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Con esta tercera entrega Christian Bronstein termina de desentrañar la madeja del patriarcado y su relación con el decadente sistema económico actual.

 

 **Lee la primera parte aquí y la segunda acá**

“…un orden patriarcal agonizante que se defiende en sus últimos estertores, pero que lleva en su vientre, como una madre, algo que es su destino: llegar a parir.”

                                               -Claudio Naranjo.

 

“Porque el poder que dirige al patriarcado, el poder que está violando la tierra… ha de ser transformado. Ha de haber un contrapeso a todo este frenesí, aniquilación, ambición, competición y materialismo.”

-Marion Woodman.

 

I. El patriarcado inconsciente

La creciente inclusión de la mujer en los ámbitos culturales y políticos desde fines del s. XIX fue consecuencia de la puesta en crisis y desarticulación de forma cada vez más creciente del fundamento de la organización social en Occidente: la familia patriarcal, caracterizada por la autoridad unilateral ejercida por el padre, jefe de familia y dueño del patrimonio (literalmente, “lo recibido por línea paterna”) que incluía tanto los bienes materiales como los esclavos, la esposa y los hijos. En cierto modo, los movimientos feministas del siglo XX han logrado grandes triunfos históricos, al hacer equivalentes muchos de los derechos sociales de hombres y mujeres en la mayoría de los países de Occidente. El voto femenino, el derecho al divorcio y el empleo igualitario, pueden ser considerados, quizás en igual medida, tanto triunfos de la expansión del feminismo como del desarrollo general de una conciencia humana más democrática y liberal. Otros derechos sociales, como la interrupción voluntaria del embarazo (el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo), están ya contemplados por la ley en numerosos países del mundo, y en muchos otros están actualmente en discusión. 

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En las primeras etapas del feminismo, generalmente se había supuesto que el patriarcado fue sólo un cambio en las relaciones sociales de poder que sentó las bases para el sometimiento de las mujeres por los hombres. Sin embargo, como hemos visto a lo largo de los artículos precedentes, no podemos entender al patriarcado únicamente como un modo de relaciones sociales de poder, sino como una lógica simbólica fundamental que ha configurado nuestra historia humana y sobre la que se han sostenido o construido todos los aspectos de nuestra cultura. ¿Qué es, entonces, el patriarcado  hoy en día?

Desde un punto de vista psicológico, el establecimiento del patriarcado en lo inconsciente colectivo no se tradujo únicamente en una “mejoría” social para los hombres, sino principalmente en la imposición de roles endurecidos y universalizados que definieron y delimitaron culturalmente el comportamiento socialmente aceptable de los hombres y las mujeres, constriñendo a ambos géneros por igual en sus posibilidades de expresión, no sólo políticas y sociales, sino en la propia expresión de su ser. “En los dos casos los rasgos positivos que tradicionalmente se han asociado a cada uno de los dos sexos, se han convertido en caricaturas frustrantes  de  lo  que  hombres  y  mujeres  deberían  ser”. (Myriam Miedzian, Chicos  son,  hombre  serán, 1995).

En la cultura patriarcal, irónicamente, el hombre ha sido forzado a ajustarse a una imagen extremadamente estrecha y mutilada de sí mismo: la de una virilidad fuerte, inflexiblemente segura, exclusivamente racional, con la que no son compatibles la debilidad, ni el miedo, ni la tristeza, ni la sensibilidad emocional, ni la empatía, ni la expresión estética, ni las demostraciones profundas de afecto. En la mística de la masculinidad patriarcal, todos estos rasgos son considerados implícitamente femeninos y, por lo tanto, degradantes. “Este código ético es interiorizado desde la infancia por los varones desde distintos ámbitos [...]: el familiar, el educativo, el de las relaciones entre iguales, el deportivo y el de la cultura de masas. Por mandato social, el hombre tiene que aprender a reprimir y ocultar sentimientos […] Para construir esta personalidad el hombre “no llora”, no siente miedo, se controla y evita caer en debilidades afectivas [...] Transgredir cualquiera de los preceptos sociales que le califican como “hombre de verdad”, puede suponer poner en duda su masculinidad y ser tratado como no masculino o afeminado con el carácter de inferioridad que ello conlleva. Por eso, si hay algo peor que “no ser hombre” es ser homosexual, porque esto le acercaría mucho más a ser femenino, que es la mayor categoría de inferioridad.” (López Castro, Cómo influye el patriarcado en la masculinidad arquetípica, 2007). El hombre patriarcal, además, para consolidarse como tal, debe ser un conquistador, debe competir y triunfar en la guerra individualista por conquistar espacios de poder (donde poder equivale a acumulación de dinero y status social). En términos económicos, esa guerra se ha traducido en capitalismo global.

Por su parte, la mujer patriarcal fue considerada casi exclusivamente en dos estereotipos masculinos contrapuestos que pasarían a confinar su destino o etapas inevitables en su vida: el de mujer-objeto y el de madre. Fuera de estos estereotipos, la mujer sería definida como un ser obediente, pasivo, carente de pensamiento crítico o capacidades intelectuales que le permitan ser tenido seriamente en cuenta en las cuestiones importantes de la sociedad. “La mujer no ha jugado en ella ningún papel protagónico o relevante, si acaso el de cumplir el papel de una compañera cuya tarea es dar sosiego al conquistador, darle más hijos (que sean varones preferentemente) y que sea capaz de reproducir en el espacio doméstico (único espacio en el que encuentra su “realización”) la educación y los valores masculinos” (Arturo Toscano Medina, La filosofía, la mujer y la cultura, 2001).

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La revolución feminista significó en gran medida el cuestionamiento de estos prejuicios patriarcales, abriendo las puertas a las mujeres para integrarse de forma más igualitaria en las esferas laborales e intelectuales de la cultura. Pero si bien hoy se reconoce cada vez más colectivamente en la sociedad occidental que las mujeres tienen las mismas capacidades intelectuales que los hombres y gozan cada vez más de sus mismos derechos, su inclusión social ha sido en  términos de “lo masculino”. En este sentido, en el siglo XX muchas mujeres abandonaron la identificación inconsciente con los estereotipos femeninos tradicionales del patriarcado para abrazar el estilo heroico “masculino” de la modernidad competitiva sedienta de logros capitalistas en la arena del mercado. “En los primeros días del feminismo, por ejemplo, muchas mujeres quisieron disipar el mito de la biología como destino y demostrar la capacidad de la mujer para pensar claramente, gobernar con autoridad y alcanzar lo que alcanzan algunos hombres. A resueltas de ellos, algunas mujeres se volvieron adictas a la embriagadora fiebre de la productividad, convirtiéndose en adictas al trabajo y pretendiendo ser «supermujeres». Así como sus madres pueden haber sacrificado el trabajo por el amor, ellos pueden haber sacrificado las relaciones amorosas en beneficio de sus carreras […]. Ahora las mujeres dicen sentirse insatisfechas con estas nuevas sendas, lamentando la pérdida de la feminidad […], de perder el contacto con nuestros instintos femeninos, al haber dado prioridad al desarrollo de la identidad individual a costa de los valores de relación.” (Connie Zweig, Ser mujer: el nacimiento de la feminidad consciente, 1990).

En su rol de objeto-sexual, la mujer ha pasado de ser el atractivo trofeo del varón conquistador a un objeto más de consumo en la sociedad capitalista, reproducido e impuesto por los medios hegemónicos de comunicación, especialmente a través de la publicidad, cuyo objetivo no es sólo vender un producto, sino una imagen ideal y un estilo de vida acordes con los valores de la sociedad de mercado. Los estereotipos de la normalmente inalcanzable “feminidad ideal” impuestos por el mercado ejercen una enorme presión social en la mujer actual, la cual suele traducirse en frustración y en variadas patologías psicológicas.

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Sin embargo, estos roles estereotipados y patológicos, en la medida en que comienzan a volverse conscientes, se están viendo debilitados, flexibilizados y cuestionados de manera cada vez más creciente. Su transformación puede ser considerada como un aspecto inevitable de la necesidad colectiva de evolucionar hacia una nueva cultura.

 

II. Individualidad y Comunión

En sus investigaciones experimentales sobre el desarrollo temprano de la personalidad en niños y niñas en los años ochenta, la psicóloga y filósofa Carol Gilligan descubrió que existen ciertas tendencias innatas de carácter entre uno y otro sexo. Gilligan, que se convertiría en la primera profesora de estudios de género en la Universidad de Harvard, concluyó que existe una tendencia natural en los hombres hacia el individualismo, mientras que en las mujeres hay una tendencia a poner el acento en las relaciones entre las personas. En el ámbito ético, los hombres tienden a pensar en reglas formales y abstractas, insistiendo en la importancia de la autonomía del individuo y de la adecuación al derecho, mientras que las mujeres tienden a considerar las cosas en términos contextuales, relacionales, a pensar en términos de comunidad y a otorgar más importancia al respeto y las responsabilidad con los otros.

Siguiendo las investigaciones de Gilligan, podríamos decir que el sexo masculino tiene una tendencia innata al desarrollo de la autonomía, pero teme en cierto modo las relaciones, mientras que el sexo femenino tiende a valorar más profundamente las relaciones, pero tiene dificultades con la autonomía. “Hoy en día hemos llegado a un punto crítico de la evolución, un punto en el que los roles sexuales primarios −hiperautonomía para los hombres e hiperrelación para las mujeres− están siendo, en cierto modo, trascendidos; un punto en el que los hombres deben aprender a aceptar su ser relacional y las mujeres deben aprender a aceptar su autonomía.” (Ken Wilber, Breve historia de todas las cosas, 1997).

No es difícil percibir, entonces, cómo nuestra actual cultura se ha erigido sobre un desequilibrio básico de prioridades, en el cual los valores considerados “femeninos” (la cooperación, la empatía, la solidaridad y la preocupación por el bien común) se han infravalorado o relegado a la esfera de los ideales utópicos y humanitarios, mientras que los valores “masculinos” (el individualismo, la competencia y el self-made man americano) han determinado la lógica de las relaciones sociales a través de la cuales nuestra sociedad funciona, una lógica cuyo principal objetivo es privilegiar a los nuevos conquistadores y reyes del mundo, aquellos que alcanzan la cima de la pirámide del mercado (o que ya se encuentran en ella). “Los problemas a los que nos enfrentamos hoy aumentan por la definición de una individualidad que ha llegado a significar una simple búsqueda del yo, y una democracia que ha perdido también su significado […]. En nuestro sistema competitivo, parece que pensamos que uno debe arreglarse por sí mismo. Una vez más, las partes están funcionando sin consideración al interés del todo. Gran cantidad de personas crece sin ningún sentimiento de pertenecia a la comunidad y carecen de sentimientos de lealtad y ayuda a los demás […] Una de las principales dificultades es que la mención del amor en cualquier marco que no sea fundamentalmente personal se ha convertido en algo sentimentalizado, emasculado, relegado a la imagen de la escuela dominical de una efímera idealización. Se escriben libros enteros de psicología en los que no se encuentra ninguna mención al amor. Sin embargo, el amor sigue siendo la dinámica más esencial en el funcionamiento sano de la sociedad.” (John Weir Perry, La evolución de la conciencia, 1988).

Este desequilibrio ha dado lugar a una civilización que, a pesar de su desarrollo técnico e intelectual, sigue sosteniéndose, aún hoy, sobre una lógica despiadada, en la cual las relaciones de dominación, explotación (del hombre y del medio ambiente) y desigualdad extremas se han naturalizado al punto de volverse imperceptibles para la mayoría de las personas. Como reflejó la implacable pregunta del presidente uruguayo José Mujica en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable del año 2012: “¿Es posible hablar de solidaridad y de que “estamos todos juntos” en una economía que está basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad?”

Individualidad y comunión, sin embargo, podrían ser valores fundamentales para construir una cultura equilibrada. Mientras que los totalitarismos de Estado pueden ser contemplados como expresiones sociales desequilibradas (y, en última instancia, falsas) del principio de Comunión, en donde la individualidad queda subsumida y aplastada por su adecuación a una fuerza impuesta desde un poder estatal concentrado, autoritario y jerárquico; el neoliberalismo capitalista, por su parte, puede ser visto como una expresión desequilibrada del principio de Individualidad, en donde la libertad colectiva se ha identificado con la libertad de los mercados (desregulación económica) y la libertad y el desarrollo personal se han identificado con la noción de una ilusoria libertad de consumo o, en su defecto, una promesa de libertad individual ganada “con el sudor de la frente” a través de una justificada y glorificada competencia social: “En el capitalismo mágico, somos todo lo libres que nuestro dinero puede pagar, dado que tal y como reza su primera ley: "la libertad de las personas es inversamente proporcional a la libertad de los capitales"”(Rafa Cuadrado, La necedad de vivir sin tener precio, 2012).

La imagen del desarrollo individual dentro del capitalismo depende entonces exclusivamente de una ilusoria meritocracia mercantilista que, aunque fuera real, representaría la antítesis de una verdadera cooperación colectiva, no resumiéndose en otra cosa que una lucha egocéntrica por el poder. En este sentido, el desarrollo del capitalismo neoliberal posmoderno puede ser contemplado como la expresión socioeconómica de la estructura egocéntrica de conciencia que predomina actualmente en nuestra cultura, de una individualidad que ha devenido en individualismo narcisista y alienante y que necesita desesperadamente reconocer su lugar en la unidad mayor en la que existe. “Es verdad que [en el capitalismo] no existe nada ni remotamente parecido a la igualdad de oportunidades, pero incluso si existiera, el sistema de todos modos sería inaceptable. Supongamos que los dos corredores largan exactamente del mismo punto, usan el mismo calzado y todo lo demás. Mientras que uno llega primero y se lleva todo lo que quiere, el otro llega segundo y se muere de hambre.” (Noam Chomsky, El bien común, 1998).

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En términos junguianos, las perspectivas comunistas, que defienden la existencia de un Estado centralizado que lo abarca y administra todo, descansan sobre el arquetipo de la Madre, en donde la institución estatal es la familia que contiene y provee a todos sus hijos por igual; mientras que las perspectivas capitalistas se sostienen casi exclusivamente sobre el arquetipo del Héroe, en donde la voluntad y el esfuerzo individual se conciben e idealizan como únicos rasgos morales válidos para construir una sociedad “justa”, pero que en la práctica constituyen una falsa justificación ética de las desigualdades, al mismo tiempo que defienden la noción idealizada del esforzado y triunfal ascenso social; en otras palabras, de una jerarquía de poder, lo que nos conduce nuevamente a los aspectos negativos del arquetipo del Padre. “La historia de la civilización ha sido, a grandes rasgos, la historia de una brutalidad enmascarada tras la idealización del heroísmo. Si imaginamos a un habitante de Marte observando los acontecimientos que tienen lugar en la Tierra a través del paso de los siglos, no nos extrañaría que llegara a la opinión de que los humanos, en su conjunto, son despiadados: gente de muy poca compasión.” (Claudio Naranjo, La mente patriarcal, 2010)

Otro modo de ver estas dos perspectivas en el aspecto positivo de cada una es en la forma de derechos y responsabilidades. El gran desafío de nuestra cultura, cada vez más global, sea probablemente hallar un equilibrio dinámico entre estas dos esferas de valores, construir una cultura en donde el auténtico desarrollo individual y el desarrollo colectivo no estén en contradicción, sino que sean dos aspectos valorados y fomentados por igual de una nueva y cooperativa organización social. El filósofo anarquista Mijaíl Bakunin sintetizó de forma unificadoramente clara esto al afirmar: “No seré verdaderamente libre hasta que todos los hombres y mujeres que me rodean sean también libres. La libertad del otro, lejos de suponer una limitación para mi libertad, es una condición indispensable para su realización” (Mijaíl Bakunin, Dios y el Estado, 1871).

Una cultura en donde las responsabilidades impliquen un auténtica participación e implicación de cada individuo en la construcción y el desarrollo de la sociedad demanda repensar nuestro sistema democrático y nuestra concepción del Estado. Nuestros actuales sistemas democráticos, que en teoría debieran representar la voluntad de sus pueblos, tienden sin embargo a reflejar en realidad la voluntad de los intereses privados; esto es, del mercado. “La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal […]. El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos [...]. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados [...]. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población.” (Albert Einstein, ¿Por qué el socialismo?, 1949). Sumado a ello, la influencia decisiva que los poderes económicos concentrados ejercen a través de los medios de comunicación dominantes para configurar la opinión social y “construir realidades”, hace de nuestra democracia un mecanismo profundamente manipulable por el poder.

Si el actual despotismo económico del capitalismo patriarcal ha de ser trascendido en alguna forma más inteligente y equitativa de organización social, no será a través de la imposición violenta de un Estado centralizado y autoritario, y probablemente tampoco a través de la destrucción de todas las instituciones públicas, sino posiblemente de su gradual o radical transformación. Nuestra democracia representativa, verticalista y burocrática, heredera de los liderazgos monárquicos, necesita evolucionar en formas cada vez más participativas y directas de expresión colectiva. Iniciativas como la Ley Orgánica de Comunas en Venezuela, o proyectos de democracia digital como el Open Ministry de Finlandia, el Partido WikiLeaks de Julian Assange en Australia, o el Partido de la Red en Argentina parecen avanzar fuertemente en esa dirección. La expresión de una voluntad colectiva más consciente y cooperativa ha de ir la mano necesariamente de una democracia más participativa. La democracia participativa implica una expresión de la voluntad individual, al tiempo que demanda una responsabilidad e implicación mayor en la cocreación de lo colectivo. Incluso alternativas tan revolucionarias como la Economía Basada en Recursos no pueden pensarse seriamente en la práctica como alternativas superadoras al capitalismo sin algún sistema de democracia participativa.

Hoy, los muros opresivos de nuestra cárcel patriarcal son cada vez más evidentes, sus paredes tiemblan como sostenidas sobre plataformas arenosas y apocalípticas. Su suelo resulta cada vez más débil, más ridículo, más inverosímil, sus ídolos se resquebrajan y se caen, y sus columnas se doblan y se agrietan para romperse. La actual crisis económica, política y ecológica de nuestro tiempo nos demanda una nueva cultura si es que hemos de sobrevivir en este mundo, ha de empujarnos hacia la construcción de esta nueva cultura, a una inclusión y superación de nuestras revoluciones y fracasos, de nuestros triunfos brillantes y nuestras contradicciones vergonzosas, a una síntesis alquímica de nuestra historia.

 
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La alquimia considera el rocío como un líquido precioso del cual se puede extraer el espíritu universal y emplear como una poderosa medicina.

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La alquimia es la ciencia de transformar las cosas utilizando el conducto de la naturaleza. Más que transformar los metales, los alquimistas buscaban transformase a sí mismos conforme a los principios de la armonía universal: la relación simbólica y simbiótica entre el cielo y la tierra. 

Entre las varias técnicas utilizadas dentro de este magno arte, la recolección del rocío tiene un lugar privilegiado, tanto por su importancia en la obtención de una medicina universal como por su refinación poética. Es dentro de lo que se conoce como “Espagiria”, el “arte de separar y unir” o también “la alquimia vegetal”, que está arraigada la práctica de salir al campo, especialmente en primavera, para recoger el rocío del amanecer del césped o de ciertas plantas (como el manto de la virgen o Alchemilla), con la particular influencia de la luna.

La alquimia, en su antigua fortaleza, está cifrada de símbolos y hace de la misma naturaleza un símbolo viviente –por lo que las correspondencias emanan una cierta energía o una cierta influencia que se puede utilizar para operar cambios en el mundo natural. Las metáforas son utilizadas para ocultar los secretos pero también como un poder de conexión entre el significado y una acción magnética –la articulación de un lenguaje que refleja el encantamiento de la materia. Este es el caso del rocío, también conocido como “agua celestial” o “plata filosofal” y cuyo poder proviene tanto de su energía natural como de su agencia simbólica.

Desde el origen de la filosofía humana el aire ha sido relacionado con el espíritu. La etimología nos dice mucho al respecto, tanto la palabra “alma” como la palabra “espíritu” nacen de palabras que significan “aliento” o “respiración”.  También desde la herencia griega tenemos la palabra “pneuma” que significa “espíritu” al igual que “aire.”  En sánscrito el término “akasa” significa éter, y es tanto el espacio mismo como el espíritu que permea el espacio y la memoria inherente al espacio. También en el hinduísmo, la fuerza vital o “prana” está identificada con el aire y se obtiene, como es lógico, respirando. Es parte de nuestro inconsciente colectivo asociar el aire con el espíritu –también decimos que la creatividad ocurre como una inspiración—y creer que de alguna manera la vida llega a la tierra del cielo o que el espíritu desciende en su escala radiante.

El rocío en la alquimia es la condensación de ese espíritu celeste. La humedad con el frío se condensa en gotas de agua. Esta transformación, del aire húmedo que impregna una superficie en gota de agua, ocurre debido a la radiación, especialmente en noches despejadas donde predomina la radiación infrarroja sobre la radiación solar (y en términos alquímicos la influencia de la luna y las estrellas). Esta radiación infrarroja pero también de rayos cósmicos y otras gamas de luz invisible impregnan la atmósfera de la energía del cosmos, la cual se materializa fugazmente en el rocío: un instante que engloba la luz. Quizás por esto, o porque el aire tiene una carga eléctrica, se dice atinadamente en la alquimia que el rocío porta el “fuego secreto” y como tal es una esfera perfecta: la conjunción de los opuestos, el agua y el fuego. La gota de roció, ya sea de manera literal o simbólica, es la encarnación prístina del espíritu, primera manifestación visible de lo que es potencia ilimitada, en un estado en el que aún preserva su pureza. Reflejando la luz, el rocío es una gota de espíritu, un relámpago transparente o la superficie del cielo en una hoja: una síntesis microcósmica del universo.

Tradicionalmente se recogen las gotas de rocío en la primavera, en noches en las que la luna se mueve de creciente a plenilunio. Esto, para captar la energía del renacimiento que contiene el rocío en esta época en reflejo del proceso fertilizante de la naturaleza. El médico espagírico Yabir Abu Omar, que El País llama “un alquimista en el siglo XXI”, describe el proceso de recoger el rocío, un producto fundamental para trabajar su medicina. Para recoger el rocío de la mañana se sale con fregonas y garrafas de cristal (limpias de productos químicos) en un paraje conocido como la Alfaguara. “Se tienen que extender grandes lienzos de lino sobre las hierbas de los prados que poco a poco se irán empapando de rocío”,  esto con gran sigilo para que el sol no toque el agua recogida y altere las propiedades lunares del rocío. Para evitar esto se exprime el agua en los lienzos y trasvasa a recipientes doblemente herméticos. Una buena recolección puede entregar hasta 300 kilos de rocío cuyo valor es incalculable ya que en sus sales radica “el espíritu universal”.

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El fuego secreto del agua

Existe una misteriosa relación en el rocío que refleja un secreto de la alquimia. Esta agua de la primavera que se recoge es también el “fuego de la naturaleza” que cocina las semillas en la tierra, haciendo surgir la verdesencia e imbuyendo vida a las plantas. Sobre esto podemos leer en el blog de alquimia Al-Kemi:

El fuego del roció puede entenderse en varios niveles. Primero, es la energía del creciente calor del Sol [el sol que avanza hacia su propia plenitud en el solsticio]. Segundo, el rocío es el portador del Nitre, la fuerza vital del aire, que Sendivogius describía cuando escribió “hay en el aire un secreto alimento de la vida”. Paracelso llamó a este élan vital el Azoth, el Nitre aéreo que el Sol transmite a la Tierra a través de las aguas del cielo. Paracelso y otros alquimistas también conectaron este Nitre con el nitro físico más literal,  comúnmente llamado nitrato de potasio, presente en el rocío.

El nitrato de potasio es un poderoso fertilizante que ocurre naturalmente y es utilizado en fertilizantes químicos. Su capacidad de transformación molecular le permite despedir oxígeno puro cuando se calienta: así el inventor Cornelius Drebbel pudo mantener con vida a su tripulación en el primer submarino en 1620. Verdaderamente el Nitre se convertía en la fuerza vital para cruzar los abismos.

El Nitre como el rocío –¿es aire ya agua a punto de volverse tierra con un fuego oculto?-- está en un estado transitorio de gran poder y sutileza, casi etéreo, el punto evanescente entre lo físico y lo no-físico. “Así es como brinda tanto un fuego físico como uno etéreo y da vida al agua que lleva, para transferir esa vida también a la tierra. El fuego especial del Nitre puede transferirse a otras substancias en el laboratorio, así  el rocío es usado para revivir substancias muertas y acelerar la fuerza en muchas operaciones”.

Sedziwoj_abovebelowLa alquimia, pese a tener la reputación de pseudociencia, es la fuente de muchos de los descubrimientos científicos de nuestros días –que la ciencia moderna no reconoce en parte porque se dieron en contextos místicos y bajo un lenguaje cargado de simbolismo esotérico. El alquimista polaco Sendivogius descubrió que el aire era una sustancia compuesta que contenía una sustancia “dadora de vida”, que luego fue llamada oxígeno, 170 años antes de Scheele y Priestly. Sendivogius llamó a esto “Nitre Central” o “Sal Central”,  una especie de materia universal protogénica. La sal, es importante mencionar, en la alquimia no se refiere a la sal (cloruro de sodio), es una acepción más amplia,  de las tres propiedades principales del universo (que son también principios filosóficos), la sal, el azufre y el mercurio (o el cuerpo, el alma y el espíritu).  Estas sustancias dentro de todas las sustancias (una suerte de átomos) están ligadas también a los elementos y son combinadas o equilibradas para producir medicinas en la Espagiria. Sendivogius escribió sobre el Nitre:

La sal pura de la Tierra, llamada nitre, es formada en la caldera. Esto luego puede ser disuelto y concentrado, purificado y enjugado, hasta que se vuelve brillantemente transparente y cristalino. Entonces adquiere el nombre nitre de la tierra filosofal, nuestra sal, que se erige en el mar del mundo, AGUA QUE NO MOJA LAS MANOS, sin la cual nada en este mundo puede nacer o llegar a existir. Así que tienes en las manos el secreto de los Filósofos y la fuente de la primavera, o el escondite de la Naturaleza. Es en este espíritu que el ya mencionado Espíritu de la Naturaleza y el mundo entero residen. Tanto la vida como la salud proceden de esto.

En este bella descripción, tamizada por el arte del filósofo, podemos ver el impulso compartido por los alquimistas, de sintetizar una sustancia universal o de obtener la prima materia, como si pudieran sostener una chispa o una fuente de la creación misma. Una joya especialísima, que sin embargo, paradójicamente, lo es más porque se encuentra en todas partes: este es el arte del ocultamiento de lo divino, que para mejor esconderse penetra todas las cosas, habita la transparencia: como una llama en una gota de agua.

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La medicina universal

Entre otros de los intereses popularmente atribuidos a los alquimistas, además de encontrar la piedra filosofal y convertir el plomo en oro, está lo que se conoce como el elixir de la vida y también la fuente de la juventud.  De alguna manera burlar la muerte y el proceso de degeneración del cuerpo con un equilibrio de los elementos, añadiendo mercurio, sal, azufre o buscando el opuesto --coniunctio oppositorum--, si se tiene poca agua o poco fuego, recurriendo a minerales, plantas o incluso personas que tienen un excedente de este elemento faltante para lograr la alquimia en el atanor del cuerpo, solve et coagula. Más allá de que la alquimia reconoció con Hipócrates que "es más importante saber qué tipo de persona tiene una enfermedad que qué tipo de enfermedad tiene una persona", existen relatos y aventuras que mencionan la búsqueda de desarrollar una medicina universal, una panacea o el mismo alkhaest, el licor inmortal. El filósofo Eirenaeus Philalethes, escribe que el alkahest puede ser llamado "Ignis-Aqua" o agua llameante, la cual tiene la propiedad de disolver cualquier cosa hasta la prima materia. "Es una noble sal circulatoria preparada por el arte maravilloso para responder a los desesos del artista" y sin embargo  "no es una sal corporal cualquiera" sino "un espíritu salino".  Una sal que se hace con el fuego de los filósofos,  crípticamente "el vulgo arde con fuego, nosotros con agua" (algo que recuerda al último verso de los sonetos del alquimista Wlliam Shakespeare: "love's fire heats water, water cool's not love").

El rocío --que ya hemos visto es también "el fuego secreto de la naturaleza"-- parece ser un elemento importante, al menos para algunos alquimistas, para obtener este "espíritu salino" con el cual se pueden realizar las operaciones maravilosas de la ciencia oculta.  En varios sentidos el rocío recuerda a un líquido divino o a una sustancia que confiere la divinidad o los atributos de lo celeste.  Recoger el rocío --la gota de aire condensado, una perla de Indra o un glóbulo de icor-- en cierta forma  podría ser una técnica más sutil para robar el fuego de los dioses. Quizás una forma, por sigilosa y hermética, aceptada por los olímpicos que pese a ser longividentes deciden hacerse de la vista gorda, en esa hora crepuscular donde la relaidad y el sueño se funden. El rocío es en  muchos aspectos análogo al amrita, al soma y al mana. Aleister Crowley escribe: 

En el simbolismo hinduista, el Amrita o rocío de la inmortalidad, gotea constantemente sobre el hombre, pero es quemado por el fuego denso de sus apetitos. Los yogis intentan atrapar y preservar este rocío...

En la Tabla Esmeralda, el texto atribuido a Hermes Trimegisto, según la tradición el padre de la alquimia, se lee: "Su padre es el Sol, y su madre la Luna, el Viento lo llevó en su vientre, y su nodriza es la Tierra". Al parecer esto se refiere al espíritu universal que los alquimistas tratan de obtener, después de que la materia se ha vuelto más densa, algo que podríamos identificar con un ocultamiento del lo sutil en lo denso. Este viaje simbólico del espíritu puede también relacionarse con el proceso del rocío que podemos decir es el resultado de la energía del Sol y la Luna, y es llevado por el viento, hasta la Tierra donde recibe los minerales. 

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En su libro The Secret Teachings of All Ages, el gran comentarista de la esoteria mundial, Manly P. Hall escribe " Según von Welling, la sal universal (en forma de agua) es una cura positiva para todos los padecimientos de la humanidad; está en todas las cosas, pero de algunas cosas es más fácil de obtener que de otras, especialmente esto es verdad de la tierra virgen; es el solvente universal, el alkahest". Von Welling describe el proceso para obtener "el agua paradisiaca" o "agua celestial de mercurio", el cual requiere de preparar un fuego lento para calentar el rocío en el laboratoratorio. Georg Von Welling habla sobre la operación milagrosa, en términos casi psicodélicos, que significa ingerir esta agua, la cual parece contener al cosmos entero:

El tiempo y el uso sagrado de esta bendita Agua te enseñarán, tan pronto la hayas tomado una influencia tal ocurrirá como si todos los cielos y las estrellas con sus poderes estuvieran trabajando en ti. Todo el Conocimiento y las Artes secretas se revelarán en ti en un sueño, pero lo más excelente de esto es que conocerás perfectamente  a todas las criaturas en su Naturaleza...

Una descripción de proporciones cósmicas que hace referencia seguramente a la idea fundamental de la filosofía hermética de que el universo entero con sus estrellas y galaxias se refleja en la tierra, cabe incluso en una gota de rocío. Una gota de rocío es un orbe de perfección, potencia pura en su transparecia luminosa. Una perla del universo, pequeño mundo. Una perla del collar que refleja todas las perlas en cada una."Para los alquimistas, el proceso de individuación representado por el opus era una analogía de la creación del mundo”, escribió Carl Jung. En cierta forma el rocío representa una forma individual que recapitula la creación del mundo. De nuevo Manly P. Hall:

Una pequeña partícula de la Piedra Filosofal, si se vierte sobre la superficie del agua, según un apéndice sobre la sal universal de Herr von Welling, inmediatamete empezará un proceso de recapitulación en miniatura de la historia del universo, ya que instantáneamente la tintura -como los Espíritus de los Elohim- se agita sobre el cuerpo del agua. Un universo miniatura se forma el cual, según afirman los filósofos, en verdad surge del agua y flota en el aire, en el que pasa por todos los niveles de desarrollo cósmico y finalmente se desintegra.

Twitter del autor: @alepholo