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La caminata como una forma modesta y elegante de reclamar el mundo de regreso. De desafiar a las masas apresuradas con un ritmo anacrónico.

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Caminar es una forma de reclamar el mundo. Atenta contra la velocidad del pensamiento, contra la inercia de los días y la separación tajante entre el cuerpo y la razón, que sufre tanto hoy en día. Roland Barthes señalaba que “es posible que caminar sea mitológicamente el gesto más humano. Todo ensueño, toda imagen ideal, toda promoción social, suprime en primer lugar las piernas; ya sea mediante el retrato o el automóvil”. Caminar, entonces, podría verse como un acto subversivo que nos permite estar en nuestro cuerpo y en el mundo sin estar siendo ocupados por ellos. O como un descanso, pero uno que no es una pausa porque no deja de fluir en consonancia con el mundo externo.

De entre los caminantes (y pensadores sobre la caminata) más entrañables de la actualidad están Fréderic Gros, Rebecca Solnit y David Le Bretón. Los tres hacen de la peripatecia una filosofía que supone, en el contexto del mundo contemporáneo, una forma de nostalgia o resistencia. Gross, por ejemplo, es un filósofo francés que escribió Una filosofía de caminar, y en él dejó una de las frases más cercanas a lo que uno verdaderamente siente cuando camina y camina por horas: “La sedimentación de la presencia del paisaje en el cuerpo”.

“Sí”, apunta Gross en entrevista. “[Caminar] es seguir considerando las cuestiones de la eternidad, la soledad, el tiempo y espacio… Pero con base en la experiencia. Con base en cosas muy simples, cosas muy ordinarias”. Vale la pena conocer a este hombre, aunque sea sólo a través de la mirada de su entrevistador (o mejor aún de sus propias palabras) porque, además de que apela a una desobediencia cultural encantadora, es un académico silvestre que recuerda un poco al querido Thoreau.

Todos los que tenemos piernas y de vez en cuando las usamos participamos de la historia del caminar. Cuando caminamos estamos haciendo exactamente lo mismo que hacía Walter Benjamin, Baudelaire, Rimbaud, Woolf, Walser y Sontag. Lo mejor (al menos personalmente) es que uno puede escoger su propia legión de fantasmas y sumergirse con ellos en las mareas de las calles mientras el mundo solito se ordena con los pies.

Rebeca Solnit acaba de publicar un libro −ambicioso pero supongo que muy necesario− llamado Wanderlust: A History of Walking, que pretende hacer una perspectiva cultural sobre la caminata como una actividad elegida que se introdujo al mundo hace relativamente poco y está estrechamente ligada con la literatura inglesa del siglo XVIII y con los jardines. Estos últimos, de acuerdo a ella, se inventaron con el objetivo de contener las caminatas de personas pensativas. Una asociación por lo demás bellísima. En su libro observa que “caminar, idealmente, es un estado en el cual la mente, el cuerpo y el mundo están alineados, como si fueran personajes que finalmente conversan juntos. Tres notas tocando, repentinamente, un solo acorde”.

Pienso que para llegar a entonar este acorde, como para llegar a sedimentar la presencia del paisaje en nuestro cuerpo, se requiere más que una dirección final. Se requiere un poco de anacronismo (de anacronismo crónico, quizás) y de disposición para dejar que el ritmo y las cosas que van apareciendo en el camino se vuelvan parte del incesante monólogo interno que se produce. En un mundo en el que reina el hombre apresurado, el vagabundeo es un atentado contra el automatismo. “Los senderistas, por ejemplo, son individuos singulares que aceptan pasar horas o días fuera de su automóvil para aventurarse corporalmente en la desnudez del mundo”, dice Le Bretón “La marcha es entonces el triunfo del cuerpo”.  

Cada vez me convenzo más de que el ritmo lo es todo. El ritmo del cuerpo y de los sueños, sobre todo de los sueños. Cuando sueñas historias encabalgadas que se enciman unas con otras sabes que no estás bien. La narrativa frustrada es un lugar incomodísimo. Pero si sueñas en ritmo cadencioso, que se parezca más a las mareas del mar que a las estampidas, estás bien y puedes proseguir sin tener que decirte nada a ti mismo. Eso, más que ninguna otra cosa, lo da caminar. La marcha genera un ritmo de pensar, y el paisaje estimula pensamientos. La mente, entonces, se vuelve un paisaje que puedes atravesar caminando. Si, como decía Gertrude Stein, “la repetición es una forma de sentir la Tierra”, caminar, por ser una repetición prosódica, también lo es. Y no sólo eso. Caminar es la forma más modesta, y por lo tanto hermosa, de reclamar el mundo.  

 

Twitter del autor: @luciaomr

 

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Colabora con los muertos para crear arte (y sanarte)

Arte

Por: pijamasurf - 04/26/2014

Psi-Art ofrece registrar datos de una sesión de comunicación interdimensional y transformarlos en una imagen.

 

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La colaboración está de moda. Proyectos transversales que reúnen a diferentes personas y grupos para catalizar el poder de la inteligencia colectiva o la complementación multidisciplinaria. ¿Por qué no colaborar con tus muertos más queridos para crear una pintura que puede servirte como un portal o un paisaje de meditación y sanación? Muchas veces tenemos cabos sueltos con nuestros muertos, y como si fueran hilos invisibles, nos siguen sujetando e influyendo de tal manera que quizás la razón por la que no acabas de sentirte bien es porque mantienes un conflicto o un bloqueo relacionado a esa persona querida que ya se fue. Pero tal vez hay una forma de contactarlos y hacer las paces. Sanarte: crea arte.

La organización Psi-Art ofrece un sesión de comunicación interdimensional a partir de la cual se producirá una imagen. La imagen será el resultado de la medición de la interacción del espíritu convocado por ti  a través de un aparato de transcomunicación instrumental (ITC, por sus siglas en inglés). Este término fue acuñado por el profesor Ernst Senkowski y es usado como un término paraguas para todo tipo de aparatos electrónicos que registran o facilitan la interacción con los muertos. Generalmente captan lo que se conoce como fenómeno de voz electrónica, imágenes ectoplásmicas o algún de vibración electromagnética: “datos que de manera precisa captan el estado ambiental que se presentó en el laboratorio cuando invitaste a la persona fallecida a participar en la sesión”. Esta información se transforma para que pueda ser visualizada y conforma una pintura –arte inspirado en la ciencia-- la cual se vende en 150 dólares.

La séance tiene lugar en el Windbridge Institute, y es guíada por el equipo de Mark Bocuzzi y la Dra. Julie Beischel. El método de invitación astral es fundamentalmente una meditación en la que es clave enunciar la intención de que el muerto se manifieste. Esta misma empresa ofrece también una imagen generada con la atención dirigida, lo que llama “arte-intención”. En esta modalidad se traduce el efecto de la intención registrado en unos generadores de evento aleatorios (Regs: random event generators), similares a los que utiliza el Global Consciousness Project en Princeton para medir la interacción de la conciencia colectiva.

¿Hasta que punto estas imágenes son verdaderamente el resultado de la interacción con los muertos? Es difícil decir, varios factores intervienen, entre ellos la creencia de la persona que invita –tanto para la efectividad del llamado como para luego darle un sentido a la imagen. Hay un mercado para todo. Pero por otro lado el ejercicio en sí mismo puede ser valioso, ya que forza a una persona a abrir su mente y enfrentarse con su pasado --de esta meditación artística pueden surgir cosas positivas, incluyendo una imagen que es una especie de grabación de un momento, si no necesariamente recibiendo una comunicación de ultratumba, sí al menos de la genuina intención de comunicarse. Autoconocimiento o conocimiento del más allá, de cualquier forma el proyecto es interesante.