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Un vistazo a la vida del “profeta científico”, como llegaran a llamarlo la prensa, los editores y sus miles de futuros lectores

Atenea lanzaba su potente grito. Y en frente de ella bramaba Ares. Terrible cual oscuro torbellino, llamando en tonos agudos a los troyanos.

Así los sagrados dioses incitaban a los dos ejércitos a chocar en batalla, y entre ellos hacían que estallara horrible conflicto. Entonces tronó terriblemente desde las alturas el padre de los dioses y de los hombres; y desde abajo Poseidón hizo que temblara la tierra y los empinados picos de las montañas…

La Ilíada, Libro V

1. El pequeño judío pobre y descalzo

Sus padres no poseían dinero alguno para costearle sus estudios, aunque desde muy niño les manifestara su anhelo de convertirse en médico o rabino algún día. Tanto él como sus hermanas tenían que trabajar desde pequeños en la modesta panadería de sus padres, contribuyendo a la difícil manutención de la familia. Vivían al día, apenas sorteando los difíciles y numerosos obstáculos a los que se enfrentaban los judíos pobres en una Europa racista, agresiva y sectaria de finales del siglo XIX. Su única escuela había sido la de la sinagoga en su aldea, en donde llegó a ser el alumno más destacado desde los 5 años.

A pesar de ello, él robaba todas las horas posibles a su trabajo para leer las Sagradas Escrituras y cuanto libro de filosofía, medicina, biología e historia cayera en sus manos. Lo fascinaba la historia del pueblo de Israel. Ante las severas dificultades para ir a la universidad, acariciaba la idea de llegar a ser un médico autodidacta, atendiendo a los múltiples enfermos de su pueblo, mas luego se detenía a pensar en las sanciones por parte de la policía imperial alemana a los judíos y la idea de sufrir una condena de por vida lo amedrentaba.

Simon Yehiel Velikovsky ejerció los más diversos oficios hasta antes de los 13 años: aprendió a hacer pan en el horno casero de piedras de su padre Yosef, de cuyas cálidas entrañas emergían los suculentos frutos de trigo con los cuales se alimentaron sus abuelos, progenitores y hermanos durante muchos años, vendiendo los excedentes a los vecinos para ayudarse con algunas monedas de cobre que de ningún modo les caían mal. También fue albañil, encuadernador, sastre, escribano y zapatero en diferentes épocas alternativamente, volviendo a uno u otro oficio cuando el trabajo escaseaba en una parte y las necesidades y el apetito de su familia así lo exigían.

De manera que al dejar la casa de sus padres en un pueblecito de judíos cerca de Alemania, siendo ya un implacable lector, políglota y dominando múltiples oficios, podría decirse que  Simon había terminado su formación. Algunos de los muchachos de su edad ya estaban comprometidos con alguna muchacha bonita de su misma comunidad o de algún pueblo cercano teniendo su futuro, si no asegurado, sí predeterminado casi en totalidad, preparándose para heredar el negocio de la familia y ahorrando para sus nada lejanos matrimonios.

Simon Yehiel no se veía a sí mismo de ningún modo atado por el resto de sus días a la ruinosa y diminuta aldea donde nació, casado con una granjera inculta, llevando gansos a pastar cerca del arroyo en las mañanas, amasando y horneando pan hasta acabarse la espalda en las madrugadas. Por las noches estudiaba sin descanso, iluminado por la diminuta luz de una vela. Así aprendió ruso, italiano, francés y griego por propia cuenta, además del hebreo y el alemán que le proporcionaron sus padres como lenguas maternas. Soñaba a menudo con la Tierra Prometida de la que hablaban sin cesar las Sagradas Escrituras, reflexionando acerca de los múltiples significados de ella y fantaseando con reconstruirla alguna vez: un paraíso terrestre donde los judíos de diferentes partes del mundo pudiesen encontrarse, dialogar, trabajar, estudiar y vivir tranquilos. Proyectaba ser médico algún día y construir un hospital en su pueblecito, restaurar la vieja sinagoga donde estudiaba varias veces por semana, erigiendo incluso una nueva, más digna y suntuosa.

Recién cumplió los 13 años dejó la casa de sus padres, con mucho pesar debido a la falta que les harían sus manos y su espalda para hacer producir el horno, sin llevar apenas más que unos incómodos zapatos de madera, que eran su mayor posesión, una bolsa con dos libros, algunas hogazas del pan de su casa y una delgada cobija.

La distancia que separaba su pequeña aldea en Alemania de San Petersburgo en Rusia era impensable en aquellos tiempos. No llevaba ni una sola moneda, pues esto hubiese significado privar a sus padres y hermanos de ella. Se despidió de todos ellos cariñosamente, con la promesa de enviarles algún dinero en cuanto pudiera, temiendo nunca volverlos a ver, debido a los peligros del viaje y la distancia gigantesca a la que se enfrentaría en breve.

De los zapatos de madera logro deshacerse pronto, obteniendo algún dinero a cambio de ellos para comprarse otros de lona más ligeros para su viaje y un abrigo que le resultaba indispensable conforme el invierno ruso se aproximara y sus pasos lo acercaran cada vez más al inmenso país blanco.

Hizo múltiples amistades en el camino, conociendo campesinos y comerciantes, quienes lo acogieron, aconsejaron y guiaron. Su objetivo estaba cada vez más claro: llegar a San Petersburgo y ser admitido en el más importante centro talmúdico de aquel entonces, convertirse en rabino y ser un experto intérprete de los textos sagrados. Su caminata duro casi 2 años, deteniéndose durante las temporadas más difíciles en algún granero o mesón barato a pernoctar, trabajando en variadas cosas para obtener algún recurso económico, ahorrando otro poco, impartiendo algunas clases de idiomas a diversas gentes que encontraba en su camino, ayudándolos a sembrar la tierra, a realizar reparaciones en sus hogares y granjas. Así logró enviar parte de sus primeros ingresos por correo a su familia en Alemania, aun antes de llegar a Rusia.

Para el mes de octubre, cuando el frío comenzara a apuñalar sin piedad su esqueleto, arribó descalzo a San Petersburgo, sin cartas de recomendación y con muy poco dinero, orientándose apenas con los relatos que algunos amigos encontrados por el camino le proporcionaran acerca de la ubicación de la escuela talmúdica adonde se dirigía.

Logró ser admitido y pronto se convirtió en uno de los mejores estudiantes, demostrando poseer una inteligencia y fuerza de voluntad poco comunes, trabajando durante las tardes y noches en la reparación de zapatos y la confección de ropa para costear sus estudios, alimentos, renta y aun enviando algo de dinero a su aldea en Alemania. No tardaría en ser considerado uno de los mejores estudiantes de la escuela, consiguiendo comprometerse con Ana, la hija de uno de sus profesores.

Al mismo tiempo que estudiaba y contraía nupcias, logró instalar su primer taller de costura, el cual se transformaría con los años en un enorme comercio de ropa.

 

2

Y todo el ejército de los cielos se disolverá, y se enrollarán los cielos como un libro; y caerá todo su ejército… Porque en los cielos se embriagará mi espada… Y mis arroyos se convertirán en brea, y su polvo en azufre.

Isaías 34:1

Imagen: Wikimedia Commons

Imagen: Wikimedia Commons

Cuatro niñas y un varón fueron los hijos que procreo con Ana. De todos ellos el niño, Immanuel, sería quien mayormente siguiera los pasos de su padre, espiándolo mientras éste estudiaba por las noches, tomándole sus libros sin su permiso, leyendo en su compañía y traduciendo juntos del hebreo pasajes del Antiguo Testamento, escondiéndose durante las madrugadas para escuchar las disertaciones bíblicas y filosóficas que Simon entablaba con sus colegas rabinos y otros eruditos acerca de las Sagradas Escrituras. El misticismo e idealismo de su padre dejarían honda huella en el pequeño Immanuel.

Las políticas antisemitas del gobierno zarista no se harían esperar, planteando la posibilidad a Velikovsky, a su esposa e hijos de regresar a Alemania con su familia, a la cual abandonara casi 2 décadas atrás. En los últimos años había hecho crecer su comercio de telas, calzado  y ropa, instalando un almacén en su aldea materna y en otros tres poblados vecinos y convirtiéndose poco a poco en un exitoso comerciante de ropas, calzado y telas. Su madre y sus hermanas se encargaron de hacer crecer enormemente el almacén en la aldea.

De manera que no resultó difícil tomar la decisión de volver a Alemania y continuar trabajando y estudiando con su esposa e hijos en su tierra natal, volviendo ahora con todos ellos en tren. La mayor de sus hijas tenía 12 años, luego Immanuel Velikovsky y tras de él otras tres niñas.

Immanuel pronto destacó en la sinagoga, logrando ingresar con excelentes notas al liceo, preparándose en ciencias naturales, filosofía, historia, lenguas. Su padre se sentía orgulloso de él. Pronto logró ser admitido en la Facultad de Medicina en Berlín, cumpliendo el sueño paterno de convertirse en médico. Volvería, según los planes y las expectativas de toda su familia, de la capital a la aldea cuando finalizara la universidad, haciéndose cargo del hospital que construyó Simon ahí.

La Revolución Rusa los sorprendería con mucha atención en Alemania. Simon, transformado ya en un rabino maduro, comerciante y padre de familia, vería con desconfianza el ascenso de los comunistas y el encumbramiento posterior de Stalin en el poder. Pero no así su hijo, quien lejos de pensar en regresar con sus padres, solicitaría ahora su ingreso a la Facultad de Ciencias de Moscú. Con una carrera a cuestas ya como médico, Immanuel Velikovsky marcharía hacia la capital de Rusia para estudiar otras tres licenciaturas: biología, historia y derecho.

Los cambios políticos, sociales e históricos obligarían a Simon, su padre, a tener que movilizarse con toda su familia lejos de su amada Alemania, en esta ocasión debido al ascenso de los nazis y a las inminentes políticas antisemitas que se anticipaban ya. Adquirió algunas hectáreas en Israel, con la idea muy clara de fundar una Tierra Prometida con ayuda de otros judíos. Simon Velikovsky dejaría su aldea de nueva cuenta, en esta ocasión acompañado de sus tías, esposa, su madre, su padre, las hijas y varios sobrinos con rumbo a Oriente Medio.

Mientras tanto, su hijo Immanuel se embebía de múltiples ciencias: biología, historia, leyes, neurología. También a él le fascinaba la historia del pueblo de Israel. Una curiosa mezcla se agitaba interiormente en su corazón: por una parte el estudio de las ciencias naturales e históricas, y por otra el misticismo hebraico que heredara de Simon, el cual no lo dejaría jamás, preparándose para convertirse en el “profeta científico”, como llegaran a llamarlo la prensa, los editores y sus miles de futuros lectores.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

La vida del hombre de dos caras fue dramática y breve; aquí su fascinante historia.

Edward Mordake es, sin duda, el personaje real más inquietante que jamás haya existido. La desconcertante deformidad que marcó su vida figura como uno de los casos más extremos de las posibilidades humanas: los dos rostros de géminis manifestados en solo individuo. Nació en el seno de nobleza inglesa a principios del siglo XIX con la particularidad anatómica de presentar un segundo rostro en la parte posterior de su cabeza. Para ser más exactos: una cara femenina que se localizaba exactamente a la altura de su nuca.

La cara trasera era un poco más pequeña que el rostro frontal y ligeramente amorfa. No contaba con la capacidad de hablar en voz alta o ingerir alimento, pero sí reaccionaba a estímulos externos. Seguía al interlocutor con la mirada --una mirada que se dice era brillante y perversa­-- y, mientras lo hacía, mascullaba con ira frases inteligibles. También expresaba emociones: reía o lloraba, con frecuencia se enfurecía; casi siempre en momentos en los que el pobre Edward atravesaba por el sentimiento opuesto. No era infrecuente, por ejemplo, que cuando éste lloraba amargamente abatido por la melancolía, el rostro trasero se carcajeara con saña. Mordake aseguraba que su segunda fisonomía poseía una inteligencia maligna y viciosa, propicia de pensamientos convulsos y delirios funestos.

La condición medica que sufría Edward Mordake recibe el nombre de diprosopus, también conocida como duplicación craneoencefálica. Una malformación congénita extremadamente rara en la cual uno o varios elementos del rostro se encuentran duplicados dentro de la misma cabeza. También puede ocurrir que algunas estructuras cerebrales se presenten repetidas. A pesar de lo que se podría llegar a pensar, esta condición no sucede por la separación o fusión anómala de dos embriones diferentes, sino por una alteración en la actividad de la proteína SHH. Dicha proteína y el gen que la regula desempeñan un papel fundamental en la segmentación craneoencefálica durante el desarrollo embrionario, gobernando los procesos relacionados con el desarrollo de las distintas estructuras faciales y cerebrales.

Se ha reportado que dicha alteración sucede con frecuencia escasa en algunos animales como cerdos, pollos y gatos. En el caso humano, suele ser deletrea y generalmente va acompañada de otras malformaciones que sentencian al producto como inviable. Por lo que los bebés nacidos con ella no suelen sobrevivir más de unos cuantos minutos. Sólo se han registrado tres instancias en las que no sucedió de esta manera y el neonato afectado rebasó la sala de maternidad. Además del ya mencionado Edward, está el del mexicano Pascal Pinon, que tenía una cabeza pequeña que sobresalía sobre su frente, y Lali Singh, hindú nacida en 2008, que presentaba numerosas estructuras faciales duplicadas sobre el mismo rostro. 

Edward vivió siempre atormentado por su segundo rostro. No sólo por la obvia ansiedad implícita en tener una cara extra en la parte trasera de la cabeza, sino porque aseguraba que, aquel portento grotesco, formulaba pensamientos demoníacos. Era como si dentro de su cabeza hubiera dos mentes distintas. Dos seres opuestos que habitaban irremediablemente el mismo cerebro. Afirmaba que aunque no lo hiciera en voz alta, la mujer contenida en su nuca, le hablaba continuamente. Le comandaba órdenes asquerosas, sugería actos despreciables, lo incitaba a la violencia y juzgaba con desprecio cada uno de sus actos. La mente compartida incesantemente por un ser despreciable, un ente ajeno a él y, al mismo tiempo, de manera paradójica, parte intrínseca de su persona.

Su gemela diabólica --así la llamaba él-- nunca lo dejaba en paz. Pronuncia un discurso infernal y perenne, un monólogo desquiciado lleno de odio hacia el mundo. Una verborrea grotesca que ni siquiera le permitía conciliar el sueño, pues sus susurros miserables aumentaban en la oscuridad: alaridos terroríficos y gritos maniáticos que imposibilitaban el descanso.

[caption id="attachment_109130" align="aligncenter" width="600"]Ilustración: Ana J. Bellido Ilustración: Ana J. Bellido[/caption]

La vida del hombre de dos caras fue dramática y breve. A pesar de contar con inteligencia aguda, talento artístico notable, un semblante por lo demás atractivo y, a diferencia de la mayoría de personas deformes de la época, no verse forzado a explotar su desfiguración en los freak shows para conseguir sustento, Edward no fue capaz de sobrellevar su lastre. Demandaba constantemente a los médicos que removieran el segundo rostro. Apelaba a la piedad y el bisturí. Con desespero suplicaba que lo destrozaran, aunque con ello terminaran con la vida de ambos.

Pero fue imposible. La medicina del momento no permitía realizar tal proeza. Mientras tanto Edward pasaba sus días en completo aislamiento, enfrascado en una cotidianidad demente. La personalidad múltiple como condición existencial no es algo fácil de manejar, menos aún cuando la segunda identidad tiene un rostro tangible. La locura fue en aumento, su gemela diabólica lo desquiciaba al punto de la esquizofrenia. Hasta que finalmente, apenas a los 23 años de edad, no pudo soportar más y el suicidio fue la única respuesta posible.

En una carta encontrada junto al cuerpo sin vida, Edward pedía que el rostro maldito fuera extirpado de su cadáver antes del entierro. Quería evitar a toda costa que su brutal monólogo lo persiguiera a la tumba. 

Desde que su historia se dio a conocer en 1896 en el libro Anomalies and curiosities of Medicine, la triste figura del hombre de dos caras ha conmovido y perturbado a la humanidad. Su drama ha inspirado obras de teatro, ensayos, textos y la canción “Poor Edward” compuesta por Tom Waits.

Para cerrar esta breve semblanza, incluyo la cita textual del famoso manual de medicina que divulgó su existencia por primera vez:

One of the weirdest as well as most melancholy stories of human deformity is that of Edward Mordake, said to have been heir to one of the noblest peerages in England. He never claimed the title, however, and committed suicide in his twenty-third year. He lived in complete seclusion, refusing the visits even of the members of his own family. He was a young man of fine attainments, a profound scholar, and a musician of rare ability. His figure was remarkable for its grace, and his face — that is to say, his natural face — was that of an Antinous. But upon the back of his head was another face, that of a beautiful girl, 'lovely as a dream, hideous as a devil'.

The female face was a mere mask, 'occupying only a small portion of the posterior part of the skull, yet exhibiting every sign of intelligence, of a malignant sort, however'. It would be been seen to smile and sneer while Mordake was weeping. The eyes would follow the movements of the spectator, and the lips 'would gibber without ceasing'. No voice was audible, but Mordake avers that he was kept from his rest at night by the hateful whispers of his 'devil twin', as he called it, 'which never sleeps, but talks to me forever of such things as they only speak of in Hell. No imagination can conceive the dreadful temptations it sets before me. For some unforgiven wickedness of my forefathers I am knit to this fiend — for a fiend it surely is. I beg and beseech you to crush it out of human semblance, even if I die for it.' Such were the words of the hapless Mordake to Manvers and Treadwell, his physicians. In spite of careful watching, he managed to procure poison, whereof he died, leaving a letter requesting that the 'demon face' might be destroyed before his burial, 'lest it continues its dreadful whisperings in my grave.' At his own request he was interred in a waste place, without stone or legend to mark his grave.

 

 

Twitter del autor: @cotahiriart