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¿No somos más que la suma de nuestros likes? El extraordinario documental "Generation Like" investiga

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Pocas cosas más relevantes en la actualidad que entender los efectos que tienen los medios electrónicos y nuestros hábitos de consumo e interacción con la información. La reflexión recientemente ha girado aquí en torno a cómo en la era de la información todos fingimos que sabemos (y sabemos muchas cosas superficialmente pero muy poco con profundidad), o cómo la atención es la nueva divisa en nuestra sociedad, por la que todos pelean, y cada vez menos control tenemos de ella, seguramente porque el multitasking parece estar mermando nuestro cerebro. El más reciente acercamiento crítico a nuestra forma de adoptar la tecnología generalmente de manera acrítica (y por lo tanto robótica) es un video en el que Douglas Rushkoff y Jason Silva debaten sobre qué ha pasado con las promesas de internet, que en sus inicios nos seducía como la primera tecnología psicodélica, liberadora y expansiva de la conciencia. Eso no duró mucho.

Ya que este es un medio electrónico y seguramente llegaste a esta nota a través de Facebook o Twitter, me parece necesario y hasta congruente seguir con esta reflexión, hasta donde nos lleve. Aclaro que no se trata de reacción neoludita en contra de la tecnología, sino de la continuación de una tradición crítica, que viene principalmente de Marshall McLuhan. El gran analista de medios canadiense notó hace más de 50 años que adoptamos los medios de comunicación y sus entornos electrónicos a una mayor velocidad de aquella con la que somos capaces de reflexionar sobre sus características o medir sus efectos ("vemos el presente a través de un espejo retrovisor"). Es decir, siempre vamos un paso atrás --y por esto necesitamos de artistas o de críticos prescientes como McLuhan que nos digan: "Hey, espera, ve un poco más despacio, piénsalo bien, salte por un momento de ese carril... esa misma tecnología genial que amplifica tus sentidos también amputa otra parte de tu percepción, tiene efectos colaterales, esas cascadas de dopamina que sientes no son completamente inocuas".

Esta estafeta crítica --el caduceo hermético de McLuhan-- seguramente ha pasado a Douglas Rushkoff, recientemente autor del libro Present Schock, donde expone cómo el internet ha completado el movimiento iniciado en la era industrial de hacer el tiempo una sustancia solamente cuantitativa, digital, mercantil y absoluta y ya no una sustancia cualitativa, emocional, lúdica, ligada a la naturaleza. Rushkoff considera que "si no sabes cómo funciona el sistema que estás usando, es probable que el sistema te esté usando a ti". Creo que esto es lo que nos está pasando.

Rushkoff también es productor del documental que mostramos aquí: Generation Like (2014). Si bien el documental sólo está disponible en inglés, me parece oportuno encaminar a las personas que usan las redes sociales a que vean este contundente trabajo que nos sumerge en la vida de los adolescentes que como siempre se encuentran en la búsqueda de su identidad, pero que ahora tienen que hacerlo en un ambiente en el que el afecto y la aceptación se miden en likes. Para las personas que no hablan inglés, traduje algunos conceptos importantes y en esta página pueden encontrar la transcripción del mismo, el cual pueden pasar por un software de traducción automática. Vayamos entonces de la mano del profesor Rushkoff.

 

Parte del insight de Rushkoff es que en la actualidad, debido a la naturaleza de nuestros medios y sus aplicaciones, las corporaciones ya no tienen que corretear a los chicos para saber qué les gusta y venderles cosas que les parecen cool: "Hoy no se necesita perseguirlos, ellos se exponen y le dicen al mundo lo que es cool".

Rushkoff visita a grupos de estudiantes que se encuentran realizando un makeover del perfil de uno de sus compañeros. Rápidamente revelan los códigos de las redes sociales: "una foto de perfil es cómo quieres que las personas te visualicen, y tu foto de portada debe decir algo de tu personalidad", dice uno de ellos. Una de las chicas recibe más de 300 likes por una foto de perfil, mientras que un chico recibe sólo 12 (las mujeres siempre obtienen más likes, han aprendido). Rushkoff explica: "entre más likes tienes mejor te sientes... y todos saben cuántos obtuviste, todos los pueden ver" [no hay duda de que ser likeado se siente bien, ¿pero cuánto dura?]. Las redes sociales se convierten también en "lifestreams", toda nuestra vida en un aparador, un performance social que no tiene descanso. Una identidad pública paralela que requiere mantenimiento y exige siempre lo mejor de nosotros. Podemos incluso llegar a fragmentarnos y a confundirnos, en la hiperrealidad: "¿los likes que recibes son sobre ti o son sobre tu foto de perfil?". ¿Hay una diferencia real? ¿Somos otros, no los que aparentamos ser en línea? Y si esto es así, ¿cómo se ve modificado aquello que somos por aquello que aparentamos ser?

Charles Duhigg, autor de The Power of Habit, señala: "Actualmente hay una enorme presión corporativa para recolectar la mayor cantidad de datos posibles. Cuando le das like, cuando haces un retuit, cuando subes cualquier contenido en línea, estás creando data. Estás creando un perfil demográfico personal". Rushkoff agrega: "y cuando un chico le da like a algo en línea, un producto, una marca o una celebridad, esto se  convierte en parte de la identidad que transmiten al mundo, como en mi época un póster o una camiseta". Nuestra identidad social está formada por la suma de nuestros likes. Y esto es algo que no pasa desapercibido de las marcas: nuestra personalidad y nuestras conductas pueden ser decodificadas y cooptadas por un algoritmo (o al menos esa es la idea motriz del Big Data).

Hay otro aspecto, un poco más perverso: al participar en el mercado de la atención y la interacción que llamamos Facebook, por ejemplo, estamos también engrosando la economía digital de estas redes sociales.

Así que todas esas selfies que te tomas para que las personas le den like en Instagram... Ayudaron a que esta compañía se vendiera en mil millones de dólares. ¿Enviaste un tuit? Ayudaste a que subiera el valor de Twitter a 30 mil millones de dólares. ¿Y Facebook? Está valuado en 140 mil millones [estas cifras son de hace más de 1 año].

Estos números no están basados en ganancias --no todavía, al menos. Estos precios están basados en volúmenes de likes que pueden generar. Y los likes no se generan solos. Por esto las compañías necesitan que los jóvenes se mantengan en línea, haciendo clic, dando like y tuiteando.

Una de las formas en las que las marcas logran esto es a través de "la fama por asociación". Las redes sociales también han acercado a las celebridades a sus fans, permitiendo a aquellos que se esmeran lo suficiente recibir una respuesta de sus ídolos. "Hoy en día los chicos pueden acercarse a los actores y productos que les gustan. Esto los motiva a que compartan cosas en línea. Esto hace que otros chicos tomen nota". Para la marca es un negocio redondo, ya que ahora los fans no sólo compran tu producto sino lo promueven en línea. "Mándale a Pepsi una selfie y tal vez la incluya en el show de Beyonce del Super Bowl, acércate a una marca o a una celebridad, y hay una promesa implícita de que te responderán". Al final, "en vez de venderle el producto a la audiencia, la idea es que la audiencia venda el producto por ellos. Quieren hacer las interacciones abiertas y transparentes, pero toda esa transparencia requiere mucha planeación".

Otra de las formas en las que el internet es el escenario perfecto para que las corporaciones minen a sus usuarios, es a través del contenido que seleccionan para sus productos. El internet no sólo es un enorme focus group que reduce los costos de prueba, es también la fuente misma del contenido para otros medios. Por ejemplo, un programa de la cadena Fuse en Estados Unidos, Trending 10, patrocinado por Trident, se produce con el contenido destacado de las redes sociales. "Los jóvenes están generando el contenido, y lo están ayudando a promoverse de regreso en un infinito loop de retroalimentación entre el emisor y la red social", dice Rushkoff.

Jane Buckingham, de la agencia Trendera, explica: "tu consumidor es tu vendedor. Y creo que eso es un cambio sustancial porque antes era una conversación unidireccional del vendedor al consumidor y ahora el consumidor hace tanta labor como el vendedor para que el mensaje se difunda".

Así en nuestras vidas, en la forma que hemos interiorizado el tiempo, cada momento es una oportunidad para hacer branding --y no ya una oportunidad para tener una experiencia privada o para comunicarnos sinceramente con alguien fuera de la red (en lo que los griegos llamaban Kairos), en un contacto directo que nadie podrá ver y que no generará datos que luego podamos canjear por likes.

Rushkoff nos dice que la paradoja de la generación like es que "los chicos están 'empoderados' para expresarse como nunca antes", pero las herramientas con las que se expresan tienen una agenda, una particular orientación y una serie de valores que no pueden sustraerse de las mismas (como, por ejemplo, que las interacciones son una moneda de cambio o un valor publicitario). Llegamos inexorablemente a la realización de que las condiciones del medio --la forma en la que ha sido programado--, son indisociables del mensaje que pueden producir. Rushkoff actualiza la famosa frase de McLuhan y nos dice: "programa o serás programado". 

Twitter del autor: @alepholo

 

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Si la violencia colectiva e individual son directamente resultado de la pérdida de identidad nacional e individual, ¿cuál es la respuesta? ¿Puede una devastadora pérdida de estructura ser recibida con una misma habilidad para abandonar nuestra estructura interna? ¿Acaso es posible desconectarse verdaderamente?

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Cemento de sangre: concretizando lo abstracto

En una conversación reciente, el investigador de lo paranormal George P. Hansen me dijo que la liminalidad no se presta a la expresión abstracta: es demasiado difícil hablar de la liminalidad en abstracto, dijo Hansen; tienes que referirte a ejemplos concretos.

La liminalidad va en contra de las estructuras, y el lenguaje es una expresión de las estructuras. Es tanto el resultado de la estructura como el medio para imponer estructura en las cosas. Hablar de la liminalidad, entonces, es intentar llevar el lenguaje más allá de los límites de lo que es capaz de expresar o describir. Como dice la famosa frase: “es como bailar sobre arquitectura”. (Esta frase en sí misma goza de una especie de estatus liminal, siendo una cita sin una fuente precisa, a veces atribuida al músico Martin Mull, quien supuestamente dijo: “Escribir sobre música, es como bailar sobre arquitectura [dancing about architecture]”. (No existe, aparentemente, un registro de esto[1]).

El punto aquí es, cuando hablamos de liminalidad (o escribimos de música, o bailamos sobre arquitectura), existe una cantidad descomunal de campo para el error (o al menos la interpretación subjetiva) porque las herramientas de descripción no están  en igualdad de circunstancias que lo que se describe. Usar ejemplos concretos reduce este problema (en el caso de la liminalidad, por lo menos) de forma similar a cómo las metáforas nos ayudan a entender cuestiones abstractas. Los ejemplos y las metáforas le hablan a una experiencia más directa, aquella del cuerpo y las imágenes, y dejan al menos algo de la interpretación al lector o al escucha. Esto nos permite llegar a nuestro propio entendimiento, en lugar de seguir al autor o emisor.

Afortunadamente, esta serie suelta de ensayos iniciaron cuando el autor descubrió un ejemplo de liminalidad tan llamativo (y conocido) que lo inspiró (ese soy yo) a usarlo como base para una exploración de la liminalidad como un lente a través del cual ver la historia y el comportamiento humano que ofrece un nuevo potencial para tomar otra perspectiva. Este ejemplo es uno que se sugiere (sin ninguna referencia o aparente conciencia de liminalidad) por el autor estadounidense Tom Snyder, en una ponencia que dio sobre su libro Bloodlands.

Aquí Snyder  ofrece una atrevida explicación de la persecución de los judíos en Europa durante el final de la década de 1930. Snyder inicia apuntando a que sólo un pequeño porcentaje de los judíos asesinados fueron matados dentro de Alemania, la gran mayoría siendo asesinados en países ocupados por los nazis, como Austria, Francia y Polonia. La razón que Snyder ofrece para esto es simple pero sorprendente: la persecución sistemática de los judíos dependía de que la nación a la que esos judíos pertenecían fuera primero desestabilizada. Ya que desestabilizar Alemania era lo último en la mente de los nazis, la persecución de los judíos no podía ocurrir en el mismo grado dentro de las fronteras nacionales que fuera de ellas.

Para ilustrar su punto, Snyder menciona un claro ejemplo: Estonia y Dinamarca, ambos países que fueron ocupados por los nazis en los 30. Según Snyder, mientras que los daneses salvaron de la muerte al 97% de sus judíos residentes, los estonios cooperaron en el exterminio del 97%. La diferencia, según Snyder, es sencilla: Dinamarca retuvo soberanía, su identidad nacional (y consecuentemente su estabilidad), no así Estonia.

Para una nación o, mejor dicho,  para un pueblo previamente perteneciente a una nación o una comunidad, que se identificaba con las instituciones, valores y morales que aglutinaban esa nación-estado, perder la soberbia significa entrar en un período de liminalidad.

 

Lo que el otro podría hacer: violencia mimética preventiva

Que una comunidad o una nación entre en un periodo de liminalidad o antiestructura, significa que las convenciones sociales han empezado a colapsar. Los individuos que pertenecen a una comunidad se identifican con las estructuras que los rodean, tanto sociales como morales. Cuando esas estructuras comienzan a colapsar, pronto sigue el sentido interno de identidad de las personas. ¿Para dónde moverse? ¿Qué es un comportamiento aceptable? No hay forma de decir. Todo esta súbitamente a la deriva.

Para ofrecer un ejemplo más actual: siempre me ha intrigado, cuando brotan disturbios urbanos para alguna injusticia social, en vez de dirigir su enojo hacia los opresores, los jóvenes manifestantes empiezan a saquear, destruir e incendiar sus propios barrios. ¿Por qué harían esto? Aparentemente se debe a que, sin un sentido de estabilidad dentro de su comunidad, estas personas entran en un estado de liminalidad en el que ya no se sienten seguros como individuos. Reaccionan con un pánico irracional, ansiedad y furia, y la sobrevivencia individual se convierte en su única preocupación.

Sencillamente, como Snyder lo describe, las personas de los países europeos cuyas instituciones estaban colapsando no se sentían seguras. Presenciando asesinatos a su alrededor sin que hubiera una razón contundente, naturalmente temían que podrían ser los siguientes. La forma más segura para sentirse seguros bajo esas circunstancias, y escapar al destino al que estaban siendo sometidos los judíos, los gitanos y otros grupos perseguidos, era alinearse con las fuerzas conquistadoras –los perpetradores. Si, en cambio, la nación a la que pertenecían retenía su soberanía y las instituciones permanecían intactas, como en Dinamarca, el pueblo sentía la seguridad suficiente para no adherirse (al menos no tan rápido) a las prácticas de los perpetradores. Evidentemente, se sentían seguros incluso para identificarse con las víctimas y por lo tanto elegían protegerlas.

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Según la tesis de Snyder, los nazis sabían esto. Reconocían que su infame Kristallnacht (“la noche de los cuchillos largos”), en la que miles de judíos alemanes fueron confinados y asesinados, fue una movida arriesgada por parte de Hitler. Estaban reacios de que tales tácticas no fueran repetidas dentro de las fronteras nacionales, porque si el pueblo alemán percibía inestabilidad en sus instituciones, podría levantarse en pánico –no en defensa de los judíos; simplemente, atemorizados por su propio bienestar.

El replanteamiento de la ocupación nazi de Europa y la persecución de los judíos y otros pueblos de Snyder es sutil pero profundo. Nota el obvio punto de que una de las razones principales por las que los habitantes de los países ocupados cooperaron con la persecución de los judíos fue que temían que no hacerlo pondría en peligro sus propias vidas y las de sus familiares. Pero añade que esto no era necesariamente un miedo directo a las fuerzas alemanas. Es más probable, dice, que se debiera a un miedo a sus propios vecinos (e incluso a sus familiares), o a cualquiera que reportara sus actividades si elegían rescatar a los judíos. ¿Es tan difícil de imaginar que, poseídos por un miedo de tal grado, muchos de nosotros cooperaríamos con las fuerzas de la ocupación nazi, ya que no estaríamos seguros de que nuestros propios paisanos no nos denunciarían?

Esta lectura de eventos familiares hasta el punto del desdén no me pareció demasiado sorprendente; una vez que fue deletreada, incluso parecía autoevidente. Pero lo que me llamó la atención fue cómo reformulaba las atrocidades ocurridas en Europa durante la década de 1930, encontrando una causa no sólo en las acciones de los nazis, sino en la imaginación de las personas ordinarias. En el miedo de lo que el otro podría hacer.

Esto es un hecho misterioso y esencial de los periodos de liminalidad: la mimesis, o la imitación inconsciente, se vuelve contagiosa. Sencillamente, al imaginar las terribles posibilidades de lo que los vecinos podrían hacer, muchas personas, durante el periodo liminal de Europa, optaron por hacerlo antes. Esto es violencia mimética preventiva.

Biológicamente, esta habilidad de colocarse en los zapatos del otro y deducir lo que está pensando es conocida como teoría de la mente, y comúnmente es considerada clave en la compasión y la empatía. La teoría de la mente podría haber sido una causa instrumental en aquellos pocos que eligieron rescatar a persona perseguidas en los 1930 en Europa (judíos, gitanos, etc.): una habilidad para imaginar el sufrimiento y oponerse a él.

Es posible, también, que haya sido la causa primaria para la misma decisión en el sentido opuesto y en una escala mucho mayor.

 

Abrazando la liminalidad

lotus_thief_1422482111_crop_300x300En la película The Matrix, cuando Thomas Anderson es desconectado de la Matrix, empieza atravesar una serie de reacciones físicas: parece que no puede levantarse, los ojos le duelen, etc. Después de que descubre la verdad, vomita. Sin embargo, en términos psicológicos, a pesar de descubrir que toda su vida ha sido una gran mentira y no es quien pensaba que era, básicamente se mantiene como la misma persona. ¿En realidad, si nosotros como individuos fuéramos removidos forzosamente de la Matrix de nuestras identidades sociales, si todos los valores y significados por los que vivíamos nos fueran arrancados, en un instante, no sólo de manera interna sino externamente, que quedaría de nosotros? La respuesta es: “No mucho”.

La película no puede mostrar esto, por supuesto. No puede mostrarlo porque la forma más lógica para hacerlo sería reduciendo a Thomas a un animal salvaje, a un lunático delirante. No puede mostrarlo, igualmente, porque no hay forma de plantear una existencia fuera de los valores sociales con los que hemos crecido desde el interior del marco de esos mismo valores. Simplemente no hay forma de bailar sobre arquitectura. Si The Matrix hubiera representado fielmente la experiencia de Thomas fuera de la Matrix, habría sido totalmente incomprensible.

La religión (y la espiritualidad), la sociedad, la política e incluso la psicología, todas tienen sus propios usos y equivalencias de la liminalidad. Pero eso es todo lo que son: usos. La liminalidad no puede ser vista como una etapa entre etapas porque esto presupone la existencia tanto de un pasado como de un futuro que la rodea. La naturaleza de la liminalidad es como la de un gitano o un judío errante. Siempre se está moviendo a ser un hombre sin nación, o sin nombre, ser un hombre y una mujer en medio de.

Si la tesis de Snyder es correcta (y si mi breve sinopsis le hace justicia), y si la violencia colectiva e individual son directamente resultado de la pérdida de identidad nacional e individual, entonces, ¿cuál es la respuesta a esto? ¿Puede una devastadora pérdida de estructura ser recibida con una misma habilidad para abandonar nuestra estructura interna? ¿Acaso es posible desconectarse verdaderamente? Pero si la arquitectura de la civilización está colapsando –y todos los caminos llevan a la ruina, ¿acaso queda otra cosa que bailar sobre ella?

No tengo la respuesta, pero en la siguiente parte de esta serie sobre la liminalidad intentaré bailar sobre la pregunta un poco más, siguiendo la teoría del contagio de René Girard (violencia mimética) y cómo el desvanecimiento de las fronteras internas y externas –y la creación de una monocultura o una identidad “Borg” colectiva— podría ser la ruta más rápida a un Apocalipsis global.

¡Si realmente lo queremos!

 

Twitter del autor: @JaKephas

Sitio web: https://auticulture.wordpress.com/

Lee primera parte: La historia vista desde un espejo liminal

Otros textos de Jasun Horsley en Pijama Surf 

 

[1] Las primeras citas conocidas aparecieron en revistas de música en 1979 y en una de arte el mismo año; la última se refirió a esto como el “famoso dictum”. La web Quote Investigator traza una frase similar a una edición de 1918 de la New Republic, sin embargo: “Estrictamente, escribir sobre música es tan ilógico como cantar de economía. Se puede hablar de todos los otros actos  en términos de la experiencia cotidiana. Un poema, una estatua, una pintura o una obra de teatro son representaciones de alguien o algo que puede ser medido (dejando a un lado el puro valor estético)  describiendo lo que representa”. Quote Investigator continua: “En 1921 la misma aseveración reaparece en la forma de una sonrisa de esfinge. El formato de este comentario utiliza la palabra “como” una vez y la palabra “sobre” dos veces. Esto conforma la plantilla moderna más común. Escribir sobre música es como____sobre____. El primer espacio contiene términos como arquitectura, economía, futbol”.