*

X

Esta mujer predijo en 1994 el lado oscuro de las redes sociales de forma increíblemente lúcida

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/12/2017

El mensaje de Carmen Hermosillo ("humdog") es aún más relevante hoy en día, de hecho, 23 años después, es difícil encontrar algo más atinado

En 1994 el Internet estaba empezando a convertirse en un medio masivo de comunicación. La mayoría de las personas pensaban que iba a generar una nueva cultura, más libre, mejor informada y una economía y un poder más descentralizado. Esto es lo que hacen las redes, se decía, distribuyen la información, el capital y el poder. Se sentía el entusiasmo utópico en el aire, ciertamente conectado con una sensación similar en los 60, donde la contracultura se imaginaba que iba a cambiar al mundo y que se acercaba una revolución a través del individualismo y la autoexpresión. Y, de hecho, muchas de las ideas de los hippies fueron centrales para lanzar la nueva era electrónica -y algunos de sus principales actores, como Tim Leary-, defendían el Internet como la nueva gran expansión de la conciencia.

Dentro de esta burbuja de entusiasmo era muy difícil notar que, en realidad, Internet no era una utopía, sino una materialización más sutil de la distopia imaginada por Aldous Huxley, Philip K. Dick o por William Gibson (es importante notar que el ciberespacio en la obra de Gibson era una distopia, aunque luego fuera rebrandeado como una utopía). Marshall McLuhan notó que los nuevos medios son extensiones de nuestros sentidos y de nuestro sistema nervioso y que, cuando se efectúa un cambio intenso o novedoso, el ser humano y la sociedad misma generan paralelamente un proceso de anestesia o represión en el área que se ve afectada. Llamó a esto "autohipnosis narcótica narcisista, un síndrome con el que el ser humano permanece inconsciente de los efectos psíquicos y sociales de una nueva tecnología como un pez del agua en la que nada". De una manera mucho más burda podemos decir que nos vemos deslumbrados por lo que hace una nueva tecnología, como un nuevo juguete mágico y no nos damos cuenta de lo que nos hace dejar de hacer o de sus efectos colaterales. Más veloz que la capacidad de reflexión es la capacidad de adoptar un nuevo hábito o una nueva prótesis.

Quizás con mayor claridad y previsión que nadie, una mujer llamada Carmen Hermosillo, que utilizaba el seudónimo de humdog (entre otros), notó lo que iba a pasar con las redes sociales, entendiendo de una manera asombrosa la esencia de lo que serían las redes sociales como Facebook mucho antes de que naciera incluso el concepto de social media. Hay que decir que en ese entonces algunos de los más brillantes e importantes críticos de Internet de la actualidad, como Douglas Rushkoff, Jaron Lanier o Andrew Keen, no tenían idea de lo que sucedería y se encontraban navegando la cresta de la ola de la euforia, ola que navegarían también los mercados hacia la famosa ruptura de la burbuja del dotcom, ruptura que, por otro lado, no impidió que el capitalismo digital se consolidará cada vez más (en realidad sólo fue eliminando la diversidad de las compañías para dejar el oligopolio de los gigantes actuales). Es posible que Carmen Hermosillo haya sido la primera voz crítica de Internet, el primer gran heraldo de la distopia con conocimiento de causa. Humdog, quien era miembro activa de lo que entonces se llamaban "comunidades electrónicas", que se parecían más a foros o tablones de boletines que proveían servicios de mensajes, escribió un memorable ensayo en 1994 llamado "Pandora’s Vox: On Community in Cyberspace". Increíblemente, este ensayo no es muy conocido y, aparentemente, no está traducido al español (hemos traducido algunos fragmentos relevantes aquí). A diferencia del pez en el agua que no puede notar y menos cuestionar la naturaleza del mar por estar tan inmiscuido en él, Carmen, aunque estaba completamente involucrada en las dinámicas del ciberespacio -e incluso llegaría a desarrollar una obsesión con comunidades virtuales dentro de Second Life que algunos consideran la llevó a la muerte, a un "suicidio pasivo"-, pudo ver más allá de la euforia y el encandilamiento colectivo. McLuhan escribió que sólo los artistas son capaces de entender lo que ocurre en el presente, y ver que éste contiene ya, en germen, el futuro: un nuevo mundo. Los demás, por el contrario, somos víctimas de lo que llamó una "visión de retrovisor" y sólo podemos reflexionar sobre las cosas una vez que ya pasaron y son consensuadas. Carmen tenía algo de esto, era poeta y estaba igualmente empapada de la filosofía de Jean Baudrillard, la cual le dio las herramientas para expresar lo que observaba que sucedía en las entrañas fantasmagóricas de la máquina. Lamentablemente no le dio las herramientas necesarias para escapar de los peligros del simulacro y la enajenación de la vida virtual, pero al menos logró alertar sobre sus peligros. Carmen, como el brillante hacktivista Aaron Swartz, es uno de los mártires de la Web, brillantes testigos/víctimas de este nuevo poder no-humano.

Carmen Hermosillo preclaramente entendió que los usuarios de Internet se convertirían en productos, que su información, sus opiniones y emociones serían mercantilizadas (commodified) por las grandes compañías dueñas del capital, de las cuales serían no sólo productos, sino también obreros, generando mercancía con su tiempo en línea. Supo tempranamente que todo lo que hiciéramos en línea sería indeleble y nos podría perseguir. Que al recibir un servicio aparentemente gratuito con el que podían hacer uso de la libertad de expresión -como nunca antes-  los usuarios estarían entregando otras libertades, como la privacidad, y así fortaleciendo todo un sistema de vigilancia y creando una nueva forma de capitalismo cuyo modelo era la sociedad del espectáculo o del entretenimiento. Hoy en día a esto le llamamos la economía de la atención, donde cada momento de atención es capitalizado, y para captar cada vez más atención (la gasolina de la nueva economía) se diseñan plataformas cada vez más atractivas, llenas de trucos para distraer a las personas y capturar la moneda de su atención. Carmen había visto surgir ya en 1994 la economía del valor simbólico, donde la comunicación en línea en sí misma se convertía en "un mercado para el consumo de valor simbólico". El valor simbólico denota el valor de un objeto medido no en su valor material per se sino en el prestigio o estatus social que confiere. Ya entrevía lo que serian los likes, los influencers, y el narcisismo de redes sociales como Instagram. Carmen incluso predijo que las redes sociales no fomentarían la inclusión, la diversidad de ideas, ni el debate entre públicos diversos -exactamente lo que hoy llamamos la "cámara de ecos" y la "burbuja de los filtros". Su ensayo sutilmente implica que al aceptar el simulacro de la libertad  -bajo la guisa  de la libertad de expresión, de la vox populi en su expresión más voraz- estaríamos abriendo una caja de Pandora. Realmente vale la pena leer las palabras de humdog, este visionario sabueso del rumor de fondo del castillo digital.

Vox de Pandora: sobre las comunidades en el ciberespacio (fragmentos)

Sospecho que el ciberespacio existe porque es la manifestación más pura de la masa, como la describe Jean Baudrillard. Es un agujero negro: absorbe energía y personalidad y luego la re-presenta como espectáculo...

Está de moda sugerir que el ciberespacio es una especie de isla paradisiaca donde las personas son libres para indulgir en y expresar su individualidad. Algunos escriben del ciberespacio como si fuera una utopía de los 60. En realidad eso no es verdad. Los grandes servicios en línea, como Compuserv y American Online, regulan, guían y censuran el discurso. Incluso algunos foros supuestamente radicalmente libres (aunque políticamente correctos) como The WELL censuran el discurso. La diferencia tiene que ver sólo en el grado y en el método con el que lo hacen. Lo que me interesa sobre esto es que, para las masas el debate sobre la libertad de expresión existe sólo en términos de sí puedes decir fuck o ver fotos sexualmente explícitas. Tengo una visión más anticuada que me lleva a pensar que discutir la habilidad de escribir fuck o preocuparse sobre la libertad de ver fotos de actos sexuales constituye el menor de nuestros problemas en torno a la libertad de expresión.

He visto a muchas personas ventilar hasta sus entrañas en línea, y yo también lo lo hacía hasta que me di cuenta que me había mercantilizado (commodified) a mí misma. La mercantilización significa que conviertes algo en un producto que tiene un valor monetario. En el siglo XIX, las mercancías eran hechas en las fábricas, que Marx llama "los medios de producción". Los capitalistas eran personas que poseían los medios de producción y las mercancías eran hechas por los obreros que eran mayormente explotados. Yo cree mis pensamientos internos como un medio de producción para la corporación a la que le pertenece el foro en el que postee, y la mercancía estaba siendo vendida a los otras entidades o consumidores/mercancía en la forma de entrenimiento. Eso significa que vendí mi alma como una zapatilla deportiva y no obtuve ninguna ganancia por vender mi alma.

Por si eso fuera poco, todas mis palabras están haciéndose inmortales por medio de respaldos. Asimismo, estaba pagando dos dólares por hora por el privilegio de mercantilizar y exponerme a mí misma. Peor aún, me estaba sometiendo al escrutinio de personajes tan amigables como el FBI. Pueden y han descargado casi cualquier cosa que desean. La retórica del ciberespacio es un discurso de liberación. La realidad es que el ciberespacio es una herramienta cada vez más eficiente de vigilancia con la cual las personas tienen una relación voluntaria.

Defensores de estas llamadas ciber-comunidades rara vez enfatizan la naturaleza económica, orientada al negocio, de la comunidad: muchas ciber-comunidades son negocios que dependen de la mercantilización de la interacción humana. El marketing de sus negocios apela a la misma identificación histérica y al fetichismo que las corporaciones que nos trajeron la zapatilla deportiva de 200 dólares. Los proponentes de las ciber-comunidades no suelen mencionar que estos sistemas de conferencia rara vez son cultural o étnicamente diversos, aunque no tardan en abrazar la idea de diversidad cultural o étnica.

La ideología de las comunidades electrónicas tiene tres elementos esenciales. Primero, la idea de lo social, segundo, la eco-conciencia y tercero la suposición que la tecnología iguala al progreso en un sentido decimonónico. Todas estas ideas se resquebrajan bajo el análisis como formas de banalidad.

Como Baudrillard dijo, la socialización se mide en relación a la cantidad de exposición a la información, específicamente exposición a los medios. Lo social en sí mismo es un dinosaurio: las personas se están retrayendo en actividades que son más sobre el consumo que sobre otra cosa. Incluso el maligno Newt [¿Gingrich?] lo dice (Yo vi su clase). Las llamadas comunidades electrónicas fomentan la participación en microgrupos fragmentados, más o menos silenciosos que, sobre todo, se envuelven en diálogos de auto-congratulación. En otras palabras, la mayoría de las personas merodea y los que postean, lo hacen para satisfacerse a sí mismos.

Estéticamente, la comunidad electrónica, del tipo que es ensalzada en la gentil prensa new-age, contiene elementos de la resistencia modernista a la profundidad y la atracción a la superficie, combinados con la estética posmoderna del fragmento. La comunidad electrónica deja un registro permanente abierto al escrutinio y a la vez mantiene la ilusión de lo transitorio. Al hacer esto se satisfacen las necesidades del psico-arqueólogo orwelliano...

Muchas veces, en el ciberespacio, sentí la necesidad de decir que era humano. Una vez, se me dijo que existía primordialmente como una voz en la cabeza de alguien. Muchas veces, necesité ver la letra manuscrita en papel o una foto o una conversación por teléfono para confirmar la humanidad de la voz. Pero así soy yo. Me resisto a ser metida en una caja, en un inventario, y creo que tomo a William Gibson en serio cuando habla de la inteligencia de las máquinas y los constructos. Sospecho que mis palabras han sido minadas y cuando este ensayo aparezca, serán minadas un poco más. Cuando dejé el ciberespacio, me fui temprano una mañana y olvidé sacar la basura. Dos amigos me llamaron por teléfono después y dijeron, hummie, tu directorio sigue allí. Y yo dije "Oh". Y ellos sabían y yo sabía que era posible que otras personas se estaban entreteniendo con los contenidos de mis directorios. La diversión nunca termina, como dice Peter Gabriel. Tal vez alguna vez volveré a despotricar, si algo interesante surge. Mientras, denle mi amor al FBI.

 

Twitter del autor: @alepholo

Te podría interesar:
El desapego es la actitud correcta en un mundo impermanente y además puede usarse para liberarse de males físicos y mentales con una sorprendente efectividad.

En un reciente artículo en este sitio se exploraba la noción del desapego en diferentes tradiciones filosóficas de Oriente, en las cuales es la noción fundamental de una vida que se acerca a la sabiduría y la virtud. Se considera en el hinduismo y en el budismo, por ejemplo, que el apego es el combustible que mantiene corriendo la rueda del samsara, la existencia cíclica en la cual el sufrimiento es la norma. Incluso, en el budismo, se considera que el apego es un contaminante fundamental de la mente (klesha, en sánscrito) -en términos modernos podríamos decir que el apego es una patología.

Por el contrario, como argumentaremos aquí, el desapego no sólo es una importante actitud que lleva a la libertad y a la sabiduría, sino que puede utilizarse como una base para lidiar con enfermedades, malestares, contrariedades y demás situaciones negativas. Algo en lo cual coincide la filosofía budista, donde por ejemplo, se utiliza la meditación no sólo para llevar la mente a un estado de relajación sino para limpiarla de todos los contenidos o improntas negativas, que según los budistas, bajo ciertas causas y condiciones, llegan a la fruición y emergen como enfermedades y contrariedades. Cuando estos contenidos -que son finalmente registros kármicos- emergen, si el meditador no se apega a las sensaciones que producen, es decir, no siente ni avidez ni aversión por ellas, entonces esta información se disuelve, de alguna manera limpiando el inconsciente y permitiéndonos estar más frescos y menos sesgados ante las cosas. El desapego a los eventos de la mente es para el budismo el sendero a la libertad. Esto se apoya fundamentalmente en el desapego a la solidez de una identidad, de un yo al que le pasan todas estas cosas. Si no hay ese yo -tan oprimido y constreñido por los sucesos y conceptos que se le adhieren- entonces todo lo que ocurre es solamente como una película, o como un sueño que contemplamos sabiendo que es un sueño. Los demonios internos o externos, no pueden hacernos realmente daño cuando sabemos que son simplemente proyecciones, y no tienen realidad independiente a nuestra mente. El asunto es realmente saber esto y no sólo considerarlo intelectualmente como algo posible. 

En el caso puntual de una enfermedad o de un estado de dolor cronificado, es importante recordar algo que es una realidad de la existencia, independiente de credos. El mundo es impermanente, todo cambia rápidamente. Nuestras mismas células están muriendo y surgiendo cada instante y no pasa mucho tiempo para que, al menos físicamente, seamos completamente otros. La naturaleza del mundo es el cambio -lo único que no cambia es el cambio, dice el I Ching- y realmente lo único que puede obstruir ese cambio -aunque ilusoriamente- es nuestro apego a las cosas, nuestro aferramiento a una sensación o a una idea. Este aferramiento, por otro lado, es la fuente de constante frustración -puesto que a mediano y largo plazo todo a lo que nos aferremos nos producirá una decepción ya que no podemos ir en contra del curso implacable del tiempo. Y aunque hoy nos parezca que aquello a lo que nos apegamos es una realidad sólida y estable no pasará demasiado tiempo para que esto desvanezca.

Algo que al principio nos parece extraordinario ocurre cuando nos desapegamos de nuestros síntomas cuando estamos enfermos o sentimos que crepita el germen de un cuadro. Generalmente creemos que nuestras enfermedades son realidades constantes que existen siempre y son parte de nosotros, pero cuando dejamos de ponerles atención y dejamos de reciclar las sensaciones de dolor con los pensamientos que se fijan a ellas y se lamentan, entonces podemos presenciar cómo el proceso de curación o simplemente de cambio se vuelve más rápido y fluido. Y es que no hay nada, entonces, que lo obstruya, porque el apego, la rumia del pensamiento, es lo que aprieta y genera estrés -lo cual se convierte en un círculo vicioso, en la energía misma que alimenta a la enfermedad. Abrir campo, vaciarse, dejar que pase, esas son la primera línea de defensa. En río corriente no hay pestilencia, es en el agua estancada donde se cultiva el patógeno. Lo que necesitamos generalmente es simplemente respirar, dedicarnos a algo creativo o algo que nos brinde significado. Esta es la mejor combinación para la curación: el desapego, el trabajo y el afecto. El cuerpo, entonces, animado por la energía del sentido existencial, realiza sus funciones naturales -y así se cataliza el poder del placebo o la autocuración.

De la misma manera que esto ocurre en un sentido físico -desapegándonos de las sensaciones de dolor o síntomas de una condición patológica- esto mismo ocurre con las emociones, conceptos e ideas tóxicas -que a su vez luego pueden coartar nuestro crecimiento o convertirse en enfermedades físicas. En el texto más entrañable de la literatura de la India, la Bhagavad Gita, Krishna le dice Arjuna que actúe pero que lo haga sin apego. Esta es realmente la sabiduría más profunda y sencilla que podemos asimilar. No se trata de retirarse del mundo y entrar en un estado de quietismo y distanciamiento del mundo, en una impasible torre de marfil, o en un cueva de ermitaño, sino de participar intensamente en toda la diversidad y variedad de la vida, pero hacer las cosas por sí mismas, no buscando un beneficio ulterior en ellas, ni tampoco identificarnos con nuestros actos -lo grandioso o terrible que son y por lo tanto nosotros- viviendo en el pasado o en el futuro, con miedo o esperanza. La única forma de vivir en el presente y habitar plenamente, utilizando la totalidad de los recursos, es desapegándonos de nuestros actos e identidad. De otra forma siempre dejamos una parte de nosotros en algo que ya sucedió o en algo que sólo está ocurriendo en nuestra mente. 

Twitter del autor: @alepholo