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Una síntesis de la filosofía no-dual, que integra al hombre y al cosmos, muestra que la conciencia existe en todas las cosas, y que el Ser es todo aquello que Es. La belleza de entender que somos Uno.

El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. 

                                                                                                                                 Jorge Luis Borges

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VI. UN KOSMOS CREATIVO

La evolución no es más que la materia haciéndose consciente.

                                                                                                                                         Julian Huxley

A fines del S.XX, el galardonado físico y matemático inglés Freeman Dyson escribía: “Cuanto más investigo el universo y los detalles de su arquitectura, más pruebas encuentro de que este debe haber sabido de alguna forma que nosotros íbamos a llegar”. Este punto de vista ha sido denominado científicamente con el nombre de “principio antrópico”, y expresa tal vez una de las conclusiones más cercanas del pensamiento científico moderno a una filosofía no-dual de la existencia.

En su versión más fuerte, lo que este principio establece puede resumirse en la siguiente premisa: el ser humano es capaz de interpretar el universo del que forma parte porque la naturaleza y estructura misma del universo está configurada para que ello ocurra. Los defensores del principio antrópico débil suelen referirse a esto como una tautología lógica y dejar de lado la cuestión. Por su parte, los científicos que defienden el principio antrópico en sentido fuerte ponen énfasis en señalar la innumerable cantidad de coincidencias y factores específicos de nuestro cosmos y de nuestro sistema solar que parecen haberse manifestado de forma misteriosamente precisa y ajustada para generar las condiciones que permitieran la emergencia de vida inteligente en el devenir de su desarrollo. Si alguna de las condiciones o constantes físicas básicas hubieran sido mínimamente diferentes, la vida tal como la conocemos no habría sido posible. Por poner un ejemplo básico, si la velocidad de expansión de la energía 1 segundo después del Big Bang hubiera sido sólo una cienmilbillonésima parte más pequeña el universo habría vuelto a colapsarse, mientras que, de haber sido apenas más veloz, protones y electrones nunca habrían alcanzado a conformar átomos.

fig-26Sin embargo, como hemos visto, la imagen de nuestro universo que concibió el materialismo científico fue la de un cosmos inerte, en donde toda la riqueza y diversidad de la existencia, incluida la multiplicidad de dimensiones del ser humano, fueron consideradas el mero resultado de combinaciones azarosas de procesos energéticos sin finalidad, inteligencia, organización deliberada o propósito intrínseco. El azar, en otras palabras, adquirió para esta nueva mentalidad “racional” y “científica” todas las propiedades que anteriormente eran atribuidas a la divinidad. La creencia en el poder creativo ilimitado del azar se expresó imaginativamente en el “teorema del mono infinito”, en el que se postulaba que un mono pulsando teclas al azar sobre una máquina de escribir en un período de tiempo infinito podría llegar a producir las obras de William Shakespeare. Extrapolado al universo, este teorema pretendía resolver por medio de un azar infinito todos los misterios del cosmos.

Pero como tantos críticos del materialismo han señalado, está noción no es más que un postulado metafísico disfrazado de “hecho científico”. La historia del cosmos que conocemos actualmente conforme a la teoría del Big Bang no nos habla de un tiempo infinito, sino más bien de una enorme serie de procesos extremadamente complejos y muy específicos dentro de un tiempo muy extenso en términos humanos pero acotado en términos cósmicos. Los cálculos de probabilidad llevados a cabo por científicos como el astrónomo Fred Hoyle indican que en los 12 mil millones de años del universo el puro azar no tendría tiempo suficiente para alcanzar a producir siquiera una enzima. Como señala Ken Wilber:

Algo distinto del azar está empujando el universo. El azar era la tabla de salvación, el dios de los científicos tradicionales porque servía para explicarlo todo. El azar, y un tiempo infinito, podría llegar incluso a crear el universo. Hoy en día, sin embargo, los científicos saben que no disponen de un tiempo interminable y, en consecuencia, su antiguo dios ha fracasado miserablemente. Ese dios ha muerto, el azar no puede explicar al universo porque, de hecho, es precisamente el azar lo que el universo se está esforzando laboriosamente por superar. (Breve historia de todas las cosas, 2003)

rupert_sheldrakeDe la misma forma, como han expresado muchos críticos de Darwin, la teoría de la evolución de las especies está muy lejos de ser una explicación probada y suficiente para dar cuenta de la evolución y la riqueza de la vida en la tierra. El registro fósil sugiere realmente que los cambios evolutivos a gran escala se producen de formas mucho más repentinas que las que exige un proceso meramente ciego y azaroso:

La principal razón por la que Darwin y los neodarwinistas han insistido con tanta fuerza en los cambios graduales deriva de su intento de desproveer al máximo de misterio el proceso evolutivo y por encima de todo no dejar aberturas para la actividad creadora de Dios. (Rupert Sheldrake, La presencia del pasado, 1988)

Por otra parte, las mutaciones azarosas difícilmente son compatibles con la complejidad estructural de las especies, que refleja más un diseño inteligente y gestáltico que una mera sumatoria de cambios sin finalidad coherente: el par de alas que hace a un ave, por ejemplo, no podría haberse desarrollado gradualmente o por partes y ser funcional a la supervivencia de la especie, sino que parece haber requerido de una “casual coordinación” anatómica perfecta para tomar forma en el reino animal. Ni siquiera el desarrollo y crecimiento de un solo ser vivo y su continuidad y funcionamiento pueden explicarse actualmente recurriendo al azar y al mecanicismo ciego, como tan contundentemente han demostrado figuras como el biólogo Rupert Sheldrake en sus análisis sobre la morfogénesis (el desarrollo de la forma en las especies).

Combinando el ciego azar cósmico con la doctrina darwinista en el ámbito de los procesos orgánicos, el positivismo científico creía haber conquistado el triunfo definitivo sobre el creacionismo religioso y haber desterrado toda superstición y todo misterio del universo para siempre. Y nos hemos acostumbrado tanto a pensar en términos materialistas que difícilmente percibimos hasta dónde hunde sus raíces este paradigma en nuestra concepción de la realidad y cómo podría ser posible un enfoque diferente sin recurrir a explicaciones religiosas inverosímiles. Pero para una conciencia que aprende a cuestionar las “verdades” de la religión tradicional y de esa otra religión, el cientificismo, las opciones que ofrece el materialismo resultan sólo un poco menos dogmáticas e inconcebibles que las del mito.

Es que la idea creacionista del monoteísmo acerca un Dios trascendente que diseña el universo conscientemente como algo ajeno a sí mismo es una noción que, antes de carecer de fundamentación sólida, expresa el profundo dualismo de la mente occidental. Si la evolución del universo debe implicar alguna forma de inteligencia, organización intencional o expresión estética, ¿por qué deberíamos imaginarla como el guión redactado por una divinidad ajena al proceso del mundo? ¿No es mucho más coherente pensar que la inteligencia y la belleza que reconocemos en el cosmos es la expresión misma de la inteligencia del cosmos, en su propio proceso de despliegue y autorrevelación? La inteligencia creativa que da forma al mundo podría entonces ser concebida no como una inteligencia externa (no-inmanente) a la realidad, sino como la inteligencia de la realidad misma. En otras palabras, el universo mismo sería una inteligencia, expresada a través de lo que llamamos evolución:

Si aceptamos cualquier proceso organizador como inteligente, entonces la biosfera es, en efecto, inteligente; pero si nos ahorramos la palabra ‘inteligencia’ sólo para los procesos que se mueven a la misma velocidad que nuestro cerebro, entonces la naturaleza no es más que algo mecánico, y no algo ‘inteligente’. Para un extraterrestre con un sentido de la medición del tiempo diferente al nuestro estos planteamientos ni siquiera se cuestionarían. (Robert Anton Wilson, Prometeo ascendiendo, 1983)

Nuestros conocimientos actuales sugieren, de hecho, que la evolución cósmica y la emergencia de la conciencia no pueden explicarse en modo alguno sin mediar un factor organizador o creativo en este proceso, llámese a ese factor información, entropía negativa, telos (finalidad intrínseca), élan vital, inteligencia o conciencia. Como señaló el matemático inglés Alfred North Whitehead, creador de la Filosofía del Proceso:

el materialismo se contradice con cualquier filosofía evolutiva completa. La sustancia o materia original de la que parte la filosofía materialista es incapaz de evolucionar (…) Pero la principal cuestión de la doctrina moderna es la evolución de los organismos complejos a partir de estados anteriores de organismos menos complejos. La doctrina pide a gritos una concepción de organismo en la que este sea fundamental para la naturaleza. (Science and the Modern World, 1925)

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En las últimas décadas han ido surgiendo, desde múltiples ámbitos y disciplinas científicas, diversos modelos del universo que responden a esta nueva perspectiva, la de una realidad que no funciona como una mera maquinaria ciega, sino como un complejo organismo creativo en proceso de evolución. Erwin Schrödinger, premio Nobel de Física, propuso el concepto de “entropía negativa” para referirse a la tendencia de los sistemas biológicos a ampliar su complejidad o conservar su forma frente las fuerzas desintegradoras del medio ambiente. Ilya Prigogine, premio Nobel de Química, formuló su teoría de las estructuras disipativas, que postula la aparición espontanea de estructuras ordenadas y autoorganizadas en procesos caóticos de la naturaleza. El biólogo Ludwig von Bertalanffy desarrolló la Teoría General de Sistemas, un nuevo modelo organicista capaz de abarcar toda la realidad, alejado del mecanicismo materialista para pensar el mundo en términos de sistemas dinámicos complejos que se desarrollan a su vez dentro de sistemas dentro de sistemas, como una vasta estructura cósmica de órdenes jerárquicos sobre la que la evolución se sostiene:

Desde el punto de vista organicista, la vida no es algo que ha surgido de la materia muerta (…) Toda la naturaleza está viva. Los principios organizativos de los organismos vivos son distintos en grado pero no son diferentes en naturaleza de los principios organizativos de las moléculas o de las sociedades de galaxias. (Sheldarke, ibid, 1988)

Actualmente, el concepto de información (“lo que da forma”) aparece como un factor central en campos aparentemente tan alejados entre sí como la cibernética, la teoría cuántica y la neurología. La Teoría de la Información Integrada[1] del neurocientífico Giulio Tononi postula que todos los sistemas (desde un ser humano hasta un átomo) están constituidos por una cantidad de información integrada. A mayor información integrada, mayor complejidad del sistema y mayor conciencia de este. Para dar forma teórica a esta concepción de la información como factor organizativo de la realidad,  Rupert Sheldrake propuso el fascinante concepto de campos mórficos[2].

El psicólogo y psiquiatra suizo Carl Gustav Jung concluyó que el inconsciente de la humanidad, al que llamó inconsciente colectivo, precede en existencia histórica a la conciencia humana. A diferencia de Freud, que derivaba el inconsciente de la conciencia, Jung consideró a la conciencia humana como un producto del inconsciente; mostró cómo las estructuras que denominamos conscientes se sostienen sobre estructuras y procesos psíquicos puramente inconscientes para nosotros. Asimismo, puso hincapié en el carácter autónomo y creativo del inconsciente colectivo, psiquismo que, en última instancia, hundiría sus raíces en el inconsciente de la naturaleza misma.

Este tipo de modelos teóricos emergidos en las últimas décadas del pensamiento científico de Occidente resultan coherentes con la noción de un universo no-dual, la concepción de la existencia misma como un Ser que se escinde en sí mismo como sujeto y objeto para autoexperimentarse y manifestarse a sí mismo de manera creativa. Para la filosofía perenne, como la llamó Gottfried Leibniz (el núcleo de ideas arquetípicas de todas las tradiciones esotéricas), la manifestación del universo es comparable a un juego cósmico que la Unidad del Ser está jugando en este momento consigo misma.

¿En qué consiste exactamente esta manifestación? Así como en términos exteriores (científicos) la unidad energética inconcebible del universo estalla en la singularidad del Big Bang para reorganizarse a través de una titánica odisea de 13 mil millones de años en quantos, átomos, moléculas, células y organismos neuronales, en términos internos, la dirección (teleología) de la evolución, desde la inconsciencia más profunda hacia estadios siempre superiores de conciencia, resulta paralela a la mutación y el desarrollo de todas las formas en el universo. Como expresa elocuentemente el filosofo tántrico André Van Lysebeth: “De lo cósmico a lo infra-atómico, el psiquismo universal se estratifica en una infinidad de niveles de consciencia o de planos de conciencia, autónomos, distintos y sin embargo interdependientes. El universo es Conciencia y Energía asociadas” (Tantra, 1988). Este proceso evolutivo puede ser considerado como el impulso del Ser que va dando lugar a organismos cada vez más complejos (de la materia a la biosfera, de la biosfera a la especie humana) y a estados de conciencia cada vez más profundos o más amplios, un Ser cuya naturaleza o voluntad parece ser la de autorrevelarse y experimentarse más plenamente a sí mismo. El universo no es “creado”, es la creatividad en sí misma. La manifestación, la creatividad del Ser (Tao), es su plena expresión, su plenitud.

Mas en este punto, afirma el sabio, la propia razón encuentra su límite.

 

VII. EL SER

 

Él es el Uno engendrado por Sí-Mismo, de quien todas las cosas proceden y en ellas él actúa. Ningún mortal lo ve, pero Él lo ve Todo.                                                                                                                                                                                                                                                        Himnos Órficos 

                                                                                                                                          Tat Tvam Asi.

                                                                                                                                            Upanishads

El filosofo griego Parménides fue probablemente el primer pensador de Occidente que expresó filosóficamente una visión no-dual de todo lo que Es. Para Parménides, Ser y existencia son una y la misma cosa. El Ser es todo aquello que Es, y todo lo que Es es el Ser. Jamás hubo ni puede haber algo que no sea el Ser, ya que la existencia de la “no existencia” es un contrasentido en sí mismo. Lo que “es” y lo que “no es” son siempre conceptos relativos a las formas de la manifestación, pero nunca al Ser en sí mismo.

Pero incluso la concepción de una visión no-dual es una contradicción, una paradoja. Es, en definitiva, la última metáfora, el último símbolo posible en el límite mismo del lenguaje, la metáfora que apunta más allá de las metáforas. Porque lo no-dual no es una visión o un mapa, por amplio, profundo o preciso que este sea. Lo no-dual es, simplemente, todo lo que Es. Y la mente humana no puede alcanzar un auténtico conocimiento o comprensión de lo no-dual a través del lenguaje, ya que el lenguaje es sólo una pequeña parte de esa totalidad, y su propia estructura está basada en la dualidad. Del mismo modo, lo que Es no puede ser conocido por completo por ningún conocedor, ya que el conocedor es, de hecho, sólo una parte de la totalidad del Ser y, por definición, un conocedor para poder conocer debe estar separado del objeto de su conocimiento: “La mente es una herramienta inventada por el universo para verse a sí mismo, pero no puede ver su totalidad, por la misma razón por la que tú no puedes ver tu propia espalda (sin espejos)” (Robert Anton Wilson, ibid).

Sin embargo, la filosofía perenne afirma que en la manifestación del Ser dentro de sí mismo, lo relativo y lo absoluto no son realidades contradictorias sino complementarias: ambas conviven continuamente. Desde lo relativo y aparente, todo el universo se manifiesta como el objeto de un sujeto, ambos dependen uno del otro para ser, se definen y complementan entre sí. Pero desde lo absoluto (o lo profundo), sujeto y objeto son Uno, lo que Es y el Ser son lo mismo.

562917_4497175270291_512438693_nMas este conocimiento de lo absoluto no puede ser nunca un conocimiento intelectual, sino una experiencia que sólo puede ser alcanzada cuando la mente intelectual es trascendida en un estadio de conciencia superior, un estadio que en verdad pre-existe de forma inconsciente como el fundamento o sustrato de todos los otros estadios, pero que busca ser realizado de manera consciente:

El Ser es la Vida Una, eterna, siempre presente, que está más allá de las miles de formas de vida que están sujetas al nacimiento y a la muerte. Sin embargo, el Ser no sólo está más allá sino también profundamente en el interior de cada forma como su esencia más invisible e indestructible. Esto significa que es accesible a usted ahora como su propio ser más profundo, como su verdadera naturaleza. Pero no busque asirlo con su mente. No trate de comprenderlo. Sólo puede conocerlo cuando la mente se ha acallado, cuando usted está presente, completa e intensamente en el Ahora... Recuperar la conciencia del Ser y permanecer en ese estado de 'sensación-realización' es la iluminación. (Eckhart Tolle, El poder del ahora, 1997)

O en palabras del filosofo hindú Sri Nisargadatta: “Nuestra actitud común es: ‘yo soy esto’. Separe el ‘yo soy’ de ‘esto’ y trate de sentir lo que significa ser, simplemente sin ser esto o aquello”.

Es precisamente el acceso directo a este estado de no-dualidad consciente lo que buscan todas las prácticas espirituales profundas de meditación en sus múltiples facetas. La realización no-dual del Ser es la experiencia pura del conocedor y lo conocido a cada momento de su existencia, una experiencia que es llamada también Verdad, Iluminación y Liberación:

Revelar que la realidad es lo que no tiene fronteras es, pues, revelar que todos los conflictos son ilusorios. Y a este entendimiento final se le llama nirvana, moksha, liberación, iluminación, satori: liberación de los pares de opuestos, liberación de la visión hechicera de la separación, liberación de las cadenas ilusorias de las propias limitaciones. (Ken Wilber, La conciencia sin fronteras, 1985)

Porque no estamos en el universo.

Somos universo.

La profunda Unidad, sin límites, se expresa en lo múltiple.

Todo se realiza, continuamente. Sin fin, sin dualidad.

Somos la creatividad, creando, siendo creados

Lo que experimentamos como nuestra individualidad

--ese caleidoscopio en movimiento, ese relativo y dinámico punto de vista,

en todas su multifacéticas dimensiones--

y aquello que concebimos como externo, desconocido o ajeno

son parte una de sola Obra.

El Alfa y el Omega eres Tú Mismo.

Tú, aquel otro, que me lees,

¿no es hermoso ser Uno?

 

Puedes leer la primera parte aquí

Y la segunda aquí

 
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La casa de la imaginación: Isabel Allende narra su experiencia mística con la ayahuasca

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/20/2015

Buscando recuperar su imaginación y encontrando casi una iniciación mística, Isabel Allende cuenta su experiencia con la ayahuasca

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La escritora Isabel Allende, conocida por su potente imaginación, narra en su libro autobiográfico La suma de los días su experiencia con la ayahuasca. La escritora chilena acudió en busca de este poderoso brebaje amazónico aparentemente en un periodo de "bloqueo de escritor", con la intención de reconectar con sus raíces y volver a beber de la pócima rutilante de sí misma:

Necesitaba volver a ser la niña que fui una vez, esa niña silenciosa, torturada por su propia imaginación, que deambulaba como una sombra en la casa del abuelo. Debía demoler mis defensas racionales y abrir la mente y el corazón. Y para ello decidí someterme a la experiencia chamánica de la ayahuasca, un brebaje preparado con la planta trepadora Banisteriopsis, que usan los indios del Amazonas para producir visiones.

Willie [el marido de Isabel Allende] no quiso que me arriesgara sola y, como en tantas ocasiones de nuestra vida en común, me acompañó a ciegas. Bebimos un té oscuro de sabor repugnante, apenas 1/3 de taza, pero tan amargo y fétido que era casi imposible de tragar. Tal vez yo tengo una falla en la corteza cerebral --bien que mal siempre ando un poco volada, porque la ayahuasca, que a otros les da un empujón hacia el mundo de los espíritus, a mí me lanzó de una sola patada tan lejos que no regresé hasta un par de días más tarde. A los 15 minutos de haberla tomado, me falló el equilibrio y me acomodé en el suelo, de donde ya no pude moverme. Me dio pánico y llamé a Willie, quien logró arrastrarse a mi lado, y me aferré a su mano como a un salvavidas en la peor tormenta imaginable. No podía hablar ni abrir los ojos. Me perdí en un torbellino de figuras geométricas y colores brillantes que al principio resultaron fascinantes y después agobiadores. Sentí que me desprendía del cuerpo, el corazón me estallaba y me sumía en una terrible angustia. Volví entonces a ser la niña atrapada entre los demonios de los espejos y las ánimas de las cortinas.

Es una delicia poder tener esta descripción tan elocuente y profusa de la ayahuasca, que si bien a casi todos da una lucidez inusitada, lo que "llaman hablar con el corazón", en Allende encuentra a una experta narradora que trabaja el lenguaje como si fuera un racimo de zafiro, jade, amatista... Vemos en su descripción el arquetípico encuentro con la sombra, la muerte, el inframundo, lo que se conoce como la catábasis, en el momento en el que la primera seducción del caleidoscópico DMT cae en el abismo de la liana:

Al poco rato se esfumaron los colores y apareció la piedra negra que yacía casi olvidada en mi pecho, amenazante como algunas montañas de Bolivia. Supe que debía quitarla de mi camino o moriría. Traté de treparla y era resbalosa, quise darle la vuelta y era inmensa, empezaba a arrancarle pedazos y la tarea no tenía fin y mientras crecía mi certeza de que la roca contenía toda la maldad del mundo, estaba llena de demonios. No sé cuánto rato estuve así; en ese estado el tiempo no tiene nada que ver con el tiempo de los relojes. De pronto sentí un golpe eléctrico de energía, di una patada formidable en el suelo y me elevé por encima de la roca. Volví por un momento al cuerpo; doblada de asco, busqué a tientas el balde que había dejado a mano y vomité bilis. Náusea, sed, arena en la boca, parálisis. Percibí, o comprendí, lo que decía mi abuela: el espacio está lleno de presencias y todo sucede simultáneamente. Eran imágenes sobrepuestas y transparentes, como esas láminas impresas en hojas de acetato en los libros de ciencia. [...]

[...] Anduve vagando por jardines donde crecían plantas amenazantes de hojas carnosas, grandes hongos que sudaban veneno, flores malvadas. Vi a una niña de unos 4 años, encogida, aterrada; estiré la mano para levantarla y era yo. Diferentes épocas y personas pasaban de una lámina a otra. Me encontré conmigo en distintos momentos y en otras vidas. Conocí a una vieja de pelo gris, diminuta, pero erguida y con ojos refulgentes; podría haber sido también yo en unos años más, pero no estoy segura, porque la anciana se hallaba en medio de una confusa multitud.

Otro motivo recurrente: la anamnesis, la memoria del alma que integra su multiplicidad, su río de sangre, su "casa de espíritus" que yace enterrada en el inconsciente. Esa memoria divina de la tierra y de las estrellas que llevó a Platón a decir que todo aprendizaje es sólo recuerdo. Y en la ayahuasca es parte de ese proceso de paz, de perdón y de liberación que el ser humano debe lograr para poder dejar su casa sosegada y emprender el vuelo espiritual. El viaje de ayahuasca, como una cifra misteriosa en la medicina, como un microcosmos de la creación, repite el viaje del alma hacia el mundo de la generación, la separación de la divinidad, su olvido, pero luego siempre su anábasis, el ascenso de nuevo por las esferas luminosas hacia el  Ser Infinito, la fusión con la divinidad, la cual es conseguida a través de la muerte en este plano, que es siempre una vida desplegada del otro lado, una crisálida.

Unai Shipash by Pablo Amaringo
Pronto ese poblado universo se esfumó y entré en un espacio blanco y silencioso. Flotaba en el aire, era un águila con sus grandes alas abiertas, sostenida por la brisa, viendo el mundo desde arriba, libre, poderosa, solitaria, fuerte, indiferente. Allí estuvo ese gran pájaro durante mucho tiempo y enseguida subió a otro lugar, aún más glorioso, en que desapareció la forma y no había sino espíritu. Se acabaron el águila, los recuerdos y sentimientos; no había yo, me disolví en el silencio. Si hubiese tenido la menor conciencia o deseo, te habría buscado, Paula. Mucho más tarde vi un círculo pequeño, como una moneda de plata, y hacia allá enfilé como una flecha, atravesé el hueco y entré sin esfuerzo en un vacío absoluto, un gris translúcido y profundo. No había sensación, espíritu, ni la menor conciencia individual; sin embargo sentía una presencia divina y absoluta.

Estaba en el interior de la Diosa. Era la muerte o la gloria de la que hablan los profetas. Si así es morir, estás en una dimensión inalcanzable y es absurdo imaginar que me acompañas en la vida cotidiana o me ayudas en mis tareas, ambiciones, miedos y vanidades.

Mil años más tarde regresé, como una extenuada peregrina, a la realidad conocida por el mismo camino que había recorrido para irme, pero a la inversa: atravesé la pequeña luna de plata, floté en el espacio del águila, bajé al cielo blanco, me hundí en imágenes psicodélicas y por fin entré a mi pobre cuerpo, que llevaba 2 días muy enfermo, atendido por Willie, quien ya empezaba a creer que había perdido a su mujer en el mundo de los espíritus. En su experiencia con la ayahuasca, Willie no ascendió a la gloria ni entró en la muerte, se quedó trancado en un purgatorio burocrático, moviendo papeles, hasta que se le pasó el efecto de la droga unas horas más tarde. Entretanto yo estuve tirada en el suelo, donde después él me acomodó con almohadas y frazadas, tiritando, mascullando incoherencias y vomitando a menudo una espuma cada vez más blanca. Al principio estaba agitada, pero después quedé relajada e inmóvil, no parecía sufrir, dice Willie.

Por último ocurre el proceso de asimilación, de reintegración, de poderse llevar las joyas de la profundidad de la tierra, de cumplir el arco de la visión, de hacer de la voluntad divina camino individual. La posibilidad de transformación que se esclarece a partir de observar la eternidad, lo que es inmutable, de comprender la realidad suprema del espíritu y confiar en la unidad que acoge a todos los seres.

El tercer día, ya consciente, lo pasé tendida en mi cama reviviendo cada instante de aquel extraordinario viaje. Sabía que ya podría escribir la trilogía, porque ante los tropezones de la imaginación tenía el recurso de volver a percibir el universo con la intensidad de la ayahuasca, que es similar a la de mi infancia. La aventura con la droga me embargó de algo que sólo puedo definir como amor, una impresión de unidad: me disolví en lo divino, sentí que no había separación entre mí y el resto de lo que existe, todo era luz y silencio. Quedé con la certeza de que somos espíritus y que lo material es ilusorio, algo que no se puede probar racionalmente, pero que a veces he podido experimentar brevemente en momentos de exaltación ante la naturaleza, de intimidad con alguien amado o de meditación. Acepté que en esta vida humana mi animal totémico es el águila, ese pájaro que en mis visiones flotaba mirando todo desde una gran distancia. Esa distancia es la que me permite contar historias, porque puedo ver los ángulos y horizontes. Parece que nací para contar y contar. Me dolía el cuerpo, pero nunca he estado más lúcida. De todas las aventuras de mi agitada existencia, la única que puede compararse a esta visita a la dimensión de los chamanes fue tu muerte, hija. En ambas ocasiones sucedió algo inexplicable y profundo, que me transformó. Nunca volví a ser la misma después de tu última noche y de beber aquella poderosa poción: perdí el miedo a la muerte y experimenté la eternidad del espíritu.

 

Vía: En busca de lo sagrado