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10 grandes escritores que abandonaron la escuela (y no por ello fracasaron)

Arte

Por: pijamasurf - 09/29/2012

La escuela, lo sabemos bien, no es el único camino posible, y estos 10 grandes ejemplos así lo demuestran.

Desde hace varias décadas —¿o siglos?— la formación académica se tiene como el único camino posible o válido del éxito o el reconocimiento social (lo que sea que estos signifiquen). Ir a la escuela y cumplir con todas sus obligaciones formativas es un imperativo que ha estado presente desde épocas remotas sin, al parecer, nunca perder fuerza.

Sin embargo, hay ejemplos notables que hacen que, después de todo, la esperanza no se pierda para aquellos que en cierto momento se dan cuenta de que la escuela no lo es todo, que, sobre todo, no es la única vía posible para alcanzar eso que podríamos denominar “realización personal” (sin saber tampoco qué significa esto).

En esta ocasión presentamos 10 grandes escritores que, a pesar de no seguir el camino trazado por la convención, no por ello fracasaron. Quizá no sea fácil, ¿pero no es la dificultad un estimulante?

 

Charles Dickens

Aunque en sus primeros años Dickens gozó de una educación privilegiada, las deudas de su padre le arrebataron esta posibilidad cuando contaba con 12 años. A partir de entonces trabajó en un almacén de betún calzado. Y aunque después volvió a la escuela, cuando su padre salió de prisión, esta experiencia ya jamás lo abandonaría.

 

Jack Kerouac

Kerouac, el niño mimado de la generación beat, estaba destinado a convertirse en el héroe de la Universidad de Columbia por medio de su equipo de fútbol americano. Pero, al parecer, él tenía otros planes. Conflictos con el entrenador y una fractura de tibia terminaron por empujar fuera de la institución y encaminarlo a una vida radicalmente distinta.

 

William Faulkner

Faulkner tuvo casi desde siempre una personalidad que no se llevaba bien con la disciplina y la normalidad. A los 15 le importaba poco la escuela, que abandonó a esa misma edad. Años después, empleado en una oficina postal, lo despidieron porque leía durante las horas laborales. A los 22 dejó la Universidad Mississippi, donde se había inscrito como estudiante especial, después de tres semestres. Eventualmente ganaría el premio nobel de literatura y, lo más importante, dejaría como legado una de las obras con más repercusión en la cultura humana.

 

Octavio Paz

Otro nobel en esta lista, el escritor mexicano Octavio Paz dejó la universidad antes de obtener su título. Sus inquietudes, tan amplias y ambiciosas que no cabían entre las paredes de las aulas, lo llevaron a Yucatán, a Valencia, a París (más o menos en ese orden) y demás lugares hasta culminar en la Academia Sueca. En algún momento, sin embargo, con motivo de la publicación de Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, un “especialista” en la poeta barroca, Tarsicio Herrera Zapién, se burló en un epigrama de la formación académica trunca de Paz (haciendo de “autodidacta” un insulto):

Castro: te atacó un Nobel;

te llamó “buey con diploma”.

Mas al escupir su hiel,

lo autodidacta le asoma,

pues ni un título tiene él.

 

George Bernard Shaw

Shaw erró de escuela en escuela durante su juventud hasta comprender, a los 14, que ese no era su medio. Su verdadero lugar de formación estuvo en la Galería Nacional de Dublín, donde aprendió todo lo que de arte, historia y literatura necesitaba para convertirse en el dramaturgo excepcional que fue.

 

Ray Bradbury

Como confesó en esta plática, Bradbury no fue a la universidad y, en contraste, se “graduó de la biblioteca” a los 28.

 

H.G. Wells

Wells tenía once años cuando, por un accidente, su padre se fracturó el fémur y tuvo que dejar la escuela para trabajar y ayudar en los gastos del hogar. Los muchos oficios que tomó a partir de entonces inspirarían las novelas The Wheels of Chance y Kipps.

 

Harper Lee

Ganadora del Pullitzer, Lee dejó la escuela de leyes apenas terminado su primer semestre. Acto seguido se mudo a Nueva York con la firme convicción de convertirse en escritora.

 

Jack London

El autor del célebre Colmillo blanco dejó la escuela cuando tenía 13 años, combinando empleos varios con la lectura incesante de todo libro que tuviera al alcance. Una década después, a los 24, publicó su primera reunión de cuentos.

 

Harvey Pekar

Legendario en el mundo de los cómics, Harvey Pekar asistió un año a la Case Western University, pero desistió por la enorme presión que le suponían las “clases de matemáticas”. Luego de ser licenciado por la Marina, a la que se unió cuando abandonó la universidad, se retiró a Cleveland, donde vivió por el resto de su vida.

[The Atlantic]

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Matmos nos da a probar las primeras pinceladas psíquicas de sus experimentos extrayendo música de campos Ganzfeld: cuentos enigmáticos de telepatía para conectarse con el poder de la oscuridad.

Let me not to the marriage of true mind
Admit impediments.

Shakespeare, Sonnet 116

¿A qué suena la mente cuando es invadida por una imagen distante? ¿Qué voces habitan la oscuridad? ¿Es una alucinación o una profecía lo que desgarra el silencio?  ¿Qué formas y colores sugen de la conexión entre tu mente y la mía? Estos son algunos de las preguntas que explora Matmos en su último EP, The Ganzfled, un experimento de telepatía transformado en música --o paisajes de ruido psíquico. Si alguien sabe de experimentos es el dúo conformado por Drew Daniel  y Martin Schmidt, dueños de una provocadora y perturbadora discografía de experimentos sonoros, el más evidente: A Chance to Cut is a Chance to Cure donde samplearon los sonidos que genera una liposucción, una rinoplastia o una cirugía laser y los convirtieron en hipnóticas e inquietantes piezas musicales (sueños de hospitales y máquinas embelesadas).Con The Ganzfeld, Matmos ha llevado está irreprimible fascinación por experimentar a literalmente hacer un experimento de paraspsicología que culmina un viaje de 4 años --que nació "de la intriga de hacer música en la oscuridad"-- en el disco The Marriage of True Minds, que estará disponible en febrero.

Los tres tracks de su EP y los demás tracks del próximo disco fueron creados a partir de experimentos con un campo Ganzfeld y representan básicamente la sonorización de la comunicación telepática --o sus yerros y estática-- que surgió en los experimentos. El campo Ganzfeld es una técnica desarrollada por Wolfgang Meztger, después de que descubriera que las personas empiezan a alucinar y a mostrar alteraciones electroencefalográficas cuando es les priva de estímulos externos, o mejor dicho cuando se rompe su estructura sensorial. Un estado de conciencia alterado emerge cuando se inserta a una persona en un campo en el que se interrumpe la continuidad de los patrones sensoriales; algo que puede ser logrado a través de campos homogéneos, como un mar  inmersivo de color azul (u oscuridad total) y ruido blanco (de ahí la palabra Ganzfeld: campo total) o actualmente también a través de aparatos de fotoestimulación o mind-machines (la máquina de los sueños de Burroughs y Gyson es un prototipo). Psicólogos como Darryl Bem y Dean Radin sostienen haber realizado experimentos en campos de Ganzfeld estadísticamente relevantes mostrando la presencia de un efecto telepático. Aunque no usando un campo Ganzfeld, John Lilly, utilizando drogas psicodélicas en tanques de aislamiento, reportó entablar comunicación con entidades astrales recibir mensajes de "la computadora cósmica". Aun antes, los adeptos de la escuela pitagórica se retiraban a cuevas --"al cine del prisionero"-- para obtener visiones en la oscuridad animada.

En este caso se creó un campo Ganzfeld en la casa de Baltimore de la pareja formada por Drew Daniel  y Martin Schmidt, así como en la Universidad de Oxford. Los sujetos del experimento se colocaron bolas de ping-pong cortadas a la mitad --como suele hacerse en estos experimentos-- en una habitación totalmente oscura y silenciosa. Escucharon ruido blanco o ruido rosa en unos audífonos mientras que Drew Daniel les intentaba transmitir mentalmente "el concepto del nuevo álbum de Matmos" desde otra habitación. Mientras esto sucedía se les pedía a los sujetos que fueran diciendo en voz alta todo lo que venía a su mente. Los experimentos fueron grabados y utilizados como una base para la creación musical. Si un sujeto tarareaba algo, eso se convertía en una melodía; palabras aisladas daban pie a la letra; imágenes pasajeras se convertían en arreglos, instrumentos o material para hacer un collage de sonido; si se describía una acción, la banda tenía que actuarla y de los sonidos que surgían en esa dramatización se hacía la música.

Habrá que esperar a ver la obra terminada, la cohesión de una comunicación de fragmentos psíquicos que será The Marriage of True Minds, una oda a la telepatía y a la conexión entre dos personas. Pero ya con The Ganzfeld podemos atisbar una insólita penetración artística y científica al soundtrack de la invasión de la mente. Los puertos, las tuberías, los grandes canales de viento informático que se abren. Como sugiere Erik Davis, la mente, en tanto máquina de creación de realidades, no sólo es una computadora (la metáfora predilecta de la era) sino un radio. Y en ese radio en primera instancia, en lo que logramos sintonizar una señal límpida, permean distorsiones e intrusos espectros. Un stream of consciousness habitado por una cacofonía de entidades subliminales intentando obtener la primicia de la conciencia, zumbidos de insectos electrónicos, ángeles atrapados en estrechos, loops elásticos, himnos delirantes, la canción de cuna crepuscular de una quimera,  las vocales de colores de niños poseídos y por supuesto los fantasmas que cruzan el  umbral con ininteligibles psicogramas.

"Puedo ver un tono que viene hacia mí ,es como una espiral", inicia el track "Waves", en el que la onda de pensamiento se convierte en un coro hipnótico y demencial que coquetea con el glitch fulminante del system error. Y es que la telepatía siempre baila con la locura, con la paranoia --que conecta todo-- y con la esquizofrenia --que divide la voz en voces. Las voces discordantes se arremolinan sobre un mismo eje, como caóticos y  caleidoscópicos poliédros hasta que arriban a una armonía, una onda resonante.

El sonido por momentos puede ser una pesadilla, pero en la unión de las mentes, en la  resonancia memética, admite una catársis, un éxtasis frenético. Es el tránsito que tiene el psiquismo, del ruido blanco y del concurso de voces, hacia una voz diáfana y luminosa, la voz que habla en el cielo sin circunferencia, la voz radiante que se convierte en una voz personal y ominosa, inconsciente depurado, hasta que estalla en el punto en el que el mar se vuelve cielo y ya nada divide.

Twitter del autor: @alepholo