados del inconsciente son de orden muy distinto: son actos, omisiones, fantasías, lapsus, sentimientos de ansiedad o de frustración, la dificultad para hacer algo que sin embargo se desea mucho, las ideas que cada persona posee sobre el sexo o sobre el amor, los recuerdos, la elección de objeto de amor, la capacidad de amar y varios otros, todo lo cual se combina y opera bajo su propia sintaxis, su propia gramática, para resultar en los hechos que conforman la subjetividad. 

Como puede verse, no se trata de un lenguaje ordinario. Sin embargo, como otros, sí se trata de uno que es posible aprender y manejar, incluso hasta sentirse fluido en él, como se dice de los idiomas extranjeros. ¿Con qué propósito? Justamente, ya que esta palabra salió a la luz, con el propósito de que el sujeto no sea un extranjero de sí mismo, un extranjero en su propia conciencia y menos aún un extranjero en su propia vida, sino más bien lo contrario: para que el sujeto adquiera por fin fluidez en el lenguaje de la existencia.

 

También en Pijama Surf: Cuando no entiendas, entenderás: Lacan y el deseo (del otro)

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Aprender a amar la vida es mejor que amarse a uno mismo (y más importante)

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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Stephen Hawking se preguntó: "¿Qué es lo que enciende el fuego de las ecuaciones y hace un universo para que sea descrito por éstas?"

Laplace famosamente le dijo a Napoleón que "Dios era una hipótesis innecesaria": si conociéramos en un momento dado del tiempo las posiciones y velocidades de todas las partículas del universo, podríamos calcular su comportamiento en cualquier otro momento del tiempo. Aunque Laplace y la gran mayoría de los científicos de su época no consideraban que era necesario incluir a Dios en sus modelos pues podían hacer ciencia perfectamente bien sin invocarlo, aún así creían que Dios era necesario como el origen de las leyes del universo que, a la postre, permitían justamente la observación racional científica del universo. Después de fijar las leyes, Dios podía hacerse un lado -tal vez quedarse limando las uñas por la eternidad, como escribió James Joyce-. Esta es básicamente la postura del deísmo, la noción de que Dios no interviene en el universo, es solamente un arcano diseñador, misma que fue cobrando fuerza y popularizándose entre científicos hasta evolucionar y dar lugar al ateísmo moderno que domina la ciencia. El método científico no requería de la divinidad, se podía calcular, crear tecnología y describir la realidad sin la intervención de ningún dios. Y poco a poco el método -que era una mera epistemología- fue convirtiéndose en una ontología y una metafísica. La visión del universo cobró la forma del método, el mundo se empezó a concebir como el gran reloj de la física newtoniana y luego como la máquina o computadora de la física moderna (y nosotros mismos como máquinas y lo que era llamado "espíritu" fue convertido en "información"). Esta, sin embargo, no es la visión de la física cuántica, pues paradójicamente la "mecánica cuántica" muestra un universo que no se comporta mecánicamente, al menos no a nivel cuántico. Sin embargo, vivimos en un paradigma anacrónico, como mirando la realidad desde el retrovisor: las profundas implicaciones de la física cuántica, acaso porque ponen en duda el paradigma mecanicista de la ciencia, no han sido asimiladas a la cultura actual.

Esta formulación mecanicista de la realidad que hacen los científicos -en su proyección absolutista: el mundo es meramente materia que se comporta mecánicamente y nada más- no es más que otra metafísica, algo que no les gusta para nada aceptar. Una metafísica de la no-metafísica, el dogma de que nada que no pueda medirse puede existir. Es una metafísica pues asegura que la materia es lo único que existe -lo cual es una teoría formulada en la conciencia subjetiva del científico- pero no logra responder a la existencia del mundo, es decir, al hecho evidente de que el mundo es -y menos aún al hecho de que somos conscientes de que existe-. 

Esta es la pregunta básica de la metafísica que según Heidegger ha quedado rezagada: "¿Por qué hay ser y no nada?" Es cierto que esta es una pregunta propia de la metafísica, pero si la ciencia pretende dar una visión materialista completa de la realidad debería de poder responderla y es evidente que no puede hacerlo. En realidad ni siquiera se lo pregunta -y no debería hacerlo ya que estrictamente no le concierne-, pero al crear un modelo de la realidad que de alguna manera reemplaza o hace aparentemente prescindible a la filosofía, pasamos de lo ontológico a lo óntico (siguiendo con Heidegger), del Ser a los entes, de una filosofía de la causa primera a una ciencia de los accidentes. Y por lo tanto nuestro saber queda incompleto, quedamos en el vacío ontológico que caracteriza nuestra era.   

A diferencia de Laplace, los científicos modernos incluso han olvidado que las leyes del universo requieren y remiten necesariamente a un plano trascendente o ideal, el cual difícilmente logra no asociarse con algún tipo de principio divino o inteligencia (es por ello que muchos científicos, al defender la realidad de las matemáticas, son platónicos de clóset). Si bien se puede pensar en las leyes del universo como una causa formal del universo físico, es necesaria -al menos si se quiere mantener la visión materialista- una causa eficiente para la existencia misma del universo y/o para las mismas leyes. Stephen Hawking hace la pregunta correcto en su libro Una Breve Historia del Tiempo:

Incluso si sólo existe una sola teoría unificada posible, debe de ser una serie de reglas y ecuaciones. ¿Qué es lo que enciende el fuego de las ecuaciones y hace un universo para que sea descrito por éstas? El acercamiento común de la ciencia de construir un modelo matemático no puede responder a la cuestión de por qué hay un universo para describirse.

La respuesta, si se quiere mantener la visión mecanicista y naturalista de la realidad, suele ser simplemente que el universo existe por generación espontánea, sin ninguna razón. Esto atenta contra las mismas leyes cósmicas que son tan preciosas para los científicos, las cuales, a todas luces, son "racionales". Pero incluso si se pudiera sostener esta incongruencia -o considerarse no fundamental- entre un universo sin razón de ser -sin causa formal y causa final- y un universo enteramente poblado por leyes racionales, de cualquier manera no se ha logrado formular una explicación -una causa primera- a la existencia misma del universo. Pues el Big Bang es una explicación secundaria, plausible solamente en tanto a que explica cómo han llegado a ser las diferentes cosas materiales que comprenden el universo actual, pero ciertamente no ofrece una explicación para la existencia del universo, para el hecho de que es algo y no nada. Pensar que el universo surgió a través de una gran explosión implica necesariamente que hubiera algo que explotara o alguien que provocara esa explosión. Se puede pensar que no fue causado por nada, que no hay una causa primera, pero entonces esto desbarata el edificio lógico de la causalidad al evocar una singularidad, un deus ex machina. Y de nuevo regresamos a la noción insostenible de algo -que es- que surge de la nada -de lo que no es-. El físico idealista Max Tegmark ofrece una alternativa al decir que nada enciende "el fuego" de las ecuaciones, pues las ecuaciones son "el fuego" y vivimos en un universo puramente matemático. Nosotros somos solamente "subestructuras matemáticas autoconscientes". Una respuesta atractiva pero que de todas maneras elude la pregunta ontológica y que, además, da al traste la concepción materialista de la realidad. Por su parte David Bentley Hart escribe en Being, Consciousness, Bliss:

Incluso si logramos trazar de regreso toda la narrativa física de la realidad a su origen "material" (usando esta palabra de la forma más amplia posible como una alternativa a todo lo "espiritual") y a una serie de leyes físicas inmutables (como la ley de gravedad), que pueden describirse matemáticamente, de todas maneras no habríamos eliminado la forma y la finalidad [las causas formales y finales]. ¿Pues, después de todo, qué son las leyes, y por qué las matemáticas pueden describirlas en primer lugar?

[...] Como un brillante amigo físico no se cansa de repetir, "el caos" no podría producir leyes si no estuviera de alguna manera ya gobernado por leyes.

Dijimos que Hawking hace la pregunta adecuada, sin embargo, hay que hacer una calificación. Pues sugiere que las leyes del universo podrían existir desde antes de que el universo se echará andar, si bien esto requiere de una fuerza, un tanto demiúrgica, que les diera inicio, algo que inicie el "fuego" del cosmos. Pero de nuevo, esto no responde a cómo llegaron a ser esas ecuaciones. David Bentley Hart comenta sobre esto:

Así que Hawking naturalmente concluye que dicho ser [Dios] sería innecesario si hubiera una serie previa de leyes -simplemente ahí, como si fuere, felizmente flotando entre las funciones de onda del vacío cuántico- que permitiría la generación espontánea de uno y de todos los universos. Nunca se le ocurre pensar que la pregunta de la creación podría involucrar la posibilidad misma de la existencia como tal, no sólo del universo sino de todas las leyes y las condiciones físicas que lo produjeron, o que el concepto de Dios podría involucrar no una realidad temporal previa a este o cualquier otro mundo, sino una lógica y necesariamente previa a todos los mundos, leyes físicas, eventos cuánticos, e incluso todas las posibilidades de leyes y eventos. 

La ciencia, si quiere mantenerse fiel a su método y su visión materialista, se topa con un impasse cuando quiere explicar naturalmente la totalidad de la existencia. Es aquí donde nos encontramos con el fundamentalismo de los llamados "nuevos ateos", personajes como Richard Dawkins que pueden ser buenos científicos (lo cual es discutible) pero que se encuentran completamente fuera de su ámbito cuando incursionan a la filosofía y a la teología, pues simplemente ignoran el lenguaje de estas disciplinas y erróneamente creen que el poder que tiene la ciencia de transformar y describir la materia anula el valor de toda la reflexión filosófica de milenios. De nuevo David Bentley Hart:

Una vieja y muy apta máxima metafísica sostiene que entre la existencia y la no-existencia hay una diferencia cualitativa infinita. Es una diferencia que ningún cálculo cuantitativo de fuerzas o leyes puede salvar. La realidad física no puede dar cuenta de su propia existencia por la simple razón de que la naturaleza -lo físico- es por definición lo que ya existe; la existencia, incluso tomada como simple hecho en bruto, sin adherirle ninguna teoría metafísica, yace lógicamente más allá del sistema de causas que la naturaleza comprende; es, de manera literal, "hiperfísica" o, en latín, super naturam.

De hecho,"nosotros ni siquiera tenemos acceso a la naturaleza como tal, sólo podemos acercarnos a la naturaleza a través del intervalo de lo supernatural", continua Hart. "Sólo a través del inmediato contacto con el ser de una cosa se nos permite nuestra experiencia completamente mediada de esa cosa como objeto natural; podemos preguntar qué es sólo al primero saber que es; y así al conocer la naturaleza ya hemos ido más allá de sus límites intrínsecos." Como ya mencionamos antes, la física no puede dar cuenta del ser como tal y por lo tanto el encuentro con el ser de una cosa es necesariamente metafísico o supernatural (lo cual sólo significa que es inmaterial o meta-material). De hecho la única postura lógica materialista llevada a su última consecuencia -el llamado eliminismo- concluye necesariamente que la conciencia no existe, y ya que sólo podemos saber que existimos a través de la conciencia, pues esto desbarata también la misma ontología y pone en duda el hecho de que existimos. Por otro lado, esto nos lleva a una posible respuesta. El biólogo Rupert Sheldrake, comentando sobre qué es es aquello que enciende el fuego de las ecuaciones al principio del universo, sugiere simplemente que debe de ser la conciencia. No ahondaremos en esto, ni tampoco necesariamente identificaremos la conciencia con Dios, lo importante aquí es mostrar que la visión materialista carece, por su propio límite epistemológico, de una explicación plausible para la existencia. Lo cual hace que nuestra excesiva dependencia en la ciencia para orientar y darle sentido a nuestra existencia sea absurda, pues, como notó Aristóteles en su Metafísica, todas las ciencias que se ocupan de los accidentes deben estar supeditas a aquella que se ocupa del ser en sí mismo.  

Me parece que la ciencia vive una infatuación del método, una miopía sintomática del poder del análisis de segmentar y separar la realidad. La confianza en el método puede entenderse sólo en tanto a que no se necesita filosofar para observar el átomo y pensar en causas finales puede ser un estorbo cuando se analizan las complejidades de una babosa. El gran problema surgió cuando los científicos empezaron a derivar conclusiones filosóficas de su análisis de la materia y las proyectaron a la realidad como conjunto -la cual es, por definición, subjetiva y por lo tanto no se adscribe a su método objetivo-. Estamos ante un caso de extralimitación de autoridad, en el que la ciencia excede el límite de su magisterio. El apologista Minucio Felix hace una especie de anticipación del principio antrópico en el siglo II de nuestra era:

¿Si entrarás a una casa y observarás que todas las cosas están bien ordenadas, limpias, y dispuestas de manera decorativa, acaso no creerías que algún amo está a cargo, y que él mismo es superior a esas cosas agradables?

Minucio Felix sugiere que ese hogar es nuestro universo y las leyes y el orden del cielo y la tierra apuntan a un creador. No quiero convertir esto en una teodicea. Pero resulta evidente, sin necesariamente invocar a Dios -ni siquiera a ese frío y distante dios spinoziano con el que simpatizaba Einstein-, que la propia naturaleza -o más bien nuestra observación ella- nos habla de algo que la trasciende. Un misterio al cual no podemos responder con los métodos de la ciencia y por lo tanto debemos mirar hacia otra parte. Seguramente no apuntando un telescopio más poderoso a las profundidades del espacio, sino dirigiendo la atención a la propia conciencia, a la luz misma que hace posible toda experiencia. 

Twitter del autor: @alepholo