*

X
Caminar a la deriva podría considerarse hoy como un fino arte de subversión que debiéramos preservar para beneficio de nuestra especie.

Screen Shot 2014-05-13 at 9.17.15 PM

Por diversas razones que quizá incluyan al azar, al destino y a la torpeza colectiva, hoy vivimos una realidad un tanto frenética. Si bien el actual escenario tiene innumerables bondades, existen ciertos aspectos de él que nos sugieren desaciertos importantes. La productividad, la rapidez y la funcionalidad, son solo algunas de las características que hemos privilegiado culturalmente, con el suficiente exceso como para dar lugar a estilos de vida marcados por el estrés, la frivolidad y la automatización de procesos que antes enriquecían, de manera deleitante, nuestra existencia –por ejemplo los traslados.

Dentro de este modelo que aspira a la síntesis funcional y acelerada de la vida, uno de los actos en esencia subversivos es el de caminar a la deriva. Caminar podría traducirse como el no tener la solvencia económica para moverte de otra forma (una afrenta contra la ‘evolución financiera’ de la especie), no tener prisa para llegar a tu destino (un insulto contra la noción de producir y ser eficiente) y, evidentemente,  remite a un medio de transporte que está lejos de la funcionalidad del automóvil, la practicidad del transporte público o el coolness de la bicicleta. En cuanto a la otra variable, el "sin destino", se trata de un franco agravio contra todos estos valores culturales, tan radical que incluso podría calificar como un absurdo.

Caminar es sin duda una de las mejores rutas para revertir la auto-percepción fragmentada. Si bien nos enseñaron que nuestro cuerpo está separado de nuestra mente, nosotros del paisaje, y este del todo, algo muy especial ocurre mientras caminamos: las barreras culturales se van diluyendo rítmicamente hasta fundirse, y entonces el músculo de tu pierna es a la vez los árboles que, estáticos, te acompañan, y tus pensamientos se condensan en la sombra de tus pasos. "Caminar es una forma de reclamar el mundo. Atenta contra la velocidad del pensamiento, contra la inercia de los días y la separación tajante entre el cuerpo y la razón, que sufre tanto hoy en día.", dice Lucia Ortiz Monasterio en su texto "Sobre salir a caminar". Y es que caminando nos auto-reafirmamos pero no como seres aislados, sino como engranes de un ritmo que nos trasciende y, proporcionalmente, nos aligera. 

nicolavilla_walking_r3

El ir "a la deriva" se perfila como una actividad existencialmente estética, que privilegia la espontaneidad sobre el programa y que descarta orígenes y destinos –pues prefiere disolverlos para formar un solo cuerpo, el trayecto. Así que de acuerdo a las dos variables que confluyen en esta actividad, el caminar sin rumbo no solo encarna una especie de manifiesto anti-geográfico y anti-temporal, también se desliga de múltiples exigencias socioculturales que atentan contra nuestra calidad de vida.

Lamentablemente, hoy existen pocos estímulos y muchas dificultades para el “caminante a la deriva”, tales como obligaciones laborales que no admiten alteraciones en la agenda o pseudo-planificaciones urbanas que hacen cada vez menos caminables algunas ciudades, etc. Además, la noción de hacer algo por el simple hecho de hacerlo, sin expectativas o planes de por medio, se califica como una pérdida de tiempo o, en el mejor de los casos, como una actividad ‘poco rentable’. Esto nos lleva a que, por ejemplo, si bien en el Reino Unido prácticamente todos los habitantes aseguran caminar al menos distancias cortas en su vida diaria, solo el 17% admita que, lejos de toda praxis, camina por el simple gusto de hacerlo (y este sector incluye a aquellos que lo hacen paseando a sus perros).

En medio de este contexto poco amigable con las caminatas azarosas, un arte que ya solo practican vagabundos, fantasmas, y unos cuantos rebeldes, emerge ese llamado a remar contra la corriente, a valorar el placer implícito en el ejercicio de la ‘contraculturalidad’ y la oportunidad de reafirmarnos como potenciales amigos del caos original. No descartemos que la veta más genuina de la subversión se manifieste hoy en esta práctica. 

Y tú ¿cuándo fue la última vez que saliste a caminar por el simple gusto de hacerlo y sin un pretexto práctico de por medio? ¿hace cuánto que no opones resistencia a la fusión original entre movilidad y azar? ¿sabías que el único destino posible es el camino? 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis 

 

Te podría interesar:

Estas son las diferencias entre una mente exitosa en la vida y otra poco exitosa

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/13/2014

De acuerdo con la psicóloga Carol Dweck, podemos afinar nuestro monólogo interior y mentalidad para ser más exitosos en todos los aspectos de la vida

De acuerdo con la psicóloga de Stanford Carol Dweck, la mejor manera de tomar control de tu vida y empujarte a ti mismo a derrumbar fronteras es diseñando tu mentalidad. Las personas exitosas, dice, se concentran en el crecimiento, mientras que las personas que no son exitosas piensan que sus habilidades son inamovibles y evitan los riesgos.

Dweck divide a las personas en dos categorías: mentalidades fijas y mentalidades de crecimiento. El siguiente infográfico de Nigel Holmes resume estas diferencias:

Taschen book: mindsets

Dweck argumenta lo siguiente:

Creer que tus cualidades están grabadas en piedra –la mentalidad fija—genera una urgencia de probarte a ti mismo una y otra vez. Si tienes sólo cierta cantidad de inteligencia, una cierta personalidad y un cierto carácter moral —bueno, entonces más te vale probar que tienes una dosis sana de ellas. Simplemente no funcionaría verte o sentirte deficiente estas características tan básicas.

Existe otra mentalidad en la cual estos rasgo no son simplemente una mano que te tocó y debes vivir con ella, siempre tratando de convencerte a ti mismo y a los otros de que tienes un póquer de ases cuando estas secretamente preocupado de que en realidad sólo tienes un par de dieces. En esta mentalidad, la mano que tienes es sólo un punto de partida para tu desarrollo. Esta mentalidad de crecimiento está basada en la creencia de que tus cualidades básicas son cosas que puedes cultivar mediante tus esfuerzos. Aunque las personas puedan diferir en cada rasgo –en sus talentos iniciales y aptitudes, intereses o temperamentos— todos pueden cambiar y crecer mediante la dedicación y la experiencia.

Más que ser otro libro de autoayuda, la teoría de Dweck está respaldada por la ciencia. En un ahora famoso estudio que se realizó en 1998, Dweck y Claudia Mueller separaron a 128 niños de 10 y 11 años en dos grupos. Se pidió a cada grupo que resolviera problemas matemáticos; a uno de los grupos se le felicitó por sus características innatas (lo hiciste muy bien; debes ser muy listo) y el otro fue apremiado por su esfuerzo (lo hiciste muy bien; debes haberte esforzado mucho).

Después se les dio otra serie de problemas más difíciles. Tan difíciles, de hecho, que muchos sujetos apenas respondieron correctamente a uno de ellos. A todos se les dijo que lo habían hecho peor que antes. Esto estuvo seguido de una tercera serie de, una vez más, problemas más sencillos, para ver cómo el fracaso había impactado el desempeño.

El resultado fue que a los niños a quienes se felicitó por su inteligencia tuvieron 25% más errores en la tercera prueba que aquellos a los que se les felicitó por su ética de trabajo. Los apremiados por su inteligencia tendieron más a culpar su inhabilidad para resolver problemas en su falta de habilidad o la dificultad de los problemas en lugar de en no haber tratado lo suficiente.

En otras palabras, lo que Dweck sugiere es que a los niños que se les apremia por su inteligencia cuando triunfan en algo son los que menos relacionarán su desempeño con el esfuerzo que hicieron; un factor que, en lugar de enseñar a los niños lo listos que son, parece enseñarles a hacer interferencias entre su habilidad y su esfuerzo. Y, entonces, en lugar de tomar riesgos, se quedan fijos en un mismo lugar porque no conocen el poder trasmutativo del esfuerzo.