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Muchos pensábamos que el internet iba a ser la tecnología que liberaría a la humanidad del yugo de la sociedad de control y estimularía una revolución psicodélica (la información era la droga). Aunque ha dejado cosas interesantes, el internet no ha cumplido con estas promesas, sino al contrario. Douglas Rushkoff y Jason Silva debaten lo anterior

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Como la mayoría de las personas que crecieron en los 90, el internet en un principio me pareció el medio de comunicación ideal para incrementar la conciencia colectiva y liberar a los individuos de paradigmas de control (la vieja idea con ecos religiosos de que la información nos haría libres). Parecía un medio utópicamente democrático, rizomático, en sintonía con las ideas de la noósfera y de la evolución de la mente global. Un medio que empoderaba a las personas que querían conectar con otras personas sin los filtros y las restricciones de las corporaciones y los gobiernos. Los jardines de data se estaban abriendo y fluía el polen electrónico por los campos de resonancia mórfica, podíamos compartir y estimular mutuamente nuestra creatividad... Era un medio psicodélico, una tecnología que venía directamente del laboratorio de Hermes, el dios de la comunicación.

Estas ideas nos venían de Tim Leary, que había dicho que la computadora era el LSD de los 90 y de una nueva generación de comunicólogos, programadores, periodistas, escritores y hacktivistas: Douglas Rushkoff, heredero de McLuhan y protegido de Tim Leary, quien en Cyberia y Media Virus había identificado la red como un mecanismo de conciencia infeccioso, donde los nuevos pranksters y reality hackers podían hacer de las suyas; William Gibson, el autor de Neuromancer, en donde el ciberespacio se vaticinaba como un desdoblamiento astral; Jaron Lanier y Mark Pesce llevaban la batuta en el diseño de realidad virtual (pensado como una topología de la imaginación); Atom Jack, el programador de Fusion Anomaly, una enciclopedia psicodélica de hyperlinks que simulaban ser un cerebro holográfico, sin duda uno de los sitios más mágicos en la historia de internet y que, antes de Wikipedia, nos hacía pensar que la red nos iba a hacer despertar de la Matrix (y no que era la misma Matrix); el editor de Wired,  la revista más identificada con la red, era Kevin Kelly, una especie de sacerdote de la tecnología (la cual nos llevaría a ser dioses); en Wired y en otras compañías circulaban ideas de filosofía tecnoespiritual siguiendo la visión de Pierre Teilhard de Chardin y Buckminster Fuller, una "techgnosis" (usando el término de Erik Davis) que hacía de la red una imagen de la mente humana materializada o exteriorizada: el ciberespacio como el éter sináptico del cerebro planetario. Más allá de esta rutilante capa pensante de mavericks de la información, estaban, sin embargo, grandes corporaciones de tecnología y agencias del gobierno como DARPA, que habían sido instrumentales en el desarrollo de la tecnología (como ocurre comúnmente, mucha de la innovación es fondeada por el complejo militar). Era inevitable, como ocurre con todas las tecnologías, proyectamos en la red, la gran metáfora de nuestra mente, nuestros propios complejos, deseos y miedos y nuestras propias dinámicas políticas y económicas de control, vigilancia y mercantilismo.  

El internet que experimentamos hoy, es un internet donde un puñado de sitios controlan la mayor parte del tráfico (de igual manera que ocurría con las cadenas de TV), el internet donde ya no existe la privacidad y cada movimiento no sólo esta siendo registrado sino está siendo capitalizado por agencias de marketing --que trabajan estrechamente ligadas a las redes sociales. El internet donde los usuarios pasan la mayor parte del tiempo subiendo selfies y actualizando sus perfiles, recibiendo microdosis de dopamina en los feeds de Twitter o Facebook, leyendo encabezados de los mismos sitios de noticias, cada vez con menor capacidad de atención (su atención siendo disputada por fuego cruzado) e interés por aventurase más allá de los límites dados por el perímetro... no es el internet que muchos habían previsto. Ese internet de la información como agente psicodélico, como herramienta revolucionaria. Este internet no ha cumplido los sueños cósmicos de los 90. Siendo justos, esos sueños eran desaforados, como ocurre momentos después de tener una experiencia psicodélica y uno piensa que la realidad nunca va a ser igual y el mundo estará por siempre teñido de una luz iridiscente de una amplia gama de posibilidades donde la imaginación podrá reinar con alas infinitas. Esos momentos tan entrañables, en la cresta del viaje donde piensas que podrás llevarte la luz contigo a todas partes donde vayas, que haber tocado las alturas te hará por siempre angelical, se revelan ahora como ilusorios. El conjuro de Maia.

 

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Para ejemplificar este complejo sentimiento encontrado de entusiasmo y desánimo, nada mejor que el video aquí presentado. Un diálogo airado, electrizante, cargado del espíritu mercurial de la era (con un leve tono saturnal de la experiencia reflexiva como contrapeso), entre dos mentes geniales.

El teórico de medios Douglas Rushkoff es uno de los grandes iconos intelectuales de esos primeros vuelos del internet, una voz que en su momento fue entusiasta, pero sin dejar de ser lúcida y crítica. La realidad es que las cosas eran diferentes en ese entonces. La burbuja se rompió, llevándose consigo también esos tonos psicodélicos oníricos que dibuja el jabón en el aire. Esta conversación entre Douglas Rushkoff y Jason Silva sobre la actualidad de la tecnología y sus viejas promesas, nos sitúa de nuevo en la palestra electrónica, pero desde una doble perspectiva: el punto de atalaya de Rushkoff, años después; y el empuje catalizador de la nueva generación -- vía Jason Silva-- que no se arredra ante la prudencia conservadora y las decepciones de los más grandes.

Rushkoff, el emblema de la vieja guardia. Jason Silva, el exhost de la cadena de Al Gore Current TV, autodenominado "un junkie del asombro", un filósofo exprés de la era de YouTube, con una gran capacidad de sintetizar información y redistribuirla, y que mantiene ese entusiasmo jovial de que la tecnología no sólo es una manifestación inevitable de la evolución y la complejidad humana sino que es un disparo cósmico de la matriz de la tierra hacia las estrellas y la autodivinización.

Rushkoff nos cuenta sobre los inicios, las cosas que han cambiado; en los 90:

Las personas que usaban alucinógenos eran las únicas que se atrevían a construir estas plataformas [las computadoras, la web], las únicas que tenían la imaginación para construir esta realidad, tenían la costumbre de imaginar algo que luego se materializaba.

Silicon Valley como hijo de los 60, de los hippies que podían regresar a tierra firme y construir palacios de silicio. Pero las cosas han cambiado:

El problema es que los psiconautas disciplinados implementaban esto y tenían una moralidad implícita, la gente que hacía las computadora compartía un sentido de valores en común sobre las personas, las paradojas, el arte y cuando veo a la gente que está programando nuestra realidad hoy veo a chicos de Stanford que acaban en Goldman Sachs para trabajar en algoritmos que superen a los corredores de bolsa humanos... ya no veo esa moral, ya no hay una conexión con lo real sino una realidad virtual...

cyberiaRushkoff considera que detrás de las ideas de la singularidad y el transhumanismo hay una falta de estimación del ser humano, una visión de la historia como la evolución de la "información por sí misma moviéndose hacia estados de mayor complejidad... y los humanos sólo ayudando a las computadoras a manifestar la nueva etapa de la evolución". Esto es una crítica de la idea de que el ser humano es sólo un vehículo para que la información --los genes, los memes y los replicantes-- consiga volverse autoconsciente y avance con su propia agenda, algo que yace detrás de las visiones tecnoespirituales de Ray Kurzweil, entre otros.

Silva argumenta que no hay nada antinatural en la tecnología, es la inevitabilidad de la evolución, de la manifestación expansiva de la conciencia humana: "la tecnología es una piel humana, de la misma forma que una tela es parte de una araña... nuestros smartphones son un andamiaje de la mente. Cuando vemos al Mars Rover moviéndose por la superficie de Marte, estamos viendo a la mente humana gatear por la superficie del planeta rojo".

Mientras que Silva señala que la resistencia a nuevas tecnologías es algo que ya se ha visto antes, desde la implementación del alfabeto en Grecia, donde, según un diálogo platónico, se temía que sería desastroso para la memoria humana. Rushkoff matiza y señala que el lenguaje nos permitió cosas como viajar en el tiempo con la mente y el progreso científico, pero también nos dio el mesianismo, el milenarismo y las profecías apocalípticas. Ideas de progreso y redención al final de la historia que a veces escinden nuestra conciencia y suprimen la importancia de nuestras relaciones inmediatas. Ante el entusiasmo irreflexivo que naturaliza toda tecnología como parte de la evolución de la mente humana, Rushkoff advierte:

Lo importante es quién está construyendo estas tecnologías, con quién estamos en concierto... Google, por ejemplo, una compañía que [según su eslogan: "don't be evil"] nunca hará nada malo, pero que construye drones y robots para perseguir a las personas.

Rushkoff aquí pide analizar si existe una agenda o no en los espacios programados en los que nos movemos, una mirada menos naíf. Reflexionar sobre las relaciones que tienen las empresas que controlan y diseñan nuestra tecnología con los gobiernos, por ejemplo. Se preocupa, también, de que los paraísos artificiales y la hiperinteligencia que promete el transhumanismo en su alianza con la inteligencia artificial no serán precisamente democráticos, sino que serán un reflejo de la misma economía desigual del llamado 1%. "Los que están maniobrando la nave, no confío en ellos. Zuckerberg, Sergey Brin, todavía están buscando una historia que vendernos, historias como las que le cuentan a los niños para que se duerman". La fachada revolucionaria empoderadora del discurso de internet se desvanece cuando vemos "que nuestras mejores mentes están construyendo Twitter y haciendo cosas 'disruptivas' pero luego van con Papá Goldman Sachs y le entregan la compañía y convierten sus empresas en nuevos peones de Wall Street". 

Silva alega que la forma en la que la tecnología nos acerca a la información y nos permite entrar en contacto con mentes como las de Terence McKenna o ver imágenes del cosmos que generan epifanías, le produce una dosis perenne de inspiración y asombros ("shots of awe", lo llama). Rushkoff toma su distancia: "Mientras nosotros perseguimos esos highs estamos patrocinando una estructura tecnológica que no controlamos". La tecnología nos brinda estímulos incesantes on demand que antes recibíamos de manera menos gratuita y poco frecuente del mundo real --como si siempre estuviéramos recibiendo dulces de una máquina dispensadora que excitaran nuestras neuronas con rushes de dopamina y antes nos los teníamos que ganar con otras personas o generar ese asombro por nosotros mismos. Este es el gancho con el que aceptamos todo tipo de medidas que antes nos parecían escandalosamente invasivas y adoptamos aplicaciones y aparatos como mediadores de todas nuestras relaciones.

Rushkoff aplica una sospecha psicodélica a la tecnósfera:

Lo mejor de los psicodélicos es que ves las estructuras que antes habías aceptado sin cuestionarlas bajo una nueva luz, entiendes que las circunstancias de tu realidad son construcciones sociales de personas que pueden o no tener en consideración tus mejores intereses.

Una noción de los psicodélicos más cercana a su significado etimológico: aquello que manifiesta la mente. Algo más parecido a un des-alucinógeno. Rushkoff agrega que el secreto de los psicodélicos es darnos esa dosis de asombro pero ya no tomándolos, sino en la vida cotidiana y si no logramos regresar a la realidad con las joyas no tiene sentido dar el brinco.

Mostrándose decepcionado por cosas como BitCoin, que reprodujo "estúpidamente el mismo formato especulativo" de la economía capitalista, Rushkoff considera que más que mejorar los paradigmas que vienen instaurándose desde la Era Industrial, debemos de ir más atrás y rescatar otro tipo de valores, remontándonos al Renacimiento y a las nociones que McKenna llamaba el "archaic revival". Una "tecnología para hacernos más humanos y no para extraer más datos o vender más cosas", puesto que hoy la tecnología "es indiferenciable del mercado", esta es el alma capitalista del techne.

Por último, en una nota más optimista, Rushkoff recuerda que en su época, en los 90, también había personas que veían las cosas de manera sombría y él estaba cumpliendo el rol de sacarlos del malviaje, lo que reconoce es ahora el papel de Silva, quien todavía tiene la exuberancia para excitar a las personas. Algo que también es necesario, la fantasía y la ilusión, reencantarnos con el mundo en el que vivimos.

Twitter del autor: @alepholo

 

 

Sobre la iridiscencia de la cola del pavo real o una cartografía etérea de la experiencia visionaria desde la religión, la alquimia y la psicodelia

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Ave regia, asociada con la divinidad y la experiencia visionaria, el pavo real es el animal que tradicionalmente anuncia la llegada de la primavera. Celebrando la reciente entrada de la primavera invocamos la auspiciosa aparición del pavo real: y una estela de iridiscencia desfila en el aire.

El poeta Angelo de Gubernatis capta esta aparición con riqueza imaginativa:

El sereno cielo estrellado y el sol brillante son pavos reales. El profundo azul del firmamento resplandeciente con mil ojos luminosos, y el sol profuso con los colores del arcoíris, presentan la aparición del pavo real en todo el esplendor de sus plumas enjoyadas con ojos.

Jung nos dice que el pavo real es la imagen alquímica de la llegada de la primavera: la naturaleza que sonríe de nuevo, los colores que regresan al mundo, el verde de las hojas, el rojo y el amarillo y el azul vibrante de las flores que brotan como rayos de sol cristalizados. La belleza prístina de las cosas en eclosión marca el proceso de ascenso de la luz; seducción y cortejo, cantos y colores que captan la atención de parejas y polinizadores.

En el sofisticado despliegue de la cola (o “tren”) iridiscente del pavo real macho para cortejar a las hembras vemos una prueba de que la evolución tiene en alta estima a las producciones estéticas (está enamorada de las obras del tiempo). El psicólogo evolucionista Geoffrey Miller cree que el tamaño de nuestro cerebro y su capacidad de emplear atención y energía en cosas como la música, la poesía o las matemáticas, cuyo foco no es la sobrevivencia sino más bien el cortejo, denota una función equivalente a la cola del pavo real. “Las habilidades más impresionantes de la mente humana son como la cola del pavo real: herramientas de cortejo”.

Esta producción de elementos afrodisíacos, desde la flor animal tornasolada del pavo real al lenguaje metafórico humano, nos remite al dominio de Afrodita. La estética y el placer como motor biológico y seducción de los genes, pero también como un ethos metafísico. El filósofo neoplatónico Plotino nos dice que la belleza es lo que nos permite ver en este mundo el mundo divino, es una transparencia hacia lo invisible numinoso. Sin Afrodita sólo tendríamos teología, sólo teorías sobre los dioses, pero a través de ella podemos sentir la radiación de lo divino. Una estela que dejan los dioses en el aire: el brillo alado del pavo real. Los ojos o ocellis que tapizan con una intrincada ornamentación sus plumas son un ejemplo portentoso de esta belleza que es un pasadizo entre mundos. 

Con su glamour aristócrata, su miríada de ojos y la forma en la que levanta su cola como una corona o un disco solar, el pavo real es naturalmente un emblema de distintos dioses. Krishna, el irresistible seductor de la piel azul, es representado con plumas de pavo real en su cresta. En Grecia se decía que la carne de pavo real –el ave de Persia-- no se descompone cuando muere, por lo tano era un símbolo de la inmortalidad (el pavo real es el ave natural que más se acerca al fénix). Según cuenta Ovidio, los ojos de las plumas del pavo real eran los 100 ojos de Argos Panopte, el longividente gigante que fue decapitado por Hermes. Hera luego colocó los ojos de Argo, quien era su sirviente, en los ojos del pavo real, constelando la memoria. El carruaje de la diosa del trono dorado era empujado por pavos reales. Podemos conectar esto con una imagen de Purusha, el ser distribuido en los mil ojos de luz que se menciona en el Rig-Veda. Purusha es la primera manifestación de Shiva, como el "hombre cósmico", el hombre que contiene el universo, descrito como un gigante de innumerables cabezas y ojos, tan inmenso que sólo una cuarta parte de su cuerpo es el mundo que conocemos –lo restante es lo inmanifiesto. En su libro Structure and Dynamics of the Psyche, Jung hace referencia a la aparición de Purusha:

Aparece como una lluvia de brillos reflejados en un espejo, la cola de un pavo real, los cielos tejidos de estrellas, las estrellas reflejadas en el agua oscura, esferas luminosas, lingotes de oro o arena dorada esparcida en la tierra negra, una regata en la noche, con linternas en la superficie del mar, un ojo solitario en la profundidad del mar o la tierra.

pine_c38La multiplicidad de ojos del pavo real lo ha llevado también a ser asociado con la Providencia y el Dios Padre, el dios del cielo "que todo lo ve". El pavo real guarda cierta relación con el “Ojo de Dios” o el ojo de la Providencia, a veces ubicado en la glándula pineal. El cristianismo ha representado este ojo como un cono de pino y en la Fontana Della Pigna en el Vaticano podemos ver una escultura de un enorme cono de pino, en cuyos flancos yacen dos pavos reales de bronce. Podemos ver la misma imagen en la  vieja creencia de que la puerta del paraíso era vigilada por un par de pavos reales. Borges nos dice: "El panteísta irlandés Escoto Erígena dijo que la Sagrada Escritura encierra un número infinito de sentidos y la comparó con el plumaje tornasolado del pavo real”. Al igual que el fénix, el pavo real, como ave de la inmortalidad, simbolizó también a Cristo resurrecto. La Iglesia se sirvió también de la antigua creencia de que el pavo real es inmune al veneno de las serpientes, y como tal es el destructor de espíritus malignos

Aunque caro a Hera, la astrología considera que el pavo real es un ave de Júpiter (Zeus), el dios y el planeta que atempera a los otros planetas y los otros dioses: los sietes rayos del espectro luminoso y las siete notas de la escala musical que componen la imagen del alma en la psicología hermética de Marsilio Ficino. Escribe Thomas Moore en su obra The Planets Within:

Los ojos del cielo, tan importantes en la magia natural de Ficino, aparecen aquí en la cola del pájaro de Júpiter. Jung hace otra conexión recordándonos que en la alquimia los colores de la cola del pavo real corresponden a las siete esferas planetarias.

El siete vuelve a aparecer en la cosmología de los yazidíes, quienes consideran que Dios puso el universo al cuidado de siete ángeles o demiurgos, el principal de ellos: Melek Taus, “el Ángel Pavo real”. Este demiurgo benévolo tuvo que redimirse de la caída –la separación de Dios— llorando por 7 mil años, llenando siete jarrones con los que se apagaron los fuegos del infierno.

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Cauda Pavonis, el Pavo Real Alquímico

En el lenguaje de los alquimistas, siempre inclinado a las metáforas herméticas, la cola del pavo real (cauda pavonis) marca un punto específico en la transformación de la materia hacia la piedra filosofal o el elixir. Existen diversas opiniones sobre si la aparición del cauda pavonis ocurre antes o después del albedo, etapa que anuncia un claro progreso en el opus magnum. De cualquier forma el significado de esta frase en los textos alquímicos se refiere a un tipo de brillo iridiscente que se observa cuando se ha logrado espiritualizar la prima materia. Este momento epifánico puede o no ocurrir en un plano material. Patrick Harpur, en su libro Mercurius, describe este estado visionario:

La oscuridad remanente se desdobla como los pétalos multicolores de una flor metálica. Cada pétalo enjoyado cintila en una constelación de zafiros, ópalos, esmeraldas, amatistas, rubíes y ónix. Los colores se transforman y fusionan, parpadean y se disipan, como una encarnación de Iris.

Esta visión parece ser un fractal de la totalidad de la obra, atisbada en su esplendor iridiscente, lo mismo en el laboratorio que en el plano astral, en el crisol del alma. El erudito de la alquimia, Adam McLean nos dice que la etapa de la cola del pavo real es “la experiencia consciente del cuerpo astral”, una prueba más en la evolución espiritual del adepto: inicialmente “los aspectos negativos distorsionados del propio ser pueden predominar y aparecer como un dragón alado, pero a través de la purificación, la belleza completa y el esplendor del cuerpo astral se revelan en la Cola del Pavo Real”.

Screen Shot 2015-03-22 at 7.13.31 PMUna de las grandes aportaciones de C. G. Jung fue encontrar una analogía entre los procesos aparentemente materiales del trabajo alquímico y los procesos de individuación de la psique humana. El opus magnum en la visión de Jung es la conjunción de los opuestos, la integración de la sombra y el conocimiento de los aspectos inconscientes de la psique. En su Psicología de la transferencia, Jung escribe: "El misterio de la coniunctio, el misterio central de la alquimia, tiene como meta precisamente la síntesis de los opuestos, la asimilación de la negrura, la integración del diablo... en el lenguaje de los alquimistas, la materia sufre hasta que el nigredo desaparece, cuando el amanecer (la aurora) es anunciada por la cola del pavo real (Cauda pavonis), el alba de un nuevo día, el leukosis o albedo”. La cola del pavo real es también un signo de la multiplicidad (los colores del arcoíris) que regresan a la unidad inherente, a un estado puro de no-dualidad (la luz blanca).

Jacob Böhme, el zapatero alemán que vio el Aleph en un rayo de luz reflejado sobre  una hoja de latón, ofrece otra perspectiva de esta visión arquetípica del espectro luminoso. Sobre la “vida de la Naturaleza y el Espíritu que se unen en la rueda esférica”, una visión que es como una teoría del misticismo del color:

Se nos hace conocida una eterna Esencia de la Naturaleza, como el Agua y el Fuego, que se sostienen como si estuvieran mezclados el uno en el otro. Y ahí surge un color azul brillante, como el Rayo del Fuego; y luego tiene la forma del rubí mezclado con cristales en una Esencia, o como el amarillo, blanco, rojo y azul unidos en una oscura Agua: ya que es como el azul en el verde, cada uno con su brillo y resplandor, y el Agua sólo resiste su Fuego, de tal forma que nada se gasta, sino que queda una sola Esencia eterna en dos misterios fusionados.

Así se unen la naturaleza y el espíritu, una conjunción de la tierra y el cielo. El pavo real y su destello tornasol es también un axis mundi, un arco de alianza. En su similitud con esta descripción de Böhme de este matriomonio (hierosgamos) del agua y el fuego (ignis-aqua) podemos entender que probablemente Shakespeare tenía nociones de alquimia, cuando termina misteriosamente sus sonetos con la frase: “Came their for cure and this by that I prove/ Love’s fire heats water, water cools not love”. Tal vez podamos percibir el translumbramiento de la cola del pavo real, el destello iridiscente del espíritu en el fuego líquido: el amor, con su cóctel de neurotransmisores, que es también un psicodélico endógeno.

Una cierta iridiscencia: el masaje visionario de las plumas del pavo real

 

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De la misma manera que los ojos del pavo real abren la puerta al simbolismo religioso, los colores de su cola son el aliciente de las visiones psicodélicas, que encuentran en esta ave también un emblema para construir su propia mística y señalizar el camino del psiconauta.

Las dos grandes figuras de la subcultura psicodélica en Estados Unidos, Timothy Leary y Terence McKenna nos hablan de las plumas del pavo real como parte de la topología del Mundus Imaginalis particular a los psicodélicos. Reflexionando sobre su vida, McKenna señala que en su temprano interés por los minerales y las mariposas había una búsqueda por “un cierto tipo de iridiscencia” que luego encontraría experimentando con drogas psicodélicas como el DMT y la psilocibina. Lo que sería más tarde “un vistazo del Ángel Pavo Real”, una imagen del “extraño atractor” o “Punto Omega” que nos llama desde la eternidad. De nuevo, un tipo de luz afrodisíaca que nos seduce, en este caso hacia la manifestación de la mente: lo psicodélico. La iridiscencia o el arcoíris como guardián del reino de la imaginación que se materializa en el mundo.

Tim Leary, el profesor de psicología de Harvard que asumió la misión de encender a un país (“tune in, turn on, drop out”) después de tener una experiencia visionaria con hongos alucinógenos en México y de probar el LSD y la mezcalina, siguiendo las recomendaciones de Aldous Huxley, también tiene en su formación psicodélica una serie de encuentros con la especial iridiscencia del pavo real.

En su libro Flashbacks Leary narra un diálogo que supuestamente tuvo con el escritor beat Neal Cassady, quien le pidió un poco de psilocibina, argumentando: “He hecho hongos mágicos en Oaxaca, entiendes, y sentido la cola arcoíris del pavo real acariciar mis ojos”. Las plumas del pavo real como un tipo de eye candy o masaje visionario, código de pertenencia a la Orden Psicodélica del Pavo Real Angélico.

Huxley en mezcalina parece evocar la misma visión policromática de piedras preciosas animadas que observó Böhme, con un tono intelectual que hace pensar en la identidad entre el paraíso y las bibliotecas que han hallado escritores como Borges:  “Como flores brillaban cuando los veía… Libros rojos, como rubíes; libros esmeraldas; libros empastados con jade blanco; libros de ágata; de topacio amarillo; libros de lapislázuli cuyo brillo era tan intenso, tan intrínsecamente significativo que parecía salir volando de los anaqueles para ocupar insistentemente mi atención”. 

En la iridiscencia y en los ocelli del pavo real tenemos el zurcido visionario que evoca gemas y piedras preciosas como las que se cuenta están incrustadas en el cielo de los ángeles o en el mismo paraíso. Tomas de Aquino vio en una piedra su propio aleph, su propia coniunctio: "Encontré una cierta piedra, roja, brillante, transparente y en ella vi la forma de todos los elementos y también sus contrarios". El rojo de la pierda podría ser una referencia al rubedo de la alquimia,  la etapa que sigue al albedo y en la que se consigue la piedra de los filósofos.

Terence McKenna, en su libro Food of the Gods, lanza la hipótesis de que las plantas psicodélicas son un tipo de  exoferomonas –mensajeros químicos entre diferentes especies-- con las que estas especies se esparcen por el mundo y forman relaciones simbióticas con el hombre. Algo como un mecanismo de evolución epigenética, con el que no sólo distribuyen sus genes sino también sus memes y actúan como guardianes del "Logos de Gaia". Siguiendo con esta idea, podemos pensar que las visiones iridiscentes de los psicodélicos son el material afrodisíaco (dream-stuff: oniridiscencias) con el que estas sustancias psicodélicas nos seducen, de la misma forma que ocurre con la cola del pavo real o el erotismo codificado en el lenguaje de la mente humana, según la interpretación de la selección sexual de Geoffrey Miller. Regresamos también a la seducción de Venus-Afrodita; la belleza que nos hace percibir un brillo etéreo en el corazón de la materia, algo como el estremecimiento de un velo.

Twitter del autor: @alepholo