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La supuesta división operativa para procesos cognitivos entre los hemisferios del cerebro es un mito moderno.

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Por años hemos hablado de personas que tienen una predominancia de cierto hemisferio cerebral, y hemos descrito popularmente a aquellas más creativas e intuitivas como pertenencientes a esa franja liminal del hemisferio derecho, y a aquellas más analíticas y lógicas, como propensas a la actividad del hemisferio izquierdo. Tal es así, que dentro de la rutina clasificatoria de nuestra cotidianidad a muchos de nosotros se nos ha ubicado en algún momento como personas del hemisferio cerebral derecho o izquierdo, sugiriendo que nuestra capacidad cerebral se mueve dentro de ciertos límites cognitivos. Si no fuimos sujetos a esta demarcación dicotómica, es casi seguro que hayamos crecido con la noción de que cuando realizamos un tipo de operación mental, como una suma aritmética, o cuando intentamos escribir un verso o imaginar cómo sería un paisaje en otro mundo estamos utilizando partes distintas y separadas del cerebro. Pero como muchos otros supuestos conocimientos de lo que es nuestro cerebro (incluyendo la famosa aseveración de que sólo usamos el 5% de nuestro cerebro o una cifra similar) la franja tajante entre los hemisferios como praxis dominante de la cognición es falsa o al menos ha sido llevada fuera de su justa proporción.

El neurocientífico, Stephen M. Kosslyn, aclara que si bien existen algunas diferencias entre el lado derecho y el lado izquierdo del cerebro, éstas son mucho más sutiles, por ejemplo: "el lado izquierdo procesa pequeños detalles de lo que ves y el lado derecho procesa las formas generales". Más importante, "las mitades del cerebro no trabajan aisladas; siempre funcionan como sistema. Tu cabeza no es el escenario de una interminable competición, la parte 'fuerte' del cerebro luchando con la parte 'débil'. Y, finalmente, las personas no usan preferencialmente una mitad o la otra".

Al parecer el origen de esta división hemisférica embebida en la cultura popular data de una serie de experimentos realizados por el Premio Nobel, Roger W. Sperry, quien cortó el corpus callosum, que une las mitades del cerebro, de 16 pacientes (los cuales obtuvieron cierto alivio después de esta operación) y realizó luego estudios con los mismos. Esto fue la base de un artículo publicado en 1973 por The New York Times, que señaló: "Dos personas muy diferentes habitan en nuestros cerebros... Una de ellas es verbal, analítica y dominante. La otra es artística...". De aquí numerosas publicaciones tomaron el modelo, pese a que el mismo Sperry había dicho que "la observación experimental de la polaridad derecha-izquierda en estilos cognitivos es una idea de la que fácilmente se puede abusar".

Kosslyn advierte que en los últimos años un nuevo mito se ha formado, aquel de que el cerebro también se divide en parte superior y parte inferior, en este perene mecanismo de proyección atomista. La parte superior es la que hace planes y revisa esos planes cuando no ocurren; la parte inferior clasifica e interpreta lo que percibimos. En realidad, eso es algo que ocurre de manera sistémica en las diferentes partes del cerebro.

La clave del cerebro, sin embargo, no está en qué parte usamos, sino en la interacción entre las partes. La conciencia, sugieren científicos como Christof Koch, es una propiedad emergente a la complejidad neural: "es todo el sistema el que es consciente, no las neuronas individuales", señala Koch, quien cree que la conciencia es inherente a la integración de sistemas complejos, incluyendo animales, y que podría extenderse a sistemas no-biológicos si estos logran una suficientes complejidad integrada. Asimismo, la teoría holonómica del neurocientífico Karl Pribram sugiere que la memoria tampoco es almacenada en células nerviosas individuales sino que se almacena, cada parte, en todo el cerebro, a la manera de un holograma, y se sintoniza a partir de las relaciones que forma el sistema o red sinapticodendrítica. Es altamente probable que en realidad la más alta cognición surja del equilibrio entre estas aparentes polaridades cerebrales. Einstein, el gran símbolo de la inteligencia, es un ejemplo muy claro de la interrelación entre estos hemisferios como sublime método de aprehensión. Por una parte, una base matemática-analítica, y por otra, como él mismo lo declaró en numerosas ocasiones, una inclinación hacia la imaginación.

La división entre hemisferios cerebrales preferenciales refleja el profundo dualismo que hemos incorporado a nuestra percepción del mundo, especialmente en el pensamiento científico basado en la fragmentación para el análisis, y dejando en segundo término la noción de interrelación e interdependencia. Como heerencia del racionalismo que de manera médicamente negligente dividió el cuerpo de la mente, tenemos en la actualidad nuevas divisiones, que buscan segmentar la totalidad de la materia. Y si bien existen por supuesto diferencias e incluso una especie de polaridad inherente al mundo (tanto simbólica como físicamente), todo apunta a que tal división es superficial (los opuestos en realidad son complementos) y a que los organismos operan como sistemas integrados, holísticos, partes de una red de interconexión en la cual es posible trazar un remanente de unidad que se remonta al origen del universo.

[Time]

Twitter del autor: @alepholo

 

iDiots, el video viral que parodia la esclavización al iPhone y la enajenación contemporánea

Por: pijamasurf - 12/02/2013

Video parodia la enajenación a la que nos sometemos voluntariamente por medio de la tecnología que tenemos a nuestro alcance, una suerte de desperdicio civilizatorio que se condensa en el gesto de prestar más atención a nuestros teléfonos que al mundo que nos rodea.

Hace algunas semanas circuló en Internet, a partir del dominio anglosajón, un nuevo verbo: “phubbing”, un neologismo construido con las palabras “phone” (teléfono) y “snubbing” (menosprecio), el cual se refiere a la acción de ignorar a otra u otras personas con las que se está por poner atención únicamente en el teléfono portátil. Como sabemos, los modernos smartphones permiten hacer tantas cosas, que al parecer para algunos y en ciertas circunstancias, se han convertido en el primer y único medio de interacción con el mundo.

Esto, sin embargo, no es todo. Se trata apenas de un detalle que involucra otras situaciones no menos alarmantes: el consumismo desbordado, la obsolescencia programada de estos aparatos, la programación ideológica que nos lleva a necesitar y posiblemente incluso desear su posesión y su uso.

“Sí, nuestra felicidad depende de cosas que no necesitamos y está gobernada por entidades que no controlamos. ¿Y qué? Siéntate y enciende el televisor”, dicen los creadores del video que compartimos ahora, el cual se presenta como un parodia del fragmento de realidad y existencia que para millones de personas transcurre frente a la pantalla de su teléfono celular. “No tomen este mensaje tan en serio. Este es un video promocional que hicimos para reírnos de nosotros mismos. Todos llevamos un iDiot adentro, ¡y es tan divertido!”, concluyen.

Al respecto vale la pena recuperar un ensayo del escritor estadounidense Jonathan Franzen, publicado en septiembre pasado por The Guardian. Ahí, entre otras reflexiones sobre las contradicciones de nuestra época, consideradas desde la perspectiva del satírico austriaco Karl Kraus, Franzen señala la disparidad de direcciones que siguen, por un lado, el desarrollo tecnológico y, por otro, el “progreso moral”: mientras que uno nos sorprende cada día con la amplitud de posibilidades que otorga a la civilización humana, ésta prefiere usar dicha tecnología para ver videos de gatos:

Para mí ―escribe Franzen― lo más impresionante de Kraus como pensador tal vez sea cómo reconoció tan fácil y claramente la divergencia del progreso tecnológico del progreso moral y espiritual. Un siglo exitoso para el primero, que involucra avances científicos que parecerían milagrosos hace no mucho, han resultado en videos de smartphones en alta definición de tipos echando Mentos en botellas de un litro de Pepsi de dieta y gritando “Whoa!”