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Los marineros filipinos incrustan "bolitas" de metal en sus penes para congraciarse con las mujeres de los puertos; acaso sin saber cumplen un antiguo rito que se remonta a la alquimia sexual de los dioses.

Golden-Sea

Para algunos el destino del pueblo filipino ha sido aciago, sufriendo el yugo de un múltiple colonialismo, dictaduras y explotación (o saqueo) de recursos. Y, sin embargo, ese estado precario, pronto a abandonarse, y su geografía isleña, les ha permitido una venturosa compensación, difícil de medir bajo indicadores financieros, otra riqueza:  partir al mar y conocer el mundo para mezclarse con la sal de la tierra. Aunque bajo la servidumbre del navío y sus lores, ningún otro pueblo en la actualidad recorre --y, en ese aspecto reversible de la dialéctica, domina-- los océanos del orbe como el pueblo filipino …un furtivo imperio a la deriva. Actualmente se calcula que la quinta parte de los marineros del mundo son de origen filipino. Una cifra que ha crecido luego de que leyes internacionales permitieran la contratación de marineros a salarios mínimos y de que Filipina viviera una pronunciada crisis petrolera en los 70.

El destino de un marinero hace que pase alrededor de 10 meses en alta mar, sólo acallando en la tierra brevemente. Estas visitas a ciudades marítimas, lejos de casa (casa que de por sí ya se ha difuminado en la borrasca del mar), son el escenario de las más variadas y afamadas correrías sexuales: la prostitución, las farras orgiásticas y, en el caso de los filipinos, la oportunidad de hacer gala de sus implantes peniles con las mujeres del puerto.

Aunque existen numerosos relatos históricos que documentan esta práctica, extendida entre hombres del Pacífico asiático, una nueva investigación realizada por el antropólogo noruego Gunnar Lamvik ha creado recientemente cierta sensación. Según Lamvik, muchos marineros filipinos hacen pequeñas incisiones en sus penes con pedazos de plástico, piedras o metales (del tamaño de M&M’s) debajo de la piel con el fin de aumentar el placer de las prostitutas y otras mujeres con las que se encuentran en ciudades portuarias, especialmente en Río de Janeiro. “Esta arma secreta de los filipinos, como fue fraseada por un contramaestre, tiene que ver obviamente con el hecho de los que filipinos ‘son tan pequeños, y las mujeres brasileñas son tan grandes”’, señala Lamvik.

Un sondeo realizado en 1999 mostró que el 57% de los marineros filipinos utiliza estas incisiones, conocidas como “bolitas”. Steve McKay, de la Universidad de California Sana Cruz, viajó en containers con marineros filipinos y, al igual que Lamvik, documentó el proceso de inserción de los implantes. Las bolitas son conocidas como “fang muk”, “bulletus”,  “bolas de chagan”, “bolas de tancho” y “canicas de pene”. La diversidad de objetos y materiales que se utiliza para hacer los implantes es tan ocurrente como potencialmente infecciosa: se usan cucharas derretidas, cepillos de diente, palillos chinos, cuentas de collares (incluyendo rosarios), municiones y metales y minerales (como el  hierro, el jade, el marfil, la porcelana, la fibra de vidrio y, los más afluentes, el oro). McKay notó que muchos marineros filipinos hierven las “bolitas” y es una práctica común insertar cuatro de ellas en diferentes partes del pene formando el signo de la cruz (una clara herencia del catolicismo español que, sin embargo, muestra una articulación que esa religión podría considerar profana justamente al inmiscuir en el sexo lo sagrado).

Esta práctica, también conocida como “perlado” fue observada por el hisoriador precolonial William Henry Scott y por Antonio Pigafetta, quien viajó en la mítica expedición de Magallanes por el estrecho que ahora lleva su nombre. “Tanto hombres jóvenes como viejos perforan sus penes con una varilla de oro o de metal del tamaño de una pluma de ganso, sus puntas con la forma de la cabeza de un clavo”, escribió Pigafetta en 1521.

filipinoseamenbannereditedLa interpretación antropológica de Lamvik es que los filipinos se reafirman a sí mismos utilizando las “bolitas”. Esto no sólo por el aparentemente tamaño desfavorable de sus penes, también por su posición generalmente inferior en la jerarquía de los navíos. Los filipinos son percibidos dentro del rubro como “afeminados” (según Lamvik), como incapaces de tomar decisiones y como fácilmente reemplazables. Esto les genera una “inseguridad”, misma que buscan paliar con las incisiones en el pene que de alguna manera apuntalan su masculinidad. Por otro lado, (quizás un poco como los mexicanos son "gaffers" en las películas) se dice que los filipinos “pueden arreglar todo”, mientras que los otros marineros se esperan a llegar al puerto “los filipinos hacen una nueva parte o la arreglan”. La misma pericia también parece reflejarse en su ars amatoria, donde su habilidad técnica, un poco a la manera de Vulcano, el dios de la fragua, les permite conseguir la privanza femenina sin ser ortodoxamente deseables. Los filipinos se jactan de que las mujeres de los puertos las prefieren a ellos porque las tratan bien: “les sonreímos, incluso las cortejamos. Eso es lo que hace especiales a los filipinos. Somos románticos”, dijo un marnero filipino a Lamvik.

Aunque estas perforaciones  puedan reflejar cierto complejo de inferioridad, también resaltan la concepción romántica del filipino, en ciertos aspectos más sofisticada y evolucionada que la de otros pueblos en los que el paternalismo ha hecho mella. El filipino, sea por su necesidad de sobresalir o por su afeminamiento, y aunque sea con una prostituta,  se regala en función del placer femenino. Y si bien, en la era de Cosmpolitan y New Scientist, puede resultar más o menos evidente la importancia de buscar la gratificación sexual de la mujer, hace unos siglos, en la cultura patriarcal, esto no era del todo así (era en todo caso un secreto iniciático). La filipina es una cultura maternal, como el mar ("I will go back to thee, great sweet mother,/mother and lover of men, the sea", dice un poema de Swinburne que entre muchos otros revela la inextricable relación del mar, el hombre y el arquetipo femenino), y como tal parece rendirse a la Virgen, que por momentos se transforma en la Gran Puta (que cumple una función igualmente sagrada y de la cual quizás María Magdalena, la esposa de Jesús en los textos gnósticos, sea el mejor ejemplo).

De lo anterior podemos derivar una ecuación en la que el marinero filipino logra transferir su amor al mar a las mujeres del puerto –que son una misma manifestación de la materia que abraza y engolfa—a través del artilugio y el ingenio, burlando sus limitaciones físicas un poco como hiciera Ulises, el gran náufrago de la historia, y quien sin contar con el prodigio atlético de Aquiles logró regresar a casa, al seno de Penélope.

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 "Allí unidos, rozando aquel centro, como una madeja de nervios, hasta la punta del ala del águila, hasta el más remoto de los días. Esto significa: el altar del fuego". Ka

Roberto Calasso en su versión de la mitología de la India, sugiere que los actos de los dioses, los mitos fundadores, se repiten permanentemente, con sutiles variaciones, hasta el punto de que conscientes o no nosotros seguimos representando esos actos (que son sacrificios). El origen del mundo que habitamos (aquel que distingue lo múltiple de lo uno), según la tradición védica, se dio a través de la cópula de Prajapati con su hija Usas, la aurora. El acto que repetimos siempre, en perpetuación del mundo –de ese orden velado—, es  la cópula (aquello que nos vincula). "Esta es la escena que está detrás de todas las escenas, la escena que cada escena varía, repite, deforma, destroza, recompone, porque de esta escena en la aurora desciende el mundo”. Es posible, entonces, encontrar en el equipamiento y en la conducta sexual de los marineros filipinos una prolongación representativa de los arquetipos trazados por los dioses en su instauración del mundo.

Tanto Pigafetta como un notable poema escrito por Nick Carbo (que puede leerse al final del texto), donde dice "varillas de oro incrementarían/su placer y las lanzarían/más allá de las copas de las palmas,/más allá de los centelleantes/ojos de anillo de los dioses/en el cielo nocturno", hacen énfasis en el oro como el material elegido para incrustarse en el pene. Esto, aunque de manera rebuscada, pero con el lujoso placer que es refocilarse en la mitología --la telaraña invisible que sigue tejiendo, por debajo, al mundo-- me recuerda la historia de Osiris, quien resucitó luego de que Isis le fraguara un pene de oro con su voz. Osiris fue engañado y despedazado por su hermano Set;  Isis logró reunir 13 partes de se cuerpo y uncirlas, pero faltaba su pene. Entonces, en la orilla del mar, cantando con la voz del ibis –el ave cuyo vuelo Thoth observó para  inventar la escritura—, Isis cinceló el pene áureo de Osiris en una especie de sintestesia creativa que oculta una profunda simbología alquímica, probablemente la conjunción de los opuestos, el fuego y el agua, y la cópula divina (en el tálamo del mar que se funde con el cielo) o hierosgamos. Osiris entonces se alzó como dios del Sol y de la vida después de la muerte.

Si creemos que nosotros somos la descendencia de los dioses –o al menos de los hombre que los imaginaron—podemos ver en las incrustaciones de oro de los filipinos una correspondencia (y las correspondencias, las sampad, fueron lo primero que hicieron los dioses para hilar el mundo). De alguna manera remota y misteriosa colocar una punta de oro en el pene y llenarlo de resplandores es una oblación a la Diosa Madre. Al hacerlo los marineros filipinos hacen lo que hizo Isis (quien también es Stella Maris, la estrella del mar) y aunque sea sólo con una realidad espectral se convierten por un instante (atemporal) en Osiris. El principal tributo de los hombres a los dioses es hacer lo que ellos hicieron –aunque no sepan que lo están haciendo o por qué lo están haciendo.

 Juegos de Alquimia

 

caduceusTiendo a hacer una digresión: puede resultar un exceso ver en las incisiones peniles de los filipinos, y en su arrojo por complacer a las mujeres de los puertos –destacándose de hombres aparentemente mejor dotados—un impulso de elevarse "al cielo nocturno" atravesando los anillos de los dioses --o al menos la generosidad de hacerlo para el género femenino. Pero, ¿qué otra forma más contundente, que no requiera de una etérea metafísica, tiene el hombre para inscribirse en el firmamento? (El poeta indio Bhartrihari considera que existen dos vías: "la juventud de una mujer de pechos generosos, inflamada por el vino del ardiente deseo, o la selva del anacoreta", lo demás es "hueca palabrería"). En la sexualidad, en su transfiguración erótica, yace no sólo el instinto de la reproducción, de la perpetuación de la sangre y la información genética, también el deseo de trascendencia. De alguna manera los hombres y las mujeres intuyen –en la gnosis del cuerpo— que su participación en lo sagrado está dada en el erotismo. La decadencia del rito, la perversión del éxtasis, no dejan de simbolizar y volver a escenificar el acto de creación de los dioses… no importa que sean marineros y prostitutas ahora los que se tienden en el atanor. Amor, el más viejo de los dioses, es el primer y último sacrificio.

En las perforaciones peniles de los filipinos podemos atisbar también el tiempo cíclico. Primero son pepitas de oro las que refulgen en el sol (podemos adivinar que esta práctica es mucho más antigua de lo que documenta Pigafetta), al final son latas, chatarras, alumino, fierros en el glande -- atravesamos las edades que describe Hesíodo (la decandencia del oro hacia el hierro). Los dioses vivían en la superabundancia --la materia, el maia, era fácilmente manipulable--; el destino del hombre es otro, pero el deseo es el mismo. Sin los mismos recursos, y sin haber alcanzado la perfección de la cual el oro es un metáfora, los marineros filipinos buscan una satisfacción transpersonal, complacer a las prostitutas brasileñas, un ciero doro --esa dádiva incomparable que es la alegría erótica femenina--, reestablecer el orden. Por lo mismo, Osiris logró alzarse redivivo como Señor del Inframundo y constelarse en el firmamento: propulsado por Isis (a su vez constelada como Sirio). De alguna manera en la profundidad de la mente que compartimos, los marineros con sus perforaciones están añorando la antigua alquimia de la pareja divina. El metal, que brilla como el sol y se alía por la acción ígnea, introduce el elemento de fuego, doblemente necesario al penetrar en un ambiente húmedo; así el marinero filipino inconscientemente cristaliza el principio alquímico de “conjunctio oppositorum”: la llama se agita en el agua. El acto es el mismo: un solo eros recorre el mar con su rayo de oro (sólo los actores cambian de rostro).

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 CAPTIVA

Tanto hombres jóvenes como viejos perforan sus penes con una varilla de oro o de metal del tamaño de una pluma de ganso, sus puntas con la forma de la cabeza de un clavo… Cuando un hombre y una mujer desean tener relaciones, ella no toma su pene de la manera normal, sino que suavemente introduce primero la espuela de arriba y luego la de abajo dentro de su vagina. Una vez dentro, el pene se vuelve erecto y no puede ser sacado hasta que esté flácido.

Antonio Pigafetta sobre la prácticas sexuales de los nativos filipinos, 1521

 

Las mujeres de Mactaan sabían que no podían confiar

en esos penes. Aprendieron de sus hermanas,

madres y abuelas que incluso los más grandes

 

mentirían, buscarían excusas para no tener que merodear

dentro de esas tibias, resbalosas paredes.

Los hombres siempre tenían otra cosa que hacer:

 

Terminar de vaciar la banca para que los hombres pudieran ir

a pescar en un nuevo bote, recoger más cocos

para hacer suficiente arak (un vino de palma que hacían los hombres

 

para embriagarse juntos). Atar a los hombres a los muebles

tomaba demasiado tiempo, morderlos

mientras se estaban saliendo era considerado violento,

 

Amenazarlos con cortárselos con un cuchillo de bambú

nunca funcionó. Entonces, las mujeres de Mactaan escucharon

de una secreta práctica sexual de un chamán

 

que visitaba de una isla hacia el sur.

Introdujeron la varilla de oro

en sus hijos pubertos como un ritual

 

para alcanzar virilidad. Tomó veinte días

para que sus penes sanaran, tres años

antes de que estos niños empezaran a complacer a las mujeres.

 

Los hombre más viejos, quienes se reían

de estas generaciones más jóvenes

(llamándolos ulo ng aspili, cabezas de clavo)

 

fueron vistos gradualmente como poco atractivos

por sus esposas y mujeres más jóvenes.

Los hombres sin adornos fueron acusados

 

de eyacular muy rápido, de no mantener

sus penes hinchados por mucho tiempo,

de tener mal aliento, de perder pelo prematuramente, de verrugas.

 

Ninguna mujer tocaría a los no perforados.

Un día, los ancianos de la aldea y el resto

de los nerviosos adultos se formaron

 

frente a la cabaña de la anciana que desempeñaba

el servicio. En veinte días,

todos los hombres de Mactaan tenían penes que brillaban

 

cuando expuestos al sol.

Caminaban con los pechos henchidos,

disfrutando el fresco arak,

 

mientras las mujeres se preguntaban si dos,

o quizá tres

varillas de oro incrementarían

 

su placer y las lanzarían

más allá de las copas de las palmas,

más allá de los centelleantes

 

ojos de anillo de los dioses

en el cielo nocturno.

 

Nick Carbo, 1995

 

Twitter del autor: @alepholo

Con información de The Atlantic

También en Pijama Surf: El falo perdido de Osiris, una historia de alquimia detectivesca 

 

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Si la natureleza puede considerarse un campo de memoria viva, entonces es posible entenderla como un texto y un lienzo; leerse y escribir sobre ella.

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«El verdadero secreto de la magia es que el mundo está hecho de palabras, y si conoces las palabras de las que está hecho el mundo puedes hacer de él lo que quieras».-Terence Mckenna

En la primera parte de este artículo exploramos la posibilidad de que el agua sea capaz de almacenar una memoria, siendo esencialmente un conducto de información que puede tomar cualquier forma–potencia pura. En esta segunda y última parte jugaremos con esta idea, científicamente discutible pero no por ello menos fascinante, y la ligaremos con la idea de que la naturaleza en sí misma es una red de memoria viviente. Abriendo la posibilidad de que, bajo el dominio de un arte secreto o de una poderosa intención, el ser humano pueda escribir ya no sólo sobre páginas sino también sobre ríos, piedras y lugares que amalgaman sus diversos elementos de manera unitaria, como puede ser una montaña y un jardín. Nos aventuramos a una cifra pagana, a un código arcano: la posibilidad de  utilizar al tiempo como materia prima y dejar codificados momentos, con toda su riqueza multisensorial, que pueden ser sintonizados y experimentados en el futuro.

Buena parte de la cosmogonía de la antigüedad se construye en torno a la noción de que los lugares albergan ciertas energías o ciertos espíritus y pueden ser usados como puertos de comunicación que codifican una memoria resonante. Sin duda, mucha de las construcciones de culturas como la egipcia, la maya o la inca, por citar algunas, aunque aún mantienen un origen y un propósito misterioso, pueden ser entendidas como espacio activadores de una memoria o un estado de conciencia particular, esto a través de la conjunción armónica de diferentes elementos como la luz, el sonido, las formas geométricas de la arquitectura, las imágenes labradas y los símbolos, tanto numéricos como iconográficos. La idea rectora del mito que encarna en la arquitectura ceremonial es que  lo que sucedió en el origen sigue informando lo que sucede en el presente: el tiempo es una representación dinámica de la eternidad o de lo sagrado. "Lo que pasó sigue pasando”, dijo Octavio Paz. Lo que ha pasado antes tiene mayor posibilidad de volver a pasar, explica  Rupert Sheldrake, desde la biología, en su teoría de la habituación y la resonancia morfogenética. De aquí se desdobla que lo sagrado es aquello que logra conservar una intención --un código alineado a los principios del cosmos, al código fuente. Una piedra, un templo, una puerta, un muro, pero también la red de relaciones que forman, pueden ser los sucedáneos de un lenguaje que revela su hermenéutica a aquel que conoce los signos o que puede percibir sus trazos. El mensaje no está sólo en los glifos, en las piedras en los árboles, en la luz del sol, en el agua del río, etc., está en todas partes, en una suma que supera a sus elementos.

La posibilidad de que la naturaleza sea un libro o una cámara de ecos que registra nuestras firmas (energéticas o etéreas) puede resultar inverosímil para algunos. Sin embargo, debemos recordar que dentro de la mayoría de las comosvisiones más antiguas, culturas tan avanzadas como la maya e incluso la griega, como pequeñas comunidades inclinadas al chamanismo, la naturaleza y todos sus elementos son percibidos como un concierto de signos. Incluso podemos hablar de una jerarquía protagonizada por aquellos que logran entablar una comunicación más desarrollada con la naturaleza y sus ciclos: tanto los reyes como los sacerdotes son fundamentalmente puentes y traductores de estos mensajes, provengan de la tierra o de los cielos. 

La cosmovisión moderna cientificista, racional y apuntalada en la tecnología, sugiere que, en palabras de Sartre, la naturaleza es muda.  Sin embargo, también es posible que la naturaleza no sea muda, sino que nuestros hábitos nos han alejado de su interlocución. (Aunque de cualquier forma la utilizamos para comunicarnos: las computadoras y teléfonos que ubicuamente nos sirven para comunicarnos después de todos son parte de la matriz natural de la tierra, son elementos planetarios transformados en aparatos de intermediación). Si concedemos que la naturaleza de alguna manera se comunica, habla o susurra, tiene un lenguaje y un mensaje, entonces debemos de suponer que también escucha --ya que para que exista una comunicación debe de haber un proceso bidreccional). Este es el centro de la tesis que exploramos: se abre el lienzo, como un jardín entre dos hileras de árboles. Escribió Terence Mckenna

El análisis racional nos dice que la materia sólo está compuesta de átomos moviéndose en el espacio obedientes a leyes matemáticas invariantes y toda la creatividad, todo el sentido de conexión que experimentamos como seres vivos contemplando la naturaleza como miembros de la sociedad es negado. Y esto llega a su culminación en una frase de Jean Paul Sartre, que dijo “la naturaleza es muda”. La naturaleza no da claves, el hombre está solo en el universo, con sus complejos y obsesiones, él confiere el significado. Yo rechazo esto, creo que el mensaje de la experiencia pisodélica es que la naturaleza se está comunicando, todo ser está lleno de lenguaje.

¿Podemos escribir en los ríos? Grabar pensamientos, intenciones y hasta símbolos en páginas líquidas, en cuerpos transparentes que revelan su texto a aquellos que han aprendido a hablar un lenguaje --el lenguaje vivo de la naturaleza. Ríos que quizás de todas maneras están diciendo, como el río en el que Siddartha comprendió el secreto del mundo, y despertó, consciente de la impermanencia, escuchando el murmullo de la eternidad... Ríos que han sido dioses desde el albor del mundo; han llevado nombres que evocan una personalidad, una cierta cualidad de conducir y reflejar estados. Hay ríos que lavan las penas, ríos de la muerte, ríos de la vida, ríos de la luz y la oscuridad, ríos que provocan el olvido o que rejuvenecen a los que se bañan o beben de sus aguas.

Existen dos acercamientos a la escritura fluvial, hacer de los ríos textos o de los textos ríos.  El mejor ejemplo de un acercamiento desde la literatura es Finnegans Wake, esa obra total, obsesionada con los ríos, experimento de demiurgo de cifrar el mundo y permitir su reconstrucción no sólo a través del texto sino del flujo: si somos capaces de penetrar el proceso, no de segmentarlo en bloques sino de sumergirnos en él, entonces somos ese mismo Logos que aleteó como una serpiente en las aguas primordiales y que sigue corriendo a través del mundo. La literatura, como las civilizaciones, se erige al costado de los ríos.  Por otro lado es concebible que existan esrcitores cuyo nombre se ha fundido con el mundo, quizás como algunos de los ollaves druidas que decodificaron el alfabeto de los árboles y cuya poesía era indisociable de la naturaleza y sus transformaciones, como el legendario Taliesin.

 

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La escritura es una forma de memoria. En su origen incluso se debatía si debíamos de prohibirla para no afectar nuestra capacidad mnemotécnica. Un debate similar se ha dado con el surgimiento de Google. Esta sanción resulta un poco absurda si creemos que en realidad la memoria está en todas partes, el cerebro sólo es el órgano más sofisticado para agruparla y sintonizarla. Las cosas son memoria. Hay quienes en las paredes blancas ven fantasmas, hay quienes en el silencio escuchan voces que se repiten o extraen cierta música del viento entre los árboles. Nuestra personalidad misma, más que una entidad fija, puede entenderse sólo como una memoria activa. Más que ser una esencia inalterable somos lo que recordamos que somos. Platón encontró una identidad entre el alma y la memoria: recordar era conocer aquello que somos, algo fundamentalmente espiritual. Una memoria más sutil que habla sobre nuestra propia identidad o que nos llama hacia otro tiempo, podría estar inscrita en la naturaleza.

El ejercicio imaginativo de entender el agua como un paquete de memoria y el flujo como una coordenada de texto es sumamente rico. Podemos imaginar que  una ola es un signo específico, si bien se alimenta de la totalidad del mar, como cada plabara que se refiere a otra y así infinitamente en una red estructuralista, carga con un significado que se revela en el momento (la ola como la eclosión del mar: un monumento al momento). La naturaleza se revela como un texto, según Omraam Mikhael Aivanhov.

Para el iniciado, leer significa poder descifrar las dimensiones sutiles y ocultas de los objetos y seres vivientes,interpretar los símbolos y signos colocados en todas partes por la Inteligencia Cósmica en el gran libro de la naturaleza. Escribir significa dejar nuestra marca en ese gran libro, actuar sobre las piedras, plantas, animales y hombres a través de la fuerza mágica de nuestro espíritu.

Proyecta tus imágenes en el río de un dios, dice la poeta @deja_raconte, este es el acto cumbre de la imaginación, que toma a la naturaleza como aliado en la creación. Una creación ya no sólo de un texto o de un templo, sino de una experiencia cifrada. La misma literatura antigua sugiere quer así los dioses crearon el mundo: proyectando sus imágenes en el agua, otredades que luego persiguieron, un ardor entre las olas.

En su ensayo Escritores del Cielo en Hades, Jason Horsley hace un tratado psicológico de lo se necesita para poder escribir nuestra propia historia sobre el mundo e individuarnos. "Lee la escritura en el cielo", dice Horsley, lee las palabras del agua, las letras de las aves... sobre este proceso de leer el texto de la naturelaza y escribir sobre ella:

Esto los remodela con la opción, ahora que se han reducido a la nada y han entrado en el todo, de cambiar el guión y reescribir el programa de creación. Los chamanes se convierten entonces no solo en los autores de su propia realidad, sino también de la de todos los demás a través de esa transmisión empática cuya fuente es la fusión a cuerpo completo con el colectivo, para el bien de todos. Los soñadores lúcidos dentro del sueño despierto de la mente grupal están en el mundo pero no son del mundo. Estos chamanes no solo son caminantes del cielo, son escritores del cielo.

Twitter del autor: @alepholo