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Esto es lo que escribió Anthony Bourdain sobre México, un país al que amaba profundamente

Buena Vida

Por: pijamasurf - 06/08/2018

Anthony Bourdain sobre la compleja relación de México y Estados Unidos, y la riqueza de la comida mexicana

El chef y viajero cosmopolita Anthony Bourdain ha muerto tristemente. Para recordarlo rescatamos un notable texto en el que Bourdain analiza la compleja relación de México con Estados Unidos y, particularmente, su relación de afecto por los mexicanos y su rica comida. Bourdain hace énfasis en la nobleza y color de la cultura mexicana, un país que en los últimos tiempos ha empezado a ser reconocido como uno de los más importantes en el mundo gastronómico, a lo que sin duda contribuyó el chef neoyorkino.

Bourdain describió en el texto titulado Bajo el Volcán (como antes la novela de Lowry) las complejidades y las intimidades de la relación entre México y Estados Unidos. Se mostró siempre generoso con los mexicanos y entendió que había cierta hipocresía en la forma en la que Estados Unidos ve a México:

Amamos las drogas mexicanas. Tal vez no tú personalmente, pero nosotros, como nación, consumimos cantidades monumentales de ellas –y recorremos extraordinarias distancias y gastamos grandes sumas para obtenerlas. Amamos la música mexicana, las playas mexicanas, la arquitectura mexicana, el diseño de interiores, y las películas mexicanas. Entonces, ¿porqué no amamos México?

Desestimamos lo que ocurre apenas cruzando la frontera. Quizá estamos avergonzados. Después de todo México ha estado ahí siempre para nosotros, para satisfacer nuestros más oscuros deseos y necesidades. Ya sea para vestirnos como idiotas, alcoholizarnos y broncearnos con el sol de Cancún, arrojar unos pesos a strippers en Tijuana, o pasonearnos con drogas mexicanas, estamos lejos de nuestro mejor comportamiento en México. Nos han visto a muchos de nosotros en nuestro peor faceta. Conocen nuestros deseos más oscuros. 

Bourdain escribió en este texto del 2014 que en los 30 años que pasó cocinando profesionalmente siempre fue un mexicano el que le cuidó la espalda. Y siguió a sus colaboradores en la cocina a sus pueblos en Oaxaca o Puebla, descubriendo los secretos de la cocina mexicana, pueblos gentiles dominados por mujeres. En todos sus años haciendo televisión, escribió, México era el país donde más feliz se sentía su equipo al final del día. Comiendo tacos con salsas de colores brillantes y bebiendo cervezas en calles melancólicas.

México es nuestro hermano de otra madre [brother from another mother]. Un país con el cual, nos guste o no, estamos profunda e inexorablemente involucrados, en un abrazo cercano aunque incómodo. Véanlo. Es tan hermoso. Tiene algunas de las playas más desgarradoramente bellas del mundo. Montañas, desiertos, selvas. Bella arquitectura colonial y una historia trágica, elegante, violenta, ridícula, heroica, lamentable, que rompe el corazón. La región vinícola mexicana es tan espléndida que puede competir con la Toscana. Sus sitios arqueológicos -remanentes de grandes imperios- no tienen parangón. Y, por mucho que creemos que la conocemos, apenas hemos rasgado la superficie de la comida mexicana. No es queso derretido sobre una tortilla dura. No es ni simple ni fácil. No es comida para el medio tiempo de un partido. De hecho, es vieja -más vieja que las grandes cocinas europeas y en general profundamente compleja, sutil y refinada... Podría ser, debería ser, una de las cocinas más excitantes del planeta. Si pusiéramos atención.

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Muchos de nosotros conocemos esos artículos que nos invitan a adoptar nuevos hábitos de vida y que con frecuencia cruzan por nuestra navegación cotidiana en línea.

Formas de alimentación, rutinas de ejercicio, consejos para dejar prácticas nocivas y adquirir otras más bien benéficas, e incluso otros más ambiciosos que nos presentan filosofías completas de vida adaptadas con mayor o menor gracia o precisión a los límites de un artículo en línea. 

Todo lo cual varía, a su vez, cada tanto: hoy se nos ofrece una filosofía de la antigüedad clásica con enorme valor para las preocupaciones de nuestro tiempo, ayer ese lugar lo ocupaba una doctrina oriental y mañana quizá leamos que Diógenes tenía razón y es perfectamente recomendable vivir en la calle con apenas dos o tres pertenencias.

El fenómeno no es nuevo, pero Internet lo ha vuelto más presente y también más vertiginoso (como todo lo que toca). Hasta hace unas décadas, estos contenidos circulaban más bien en forma de libros impresos y por lo mismo era un tanto más lento el cambio que ocurría entre una recomendación de vida y otra. Incluso ciertos textos como los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola o el Manual de Epícteto, por ejemplo, podrían mirarse desde esta perspectiva: aun en su propia especificidad religiosa o filosófica, parte de su intención es presentarse como una serie ordenada y coherente de recomendaciones para “cambiar” la forma de vida tal y como se lleva hasta ahora por otra que promete ser “mejor”.

Podríamos detenernos por un momento en este enfoque moral o ético y admitir que el ser humano busca, efectivamente, ser mejor o vivir mejor, y que de esa búsqueda han resultado tanto la elaboración de todos esos métodos de vida como el deseo de divulgarlos.

Sin embargo, a juzgar por el desarrollo general e histórico de nuestra especie, ese razonamiento podría ser puesto en duda, cuando no descartado. ¿El ser humano busca ser mejor? 10 mil años de historia civilizada (aproximadamente) no nos han alcanzado para lograrlo.

Parece más factible o más sencillo pensar que más que ser mejor, el ser humano simplemente necesita entender qué es la vida y por qué está vivo. En una palabra, busca significado. En la medida en que el ser humano experimenta la existencia con misterio o confusión, porque no entiende si vivir tiene un propósito más allá de la vida en sí, esas “sugerencias de vida” a las que hemos aludido, religiosas o filosóficas, esotéricas o pop, profundas o superficiales, pueden leerse como los resultados a los que algunos han llegado en su intento de responder a esa pregunta fundamental de la existencia. 

En su exploración por el sentido de la vida, el ser humano ha elaborado ciertos métodos de “vivir bien” que en algunos casos, por afortunada casualidad, pueden resultar en ser mejor.

En este sentido, un segundo motivo por el cual continúan surgiendo y consumiéndose dicho tipo de textos podría ser que en esa misma búsqueda de comprensión sobre el significado de la existencia, el ser humano opera en dos vías: quienes buscan dar la respuesta a alguien más y quienes buscan obtener la respuesta de alguien más. Se trata, en cierto modo, de dos momentos de un mismo acto y por ello puede considerarse la misma motivación. El origen de ésta, por otro lado, es atávico, pues el acto de enseñanza-aprendizaje es tan antiguo como nuestra especie y se encuentra en la base misma de nuestra evolución y nuestra supervivencia. El padre o la madre que enseña algo a su hijo no hacen nada muy distinto a aquello que otros personajes equivalentes hicieron hace cientos, miles o millones de años.

Y ahí, justamente, es donde se encuentra la respuesta a la pregunta que da título a este artículo. ¿Por qué a veces es tan difícil poner en práctica todo lo que leemos? Y si no todo, al menos sí aquello que nos convence o simpatiza. Tal o cual método para dejar de fumar, los consejos para hacer nuestra vida más simple o más ligera, las lecciones de tal gurú para sufrir menos o entendernos mejor. Lo leemos, las ideas nos cuadran, quizá durante 2 o 3 días las tenemos en mente e incluso llevamos algunas de ellas a la práctica… pero eventualmente la intención se disuelve, sin siquiera darnos cuenta.

Un día recordamos de pronto, acaso porque nos encontramos con un artículo que nos parece conocido, esa temporada en que coqueteamos con la dieta paleovegetariana o que probamos una nueva rutina de ejercicios que prometió tonificar nuestros músculos, desintoxicar nuestros sistemas, alinear nuestros chakras y renovar el brillo de nuestra aura. ¿Dónde quedó toda esa voluntad que de inicio parecía tan firme?

En parte, dicho abandono se debe a que esos métodos que adoptamos arriban a nuestra vida pero no surgen directamente de ésta. Como si se tratase de una planta, esas ideas llegan, las acogemos, las cubrimos con un poco de tierra y quizá las cuidamos un poco, pero al final se marchitan. 

Continuando con la metáfora anterior podríamos pensar algo más, un tanto más específico aún: que la planta muere sobre todo por la maleza del terreno adonde llega, en donde se afanaba por sobrevivir pero entre la cual terminó ahogada. 

La maleza está ahí, sin embargo. La maleza persiste, pero no las nuevas plantas. ¿Por qué?

En cierto sentido, porque la maleza sí nace de nuestro interior y es de nuestro interior de donde obtiene la vida. La maleza son esos hábitos que desarrollamos y adoptamos en algún momento de nuestra existencia, incluso sin darnos cuenta, los cuales seguimos preservando (a veces también sin darnos cuenta) y que en muchos casos nos impiden realizar cambios que quisiéramos para nosotros mismos, sin importar si se trata de uno modesto o sencillo u otros que podríamos considerar radicales. 

A veces estamos tan acostumbrados a ver el terreno de nuestra vida bajo cierto aspecto, que creemos que la maleza le es propia, porque siempre ha estado ahí y nos ha parecido que siempre ha formado parte del paisaje. Es más, ni siquiera ha pasado por nuestra cabeza que podría ser posible vivir sin toda esa maleza a la vista. 

Sin embargo, si queremos sembrar nuevas semillas, es necesario limpiar el terreno, remover la tierra, airearla y prepararla. Sólo entonces nuevas plantas podrán prosperar, nuevas flores alegrarán la vista del terreno y eventualmente quizá podamos incluso cosechar ahí nuevos frutos.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Una vida sin planes ni objetivos: ahí se encuentra el sentido de la existencia

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen de portada: Diógenes sentado en su tinaja, Jean-Léon Gérôme (1860)