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En esta segunda entrega, Christian Bronstein continúa su ensayo sobre el fin del patriarcado.

Lee la primera parte aquí.

I. Del Mythos al Logos

A inicios de la Edad del Hierro, todas las culturas neolíticas ancestrales de Europa y el sur de Oriente, unidas por su adoración al misterio de la sacralidad femenina y por una organización social relativamente pacífica e igualitaria, estaban pereciendo. Morían para dar paso a una nueva era: la era del hombre. 

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Hay aún considerables controversias sobre las causas que precipitaron un cambio histórico tan profundo y cismático en la historia del devenir humano. Según la popular teoría de la antropóloga Marija Gimbutas, el surgimiento de coléricas divinidades del cielo (cuyos símbolos eran el rayo, el aire, el fuego y la tormenta), que se expandían como conquistadores brutales sobre las antiguas teogonías matriarcales, coincide con las invasiones de los pueblos guerreros, arios y semíticos que cayeron en oleadas sobre los pueblos agrarios de la vieja Europa, el Creciente Fértil y la India prevédica, desde fines de la Edad del Bronce. Las invasiones crecientes de estos pueblos nómadas no sólo alterarían y desgarrarían el pacífico mundo de las culturas agrarias de la diosa, sino que eventualmente llevarían a un sincretismo cultural que constituiría la base de un nuevo orden social. Gradualmente, el arquetipo del Padre comenzaba a imponerse sobre la antigua supremacía de la Madre: Atón en Egipto, Zeus en Grecia, El (que en árabe se convertiría en “Allah”) en las tierras semíticas, Marduk en Babilonia, Assur en Asiria, Indra en la India y Yahvé en el Canaán hebreo, encarnaron los atributos de un dios celestial, masculino, omnipotente y omnipresente, que reinaba soberano sobre todas las cosas. “La supremacía de los dioses celestes queda asegurada por una casta sacerdotal de sexo masculino en India, en Persia y en el Canaán hebreo, y posteriormente en las culturas cristiana e islámica” (Anne Baring & Jules Cashford, El mito de la diosa, 1991). Pero, como hemos visto, este nuevo orden social no estaría fundamentado únicamente en una azarosa violencia histórica, sino en una radical transformación en la conciencia humana.  

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Friedrich Engels, cofundador del marxismo, propuso la teoría de que el paso de una organización social comunitaria (matriarcal) a una organizada en torno al poder y la conquista (patriarcal) se debió al surgimiento de la propiedad privada, la que a su vez tendría su origen en los excedentes de riqueza de la tierra, que eventualmente se traducirían en poder. Sin embargo, el surgimiento de los conceptos de “propiedad” y las leyes que la protegen puede ser visto justamente como una consecuencia material y social del incipiente sentido del “yo” de la mentalidad posmatriarcal, más orientada al poder y engrandecimiento del individuo, que al bien comunal.

Otros autores han visto las causas de esta transformación en el surgimiento de las primeras ciudades-estado: la transición de la vida rural a la urbanidad, de una vida orientada en torno a los ciclos naturales a otra regida cada vez más por la ley y el poder de emperadores y reyes. El descubrimiento de la astronomía, como un orden celestial del mundo que se convertiría en reflejo de las jerarquías de los reinos terrenales, también ha sido considerado como un factor clave en este proceso. Pero quizás la innovación cultural más trascendente que conduciría a esta ineludible mutación histórica, no sería otra que la escritura. El nuevo medio de comunicación escrito, basado en el ordenamiento y la abstracción, favorecería el desarrollo del pensamiento abstracto, reflexivo y racional, sobre la percepción concreta, emocional e intuitiva de la realidad (hemisferio izquierdo sobre hemisferio derecho del cerebro).

Los hemisferios cerebrales, como hoy sabemos, no trabajan de forma completamente aislada uno del otro, pero cada uno está especializado en procesar ciertas funciones, que pueden considerarse como opuestas y complementarias. Funciones que culturalmente se han tendido a calificar como “masculinas” y “femeninas”, respectivamente: el hemisferio izquierdo se especializa en el lenguaje, la lógica y el pensamiento abstracto, mientras que en el derecho es donde tienen lugar fundamentalmente los procesos inconscientes, las emociones, la imaginación, el instinto, la intuición y la apreciación estética. “El cerebro izquierdo es el del intelecto, el yo; es el cerebro lógico, creador y analítico, el que cree en la ciencia y en la razón, inventa y desarrolla las matemáticas; es el cerebro de la tecnología. Su dominio es la mente consciente de vigilia. Por el contrario, el cerebro derecho está dominado por el inconsciente (en el sentido junguiano del término), la imaginación creadora, la síntesis, la emoción, los símbolos, la intuición.” (André Van Lysebeth, La pareja interior, 1998).  

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En su prolíficamente documentada obra El Alfabeto contra la Diosa, el historiador y neurocirujano Leonard Shlain plantea que la introducción de la escritura llevó gradualmente a un mayor desarrollo del hemisferio izquierdo del cerebro (analítico, racional), conduciendo a lo que se conoce como “lateralización hemisférica”: un predominio de uno de los lados del cerebro sobre el otro, lo que también puede ser visto como un desequilibrio o disfunción a nivel cultural. Desequilibrio que se expresó socialmente como el dominio de lo masculino sobre lo femenino.

El desarrollo creciente de la capacidad analítica de la mente introduciría por primera vez el conflicto entre Myhtos y Logos, entre el modo de ser-en-el-mundo basado en la fascinación autoevidente del mito y el rito tradicionales y el de una naciente y heroica consciencia lógico-reflexiva (filosófica). En Grecia, cuna de la cultura occidental, la escritura, más que cualquier otro descubrimiento en la historia de la cultura humana, daría lugar a la lógica, la filosofía, las matemáticas y la ciencia empírica, y poco a poco iría desplazando a los antiguos mitos ancestrales como sistema absoluto de significación colectiva. “La mente se desprendió de la experiencia inmediata, concreta, sensual-imaginativa, y se volvió consciente de sí misma en distinción al entorno, estableciéndose así como conciencia. Este fue el despertar inicial de la “conciencia razonable” de su previa somnolencia […] En este nuevo modo de ser-en-el-mundo, la conciencia tenía que comenzar no con el conocimiento, sino sólo con ideas acerca del mundo, supuestos, hipótesis que podían ser verdaderas o falsas, es decir, que en principio eran cuestionables, y que por tanto requerían un informe racional y una verificación, fuera racional o empírica […]. De repente la conciencia se había vuelto ella misma responsable de lo que pensaba que era verdad. Tenía que pensar.” (Wolfgang Giegerich, Dialectis & Analytical Psychology, 2005).

Estas nuevas facultades de abstracción y diferenciación corresponden, como hemos visto, a una mayor autonomía del yo (ego) frente a los instintos naturales y frente a los valores tradicionales del grupo colectivo. “En los momentos decisivos, el individuo ya no se apoyaba tanto en las respuestas instintivas a los estímulos externos o en la mera imitación formal de una tradición social estable, sino que cada vez estaba más sometido al dominio y al control de sus propios procesos de pensamiento” (Julian Jaynes, El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral, 1976). El precio de la capacidad autoreflexiva del ser humano y del aumento de su conciencia frente a la impulsividad instintiva y la fascinación mítica, sin embargo, parece haber sido la pérdida de una considerable armonía social, de su percepción natural de la sacralidad de la vida y de su inherente identidad con el mundo.

La introducción del nuevo carácter lógico-reflexivo en la conciencia humana, por otra parte, sería gradual y, en la mayoría de los casos, privilegio de ciertas élites. Por esta razón, el despertar de la “conciencia razonable” no haría desaparecer del todo el poder colectivo de las narrativas míticas, sino que ésta se adecuaría dentro de una nueva mitología que reflejaba el nuevo ser-en-el-mundo y los sistemas de valores que lo acompañaban, una mitología del ego, en la que el hombre soberano, conquistador, heroico y racional, ocupaba el lugar central, desde el que señoreaba sobre todas las cosas. El trágico y heroico sacrificio de Sócrates en nombre de la verdad sería el ejemplo paradigmático de cómo el naciente Logos quedaría subordinado también, durante miles de años, a los nuevos esquemas autoritarios de un pensamiento mítico sustentado en valores patriarcales.

Junto con el desarrollo de la autoconciencia y el naciente poder del “libre albedrío”, tendría también lugar la emergencia de un concepto que sería central para las culturas patriarcales: la culpa, que implica una transgresión a las leyes divinas del mundo. El sentimiento de culpa, nos dice el psicólogo Wolfgang Giegerich, no tenía existencia en el modo de conciencia prefilosófico de las culturas prehistóricas. “¿Cómo podría, si el hombre estaba allí en una identidad con el mundo? Podía haber errores, actos equivocados, pero no culpa en un sentido moral […] La emergencia de la idea y la experiencia de la culpa refleja simplemente el acto lógico del divorcio de la mente de su unidad simbiótica con la naturaleza” (Wolfgang Giegerich, Ibid).

La idea de culpa se manifestó en la cultura griega en los conceptos de hamartía e hybris, que con tanto énfasis y dramatismo han sido expresados en la tragedia. Mientras que las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam), hicieron de la culpa el bastión central sobre el que se sostendría toda su cultura. En este punto, podemos ver como la tríada universal de ley-culpa-castigo (el “padre introyectado”) se manifestaría en el inconsciente humano como el “Superyo” descrito por Freud.

Junto con el concepto de culpa, la idea del Bien y el Mal como realidades absolutas e irreconciliables se solidificó en estas culturas. El bien pasaba a estar definido por la adecuación a la “ley del Padre”, mientras que el mal constituía su transgresión. Y la ley del Padre, su ley divina, estaba grabada ahora en palabras sagradas. En el código legal mesopotámico más antiguo que se conoce, atribuido al rey Urokagina de Lagash, la nueva cultura patriarcal dejaba claro cuál sería el lugar de la mujer en el nuevo orden social: “Si una mujer habla contra su hombre, su boca será machacada con un ladrillo al rojo” (Código de Hammurabi, h.2350 a.C.).

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En las nuevas mitologías patriarcales, la abstracta e inmutable nueva sacralidad de la palabra escrita reemplazó a la antigua sacralidad del reino natural. “El Antiguo Testamento fue la primera obra en escritura alfabética que habría de influir en las épocas venideras. Dando fe de su gravitas, siguen siendo multitud los que aún lo leen tres mil años después. Las palabras de sus páginas son un punto de referencia de tres poderosas religiones: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Todas ellas son paradigmas de pa­triarcado. Todas las religiones monoteístas muestran una deidad patriar­cal anicónica cuya autoridad resplandece a través de la palabra por Él re­velada, santificada en su forma escrita.” (Leonard Shlain, El Alfabeto contra la Diosa, 2000).

El Antiguo Testamento convertiría a la mujer (y a su símbolo tradicional más antiguo, la serpiente) en el origen del mal en la tierra. Al mismo tiempo que el alzamiento del Dios Padre desterraría a la Diosa Madre, lo sagrado sería desterrado del mundo material, temporal y fenoménico, para pasar a habitar exclusivamente en un más allá atemporal, espiritual y abstracto. La consolidación de las religiones monoteístas significó el establecimiento de una espiritualidad trascendente y antifenoménica. El cuerpo se volvió, mitológicamente, equivalente a la tierra, y la mente a los cielos, y el rechazo de toda dimensión sagrada en el mundo material y en la vida se efectivizó a través de una negación y rechazo cultural hacia todos los aspectos impulsivos y sexuales del ser humano, los cuales serían demonizados y reprimidos de manera general. En todas estas sociedades, al mismo tiempo, el lugar de la mujer fue socavado y denostado culturalmente de manera sistemática, e incluso brutal, como si su existencia fuera el símbolo exterior de una realidad interna que había que extirpar.  “El cuerpo se equiparó con la feminidad y la mente con la masculinidad, y la disociación psicológica interna entre el cuerpo y la mente conllevó la opresión sociológica externa de lo femenino a manos de lo masculino […] la opresión, la represión y/o explotación de la naturaleza, del cuerpo y de la mujer tuvieron lugar por el mismo motivo, ya que la naturaleza, el cuerpo y la mujer eran consideras [inconscientemente] como una sola entidad (una entidad, por cierto, a la que había que eliminar)” (Ken Wilber, Después del Edén, 1981). Desde las leyes patriarcales de Lagash y Grecia, hasta los velos islámicos de La Sharia, desde la misógina moral del sistema de castas brahmánico, hasta las cacerías de brujas de la Inquisición, los derechos de la mujer no sólo serían rechazados por las culturas patriarcales, sino perseguidos durante milenios, a fuego y sangre. 

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Finalmente, la tendencia diferenciadora del Logos conduciría en Occidente al nacimiento de lo que se ha llamado “La Era de la Razón”: la Ilustración, que se encargó de someter a juicio los dogmas míticos de la espiritualidad trascendente judeo-cristiana. La revolución ilustrada, basada en el creciente dominio y la comprensión del hombre sobre el mundo físico, divinizó a la razón humana por sobre todas sus otras facultades, conduciendo al colapso relativo de la visión del mundo medieval, fundamentalmente mítica, y orientada a un más allá trascendente. Y a pesar de la persistencia de las creencias religiosas en la modernidad, el nuevo paradigma de la ciencia, el materialismo, se convertiría en el nuevo fundamento filosófico del mundo. El materialismo recuperaría el valor del mundo material sobre los mundos celestiales de la religión judeo-cristiana, pero negándole toda profundidad. El nuevo universo humano se convertiría en una maquina sin alma, inteligencia, belleza, significado o propósito más que el que pudiera proyectar o imponer sobre él la voluntad y la inteligencia del hombre tecnológico-conquistador.

¿Pero por qué este desarrollo (y desequilibrio) de la conciencia humana habría de traducirse histórica y universalmente para todas las culturas en el pasaje de una mitología femenina a una mitología masculina? La respuesta, quizás, podamos encontrarla en las particulares diferencias biológicas y psicológicas que caracterizan a uno y otro sexo.

 

II. Femenino y Masculino

El cuestionamiento que desde fines del siglo XIX el feminismo hizo de los solidificados y opresivos roles de género en la cultura significó la ruptura de las concepciones estereotipadas de lo que una mujer y un hombre es, de lo que pueden o no hacer y de los espacios sociales que pueden o no ocupar. Este revolucionario y necesario cuestionamiento se radicalizó a fines del siglo XX, apoyado en el paradigma del construccionismo social, el cual, si por una parte tornó evidente cómo todos los hábitos y costumbres de las sociedades son “construcciones culturales” de cada época y contexto determinado, llegó a convertirse en un rechazo sistemático a cualquier intento de síntesis transcultural que permita comparar y comprender el porqué de estas transformaciones culturales y atisbar detrás de ellas cualquier desarrollo o evolución histórica general.

Dentro de este marco, el llamado “feminismo radical” puso énfasis en el concepto de construcción social de los roles de género, y su tendencia ha consistido en negar cualquier tipo de diferencia en la psicología y las capacidades predominantes de cada sexo, como si cualquier diferenciación constituyera la base una nueva posible forma de opresión o el ajuste a falsas concepciones prejuiciosas y sexistas de lo femenino y lo masculino. No obstante, hoy en día son claras las evidencias que muestran que existen ciertas diferencias en la psicología de hombres y mujeres, diferencias que se expresan como tendencias innatas o condicionamientos cerebrales y hormonales. Recientemente, las diferencias en la estructura cerebral de hombres y mujeres fueron reconfirmadas por un grupo de neurocientíficos de la Universidad de Pensilvania, en una investigación en la que utilizaron una nueva técnica de resonancia magnética.

El origen de estas diferencias podemos buscarlo en los primeros estadios de la evolución humana: las culturas prehistóricas (y prematriarcales) del paleolítico, el período más extenso de la existencia humana (abarca 99% de ella). Las condiciones de vida de estas culturas humanas primigenias definirían universalmente las características básicas de cada sexo, y los primitivos roles de género no serían asignados en función de sexismos arbitrarios, sino como una estrategia necesaria e inteligente para la supervivencia de la especie. “A pesar de la distancia de nuestra civilización con las cuevas de Lascaux, seguimos estando enormemente influidos por el diseño neurológico original que dio lugar a unos cazado­res-recolectores nómadas, que tuvieron gran éxito como especie […]. Debido a sus diferentes funciones, la evolución, al pasar el tiempo, proveyó emocionalmente a hombres y mujeres para que respondieran de forma diferente ante diferentes estímulos. Esto hizo que ambos percibie­sen el mundo de forma distinta, tuviesen diferentes estrategias de super­vivencia, formas de compromiso y, en última instancia, formas diferen­tes de conocimiento: la forma del cazador/matador y la forma de la recolectora/cuidadora” (Leonard Shlain, El Alfabeto contra la Diosa, 2000).

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El hombre, de contextura y fuerza física mayor, se ocupó de la arriesgada, violenta y heroica actividad de la caza, ocupación en la que tendría que desarrollar capacidades indispensables para su supervivencia. Por esta razón, actitudes basadas en valores heroicos tales como la valentía y la fuerza, pasarían a constituir para estas culturas ancestrales las características definitorias de lo masculino. En función de estas necesidades, el hombre desarrolló un vínculo más fuerte entre la parte delantera y la trasera del cerebro, lo que le otorgo mayores capacidades motoras, percepción focalizada, acción coordinada y facultades de orientación. La testosterona, hormona vinculada tanto a la agresividad como al impulso sexual, se encuentra presente en una cantidad entre 10 y 20 veces mayor en hombres que en mujeres. La caza, entre otras cosas, exige sangre fría, por lo que percepciones emocionales no compatibles con ésta, como la sensibilidad y la empatía, se infravaloraron, lo que también tendría su impacto en la configuración del sistema nervioso. En su lugar, la amígdala, considerada como “el centro del control emocional”, vital para responder a situaciones de peligro, tuvo un mayor desarrollo.

La mujer, por su parte, junto con la recolección de alimentos, se dedicaría al cuidado y la crianza de los hijos, actividades en las que son primordiales la empatía, la sensibilidad, y la relación con el otro. Esto la llevaría a desarrollar un mayor grado de conexión neuronal entre los hemisferios cerebrales (las mujeres tienen entre 10% y 33% más de fibras neuronales en el cuerpo calloso que los hombres), lo que implica una mayor intensidad en las respuestas emocionales y una mayor percepción de éstas, así como una mayor facilidad para realizar diversas tareas al mismo tiempo. Allí también podría encontrarse el origen de la famosa “intuición” emocional femenina. Y si la testosterona es la hormona masculina más predominante, la oxitocina, conocida coloquialmente como “la hormona de las relaciones”, que se incrementa en las mujeres durante el orgasmo, el parto y la lactancia, podría ser considerada en cierto modo como su contracara. El cariño y cuidado del otro, la excitación sexual y el amor romántico, así como la confianza, el respeto y la tolerancia en las relaciones sociales son los atributos más característicos de esta hormona.

Debemos considerar, entonces, los efectos de la evolución biológica en los rasgos psicológicos propios de cada sexo como factores tan relevantes para condicionar el carácter de hombres y mujeres como los culturales. E incluso podemos ver cómo los propios condicionamientos culturales (las concepciones estereotipadas de lo que un hombre y una mujer son y deben ser) están enraizados en estos primitivos condicionamientos biológicos, en una interdependencia que tiende a cristalizarse y a perpetuarse mutuamente, a pesar de que nuestras potencialidades humanas van mucho más allá de ellos. “Las diferentes estructuras y funciones biológicas del cuerpo del hombre y del cuerpo de la mujer predisponen de manera innata hacia aquellas diferencias sexuales que son caricaturizadas por el estereotipo masculino (activo y agresivo pero, por otra parte, poco emotivo) y por el estereotipo femenino (pasivo y no agresivo pero, por otra parte, más emotivo), etcétera” (Ken Wilber, Ibid).

 

III. Integrar los opuestos

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El destino de la mente humana, señala el filósofo y psicólogo Ken Wilber, es desarrollarse más allá de sus meras tendencias y condicionamientos biológicos sexuales y experimentar y explorar la totalidad de sus posibilidades psíquicas, trascendiendo los estereotipos culturales de las diferencias sexuales. “A mi juicio, la reciente investigación demuestra muy claramente que las personalidades más desarrolladas presentan un equilibrio y una integración de los principios “masculinos” y “femeninos” que los hace “mentalmente andróginos”, mientras que los individuos menos desarrollados, por su parte, tienen a exhibir más nítidamente las actitudes estereotípicas propias del sexo […] Así pues, cuanto más crece y evoluciona un ser humano, más posibilidad tiene de trascender las diferencias corporales iniciales y descubrir la equivalencia mental [entre hombres y mujeres] y la identidad equilibrada. En cierto modo, esta es una forma de androginia mental superior (no de una bisexualidad física) […]. Por otra parte, cuanto menos evolucionada (y, por consiguiente, menos inteligente) es una persona, más próxima se halla a los estereotipos masculinos o femeninos" (Ken Wilber, Ibid). Con esta concepción es también compatible el reciente descubrimiento de la neurociencia sobre las facultades de “plasticidad neuronal” del ser humano: nuestro cerebro no es un órgano estático, configurado de una vez y para siempre, sino un proceso dinámico de conexiones neuronales que cambia en la medida en que también lo hacen nuestros hábitos mentales y nuestra conducta.

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La idea de una “androginia mental” como estadio superador de la condición humana ya estaba presente en la tradición hermética, la filosofía esotérica de Occidente. Más específicamente, en la alquimia medieval. A la luz de la psicología profunda, la filosofía simbólica de la alquimia fue interpretada por Carl Gustav Jung como la búsqueda de la psique por unificar sus aspectos “femeninos” y “masculinos”, trascendiéndolos en una unidad mayor. El proceso de individuación en la psicología junguiana, análogo a la búsqueda alquímica, consiste en valorar por igual nuestras funciones psíquicas que consideramos opuestas, integrándolas en un todo que es más que la suma de las partes. Descubrimos entonces que los valores y características que hemos  categorizado como “femeninos” y “masculinos” en nuestra cultura patriarcal son funciones complementarias que están disponibles para todos los seres humanos, independientemente de su sexo y de su sexualidad. “Nuestra civilización moderna privilegia excesivamente las funciones del cerebro izquierdo en detrimento del derecho. Mi progreso personal consiste en procurar desarrollar en mí la intuición, la poesía, la síntesis, el diálogo con mi inconsciente y todas sus riquezas y dejarme guiar más por la intuición que por la lógica pura, con el fin de que las dos mitades del cerebro establezcan un diálogo. Esto no implica renunciar al intelecto, el análisis, sino desarrollar los aspectos del cerebro derecho para equilibrar ambo.” (André Van Lysebeth, Ibid).

Plantear la necesidad de una unificación, de un trabajo conjunto de estos dos principios, constituía para Jung lo más esencial y necesariamente vital para nosotros como especie. La destacada escritora feminista Virginia Wolf lo expresó de manera poética, recuperando la tradición filosófica del romanticismo: “Y me puse a delinear de cualquier manera un plano del alma, en el que dos poderes presidían, uno masculino y otro femenino [...] Esa, tal vez, fue la intención de Coleridge cuando dijo que una gran inteligencia es andrógina. Cuando se opera esa fu­sión, la mente queda fecundada plenamente y dirige todas sus facultades” (Virginia Woolf, Una habitación propia, 1929).

De esta integración en nuestro propio contexto histórico, y de su posible expresión en la emergencia de una nueva cultura, síntesis dialéctica de nuestra dramática historia humana, nos ocuparemos en la última parte.

La filantropía avanzada por los grandes íconos del capitalismo tiene una serie de matices que nos hacen reflexionar sobre si es parte de una política estratégica para cuidar intereses y convertir a modelos neoliberales a países subdesarrollados.

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Recientemente Bill y Melinda Gates publicaron la carta anual de su fundación , en la que se muestra una visión sumamente optimista de su trabajo y del panorama mundial. En esta carta anuncian su visión de que, con la ayuda extranjera , en 2035 se erradicará la pobreza en todo el mundo. Bill Gates desde hace unos años ha dedicado buena parte de su tiempo a esta fundación que tiene como misión "reducir la pobreza en el mundo" y mejorar la educación en Estados Unidos a través del "acceso a las tecnologías de la información". La fundación ha gastado más de 28 mil millones de dólares desde su creación, lo que la convierte en la más grande fundación privada del mundo.

No es es de sorprenderse que esta fundación sea objeto de numerosas críticas y conspiraciones. Bill Gates es miembro del Grupo Bilderberg y uno de los hombres más ricos del mundo, lo cual inmediatamente lo vuelve objeto de críticas según la visión polarizada de que el mundo es controlado por una élite. Por otro lado, Gates es alabado por muchas personas que lo consideran más bondadoso que su contraparte de "genio millonario de la tecnología", Steve Jobs. Un hombre que, en esta concepción, habría dejado de lado la ambición insaciable del capitalismo para dedicarse al servicio, al filantrocapitalismo, redimiendo la máxima de que el poder corrompe y exponenciando su poder en capacidad de ayuda. Lo que queda claro aquí es que, de cualquier forma, Bill Gates tiene leverage ("influencia" o, de manera más literal, "palancas"). 

¿Cómo mueve su poderosa palanca Bill Gates? ¿De manera completamente desinteresada, según el espíritu esencial de una fundación filantrópica? ¿O según sus propios intereses, de manera estratégica, apuntalando un sistema económico que es también un modelo de estilo de vida, que en su manutención asegura la primacía de un grupo selecto de personas? Una de las críticas más serias que se le hace a la fundación de Gates es que busca mejorar el mundo principalmente a través de la promoción de políticas públicas que suelen mejorar las ganancias de inversionistas extranjeros en países del llamado tercer mundo, particularmente en África. Es decir, se sugiere que la ayuda es una especie de gancho o condición con la que se presiona o endulza a gobiernos extranjeros para que se implementen medidas de salud o proyectos de desarrollo tecnológico, como pueden ser la aplicación de vacunas, el uso de computadoras o de semillas genéticamente modificadas y otros métodos agronómicos —todos éstos suponen ganancias para compañías extranjeras. 

Este esquema en el que Gates aparece más como un evangelista del capitalismo que opera no sólo para la conversión de los pueblos al dogma, sino, como ocurrió con la evangelización cristiana, para que en esa conversión se asegure la preeminencia de su poder, se refuerza por su participación en diferentes empresas, muchas de las cuales han sido seriamente cuestionadas desde un punto de vista ético. La mejor forma para atestiguar los verdaderos intereses de las compañías y empresarios suele ser simplemente revisar sus inversiones y sus sociedades, ya sea directamente o a través de compañías fantasmas o fronts. En el 2013, la Gates Foundation tenía 16.8 mil millones en acciones, incluyendo 9.4 millones de acciones de McDonald's (5% de su total), 15 millones de acciones de Coca-Cola (más de 7 % de su total, lo que significa más mil millones de dólares). En su historia, la fundación de Bill y Melinda Gates ha tenido millones de acciones de compañías farmacéuticas como Schering-Plough Corporation (14.9 milliones), Eli Lilly & Company (1 millón), Merck & Co. (8.1 milliones) y Wyeth (3.7 milliones). Desde el 2008 se han asociado con Glaxo Smith Kline para ofrecer masivamente vacunas de malaria en África. La mayor parte de las acciones y del capital de la Fundación Gates están invertidos en el conglomerado Berkshire Hathaway, el cual tiene acciones de grupos como Wal-Mart, Nestlé, y farmacéuticas como Glaxo Smith Kline y Sanofi Aventis.

[caption id="attachment_69644" align="aligncenter" width="614"]journal.pmed.1001020.t003 Tabla de 2009[/caption]

Quizás las participaciones más polémicas de la fundación Gates son su compra de 500 mil acciones de Monsanto (valuadas en 23 millones de dólares) y su asociación con el agrogigante Cargill para desarrollar soya genéticamente modificada e introducirla en países como Mozambique. No es secreto que Monsanto ha sido vinculada con el desarrollo de pesticidas y demás agrotecnología que representa serios peligros para la salud; igualmente, ha sido acusada de pasar de largo las regulaciones locales para inundar el mercado con sus productos.  La relación de Gates con los dos agrogigantes más agresivos del mundo genera preocupación sobre la introducción,  "en el nombre de darle de comer al mundo", del método de agricultura de alta tecnología de Estados Unidos en África donde podría ser inapropiado, contraproducente y probablemente poco respetuoso de los agricultores locales y su ancestral relación con la tierra.

Estas participaciones en compañías cuya reputación es cuestionable en lo referente a la misión base de "ayudar a crear un mundo mejor" son excusadas bajo la contención de que la Fundación Gates se maneja como un ente que toma decisiones financieras con el fin de aumentar sus ganancias para poder simplemente tener más dinero y ayudar más. Pero lo cierto es que la Fundación Gates trabaja de la mano en proyectos filantrópicos con compañías como Coca-Cola o algunas de las farmacéuticas que tiene como socias y sería quizás un poco ingenuo pensar que no cuida los intereses de estas compañías (que son sus intereses) en sus donaciones "desinteresadas" y en las decisiones de su junta directiva al formar relaciones con gobiernos extranjeros y abrir canales de inversión.

Que existe un conflicto de intereses en la labor de la Fundación Gates ha sido la inquietud  de expertos de la Universidad de Harvard y de la London School of Tropical Medicine and Hygiene, quienes en un trabajo de investigación publicado en PLOS Medicine, manifestaron su preocupación sobre  el nivel de confianza que esta fundación merece. Específicamente haciendo énfasis en lo que pareciera ser una contradicción moral: una compañía que tiene una importante injerencia en la salud pública de numerosos países y que a la vez ha invertido en bebidas gaseosas y dulces que dañan la misma, o en compañías que basan sus ingresos en la generación de enfermedades. Sonia Shah, escribiendo en Le Monde Diplomatique sobre esta investigación señala:

De manera privada un experto en salud global me dice que sospecha de que el involucramiento del sector privado en la guerra contra la malaria pueda ser una forma novedosa de capitalismo del desastre, con los donantes corporativos de hoy a la salud global convirtiéndose mañana en los dueños corporativos de los accesos a la salud de la gente.

 

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Bono

El cantante de la banda irlandesa de rock U2, Bono, se ha convertido en la imagen de póster de la celebridad activa y supuestamente comprometida con ayudar a los pobres. Bono le pide a los presidentes de Estados Unidos que condonen la deuda; Bono habla con el Papa y se sienta con el Dalai Lama y negocia ayuda ("sin intereses" ) para los países subdesarrollados o emite mensajes alentadores de buena vibración. Bono lanza una marca de ropa para ayudar a los niños en África. Como su nombre lo indica, Bono, "el bueno", es la imagen andante de un "rockstar con una causa", otorgándole a la filantropía la necesaria carga de coolness en un feedback loop: coolness también para su persona, que es una marca. La celebridad de Bono se ha fundido con su filantropía en un continuo espectáculo —el show lo justifica todo. Una mirada atenta, sin embargo, fácilmente detecta cierto cinismo en la faz de Bono, la cual Bret Easton Ellis confundiera con el mismísimo diablo en una de sus novelas en un momento de paranoia cocainómana.

De reciente publicación, el libro Bono: en el nombre del poder, del periodista irlandés Harry Browne, hace una radiografía de la vida del cantante y su participación clave en esa forma de altruismo capitalista que permite a grandes corporaciones obtener grandes ganancias, ya sean directamente económicas o indirectamente: medidas en reputación, greeenwashing y demás técnicas y recursos que luego se transformarán en ganancias económicas. La tesis de Browne es que

Bono ha hecho más daño del que parece, ya que se ha convertido en portavoz de la élite occidental, al defender la visión y el modelo económico neoliberal de personajes como George Bush, Tony Blair, Jesse Helms, Condoleezza Rice, Bill Clinton, Steve Jobs y Bill Gates, por nombrar algunos

Bono, el cabezaparlante, figura visible, ha recibido beneficios de su acting-out, pitazos para participar en jugosas venture capitals como Facebook (que tiene a Bono entre sus máximos beneficiarios). Browne comparte el mismo argumento: el modelo de ayuda está basado en la aceptación incondicional de las políticas neoliberales, y Bono es una especie de brazo propagandístico o títere de sonrisa colmilluda.

Según el editor del libro y director de la editorial Sexto Piso, Diego Rabasa, la investigación: refleja cómo los corporativos trasnacionales, tienen cada vez más influencia y poder a través de un supuesto altruismo, pero que en realidad encubre toda una operación financiera de alcances globales, como representantes de un neoliberalismo salvaje.

Al igual que Gates, Bono también tiene una serie de conductas corporativas que ponen en duda la autenticidad de su intención de ayuda, por ejemplo su marca de ropa lanzada para fomentar el valor del “Made in Africa” que está hecha en China y luego es vendida.

 

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El dinero que se gira a los "países pobres" y a las personas desamparadas no es un dinero libre. No es "gasta este dinero como te convenga", es "usa este dinero para lo que nosotros sabemos que te conviene": es dinero que reafirma un modelo económico y un estilo de vida de raíces capitalistas. A fin de cuentas este dinero es una especie de respuesta inmediata, a corto plazo (muchas veces a lacerantes problemas creados por el mismo capitalismo), que impide un posible desarrollo a mediano y largo plazo independiente (un poder autónomo de un país de autodeliberar). Es dinero regulador, homogeneizante. Un ejemplo de cómo este dinero podría estar condicionado es el siguiente: una empresa extranjera anuncia que donará una cantidad en ayuda a la tragedia sufrida debido al huracán Katrina en Nuevo Orleans. Su ayuda es bienvenida, pero cuando condiciona esta ayuda —aunque sea tácitamente— a su participación en la reconstrucción de Nuevo Orleans no podemos decir lo mismo. Lo cierto es que los modelos de ayuda del filantrocapitalismo en muchos casos, como parecen ser el de Gates y el de Bono, parecen estar comprometidos. La ayuda nunca es desinterasada: es una forma sofisticada de capitalizar los propios intereses.

Para Slavoj Zizek el altruismo es una forma de humanizar el capitalismo y de hacer sus atrocidades tolerables, de reparar con una mano los daños que se siguen haciendo con otra: una hipocresía. De manera radical:

Se imponen la tarea seria y sentimental de remediar los males que ven, pero sus remedios no curan ese mal, sólo lo prolongan, sus remedios son parte de la enfermedad, quieren solucionar los problemas de la pobreza manteniendo a la gente pobre viva o divirtiéndolos, pero esto no es una solución, es sólo un agravante de la dificultad, el objetivo adecuado es reconstruir la sociedad de tal forma que la pobreza sea imposible —y las virtudes altruistas han impedido este objetivo. El peor dueño de esclavos es el que era amable con sus esclavos, ya que impedía que se dieran cuenta de los horrores del sistema e impedía que fueran entendidos por aquellos que lo contemplaban. La filantropía degrada y desmoraliza: es inmoral utilizar la propiedad privada para aliviar los horribles males que resultan de la institución de la propiedad privada.

 

Twitter del autor: @alepholo

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